sábado, 22 de marzo de 2014
Capitulo 86 ♥
Entro descalza en el dormitorio y veo el vestido entallado de color crema
sobre la cama, al lado de mis tacones nude y un conjunto de ropa interior
de encaje que no me suena de nada. Frunzo el ceño y cojo la lencería
desconocida. Me ha comprado ropa interior ¿y me la ha comprado de mi
talla? De verdad cree que puede decirme cómo vestir.
Paso los dedos por el delicado encaje de color crema claro. Es
precioso, pero un pelín excesivo para la oficina. Busco para ver si tengo
otra cosa en la bolsa del gimnasio, pero no hay nada. Ni bragas y sujetador
ni tampoco otro vestido. No hay ropa. Es un capullo astuto.
Me resigno y acepto mi destino. Me preparo para ponerme la ropa
interior y el vestido que Pedro ha decidido que voy a llevar hoy. Supongo
que debería estarle agradecida por no haber elegido un jersey grande y
grueso. La verdad, es un gran alivio que haya tenido la iniciativa de
dejarme un secador. Me maquillo, me seco el pelo —que me queda un
poco enmarañado—, me lo recojo y voy al piso de abajo.
Pedro está en la isla de la cocina hablando por el móvil y metiendo el
dedo en un bote de mantequilla de cacahuete. Me mira y casi me caigo de
culo por culpa de su arrebatadora sonrisa. Sí, está super satisfecho consigo mismo.
Le recorro el cuerpo con la mirada: va vestido con traje gris y camisa
negra. Suspiro de admiración. Se ha puesto gel fijador en el pelo rubio
ceniza y lo lleva peinado a un lado, un poco alborotado. Me encanta que no
se haya afeitado. Tiene un aspecto muy masculino y está guapo a rabiar.
¿Por qué habré insistido tanto en ir a trabajar?
—Iré en cuanto deje a Paula en el trabajo. —Se vuelve en el taburete y
ladea la cabeza—. Sí, dile a Sarah que lo quiero en mi mesa cuando llegue.
Se da unas palmaditas en el regazo y me acerco intentando no poner
mala cara tras haber oído el nombre de esa arpía.
—Anulamos su carnet de socio, así de sencillo. —Me siento en sus
rodillas y sonrío cuando hunde la cara en mi cuello y me huele—. Puede
protestar todo lo que quiera, queda expulsado. Punto —espeta con
brusquedad. —¿De qué habla?—. Que Sarah lo cancele... sí... muy bien... te
veo pronto.
Cuelga, tira el teléfono sobre la encimera y serpentea con las manos
debajo de mis rodillas para sentarme mejor en su regazo. Me recibe con un
beso glotón y generoso. Gime en mi boca de pura satisfacción.
—Me gusta tu vestido —musita contra mis labios. Huele mucho a
menta, mezclada con un poco de mantequilla de cacahuete. No soporto la
mantequilla de cacahuete, pero a él lo adoro y me encanta que sea tan
atento, así que me olvido de la mantequilla.
—Claro que te gusta, ¡lo has elegido tú! ¿Y la ropa interior?
Me da un pico y me suelta.
—Ya te lo he dicho: siempre encaje. —Me recorre con la mirada.
No discuto, no tiene ningún sentido, si es que alguna vez lo tiene, y
además ya la llevo puesta.
—¿Quieres desayunar? —pregunta.
Miro el reloj de la cocina.
—Me tomaré algo en la oficina. —No puedo llegar tarde.
Cojo el bolso para sacar mis píldoras.
—¿Puedo servirme un vaso de agua?
—Toda la que quieras, nena.
Vuelve a su bote de mantequilla de cacahuete.
Voy al gigantesco frigorífico y rebusco en las profundidades de mi
bolso. ¿Dónde están? Suelto el bolso en la encimera, junto a la nevera, y lo
vacío. Mis píldoras anticonceptivas no están. Otra vez no, por favor. No
tengo remedio.
—¿Qué ocurre? —me pregunta.
—Nada —farfullo mientras lo meto todo de nuevo en el bolso—.
Joder —maldigo en voz baja. Pero entonces me dedico un aplauso mental
por haber guardado por separado los blísteres y haber dejado algunos en mi
cajón de la ropa interior.
—Vigila esa boca, Paula —me regaña—. Venga, vas a llegar tarde.
—Lo siento —murmuro—. Es culpa tuya, Alfonso.
Me cuelgo la bandolera del hombro.
—¿Mía? —pregunta con los ojos muy abiertos—. ¿Qué es culpa mía?
—Nada, pero me retraso porque me estás distrayendo —lo acuso.
Me mira y tuerce el gesto.
—Te encanta que te distraiga.
Pues sí. No puedo negarlo.
Me deja en Berkeley Square en un tiempo récord. Son un peligro
sobre ruedas, él y su estúpido cochecito de gama alta. Lo aparca en una
zona prohibida en la esquina y se vuelve para mirarme. Se está mordiendo
el labio inferior, lleva haciéndolo casi todo el trayecto. ¿Qué estará
pensando?
