acuerdo con Rococo Union y que Patrick pierda el trabajo. Pero ¿por qué
últimamente todos los hombres caen rendidos a mis pies? Los hombres
maduros, para ser más exactos. Es bastante mayor que Pedro. O al menos
eso parece. Es muy guapo, pero, por Dios, debe de sacarme unos veinte
años. Me río para mis adentros. Al menos éste no me ha encerrado en una
suite. ¿Qué hago?
—Señor Van Der Haus...
—Mikael, por favor —me interrumpe con una sonrisa.
—Mikael, no creo que mezclar los negocios con el placer sea buena
idea. Es mi política, aunque me siento muy halagada.
Me río de mi propia osadía. ¿Desde cuándo me ha supuesto eso un
problema últimamente? ¿Y por qué he hablado de placer? He dado por
hecho, y sugerido a la vez, que sería placentero cenar con él. Tal vez no lo
habría sido; o quizá sí, y mucho. ¡Ay, Dios! Me lanzo mentalmente contra
la preciosa chimenea.
—Vaya, es una lástima, Paula —suspira.
—Sí, sí que lo es —coincido, y regreso a la realidad cuando levanta la
cabeza con expresión de sorpresa.
Vuelve a inclinarse hacia adelante.
—Admiro tu profesionalidad.
—Gracias. —De nuevo estoy completamente roja.
—Espero que esto no afecte nuestra relación profesional, Paula. Tengo
muchas ganas de trabajar contigo.
—Yo también tengo muchas ganas de trabajar contigo, Mikael.
Se levanta del sillón y se acerca a mí con la mano extendida. ¡Gracias
a Dios! Yo le ofrezco la mía y dejo que me la estreche con suavidad. En
serio, ¿me ha hecho venir sólo para pedirme que cene con él? Podría
haberme llamado.
—Te enviaré lo acordado en cuanto tenga la oportunidad. Y cuando
vuelva de Dinamarca me gustaría enseñarte el edificio. Hasta entonces,
puedes ir preparando unos cuantos bocetos. Te he mandado los planos a la
oficina y te enviaré las especificaciones por correo electrónico.
—Gracias, Mikael. Que tengas buen viaje.
—Adiós, Paula.
Sale de la estancia caminando sobre sus largas piernas.
Vaya, qué situación tan incómoda. Continúo sentada y apuro el vaso
de agua mientras doy vueltas al caos emocional en el que estoy sumida. Si
Pedro fuera tan cortés como Mikael, ahora no me sentiría tan mal. Lo de no
mezclar los negocios con el placer nunca ha sido mi política pero,
básicamente, porque nunca había necesitado tener una al respecto. En tan
sólo dos semanas se me han declarado dos clientes ricos y atractivos. A
uno lo he rechazado, pero con el otro he caído de pleno. Y como resultado
estoy hecha un lío. No mezclar los negocios con el placer es mi nueva
norma, y pienso cumplirla. Aunque en realidad tampoco creo que vaya a
hacerme mucha falta, porque Mikael ha aceptado mi negativa con
amabilidad y Pedro no ha vuelto a llamarme desde que me abandonó. ¿Me
abandonó?
Sobre las dos y media estoy de vuelta en la oficina. No le comento
nada a Patrick de lo rara que ha sido la reunión con Mikael Van Der Haus,
sobre todo porque me preocupa que, por el bien del negocio, me obligue a
ir a cenar con él. Patrick daría por sentado que sería una cena de negocios,
pero Mikael ha dejado perfectamente claro que no tenía nada que ver con
eso. Me limito a decirle lo de los correos electrónicos, los bocetos y sus
intenciones de mostrarme el edificio a su regreso de Dinamarca. Eso
parece contentarlo.
Saco el móvil del bolso y veo que no tengo ninguna llamada perdida.
Hago caso omiso de la puñalada de decepción que siento y empiezo a
anotar algunos comentarios sobre diseño escandinavo. Sé que el mío se
basará en la vida fácil, blanca y pura, pero me reconforta el hecho de que
sea algo tranquilo y cálido, y no vacío y frío.
