Las puertas del Lusso se abren con suavidad y Pedro entra con el coche y lo
aparca con rapidez y precisión. No tarda ni un segundo en recogerme al
lado de la portezuela y en arrastrarme a través del vestíbulo hacia el
ascensor.
—Buenas noches, Clive —digo mientras Pedro me hace pasar por
delante de su puesto a toda velocidad y me mete en el ascensor del ático.
»¿Tienes prisa?
—Sí —me contesta con decisión mientras introduce el código. Las
puertas del ascensor se cierran y me empuja con suavidad contra la pared
de espejos.
»¡Me debes un polvo de disculpa! —ruge, y me ataca la boca.
¿Qué coño es un polvo de disculpa y por qué le debo uno? Puedo hacer
una lista tan larga como mi brazo de todas las disculpas que me debe él a
mí. No se me ocurre nada por lo que deba disculparme yo.
—¿Qué es un polvo de disculpa? —jadeo cuando me coloca la rodilla
entre los muslos y acerca la boca a mi oído.
—Tiene que ver con tu boca.
Tiemblo cuando se aparta de mí y me deja hecha un saco de
hormonas, jadeante y apoyada contra la pared para poder mantenerme en
pie.
Retrocede hasta que su espalda choca contra la pared opuesta del
ascensor. Me observa con atención bajo los párpados pesados de sus ojos,
se quita la camiseta y empieza a desabrocharse los botones de la bragueta
de los vaqueros. Entreabro la boca para que me entre aire en los pulmones
y espero instrucciones. Soy una muñeca de trapo temblorosa. Él es la
perfección hecha persona con sus marcados músculos que se tensan y
relajan con cada movimiento.
Los vaqueros se abren y revelan su vello. Su erección cae sobre la
palma de la mano que la estaba esperando. No lleva bóxeres. No hay
barreras. Lo miro a los ojos, pero él tiene la vista baja; se está
contemplando a sí mismo.
Mi mirada sigue a la suya y veo que dedica caricias largas y lentas a
su excitación; la respiración se le va agitando más con cada una de ellas.
Verlo tocarse me provoca un cosquilleo en la entrepierna y mi temperatura
corporal se eleva. Ay, Dios, es más que perfecto. Le recorro el cuerpo con
la mirada y encuentro la imagen más erótica que haya visto jamás. Tiene
los músculos del abdomen tensos, los ojos llenos de lujuria y el labio
inferior carnoso, entreabierto y húmedo. Ahora me está mirando,
observándome atentamente desde el otro lado del ascensor.
—Ven aquí. —Su voz es grave y su mirada misteriosa. Me acerco
lentamente a él—. De rodillas. —Estabilizo la respiración y, poco a poco,
me arrodillo en el suelo delante de él. Le paso las manos por la parte
delantera de las caderas prietas sin que nuestras miradas se separen. Me
contempla sin dejar de acariciarse despacio. Este hombre que se masturba
erguido ante mí me tiene completamente fascinada. Usa la mano libre para
acariciarme el rostro mientras jadea un poco. Me da unos golpecitos en la
mejilla con el dedo corazón—. Abre —ordena. Separo los labios y traslado
las manos a la parte de atrás de sus piernas para agarrarme a sus muslos. Él
me roza un lado de la cara en señal de aprobación y se coloca delante de
mis labios—. Te la vas a meter hasta el fondo y me voy a correr en tu boca.
—Me pasa la punta húmeda por el labio inferior y me apresuro a lamer con
la lengua la perla de semen cremoso que se le escapa—. Y tú te lo vas a
tragar.
El estómago me da un vuelco y la respiración se me queda atrapada en
la garganta cuando se acerca y se introduce despacio en mi boca. Lo veo
cerrar los ojos; aprieta la mandíbula con tanta fuerza que creo que va a
estallarle una vena de la sien. Lo agarro con decisión de la parte de atrás de
los muslos y tiro de él hacia mí.