—Me encanta despertarme a tu lado —dice con dulzura, y se acerca
para acariciarme el labio con el pulgar.
Yo también me vuelvo para mirarlo a la cara.
—Y a mí. Pero no me gusta que me dejen hecha polvo por llevarme a
correr a las cinco de la mañana.
Mis piernas ya están resentidas, y van a ir a peor. No estiré después de
correr porque don Difícil y su manía de llevarme la contraria me
distrajeron. Voy a estar muy incómoda todo el día, sólo me faltaban los
tacones para rematarlo.
—¿Preferirías que te follara hasta dejarte hecha polvo? —Me dedica
su sonrisa arrebatadora y me pasa la mano por la parte delantera del
vestido.
«Ah, no, ¡de eso nada!»
—No. Prefiero el sexo soñoliento —lo corrijo. Me acerco, le planto un
beso casto en los labios, me bajo del coche y lo dejo solo con su ceño
fruncido. Vuelvo a entrar—. Te veo mañana. Gracias por dejarme exhausta
antes de ir a trabajar.
Cierro la puerta y empiezo a caminar con mis piernas maltratadas y el
par zapatos más incómodo que tengo. Gracias a Dios que me toca pasar el
día en la oficina, porque no podría patearme Londres con estos taconcitos.
El teléfono me grita desde el bolso. Lo saco.
"Estás increíble con ese vestido. Buena elección. De nada. Bss, P."
Me vuelvo y veo que me está mirando. Doy una vueltecita sobre mí
misma y diviso su deslumbrante sonrisa antes de captar el rugido gutural
de su coche, que desaparece a toda pastilla. Sonrío para mis adentros. Ha
sido bastante razonable esta mañana.
Entro en la oficina y me encuentro a Tom consolando a Victoria, que
está sentada a su escritorio. Pongo los ojos en blanco disimuladamente.
¿Qué drama se ha montado a las ocho y media de un viernes por la
mañana?
—Ve a que te la arreglen —le dice Tom con cariño pasándole la mano
por la espalda para calmarla. Me fijo y veo que Victoria se está mirando la
uña del pulgar. Vuelvo a poner los ojos en blanco.
—¡Hoy no tengo tiempo —lloriquea—. ¡Esto es un desastre!
¿Se ha roto una puñetera uña? Esta chica debería haber estudiado arte
dramático. Entonces me acuerdo... Tiene una cita con Drew esta noche. Sí,
esto es un verdadero desastre para Victoria. Voy hacia mi mesa y me
planta delante la uña rota. Tom sigue pasándole la mano por la espalda. Mi
compañero me mira con dramatismo y cara de «Señor, dame fuerzas» antes
de venir corriendo a mi lado de la oficina. Sé lo que toca ahora.
Apoya las palmas de las manos en mi mesa y se inclina hacia
adelante.
—Quiero saberlo todo.
—Chitón. —Lo miro con el ceño fruncido y echo la vista atrás para
ver si Patrick está en su despacho. No está, pero puede que se encuentre en
la cocina o en la sala de reuniones. Debería haber sabido que mi amigo,
gay y muy curioso, querría interrogarme sobre la visita sorpresa que Pedro
hizo ayer a la oficina. De hecho, lo que no sé es cómo ha podido esperar a
esta mañana.
Tom hace un gesto con la mano para quitarle importancia.
—No está. ¡Desembucha!
Centro la atención en el ordenador, lo enciendo y muevo el ratón sin
ningún propósito concreto. ¿Qué le digo? ¿Que me he enamorado de un
hombre mandón, exigente, neurótico, irracional, que pasa por encima de
quien haga falta, que casualmente es un cliente y que me folla hasta
hacerme perder el sentido? Ah, y que también me amenaza con iniciar la
cuenta atrás si lo desobedezco. Sí, con eso lo tiene todo. Levanto la vista y
veo que Victoria se ha unido al interrogatorio.
—Está como un queso, el h de p —canturrea.
—¿H. de p.?
—Hijo de perra —responden al unísono.
Ah. Sí, eso también. Sonrío para mis adentros y estiro las piernas bajo
la mesa con un suspiro. Qué gusto.
—¡Queremos saberlo todo!
—Me acuesto con él. —Me encojo de hombros. «¡Estoy enamorada de
él!»
Me miran como si me hubieran salido cuernos. Luego se miran el uno
a la otra y ponen los ojos en blanco. Se cruzan de brazos y se quedan de
pie, delante de mí. Tom me estudia a través de sus gafas de moderno y yo
bajo la vista para ver si también están dando golpecitos en el suelo con el
pie.
—Paula, eso ya lo sabemos —bufa Tom, impaciente—. Lo que
queremos saber es si el sexo de recuperación se ha convertido en algo más
interesante.
Acerca aún más la cabeza a mí y me siento observada en un
microscopio. Eso están haciendo. Dejo de tocarme el pelo con los dedos.
—Podría preguntárselo a Drew —interviene Victoria con voz
chillona.
