martes, 25 de marzo de 2014

Capitulo 99 ♥


Kate Se mueve hacia la derecha, pero yo me quedo helada en el sitio
intentando comprender qué estoy viendo. Es un dormitorio inmenso y
super lujoso, el salón comunitario.
En las paredes no hay cuadros, por eso hay espacio para varios marcos
de metal, ganchos y estantes. Todos parecen objetos inocentes, como los
tapices extravagantes, pero, a medida que mi mente empieza a recuperarse
de la sorpresa, el significado del salón y sus contenidos empiezan a
filtrarse en mi cerebro. Un millón de razones intentan distraerme de la
conclusión a la que estoy llegando poco a poco, pero no hay otra
explicación para los artefactos y artilugios que me rodean.
La reacción llega con retraso, pero llega.
—Me cago en la puta —musito.
—Cuidado con esa boca. —Su voz suave me envuelve.
Me vuelvo y lo veo de pie detrás de mí, observándome en silencio con
las manos en los bolsillos de los vaqueros y el rostro inexpresivo. Tengo la
lengua bloqueada y busco en mi cerebro. ¿Qué puedo decir? Me invaden un
millón de recuerdos de las últimas semanas, de todas las veces que he
pasado cosas por alto, que he ignorado detalles o, para ser exactos, que me
han distraído de ellos. Cosas que ha dicho, cosas que otros han dicho, cosas
que me parecieron raras pero sobre las que no indagué porque él me
distraía. Ha hecho todo lo posible por ocultarme esto. ¿Qué más me oculta?
Kate aparece en mi visión periférica. No me hace falta mirarla para
saber que probablemente la expresión de su rostro es parecida a la mía,
pero no puedo apartar la mirada de Pedro para comprobarlo.
Mira un instante a Kate y le sonríe, nervioso.
Sam entra corriendo en el salón.
—¡Mierda! ¡Te dije que no te movieras! —le grita a Kate con mirada
furibunda—. ¡Maldita seas, mujer!
—Creo que será mejor que nos vayamos —dice Kate con calma, se
acerca a Sam, lo coge de la mano y se lo lleva del salón.
—Gracias. —Pedro les hace un gesto de agradecimiento con la cabeza
antes de volver a mirarme a mí. Tiene los hombros encogidos, señal de que
está tenso. Parece muy preocupado. Debería estarlo.
Oigo los susurros ahogados y enfadados de Kate y de Sam mientras
bajan la escalera. Nos dejan solos en el salón comunitario.
El salón comunitario. Ahora todo tiene sentido. El crucifijo que hay
abajo no es arte para colgar en la pared. Esa cosa que parece una cuadrícula
no es una antigüedad. Las mujeres que se contonean por el lugar como si
vivieran aquí no son mujeres de negocios. Bueno, tal vez lo sean, pero no
mientras están aquí.
«Ay, Dios, ayúdame.»
Los dientes de Pedro empiezan a hacer de las suyas en su labio
inferior. El pulso se me acelera a cada segundo que pasa. Esto explica esos
ratos de humor pensativo que ha pasado estos últimos días. Debía de
imaginarse que iba a descubrirlo. ¿Pensaba contármelo alguna vez?
Baja la mirada al suelo.
—Paula, ¿por qué no me has esperado en casa?
La sorpresa empieza a convertirse en ira cuando todas las piezas
encajan. ¡Soy una idiota!
—Tú querías que viniera —le recuerdo.
—Pero no así.
—Te he enviado un mensaje. Te decía que estaba de camino.
Frunce el ceño.
—Paula, no he recibido ningún mensaje tuyo.
—¿Dónde está tú móvil?
—En mi despacho.
Voy a sacar mi móvil, pero entonces sus palabras de esta mañana
regresan a mi cerebro.
—¿De esto era de lo que querías hablar? —pregunto.
No quería hablar de nosotros. Quería hablar de esta mierda.
Levanta la mirada del suelo y la clava en mí. Está llena de
arrepentimiento.
—Era hora de que lo supieras.
Abro aún más los ojos.
—No, hace mucho tiempo que debía saberlo.
Hago un giro de trescientos sesenta grados parar recordar dónde estoy.
Sigo aquí, no cabe duda, y no estoy soñando.
—¡Joder!
—Cuidado con esa boca, Paula —me riñe con dulzura.
Me vuelvo otra vez para mirarlo a la cara, alucinada.
—¡No te atrevas! —grito, y me golpeo la frente con la palma de la
mano—. ¡Joder, joder, joder!
—Cuidado...
—¡No! —Lo paralizo con una mirada feroz—. ¡Pedro, no te atrevas a
decirme que tenga cuidado con lo que digo! —Señalo el salón con un gesto
—. ¡Mira!
—Ya lo veo, Paula. —Su voz es suave y tranquilizadora, pero no va a
calmarme. Estoy demasiado atónita.
—¿Por qué no me lo dijiste? —Dios mío, es un chulo venido a más.
—Pensé que habrías comprendido el tipo de operaciones que se
realizan en La Mansión en nuestra primera reunión, Paula. Cuando resultó
evidente que no era así, se me hizo cada vez más difícil decírtelo.
Me duele la cabeza. Esto es como un puzle de mil piezas: cada una va
encajando en su sitio, muy despacio. Yo le dije que tenía un hotel
