sábado, 22 de marzo de 2014

Capitulo 88 ♥



Ha sido toda una sorpresa. Estoy agotada e intento inhalar todo el aire

posible para darles un descanso a mis pulmones. Hoy han trabajado duro.

—Por favor, dime que eres tú —jadeo con los ojos cerrados y

absorbiendo el calor de su cuerpo a través de su traje. No se ha quitado ni

la chaqueta.

—Soy yo —dice sin aliento, y me aparta el pelo de la espalda y me

lame la piel desnuda con la lengua.

Suspiro feliz y lo dejo morderme y lamerme a gusto.

—No te duches —me ordena entre lametones.

—¿Por qué? —Frunzo el ceño entre las sábanas. No iba a hacerlo de

todas formas, no tengo tiempo.

Se aparta, me da la vuelta, me agarra de las muñecas y las aplasta una

a cada lado de mi cabeza. Me mira desde arriba. Su pelo repeinado de esta

mañana ahora es un caos, pero no lo afea ni una pizca.

—Porque quiero que me lleves encima cuando salgas. —Deja caer los

labios sobre los míos.

Ah, se trataba de pasarme por encima. Yo tenía razón. Debería haberlo

sabido. Es un loco.

Me aplica una táctica nueva en la boca, hace remolinos con la lengua,

gime dentro de mí y me mordisquea los labios. Es algo completamente

distinto del feroz ataque que acabo de sufrir.

—¿Los hombres se sienten atraídos por las mujeres que acaban de

follar? —pregunto con sus labios entre los míos.

—Esa boca. —Se aparta y me mira con desaprobación—. Has bebido.

«¡Mierda!»

—No. —Mi tono es de culpabilidad.

Me mira las muñecas cuando nota la tensión de mi reflejo natural.

Luego me mira a mí con una ceja arqueada.

—Ni una más —me ordena con dulzura, y me da otro beso espléndido

—. Esperaba encontrarte cubierta de encaje de color crema —susurra en

nuestras bocas unidas.

Me alegro de que no haya sido así. Ahora estaría hecho pedazos en el

suelo y es un conjunto precioso. Quizá me compre más de ésos, puede que

en varios colores. Me libera una de las muñecas y me pasa el dedo por el

costado, por la parte sensible de mis caderas y allá donde se unen mis

muslos.

—Lo habrías destrozado —jadeo cuando me mete dos dedos. Aún no

me he recuperado del último clímax de locura y ya está en marcha el

siguiente. Este hombre tiene mucho talento.

—Es probable —confirma mientras mueve los dedos en círculo, muy

adentro, todo lo lejos que le permiten los dedos.

—Hummm —suspiro totalmente satisfecha y tensando las piernas

debajo de él.

—Tampoco te pases con el modelito de esta noche.

Estiro el brazo para cogerlo del hombro y atraerlo a mi boca pero no

me deja. Me mira expectante y me doy cuenta... de que está esperando que

le confirme que he entendido sus órdenes.

—¡No lo haré! —grito desesperadamente cuando me ataca con una

deliciosa pasada del pulgar por mi clítoris.

—Paula, ¿vas a correrte?

—¡Sí! —le grito en la cara. En cualquier momento, voy a tener un bis

de mi orgasmo anterior y va a ser igual de satisfactorio y de alucinante—.

¡Por favor!

Se aproxima, sus labios están todo lo cerca que pueden estar de los

míos sin tocarlos.

—Hummm, ¿te gusta, nena? —Los mete más y empuja hacia arriba

para acariciarme la pared frontal.

—¡Dios! —grito—. Por favor, Pedro.

Levanto la cabeza para intentar capturar sus labios pero los aparta.

—¿Me deseas?

Empiezo a arder, se me tensan las piernas cuando me acaricia entre

los labios hinchados.

—Sí.

—¿Quieres complacerme, Paula?

—Sí. ¡Pedro, por favor! —gimoteo.

