Estoy de rodillas, recogiendo con cuidado los trozos de cristal del suelo de
la cocina, cuando Pedro sale de la habitación. Alzo la vista. Qué andares
tiene. Avanza hacia mí vistiendo unos shorts beige, un polo de Ralph
Lauren blanco —con el cuello levantado— y unas Converse azules. El
vello rubio claro de sus piernas musculosas destaca sobre su ligero
bronceado. No se ha afeitado, pero la barba de dos días no oculta sus
atractivas facciones. Y yo de rodillas, con la boca abierta y hecha un
desastre. Se detiene delante de mí y me sonríe. Parece más joven.
—Me temo que estoy en desventaja —bromeo.
Sus ojos resplandecen con deleite mientras se agacha delante de mí.
—Parece que tu desventaja juega en mi favor —dice, y me guiña un
ojo.
Quiero saltar sobre él, pero llevo un montón de cristales en la mano,
los dos estamos vestidos y es tarde. Tendré que aguantarme.
—Trae. —Junta las manos para que le pase los fragmentos de cristal
—. No deberías haberlo recogido, podrías haberte cortado —me reprende.
Los dejo caer en sus palmas, me levanto del suelo y él lo tira todo a la
pila de la cocina.
—Ya lo recogeré después.
Se pone sus Ray-Ban Wayfarer, coge las llaves y mis bártulos, me
agarra de la mano y me guía hasta la puerta.
—¿Hoy trabajas? —pregunto.
—No, de día no hay mucho que hacer en La Mansión. —Me guiña de
nuevo un ojo. Yo me derrito. Es un granuja, y me encanta.
Al abrir la puerta nos encontramos con un par de hombres desaliñados
que llevan portapapeles y visten un mono azul. El logo bordado en sus
uniformes dice: «B&C Mudanzas.»
—¿Señor Alfonso? —pregunta el que parece un camionero. Sus dientes
amarillentos indican que debe de fumar unos cincuenta cigarrillos y tomar
unos veinte cafés al día.
—Las cajas que están en la habitación de invitados van primero. Mi
asistenta llegará pronto para ayudarlos con el resto. —Tira de mí pasillo
adelante y deja que el camionero y su desgarbado aprendiz hagan su
trabajo—. ¡Cuidado con el equipo de esquí y de ciclismo! —grita tras
volver la cabeza por encima del hombro.
—¿Tienes asistenta? —pregunto totalmente sorprendida. Y no sé por
qué. El tío se ha comprado el ático del Lusso por la friolera de diez
millones de libras. ¿Por qué no lo he imaginado antes? Está podrido de
dinero.—
Es la única mujer sin la que no podría vivir —responde con
frivolidad—. Se marcha a Irlanda la semana que viene a visitar a su
familia. Entonces todo se desmoronará.
Llego a mi coche en un tiempo récord después de que Pedro sortee el
tráfico de la mañana. Los conductores parecen ser más permisivos si vas en
un Aston Martin y les haces unos cuantos gestos con la mano. Mete mis
maletas en el asiento trasero mientras yo compruebo mi móvil. Son las
ocho y diez. Vale, llego tarde. Escribo un mensaje a Kate a toda prisa para
decirle que voy de camino y que me espere. Me doy cuenta de que Pedro
me mira con fijeza. Incluso a través de las gafas de sol —que, por cierto, le
quedan de muerte— siento que sus ojos verdes y potentes se me clavan en
la piel.
Abro la puerta del conductor de mi Mini, me meto dentro y arranco el
motor. Pedro se agacha a mi lado antes de que pueda cerrar la puerta.
—Voy a llevarte a comer —me informa.
—Ya te he dicho que tengo cosas que hacer. —No voy a dejar que el
Pedro granuja me aparte de mi objetivo, aunque es bastante tentador.
—Pues a cenar.
—Luego te llamo. —He pasado toda la noche con él. Me ha follado
hasta la extenuación, y yo necesito algo de tiempo para recuperarme.
Deja caer los hombros y frunce el ceño.
—¿Me estás rechazando?
—No, luego te llamo —contesto frunciendo también el ceño.
