lunes, 31 de marzo de 2014

Capitulo 120 ♥

Me deposita en el taxi y me tortura sin piedad de camino a casa. Su
erección de acero salta a la vista bajo los pantalones cortos, y yo no sé qué
hacer para disipar la tensión que se apodera de mí entre mis muslos.
—Buenos días, Clive —dice Pedro a toda velocidad mientras tira de
mí.
Menos mal que llevo puestas las deportivas, porque parece que está
haciendo un sprint. No se detiene cuando Clive le devuelve el saludo. Me
mete en el ascensor, introduce el código en el teclado y me empuja contra
la pared de espejos. Ataca mi boca con avidez.
—¡Es posible que, en el futuro, tenga que follarte antes de salir a
correr! —ruge en mi boca. Su tono primitivo me parte en mil pedazos bajo
su cuerpo duro.
Tengo las manos en su pelo y él acerca aún más la boca a la mía.
Nuestras lenguas libran una batalla campal. Esto va a ser visto y no visto.
Hemos dejado atrás el territorio del sexo soñoliento y, si las puertas del
ascensor no se abren pronto, lo vamos a hacer aquí mismo.
Las puertas se abren como si pudieran leerme el pensamiento y me
hace entrar en el ático andando hacia atrás; nuestras bocas siguen fundidas
y nuestras lenguas se baten en duelo. No sé cómo lo hace, pero consigue
abrir la doble puerta de entrada sin separarse de mí y ya me está
arrancando la ropa antes de que ésta se haya cerrado. Quiere estar dentro de
mí cuanto antes, lo cual me parece perfecto. Ha sido la carrera en taxi más
larga que he tenido que soportar en toda mi vida.
Me deshago de las bragas de un puntapié en cuanto él me las baja y
empiezo a quitarle la camiseta por encima de la cabeza. Su boca se separa
de la mía justo el par de segundos que necesito para deshacerme de la
camiseta y vuelve a chocar contra la mía.Pedro avanza con decisión y me
lleva, andando hacia atrás, hacia la pared que hay junto a la puerta
principal.
Me vuelve de espaldas.
—De rodillas. Pon las manos contra la pared —me ordena con
urgencia.
Obedezco al instante mientras él se libra de las deportivas y de los
pantalones cortos. Me pongo de rodillas y apoyo las palmas de las manos
en la pintura fría, jadeante e impaciente. Me coge firmemente de las
caderas y doy un respingo, pero no me suelta. Tira un poco de mis caderas,
me abre de piernas y se coloca detrás de mí.
—No te corras hasta que yo lo diga, ¿entendido?
Asiento y cierro los ojos intentando prepararme para la sobrecarga de
potencia que mi cuerpo está a punto de recibir con los brazos abiertos. A
estas alturas ya debería saber que, cuando se pone así, no hay ejercicio
mental capaz de prevenirme para lo que viene.
Noto la punta de su polla haciendo presión en mi entrada y, en cuanto
la encaja, empuja hacia adelante con un grito incoherente. No me deja
respirar ni un resquicio para ajustarme o aceptarlo. Inmediatamente, tira de
mí hacia él y empieza a entrar y a salir a toda potencia, sin piedad. Está
poseído.
«¡Joder, joooodeeeer!»
Abro los ojos, sorprendida, y recoloco las manos en la pared,
buscando estabilidad desesperadamente mientras él sigue penetrándome
como un salvaje.
—¡Por Dios, Pedro! —grito ante la deliciosa invasión de mi cuerpo.
—¡Sabías lo que te esperaba, Paula! —ruge volviendo a la carga—. Que
no se te ocurra correrte.
Intento pensar en cualquier cosa menos en la rápida e inmensa
acumulación de placer que crece en mi entrepierna, pero sus embestidas
salvajes e incansables no me ayudan en absoluto. Como siga a este ritmo,
no voy a poder aguantarme.
—¡Joder! —grita, frenético—. ¡Me vuelves loco! —enfatiza cada
palabra con una embestida potente y precisa. Estoy sudando más que
durante la carrera de dieciséis kilómetros.
Sus manos abandonan mis caderas y trepan por mi espalda hacia mis
hombros, y echo atrás la cabeza cuando me agarran, firmes y ardientes, de
la nuca. Estoy delirando de placer. Las señales delatoras de que él también
se está poniendo tenso viajan por sus brazos, directas a mis hombros. Qué
alivio. He pasado el punto de no retorno pero no puedo correrme hasta que
él me lo diga. ¿Qué haría si lo desobedeciera y me entregara a mi orgasmo
inminente?
Sigue sacudiendo y golpeando las caderas contra mis nalgas y, con un
rugido que me rompe los tímpanos, me penetra con tanta fuerza que se me
saltan las lágrimas. Acto seguido, se queda quieto y se apoya en mi
espalda, cosa que me empotra más aún contra la pared. Mueve las caderas
en círculos, muy dentro de mí. Estoy temblando, tengo el cuerpo al límite.
