martes, 18 de marzo de 2014
Capitulo 74 ♥
Recupero la consciencia con Pedro acostado entre mis piernas y frotándome
la nariz con la suya. Me obligo a abrir los ojos.
—Buenos días, señorita.
Refunfuño y me desperezo a gusto. Qué bien he dormido. Cuando me
despierto, noto la erección matutina de Pedro entre las piernas. Una sonrisa
asoma en las comisuras de sus labios.
Me contoneo debajo de él.
—Buenos días.
Con un solo movimiento, se adentra en mí. Por lo que se ve, hoy ya es
un gran día. Me agarro a sus bíceps tensos y él se apoya en los antebrazos y
marca un ritmo firme y constante.
Abre los ojos.
—Me encanta el sexo soñoliento contigo.
Contemplo su rostro tranquilo y sereno y dejo que me arrastre al
paraíso. Me despierta de golpe cuando me da la vuelta, sin salir de mí, y de
repente estoy a horcajadas sobre él. La gravedad me hace más sensible a su
invasión.
—Móntame, Paula. —Tiene la voz ronca y los ojos hambrientos le
brillan con la luz de la mañana. Me coge de las caderas y yo planto las
palmas de las manos en sus pectorales.
Lo miro.
—¿Mando yo?
Sonríe.
—A ver qué se te ocurre, nena.
Levanta las caderas para ponerme en movimiento.
¡De acuerdo! Lo miro fijamente a los ojos parduzcos y medio
dormidos y, con cuidado, me aparto de sus caderas. Me mantengo unos
segundos en el aire para provocarlo un poco y observo incendiarse su cara,
ansiosa de fricción. Entonces, despacio, bajo de nuevo con igual precisión
para que me penetre hasta el fondo, lo más adentro posible, hasta que noto
que me toca el útero. La sensación hace que Pedro entre en barrena.
Echa la cabeza atrás y gime con tanta fuerza que rebota en el
dormitorio. Sonrío para mis adentros. Es mi oportunidad de recuperar el
poder y voy a aprovecharla al máximo.
—¿Otra vez? —pregunto llena de confianza en mí misma. Esto va a
encantarme.
—¡Sí, joder! —jadea.
—Cuidado con esa boca —me burlo, y vuelvo a levantarme y a caer
con total precisión mientras me restriego en círculos contra él. Repito el
tortuoso movimiento una y otra vez observando cómo se desmorona debajo
de mí. Levanta las manos para acariciarme los pechos, traza pequeños
círculos con los pulgares alrededor de los pezones duros. Vuelvo a
levantarme y hago una pausa en el punto álgido. Tiene los ojos cerrados y
la boca entreabierta. Me cuesta mantener el control encima de él.
—¿Bajo?
—Sí, por Dios.
Desciendo de nuevo y veo cómo se le deforma el rostro, un síntoma
claro de su sufrimiento. No va a poder soportarlo mucho más tiempo.
Percibo el esfuerzo en su mandíbula tensa y en la frente arrugada. Gime y
me aprieta los pechos con más fuerza, lo cual logra enviar una sensación
punzante y dolorosa a mi sexo. Yo sí que no voy a poder soportarlo mucho
más tiempo. Estoy a punto de correrme y necesito que él también lo esté
cuando descienda.
Me alejo de nuevo y observo cómo espera que vuelva a descender
despacio. No lo hago. En vez de eso, lo dejo sin aliento y caigo con fuerza,
empalándome hasta el fondo en su sexo. Muevo las caderas en círculo, con
fuerza, más adentro.
—¡Por Dios bendito! —ruge y al instante gotas de sudor le perlan la
frente. Recoloco las caderas para asegurarme la penetración perfecta y me
aprieto contra él con más intensidad. Sí, voy a hacer que me supliques.
—Joder, joder, joder, Paula. ¡Voy a correrme!
—Espera —ordeno.
Abre los ojos sorprendido. Están llenos de desesperación. Vuelvo a
mover las caderas, él cierra los párpados con fuerza y la arruga de su ceño
se hace más profunda que nunca. Le está costando la vida. Sólo necesito
uno más...
—Paula, no puedo —me implora.
—¡Mierda! Espera.
—¡Esa boca! —grita con los ojos todavía cerrados para poder
concentrarse mejor. Lo está matando.
—¡Que te den, Pedro!
Abre los ojos de golpe a modo de advertencia ante mi lenguaje vulgar,
pero me importa un carajo. Apoyo las manos con fuerza en las suyas y uso
los músculos de las piernas para levantarme otra vez, quedar suspendida
sobre él y hundirme de golpe para que se clave del todo en mí.
