Sobre las seis en punto estoy sentada en medio de mi habitación
rodeada de bolsas de basura. He sido despiadada. Es evidente que la última
vez que tiré cosas no me puse demasiado en serio, porque he reunido
cuatro bolsas para donar. Todo lo que no me he puesto en los últimos seis
meses está en alguna de esas cuatro bolsas. El resto está lavado y
planchado y ya lo he doblado y guardado. Me siento purificada. Vacío la
papelera en otra bolsa de basura. Las calas que Pedro me envió están
marchitas, arrugadas y descoloridas. Debería haberlas puesto en agua, pero
la verdad es que no esperaba volver a verlo. Quería olvidarme de él.
Imposible. Sonrío para mis adentros mientras cierro la bolsa y la saco al
contenedor.
Me dejo caer sobre el sofá con una botella de vino y una tableta de
chocolate de tamaño familiar, dispuesta a ponerme al día con la telebasura
del sábado noche.
Unas horas después, miro el último trozo de chocolate y siento
náuseas. Tengo que empezar a comprarlas de tamaño mediano. Me lo como
y lo mastico sin ganas mientras hago zapping.
El sonido de mi móvil me obliga a levantarme del sofá, y mi corazón
da un pequeño brinco. Podría ser Pedro. Miro la pantalla y me lamento. Es
Matias. ¿Qué quiere ahora? Es sábado por la noche, y ya está otra vez soltero
para hacer lo que le plazca. Aunque, de todas maneras, tampoco es que
nada le impidiera hacerlo cuando todavía estábamos juntos.
—Dime.
—Paula, ¿estás bien? —No parece estar borracho.
—Sí, ¿y tú? —¿Qué querrá?
—Bien, ¿qué tal fue ayer?
Mi copa de vino se detiene a medio camino de la mesa a mis labios.
¿Por qué de repente me siento interrogada? No es más que una pregunta
cordial. ¿Qué debería contestar? ¿Que me tiré a su nuevo propietario en el
ático y que después me fui a su casa? ¿Que me dio por el culo? ¿Que es
mayor que yo, aún no sé cuánto, pero que es un auténtico adonis? ¿Que casi
no puedo andar?
—Muy bien, gracias —respondo finalmente.
—Genial —gorjea, pero después se hace un silencio.
¿A qué viene este interés repentino por mi carrera? Cuando le dije que
había conseguido el contrato del Lusso se limitó a preguntarme qué había
de cenar. Entonces lo oigo coger aire.
—Paula, ¿te apetece que vayamos a comer el martes? —No suena
normal. Suena nervioso y tímido, no como el Matias engreído y pagado de sí
mismo que yo conozco. ¿Qué hace en casa un sábado por la noche?
—Claro, ¿va todo bien?
—La verdad es que no. Ya hablaremos el martes, ¿vale?
—Vale —respondo vacilante. Espero que no haya pasado nada grave.
—Quedamos a la una en el Baroque, ¿te parece?
—Claro, nos vemos entonces. —Cuelgo. La verdad es que no parece
estar nada bien. Puede que fuese una rata infiel y arrogante pero, aunque
estoy mucho mejor sin él, no deja de importarme su bienestar de la noche a
la mañana.
Apago el televisor, me dirijo a mi habitación recién ordenada y me
meto rápidamente bajo las sábanas. Estoy agotada por completo. Meterme
en la cama a estas horas un sábado por la noche es algo que no hacía desde
hace mucho tiempo, pero después de mis recientes esfuerzos lo único que
me apetece es dormir.
Me despierto al oír música y me desperezo en la cama. Me estiro con
satisfacción, síntoma de que he tenido un sueño muy reparador. Me
incorporo. ¿Qué es eso? Mi cerebro tarda un tiempo en espabilarse, pero,
cuando lo hace, sigo oyendo la música. Me aparto el pelo de la cara. La
música se detiene.
«¿Eh?» ¿Ha vuelto ya Kate? Miro el reloj. ¿Las nueve en punto?
Joder, no me levantaba tan tarde desde hace años. Vuelvo a desplomarme
sobre la almohada con una sonrisa. Parece que Pedro Alfonso les va bien a mi
vida sexual y a mi descanso.
Ya está esa música otra vez. El familiar sonido de la canción de Oasis
Sunday Morning Call, cantada por Noel Gallagher, se me clava en los
tímpanos. Me encanta esa canción. Frunzo el ceño, cojo el teléfono y veo
que el nombre de Pedro parpadea en la pantalla. Sonrío y contesto.