Me quedo de piedra cuando extrae los dedos y se levanta de la cama.

«¿Qué? ¡No!»

Estoy a punto de caer del precipicio y, así, de repente, mi gran

orgasmo inminente desaparece. Ha hecho que me sienta como una bomba

sin explotar.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto; sigo de piedra.

—¿Quieres que termine? —Echa la cabeza a un lado y se abrocha los

pantalones.

—¡Sí!

Su mirada se clava en la mía.

—No salgas esta noche.

—¡No!

Se encoge de hombros.

—Mi trabajo aquí está hecho. —Me lanza un beso mientras me mira

con sus estanques verdes de párpados pesados, y luego da media vuelta y se

marcha.

Me quedo tumbada de espaldas, desnuda. Me siento como si me

hubieran marcado y necesito alivio desesperadamente. No puedo creerme

lo que acaba de hacer. Sé lo que ha sido eso. Ha sido un polvo para

hacerme entrar en razón fallido, seguido de una masturbación fallida. Es

una táctica de manipulación absoluta.

—¡Ya lo terminaré yo! —grito cuando la puerta se cierra detrás de él.

No lo haré. No será ni la mitad de satisfactorio si lo hago yo.

Lanzo un bufido y llevo mi cuerpo desnudo hasta el cajón de la ropa

interior para buscar mi conjunto más atrevido. El de encaje rosa servirá.

Me lo pongo y saco la bolsa de la tienda pija. Sonrío al apartar el papel de

seda que envuelve el vestido de quinientas libras, el vestido tabú por

excelencia. «El que ríe el último, señor Alfonso...»

Me peleo otra vez con la cremallera, me arreglo el maquillaje a medio

terminar y me miro al espejo. Me gusta lo que veo. El vestido tabú de seda

de color crema me queda muy bien. Tengo la piel un poco bronceada, los

ojos oscuros y ahumados y mi pelo es una masa de ondas chocolate. Me

calzo los tacones de aguja de color crema de Carvella y me echo unas gotas

de Eternity de Calvin Klein.

—¡Me cago en la leche! —chilla Kate. Me vuelvo y la veo mirando de

arriba abajo mi cuerpo embutido en seda—. ¡Va a volverse loco!

—El señor de La Mansión puede irse a tomar por el culo.

Kate se ríe.

—Vaya, esta noche quieres guerra. ¡Me encanta! —Entra, tan

despampanante como siempre, con un vestido verde brillante y tacones

azul marino—. ¿Qué ha hecho para merecerse esto?

—Me ha dejado a punto de correrme justo después de follarme para

que entrara en razón. —Lo digo tan pancha. No puedo creerme lo que

acabo de admitir.

Kate se deja caer en la cama, presa de un ataque de risa. No puedo

evitar reírme con ella. Supongo que tiene gracia.

—Dios, me encanta —farfulla entre carcajadas—. Me alegro de no ser

la única que está disfrutando del mejor sexo de su vida.

Se seca las lágrimas de risa de los ojos.

No me sorprende nada lo que dice. En absoluto. Sam no se pasea por

el apartamento medio en pelotas y con esa sonrisa lasciva en la cara porque

Kate le esté haciendo muchas tartas.

—Me tiene hecha un lío. —Sacudo la cabeza y vuelvo a mirarme en el

espejo para ponerme el pintalabios nude.

—¿Ya sabemos cuántos años tiene? —Kate coge mis polvos

bronceadores para dar una pasada extra a sus mejillas pálidas.

—Ni idea. Es un tema tabú, igual que la cicatriz del estómago.

Se pellizca las mejillas.

—¿Es importante? ¿Qué cicatriz?

—No, no lo es. La cicatriz es una cosa muy fea, de aquí a aquí. —Me

paso el dedo desde la parte baja del estómago hasta la cadera.

Mira mi reflejo en el espejo.

—Estás enamorada de él.

—Con locura —admito

***



Pasamos junto a los porteros del Baroque muertas de la risa. No estamos

borrachas, pero esta noche nos ha dado por reírnos.