Vuelvo a levantarme
—¡Ahora! —grito, y me dejo caer con todas mis fuerzas. Mi cuerpo
explota y entro directamente en órbita. Apenas soy consciente de los
gemidos ahogados de Pedro cuando noto que me invade un líquido tibio que
calienta todo mi ser. Caigo sobre su pecho hecha un ovillo exhausto.
Misión cumplida.
Me quedo derrumbada sobre él, derritiéndome al ritmo de sus dedos,
que me acarician la espalda. Su erección en retroceso palpita de manera
constante en mi interior. Los latidos de ambos corazones chocan entre
nuestros pechos mientras intentamos recobrar el aliento. Los dos estamos
repletos.
—Me encanta el sexo soñoliento contigo —susurro.
Me besa en la coronilla.
—Excepto por esa boca tan sucia que tienes. —Su voz está llena de
desaprobación.
Me río y lo miro. Le paso los dedos por la mejilla sin afeitar. Me
encanta cuando no se ha afeitado. Inclina la cabeza hacia mi caricia, me
besa los dedos y me devuelve la sonrisa.
—No creo que podamos llamar a esto sexo soñoliento, nena.
—¿No?
—No. Tendremos que pensar en un nombre nuevo.
—Vale —accedo, completamente satisfecha. Vuelvo a apoyar la
mejilla en su pecho y dibujo espirales alrededor de su pezón dorado.
—¿Cuántos años tienes, Pedro?
—Veintinueve.
Me río con sorna, pero de repente se me ocurre que no tendré forma
de saber cuándo llegaremos a su verdadera edad. Yo apuesto por treinta y
cuatro. Son ocho años más que yo, puedo vivir con eso.
Suspiro.
—¿Qué hora es?
Una hora más me vendría de perlas.
Me aparta de su pecho.
—Me olvidé el reloj abajo. Iré a ver.
—Necesitas un reloj aquí —gruño cuando se levanta de la cama y me
deja helada y desnuda sin él.
—Me quejaré a la decoradora.
No le hago ni caso. Doy media vuelta y me acurruco abrazada a la
almohada. Ésta es la cama más cómoda en la que haya dormido nunca.
Hice un buen trabajo.
—Las siete y media —lo oigo gritar desde abajo.
Me levanto de un brinco.
—¡Mierda!
Salto de la cama y corro a la cocina.
—Tienes que acercarme a casa.
Se sienta, tranquilo y relajado, en un taburete de la barra de desayuno.
Está en cueros y comiendo mantequilla de cacahuete directamente del tarro
con el dedo.
—Tengo cosas que hacer hoy —dice sin mirarme.
¡Me pone enferma! Sin duda, es una estratagema para retenerme aquí.
Al fin y al cabo, dijo que no iba a poder andar y sí que puedo. Cogeré el
metro y solucionado. Busco mi ropa por el suelo, donde la tiré anoche: ni
rastro.—
Pedro, ¿dónde está mi ropa?
Se mete un dedo cubierto de mantequilla de cacahuete en la boca, lo
chupa y se lo saca despacio con un pequeño «pop».
—No tengo ni idea —dice muy serio y como si la cosa no fuera con
él.
¿Dónde la habrá escondido, el muy traidor? No puede estar lejos.
Busco por el apartamento levantando, apartando, abriendo puertas de
armarios y mirando detrás de los muebles. Vuelvo a la cocina y me lo
encuentro ahí sentado todavía, desnudo y tan guapo que hasta me cabrea.
Mi frenesí no le afecta lo más mínimo.
No tengo tiempo para esto. No puedo llegar tarde a trabajar.
—¿Dónde está mi puta ropa? —grito.
—¡Esa puta boca!
Lo miro y sacudo la cabeza. Lo siguiente que hará será lavarme la
boca con jabón.
—Pedro, nunca había dicho tacos hasta que te conocí... Tiene gracia,
¿no crees? Necesito ir a casa para poder arreglarme e ir a trabajar.
—Ya lo sé.
Y se mete en la boca otro dedo cubierto de mantequilla de cacahuete.
—¿Dónde está mi ropa? —Intento preguntarlo con calma, pero si no
me la devuelve ya mismo voy a volver al modo cabreo. No puedo llegar
tarde. —Está... por ahí. —Sonríe con el dedo en la boca.
—¿Dónde es por ahí? —pregunto mientras pienso lo mal que me cae
hoy el Pedro travieso.
—Si te lo digo, tendrás que darme algo a cambio.
¡La mujer cabreada está aquí!
—¿Qué? —le grito.
—No bebas mañana por la noche. —No hay emoción en su rostro.
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