Me coge de la coleta y tira de ella hasta que tengo la cabeza sobre su
hombro. Lleva la mano lastimada a mi ombligo y luego al interior de mis
muslos.
Tira otra vez de mi pelo hasta que vuelvo la cara. Mi visión borrosa se
topa con algo verde oscuro.
—Córrete —me ordena. Desliza el dedo por el centro de mi sexo y su
lengua arrasa mi boca.
Sus palabras desatan un tsunami de placer en mi entrepierna que se
apodera de cada centímetro de mi ser y exploto con un gemido largo y
satisfecho en su boca.
No puedo moverme. Me hundo en su abrazo y lo dejo que me acaricie
durante mi orgasmo.
—Eres un dios —farfullo contra sus labios.
Noto que sonríe.
—Eres muy afortunada.
—Y tú, un dios arrogante.
Sale y me da la vuelta entre sus brazos. Lo ayudo a maniobrar y le
rodeo el cuello con las manos.
—Tu dios arrogante quiere pasar el resto de su vida profesándote su
amor y cubriéndote con su cuerpo. —Se pone de pie y me lleva consigo.
Estoy encantada, pero también intento ignorar la diminuta parte de mi
cerebro que trata de recordarme que con el cuerpo y el amor de Pedro
también van incluidos don Controlador y don Difícil.
—¿Qué hora es? —pregunto besándolo a la luz matutina.
—No lo sé. —Sigue cubriéndome de besos y yo empiezo a andar hacia
atrás, en dirección a la cocina, para intentar mirar la hora en el reloj. Me
sigue, todavía abrazado a mí y dándome besos por todas partes.
Veo el reloj con el rabillo del ojo.
—¡Mierda!
—¡Oye! ¡Cuidado con esa puta boca!
Me libero de su abrazo y comienzo a subir la escalera corriendo.
—¡Son las ocho y cuarto! —grito subiendo los escalones de dos en
dos. ¿Cómo ha pasado tan rápido la mañana? Mi dios arrogante es toda una
distracción. Voy a llegar tardísimo.
Me meto en la ducha y me libro de los restos de sudor y de semen a
toda velocidad. Me estoy aclarando el pelo frenéticamente cuando noto que
las manos de Pedro me acarician la barriga. Me enjugo el agua de los ojos y
lo veo a mi lado, esgrimiendo su sonrisa especial, sensual y arrebatadora.
—Ni se te ocurra —le advierto. No me va a distraer más.
Pone morritos y lleva las manos a mis hombros. Tira de mí hacia su
boca.
—Llego tarde —discuto débilmente, intentando resistirme a las ganas
que me están entrando de confraternizar con él, que sigue besándome en
los labios.
—Quiero pedir cita —dice lamiéndome el labio inferior y arrimando
la entrepierna a mi estómago.
—¿Para follarme? No hace falta cita —bromeo intentando apartarme
de él.
Ruge y me abraza con fuerza.
—¡Esa boca! Ya te lo he dicho. No necesito pedir cita para follarte. Lo
hago cuando quiero y donde quiero. —Me restriega otra vez la entrepierna
y es entonces cuando sé que tengo que escapar antes de que me devore de
nuevo.—Tengo que irme.
Me zafo de su abrazo, salgo de la ducha a toda prisa y lo dejo ahí,
triste como un colegial. Acaba de follarme, aunque la verdad es que yo
también tengo ganas de repetir.
Me lavo los dientes y voy al dormitorio. Me siento delante del espejo
de cuerpo entero y saco mi neceser de maquillaje y el secador de pelo.
Empiezo a secármelo a toda velocidad y me hago un recogido rápido.
Ahora, por el maquillaje.
Pedro sale del baño en toda su gloriosa desnudez y sin un ápice de
pudor. Le lanzo una mirada furibunda a su espalda desnuda y obligo a mis
ojos a volver a centrarse en el maquillaje. Me está distrayendo a propósito.
Me acerco al espejo y me aplico la máscara de pestañas. Cuando me
aparto, Pedro está a mi lado, mirándose al espejo. Levanto la vista y me doy
en las narices con la punta de su hombría semierecta. No puedo apartar la
vista. Estoy encantada. Mi ávida mirada asciende por su cuerpo desnudo y
lo encuentra mirándose al espejo y peinándose el pelo hacia un lado con
una especie de cera. Sabe muy bien lo que se hace.
Respiro hondo para serenarme y me dedico a maquillarme, pero
entonces él empieza a frotarse contra mí. Su pierna fuerte y firme apenas
me roza la piel del brazo. Siento un escalofrío y levanto la vista. Está
intentando aguantarse la risa y fingir que la cosa no va con él. Qué cerdo.