encantador. Debe de pensar que soy medio tonta. Dejó caer bastantes pistas
con su lista de especificaciones, pero, como estaba tan distraída con él, no
pillé ni una. ¿Es el dueño de un club de sexo privado? Es horrible. ¿Y el
sexo? Dios, el dichoso sexo. Es todo un experto fuera de serie, y no es por
sus relaciones anteriores. Él mismo me dijo que no tenía tiempo para
relaciones. Ahora ya sé por qué.
—Voy a marcharme ahora mismo y vas a dejar que me vaya —digo
con toda la determinación que siento. Está claro que he sido un juguete
para él. Estoy más que espesa, he perdido por completo la razón.
Se muerde el labio con furia cuando paso junto a él y bajo la escalera
como una exhalación.
—Paula, espera —me suplica pisándome los talones.
Recuerdo la última vez que salí huyendo de aquí. No debería haber
dejado de correr. Bloqueo su voz y me concentro en llegar a la entrada y en
no caerme y romperme una pierna. Paso por los dormitorios del segundo
piso y me doy otra bofetada mental.
—Paula, por favor.
Llego al pie de la escalera y me doy la vuelta para mirarlo a la cara.
—¡Ni se te ocurra! —le grito. Retrocede, sorprendido—. Vas a dejar
que me vaya.
—Ni siquiera me has dado ocasión de explicarme. —Tiene los ojos
abiertos de par en par y llenos de miedo. No es una expresión que haya
visto nunca en él—. Por favor, deja que te lo explique.
—¿Explicarme el qué? ¡He visto todo lo que necesito ver! —grito—.
¡No es necesaria ninguna explicación! ¡Esto lo dice todo bien claro!
Se acerca a mí con la mano tendida.
—No tendrías que haberlo descubierto así.
De repente me doy cuenta de que hay público presenciando nuestra
pequeña pelea. Sam, Drew, Kate y todos los que están en la entrada del bar
nos miran incómodos, incluso con cara de pena. John está muy serio y no
deja de mirar a Pedro. Sarah está claramente satisfecha de sí misma. Ahora
sé que debe de haber interceptado mi mensaje en el teléfono de Pedro. Ella
ha abierto las puertas de entrada y la puerta de La Mansión. Se ha salido
con la suya. Que se lo quede.
No reconozco al hombre con aspecto de chulo insidioso que hay a su
lado, pero me mira con cara de pocos amigos. Me doy cuenta de que se
vuelve hacia Pedro con gesto de desdén.
—Eres un gilipollas —le escupe a Pedro por la espalda y con tono de
verdadero odio. ¿Quién diablos es?
John lo coge del pescuezo y lo sacude un poco.
—Ya no eres miembro, hijo de puta. Te acompañaré a la salida.
La criatura altanera suelta una carcajada siniestra.
—Adelante. Parece que tu fulana ha visto la luz, Alfonso —sisea.
Los ojos de Pedro se tornan negros en un nanosegundo.
—Cierra la puta boca —ruge John.
—Anulamos su carnet de socio —musito—. A alguien se le ha ido de
las manos.
El hombre dirige su mirada fría de nuevo hacia mí.
—Coge lo que quiere y deja un reguero de mierda a su paso —gruñe.
Sus palabras me golpean hasta dejarme sin aliento. Pedro se tensa de pies a
cabeza—. Folla con todas y las deja bien jodidas.
Vuelvo a mirar a Pedro. Sus ojos siguen negros y parece que le pesa la
arruga de la frente.
—¿Por qué? —le pregunto.
No sé por qué se lo pregunto. No va a suponer ninguna diferencia.
Pero siento que me merezco una explicación. Folla con todas, una sola vez,
y las deja bien jodidas.
—No lo escuches, Paula. —Pedro da un paso al frente. Tiene la
mandíbula tan apretada que se la va a romper.
—Pregúntale cómo está mi mujer —escupe el desgraciado—. Le hizo
lo mismo que les hace a todas. Los maridos y la conciencia no se
interponen en su camino.
Y eso basta para que Pedro pierda la paciencia. Se da la vuelta y se
lanza contra el hombre como una bala, se lo quita a John de entre las
manos y lo tira contra el suelo de parquet con gran estrépito. Sam aparta a
Kate y se oyen unos cuantos gritos ahogados, mientras todo el mundo ve a
Pedro pegarle al tipo la paliza de su vida.
No me siento inclinada a gritarle que pare, a pesar de que parece que
podría matarlo. Salgo de La Mansión y me meto en el coche. Kate vuela
por los escalones y corre hacia mí. Se mete en el coche pero no dice nada.
Cuando llegamos a las puertas, se abren sin que tenga que pararme. Me
sorprende, estaba preparada para pisar el acelerador y echarlas abajo.
—Sam —dice Kate cuando la miro—. Dice que lo mejor será que nos
larguemos de aquí.
No me había parado a pensar, hasta ahora, que Kate tampoco sabía
nada de todo esto. Parece la Kate tranquila de siempre, la que se toma las
cosas como vienen.
Yo, sin embargo, voy en barrena hacia el infierno

No hay comentarios:

Publicar un comentario