Suena el teléfono y lo cojo con demasiada rapidez. Es Kate.
—Hola —digo con una voz exageradamente alegre. No sé por qué me
molesto. Ella lo nota de inmediato.
—¿Fingiendo indiferencia, tal vez? —pregunta.
—Sí.
—Ya me imaginaba. ¿No sabes nada de él?
—No.
—Día de monosílabos, ¿eh?
—Sí.
Ella suspira profundamente al otro lado de la línea.
—Bueno. ¿Les has preguntado a Victoria y al Gran Gay si van a salir
el sábado por la noche?
—No, pero lo haré. Acabo de volver de una reunión muy extraña. —
Abro el primer cajón de mi mesa para coger un clip y veo la cala aplastada
bajo mi grapadora.
—¿Extraña por qué? —pregunta intrigada.
—He ido a ver al promotor del Lusso, bueno, a uno de ellos. Me ha
preguntado si quería cenar con él. Ha sido muy incómodo. —Cojo la cala y
la tiro a la papelera de inmediato.
Ella se echa a reír.
—¿Cuántos años tiene éste?
Su insinuación me irrita.
Es mucho mayor que Pedro. Cuánto, no lo sé, pero no hay duda de que
es más viejo. Es probable que jamás lo sepa con exactitud.
—Unos cuarenta y pico, creo, pero es muy atractivo, del tipo
escandinavo. —Me encojo de hombros y muevo el ratón por la pantalla sin
ningún objetivo en concreto. Está claro que no está a la altura de Pedro,
pero es atractivo.
—Te has convertido en un imán para maduritos. ¿Vas a ir?
—¡No! —chillo—. ¿Para qué?
—¿Y por qué no? —No la veo, pero sé que tiene una ceja enarcada.
—No, no puedo porque tengo una nueva política: no mezclar los
negocios con el placer.
—¡APARTA! —grita, y me hace dar un brinco en la silla—. Perdona,
un capullo estaba cortándome el paso. Así que nada de mezclar los
negocios con el placer, ¿eh?
—Exacto. ¿Estás hablando por teléfono mientras conduces, señorita
Matthews? —la reprendo. Sé que Margo no tiene manos libres.
—Sí, será mejor que cuelgue. Nos vemos en casa. Y no olvides
comentarles al Gran Gay y a Victoria los planes del sábado.
—¿Qué planes? —pregunto antes de que cuelgue.
—Pillarnos un pedo, en el Baroque, a las ocho en punto.
Pillarnos un pedo. Sí, es un buen plan.
Salgo de la oficina a las seis con Tom y Victoria.
—¿Os apetece salir el sábado, chicos?
Tom se detiene súbitamente y levanta las palmas de las manos con
una expresión de absoluta sorpresa en su cara de niño.
—¡Dios mío, sí! A mediodía me he comprado una camisa de color
coral maravillosa. ¡Es divina!
Victoria ríe, le da una palmada en el culo y lo empuja hacia adelante.
—¿Adónde vamos? —pregunta.
—Al Baroque, a las ocho —contesto—. Y ya veremos qué nos depara
la noche.
—¡Me apunto! —canturrea Victoria—. Pero nada de ligues gays,
Tom. Me toca follar a mí —gruñe.
Tom frunce el ceño.
—¿Y yo qué?
—Tú ya has tenido bastante. Es mi turno —le espeta—. Además, ¿qué
ha sido del científico?
—Lo cierto es que la ciencia es muuuy aburrida —refunfuña.
Nos despedimos en el metro de Green Park. Cojo la línea Jubilee
hacia la Central. Victoria y Tom cogen la de Piccadilly.
GRACIAS POR LEER!♥♥
Muy lindos capítulos!!! Queremos mas por ser domingoooo jajaja @AmorPyPybb
ResponderEliminarextraño a Pedro :(
ResponderEliminarxq solo subes 2? sube masss x faaa!!!
ResponderEliminar