Mira mi imagen en el espejo. En sus ojos brillan toda clase de
promesas. Entonces se agacha detrás de mí y me rodea con su cuerpo. Se
sienta un poco más hacia adelante, apretándose contra mí, enroscando los
brazos en mi cintura y apoyando la barbilla en mi hombro. Le sostengo la
mirada en el espejo.
—Eres preciosa —susurra.
—Tú también —respondo, y me tenso un poco cuando noto su
erección en mi culo.
Lucha por contener la risa. Sabe perfectamente lo que está haciendo.
—No vayas a trabajar.
Sabía que esto iba a pasar tarde o temprano.
—Por favor, no me pidas eso.
Me pone morritos.
—¿No te apetece que nos metamos en la cama y te dedique mis
atenciones especiales durante todo el día?
No se me ocurre nada mejor que eso pero, si cedo, estaré sentando un
precedente que me va a acarrear muchos problemas en el futuro. No puede
tenerme dedicada a él en exclusiva todo el tiempo, aunque sé que él cree
que eso sería lo más natural del mundo.
—Tengo que trabajar. —Cierro los ojos cuando sus labios deciden
conquistar mi oreja.
—Tengo que tenerte. —Su lengua traza círculos en mi lóbulo.
¡Dios, tengo que huir ahora mismo!
—Pedro, por favor. —Me retuerzo entre sus brazos.
Su reflejo me lanza una mirada furiosa.
—¿Me estás diciendo que no?
—No. Te estoy diciendo que luego. —Intento razonar y me retuerzo
con más fuerza para poder darme la vuelta. Lo empujo, se tumba boca
arriba y yo aterrizo sobre él, sobre sus labios.
—Necesito trabajar, por Dios.
—Trabaja en mí. Seré un cliente muy agradecido.
Me aparto y sonrío.
—¿Quieres decir que en vez de partirme el espinazo para mantener a
mis clientes contentos con mis diseños, planes y fechas de entrega, debería
simplemente acostarme con ellos?
Se le ensombrece la mirada.
—No digas esas cosas, Paula.
—Era una broma. —Me echo a reír.
De repente estoy con la espalda pegada al suelo, debajo de él,
inmovilizada por su peso.
—¿Acaso me estoy riendo? No digas cosas que hagan que me ponga
como un energúmeno.
—Lo siento —digo de inmediato. Necesito vivir con su tolerancia
cero a los chistes sobre otros hombres y yo.
Niega con la cabeza y se levanta, camino del armario vestidor. Me
siento y aprovecho que ya no hay distracciones para terminar de
maquillarme. Lo he hecho enfadar de verdad.
Una imagen inesperada y que no me gusta un pelo de Pedro con otra
mujer me viene a la cabeza. Ahora soy yo la que niega con la cabeza. Es
como si mi subconsciente me estuviera dando a probar mi propia medicina.
Hago una mueca de asco y tiro el eyeliner al neceser de maquillaje. Ha
funcionado. La piel me hierve de lo posesiva que me siento.
Me embadurno en manteca de coco, me pongo ropa interior de encaje
y mi vestido rojo recto y sin mangas.
—Me gusta ese vestido.
Me vuelvo y mis ojos reciben el impacto total de una hermosa bestia
con traje azul marino. Suspiro de admiración. Es demasiado perfecto y no
se ha afeitado. Babeo. Parece que se le ha pasado la pataleta.
—Me gusta tu traje —contraataco.
Sonríe y termina de arreglarse la corbata gris. Se baja el cuello de la
camisa. Si yo fuera cualquier otra mujer y me enterara de la existencia de
La Mansión y de que su propietario es un dios, también me haría socia.
Me está distrayendo otra vez. Lanzo el bolso sobre la cama, saco el
móvil, me pongo brillo de labios y cojo mis zapatos bajo su atenta mirada.
En vano, busco de nuevo mis píldoras pero sé que no las voy a encontrar.
—¿Se te ha perdido algo? —Se echa un poco más de loción para
después del afeitado.
Dios, esa fragancia.
—Mis píldoras —gruño con la cabeza casi dentro de mi bolso gigante.
Repaso con los dedos las costuras del forro, por si hay algún descosido.
—¿Otra vez?
Levanto la cabeza y le pido disculpas con una sonrisa. Me siento
como una idiota y no me apetece nada volver a visitar a la doctora Monroe.
Necesito solucionar esto antes de que pasen más días sin tomármelas.
—Te veo luego. —Me da un casto beso en la mejilla y me deja
buscando agujeros en el forro del bolso. Esto es una pesadilla. Tal vez
debería pedir la inyección y ahorrarme todo este apuro.
De repente me quedo petrificada, con el ceño fruncido y mi mente
apretando el gatillo... ¿Y si...?
No, no sería capaz. ¿Por qué iba a hacerlo?


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