—¿Qué vas a tomar? —pregunta Kate cuando se nos acerca un

camarero.

—Vino —contesto, y me río para mis adentros. Ha sido fácil.

Kate coge las bebidas y nos abrimos paso entre la multitud del viernes

por la noche hasta la última mesa libre, al fondo del bar. Me siento con

cuidado en el taburete, sujetándome el bajo del vestido. Sí que es un tabú.

—Bueno, cuéntame cosas. ¿Qué tal Sam? —pregunto como si nada.

Sé que es más que sexo. Creo que los dos han encontrado la horma de su

zapato. No conozco a Sam, pero sí a Kate, y para que dedique tanto tiempo

a un hombre tiene que ser muy especial. Lo único que sé de Sam es que

tiene una sonrisa picarona y que le gusta ir por ahí medio desnudo. Kate no

ha pasado tanto tiempo con un hombre desde que estuvo con mi hermano.

Sonrío ante su llegada inminente. Tengo muchas ganas de verlo, pero no

me apetece hablar de Dan esta noche, no con Kate.

Se encoge de hombros.

—Divertido.

—¡Venga ya! Te he contado mucho más sobre Pedro, ¡dame más!

Da un sorbo a la copa de vino y la deja sobre la mesa, con

tranquilidad.

—Paula, no es la clase de hombre con la que una sienta la cabeza. Lo

pasaré bien mientras dure, pero no voy a pillarme.

Por dentro, miro mal a Kate por recordarme lo me que dijo Sarah

acerca de plantearse un futuro con Pedro.

—¿Cómo lo sabes? —Intento poner orden en mis pensamientos

dispersos.

—Lo sé —me dice con media carcajada.

Si soy sincera, me decepciona un poco. Es vivaracha, se toma la vida

con calma y no tiene inhibiciones... Todo lo que Sam parece ser. Al menos,

por lo que yo he visto, y he visto bastante. ¿Qué problema hay?

—Me cae bien —admito. Es posible que sea un exhibicionista y un

pesado, pero es adorable.

—Bueno, a mí también me cae bien Pedro.

Me río. Claro que sí: le ha comprador una furgoneta. Pero me callo.

—Pero te gusta en plan amigo, ¿no? —Ay Dios, no se me había

ocurrido pensar que Kate pudiera sentirse atraída por él. Aunque todo el

mundo se siente atraído por él. Me han mirado mal infinidad de

admiradoras, pero jamás pensé, ni por un instante, que Kate pudiera sentir

algo por él.

—¡Claro! —Me mira toda ofendida—. Me gusta porque es evidente lo

mucho que te quiere.

—¿Qué? Kate, no me quiere. Lo que le gusta es follarme. —Doy un

buen trago de vino para amortiguar el efecto de lo que acaba de decirme

Kate. ¿O es para amortiguar el efecto de lo que acabo de decir yo? ¿Lo

mucho que me quiere o lo mucho que quiere controlarme?

—Paula, eres la reina de la negación.

—¿Cuántos años crees que tiene? —pregunto.

Kate se encoge de hombros.

—Unos treinta y cinco. Voy a fumarme un pitillo. —Se baja del

taburete y coge el paquete de tabaco del bolso—. Espérame aquí, no quiero

que nos quiten la mesa.

Se va a la zona de fumadores y me deja meditando sobre mi

endiablada situación. Estoy enamorada de un hombre que pisotea, que es

controlador y exigente más allá de lo razonable. Sabía que debía

mantenerme lejos de él. No puedo evitar pensar que podría haber

rechazado con facilidad a cualquier otro hombre, haberlo evitado y huido.

Pero Pedro es otra historia. Soy adicta, estoy enganchada a él y no sé si es

sano.

—¿Paula?

Una voz muy familiar me arranca de mis breves cavilaciones.

Además, es una voz que no me apetece oír. Me vuelvo embutida en el

vestido de seda.

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