—¿Cómo lo has hecho? —Tengo la voz ronca de tanto dormir.
—¿El qué? —pregunta. No lo veo, pero sé que está esbozando esa
sonrisa arrogante y sexy suya.
—Has manipulado mi teléfono —lo increpo.
—¿Dónde estás?
—En la cama. —«¡Recuperándome de ti!»
—¿Desnuda? —pregunta, con voz grave y sensual.
¡Ni hablar! No pienso iniciar una sórdida sesión de sexo telefónico. Sé
por dónde van los tiros. Su voz me provoca ciertas reacciones.
—Pues no, la verdad.
—Yo podría ponerle remedio.
Me estremezco sólo con pensarlo. ¿Cómo es posible que mi cuerpo
responda de esta manera estando al otro lado de la línea telefónica?
—¿Qué tal tu nuevo apartamento? —Tengo que cambiar el hilo de la
conversación rápidamente.
—Lleno de mierda italiana.
—Muy gracioso. ¿Dónde estás?
Él suspira.
—En La Mansión. Dijiste que me llamarías. —Parece desairado.
Sí, dije que te llamaría, pero sólo han pasado unas veinticuatro horas...
Y me incomoda bastante el hecho de que ya me muriera de ganas de
hacerlo.
—Se me pasó el tiempo arreglando mi cuarto. —Es verdad. Y estoy
muy orgullosa del resultado. Sólo paso por alto el hecho de que hice todo
lo posible por mantenerme ocupada.
—¿Qué haces hoy? Quiero verte.
¿Qué? ¿Así, sin más? Joder, ¿no ha tenido suficiente? Es evidente que
no, pero ¿es buena idea? Mierda, estoy deseando verlo. Soy demasiado
joven para él. Y no me fiaría de él por nada del mundo. Con ese físico, esa
confianza en sí mismo y ese talento en el ámbito del placer, es un peligro
para un corazón roto. Necesito un hombre en el que confiar, alguien que
me cuide y que beba los vientos por mí. Me río para mis adentros. Mis
expectativas son demasiado altas, pero después de mis dos últimas
relaciones pienso ceñirme a ese plan. Si Pedro quiere verme, tendrá que ser
bajo mis condiciones. No debe saber que estoy desesperada.
—No puede ser —digo con desdén—. Estoy muy ocupada. —
¡Haciendo nada! Joder, necesito verlo.
—¿Haciendo qué? —pregunta estupefacto.
¿Por qué no iba a estar ocupada? Tengo una vida.
—Muchas cosas.
—¿Te estás tocando el pelo por casualidad? —Su voz suena
socarrona.
Me quedo inmóvil, con el pelo entre los dedos. ¿Cómo lo ha sabido?
—Te llamaré mañana —le informo. ¿Voy a hacerlo?
Justo cuando estoy a punto de colgar, oigo esa voz desagradable que
tanto detesto. ¿Qué coño está haciendo ella ahí? Me molesta lo incómoda
que me hace sentir. Aunque debería darme igual.
—Paula, espera un momento. —Debe de haber tapado el teléfono,
porque ahora las voces suenan amortiguadas, pero no hay duda de que era
ella. Me cabreo, lo cual es totalmente ridículo—. Sarah, dame un minuto, ¿quieres? —Parece algo enfadado
—. Paula, ¿sigues ahí?
Debería colgar.
—Sí. —¡Seré idiota!
—Vas a llamarme mañana —dice. Y es una afirmación, no una
pregunta.
—Sí. —Cuelgo rápidamente.
No era así como quería que acabase la conversación. Prácticamente
me ha ordenado que le llame, y yo he accedido. Eso no es llevar las
riendas.
Me levanto enfurruñada de la cama y me meto en la ducha. Total,
¿qué voy a hacer hoy? Kate no está y la casa está impecable, como
siempre. Tengo que buscarme algo que hacer para aplacar los celos
irracionales que me han entrado.
Debería colgar.
—Sí. —¡Seré idiota!
—Vas a llamarme mañana —dice. Y es una afirmación, no una
pregunta.
—Sí. —Cuelgo rápidamente.
No era así como quería que acabase la conversación. Prácticamente
me ha ordenado que le llame, y yo he accedido. Eso no es llevar las
riendas.
Me levanto enfurruñada de la cama y me meto en la ducha. Total,
¿qué voy a hacer hoy? Kate no está y la casa está impecable, como
siempre. Tengo que buscarme algo que hacer para aplacar los celos
irracionales que me han entrado.
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