—Vale —espeta—. Pero hazlo. —Se inclina, me planta la mano en los
vaqueros a la altura de la entrepierna y me besa apasionadamente en los
labios. Sabe lo que se hace. Se aparta y me deja casi sin aliento—. Estaré
esperando tu llamada —dice, y se marcha marcando su sugerente manera
de andar.
Sin duda el beso quería decir: «Mira lo que te estás perdiendo.» Y ha
funcionado.
—¿Cuántos años tienes, Pedro? —grito.
Él se vuelve y sigue caminando de espaldas con una media sonrisa en
los labios.
—Veinticuatro.
Yo dejo caer los hombros y emito un largo suspiro de frustración.
—¿Cuántas veces tengo que preguntártelo hasta llegar a tu edad real?
—Bastantes, señorita.
Se levanta un poco las gafas y me guiña un ojo antes de volverse de
nuevo y seguir alejándose con sus andares sexy. Todo lo que hace me
resulta tremendamente sexual, su manera de comportarse, tan seguro de sí
mismo y tan viril. No me extraña que las mujeres caigan rendidas a sus
pies. Es el sexo personificado. Y puedo dar cuenta de ello.
El motor cobra vida y su coche arranca como si estuviese en una
carrera de adolescentes. Tal vez sí que tenga veinticuatro años. Desde
luego, a veces se comporta como si así fuese.
Entro a toda velocidad por la puerta principal y subo corriendo la
escalera. Kate está secándose el pelo en el descansillo. Parece estresada, lo
que significa que llega tarde. Cuando me ve, apaga el secador y sonríe de
oreja a oreja. Sé que me estoy poniendo como un tomate. Y no va a
servirme de nada ponerme a la defensiva.
—¿Qué tal la noche? —me pregunta con una ceja enarcada. Ahora ya
no parece tener tanta prisa. Los ojos le brillan de satisfacción, y yo no
puedo evitar esbozar también una sonrisa.
—No ha estado mal —contesto. Me encojo de hombros mientras me
agarro, sin darme cuenta, un mechón de pelo. Eso es quedarse muy corta.
Ha sido más bien de infarto.
—¡Ja! —exclama—. Habla.
Me aparta los dedos del pelo y me mira con expectación.
—Vale, es un dios, no voy a mentirte. Y se ha comprado el ático.
—¡No me jodas! ¿Está buenísimo y es muy muy rico?
Sí, eso parece.
—¿No estabas preocupada por mí? Te dejé un mensaje en el teléfono.
No puedo creerme que no estuviera preocupada por mí.
—No he mirado el móvil. Pero, de todas formas, después de ver cómo
te observaba lo único que me preocupaba era si hoy ibas a poder andar. —
Se echa a reír, deja el secador en el suelo y se dirige hacia su habitación
meticulosamente ordenada—. Y, si no me equivoco, me parece que te he
visto cojear —insiste.
Estoy algo dolorida. Los cuatro asaltos de Pedro Alfonso me han pasado
factura. La sigo hasta su cuarto y me dejo caer en su cama, que ya está
hecha y sin una arruga.
—Joder, Kate. Se nota que tiene experiencia. —Al decirlo, pienso en
las muchas conquistas que debe de haber habido antes que yo y hago una
mueca de disgusto.
—Querías divertirte sin complicaciones. Y parece que lo has
conseguido. ¡Choca esos cinco! —Me da un golpe en la mano y sale de la
habitación—. ¿Y no tiene novia?
¿Quería divertirme sin complicaciones? ¿Y voy a divertirme sin
complicaciones con esta relación?
—No, pero ella va detrás de él. Eso es todo lo que sé.
—Vaya, pues lo siento por ella. Tengo que pirarme ya. Volveré
mañana por la tarde. ¿Qué vas a hacer mientras esté fuera?
Me levanto de su cama y estiro las sábanas antes de salir y cerrar la
puerta de su inmaculado dormitorio.
—Voy a ordenar mis cosas. ¿Hay bolsas de basura?
—¡Aleluya! Están debajo de la pila. —Coge su bolsa de viaje y
desciende la escalera hasta la puerta—. Puedes coger la furgoneta cuando
quieras.
¿Está de coña? Necesitaría diez meses de gimnasio para desarrollar la
fuerza que hay que tener en las piernas para pisar ese embrague. Me entran
rampas sólo de pensarlo.
—No tengo pensado ir a ningún sitio. Conduce con cuidado.
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