—¿Qué? —Le lanzo una mirada furiosa al darme cuenta de lo que
quiere decir—. Victoria, no estamos en el instituto. No necesito que
preguntes a sus amigos. ¡Mantén la boca cerrada! —He sido muy borde,
pero es que realmente me cuesta creer que haya sugerido algo tan patético
e inmaduro.
Me mira con expresión dolida, lo deja estar y vuelve a su mesa y a su
uña rota. Tom me observa con cara de desaprobación. Sacudo la cabeza.
Esta chica a veces es tonta de remate.
—Es sexo, nada más —lo informo—. ¡Ahora, déjame en paz!
Cojo el ratón y lo muevo sin rumbo por la pantalla.
—Ajá —farfulla antes de irse y dejarme tranquila—. Y una mierda es
sólo sexo —lo oigo murmurar.
Paso la mañana llamando a mis clientes y revisando plazos. Estoy
satisfecha. Todo va como la seda. No hay dramas de los que ocuparme ni
contratistas perezosos a los que despedir. Anoto unas cuantas citas para la
semana que viene y sonrío al escribir entre las diagonales trazadas con
rotulador permanente. Tengo que cambiar de agenda antes de que Patrick
vea la infinidad de citas diarias con el señor de La Mansión.
Acepto gustosa el capuchino y la magdalena que aterrizan en mi mesa,
cortesía de Sally, y frunzo el ceño al oír un caos de bocinas en la puerta de
la oficina. Miro y veo una furgoneta rosa aparcada en doble fila y a Kate
saludando con la mano como una loca en mi dirección. Intenta llamar mi
atención. Salto de la silla y gruño ante el grito de protesta de mis
músculos. Resoplo con cada paso que doy hasta llegar a Margo Junior y
sonrío con afecto al ver el rostro emocionado de mi amiga.
—¿Verdad que es una belleza? —Kate acaricia con amor el volante de
Margo Junior.
—Es preciosa —le digo, pero entonces me acuerdo de otra cosa—. ¿A
qué juegas dejando que Sam escarbe en mi cajón de la ropa interior?
—¡No pude impedírselo! —dice con una voz dos tonos más aguda de
lo habitual y a la defensiva. Como debe de ser—. Es un cabroncete picarón
—sonríe.
No me cabe la menor duda. Lo que me recuerda la tontería esa de
tener a Kate atada a la cama. Me siento tentada a preguntarle, pero en
seguida decido que prefiero no saberlo.
—¿Qué tal está Pedro? —La sonrisa le va ahora de oreja a oreja.
—Bien. —La miro recelosa.
—Has dormido con él —dice en tono sugerente—. ¿Lo has pasado
bien?
Me atraganto.
—Bueno, me llevó de paquete en una supermoto Ducati 1098, hizo
que Sarah me lanzara miradas como cuchillos y me ha obligado a correr
catorce kilómetros esta mañana. —Me agacho para masajearme los muslos
doloridos.
—Joder, ¿sigue dándote el coñazo? Dile que se vaya a paseo. —
Frunce el ceño—. ¿Has corrido catorce kilómetros? Qué putada. ¿Y qué
diablos es eso de una Ducati?
—Una supermoto. —Me encojo de hombros. Yo tampoco habría
sabido lo que era hace unos días—. Ha ingresado cien mil libras en la
cuenta de Rococo Union.
—¿Qué? —chilla.
—Lo que oyes.
—¿Por qué?
Me encojo de hombros.
—Para que Patrick esté tranquilo mientras él dispone de mí. No quiere
compartirme.
—¡Guau! Ese hombre está loco.
Me río. Sí, es un loco; un loco que alucina; un loco rico; un loco
difícil; un loco adorable...
—¿Salimos esta noche? —pregunto. He rechazado al loco porque
daba por sentando que Kate estaría disponible. Es él quien no puede dar por
sentado que yo estaré disponible para que me folle siempre que le
apetezca. Aunque resulta tentador.
—¡Desde luego! ¡Avisa a Victoria y al gay!
Me relajo, aliviada.
—Victoria tiene una cita con Drew, pero avisaré a Tom. ¿No vas a ver
a Sam esta noche? Empieza a formar parte del mobiliario de tu piso. —
Arqueo una ceja. En realidad, es una pieza de mobiliario medio en cueros,
pero eso me lo callo.
Va a decirme que sólo está pasando un buen rato.
—Sólo estamos pasando un buen rato —responde altanera.
Me río de su indiferencia. Sé que es pura fachada. Estamos hablando
de la chica que no ha tenido una segunda cita desde hace años. Sam es muy
mono. Entiendo que le guste.
Alguien empieza a tocar la bocina detrás de Margo Junior.
—¡Que te den! —grita Kate—. Me voy. Te veo luego en casa. Te toca
a ti comprar el vino.
Sube la ventanilla con una amplia sonrisa dibujada en la cara. No
puedo creerme que le haya comprado una furgoneta.
De repente, recuerdo el trato que he hecho a cambio de mi ropa... No
puedo beber esta noche. Bueno, a la porra. Estoy deseando tomarme una o
dos copas. No se enterará nunca. Kate desaparece por la calzada y yo
regreso a la oficina.
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