—Jooooder —gruñe con los dientes apretados. Sigue teniendo una
mano en la base, y eso evita que me la pueda meter entera. Me pone la otra
en la nunca y se tensa. Respira con dificultad. Noto la presión que se aplica
en la base, sin duda para evitar correrse de inmediato.
Momentos después, ha recuperado la compostura y retira la mano de
la base, despacio, para colocarla en mi nuca junto a la otra. Suelta unas
cuantas bocanadas de aire. Se está preparando mentalmente. Más me vale
esmerarme.
Deslizo la boca hacia la punta y, con malicia, llevo una mano hasta la
parte delantera de su muslo, se la meto entre las piernas y se la coloco bajo
los huevos. Me sujeta la cabeza con más fuerza y lanza una letanía al
techo. Le tiemblan las caderas. Le está costando mantener el control.
Con delicadeza, recorro con la punta del dedo, arriba y abajo, la
costura de su escroto. Los ligamentos del cuello se le tensan al máximo. Lo
estoy disfrutando. Está indefenso, vulnerable, y yo tengo el control. A
pesar de sus exigencias iniciales, que si arrodíllate, que si abre la boca, está
totalmente a mi merced. Es un buen cambio, y no se me pasa por alto el
hecho de que quiero complacerlo.
Soy vagamente consciente de que se abren las puertas del ascensor,
pero decido ignorarlas. Estoy absorta en lo que le estoy haciendo. Traslado
la mano a la base del pene, se lo sujeto con firmeza y le paso la lengua por
la punta para terminar con un beso suave al final. Veo que baja la cabeza
en busca de mis ojos. Cuando los encuentra, empieza a dibujar círculos en
mi pelo con las manos mientras yo se la lamo entera prestando especial
atención a la parte de abajo y disfrutando enormemente cuando palpita
varias veces y él deja escapar pequeños chorros de aire entre los dientes.
Me observa sin querer cerrar los ojos y decidido a ver lo que le estoy
haciendo. Yo sigo recorriéndola arriba y abajo, presionando la punta de la
lengua contra su hendidura cuando llego a la gruesa cabeza. Me lanza una
de sus sonrisas arrebatadoras, pero se la borro de la cara y lo dejo sin
aliento cuando vuelvo a ponerle la mano en la cara posterior del muslo y a
empujarlo hacia mi boca.
—¡Jesús, Paula! —ladra.
Me roza el velo del paladar y tengo que esforzarme para no vomitar a
causa de la invasión. Parece tan gruesa en mi boca... Inicio la retirada, pero
ahora es él quien me deja sin aliento al embestirme y dejarme sin
respiración. Me enreda los dedos en el pelo cuando la saca lentamente y
vuelve a meterla soltando un largo gemido de puro placer. Adiós a mis
ilusiones de llevar la voz cantante. Sabe lo que quiere y cómo lo quiere.
Una vez más, él tiene el poder.
—Joder, Paula. Tienes una boca increíble. —Vuelve a embestirme
mientras me sujeta con sus fuertes manos y me acaricia el pelo con calma
al mismo tiempo—. He querido follártela desde la primera vez que te vi.
No estoy segura de si debería ofenderme o sentirme halagada por el
comentario. Así que, en vez de pensarlo, saco los dientes y los arrastro por
su piel tensa cuando se retira.
—¡Dios, Paula. Métetela toda! —grita, y empuja de nuevo con fuerza
—. Relaja la mandíbula.
Cierro los ojos y absorbo el asalto. Si no fuera tan excitante, sería
bastante brutal. Es agresivo con su poder, pero tierno con las manos. Tiene
el control absoluto.
Después de varios increíbles ataques más, siento que se hincha y que
palpita en mi boca. Sé que está a punto. Una de sus manos se desplaza
hasta la base del tronco, se retira un poco para apretársela con firmeza y se
la acaricia arriba y abajo con ansia. Yo rodeo, lamo y absorbo el glande
hinchado mientras él toma bocanadas de aire cortas y rápidas.
—¡En tu boca, Paula! —me grita.
Envuelvo su erección con los labios y coloco una mano sobre la suya
en el momento en que me derrama su semen caliente y cremoso en la boca.
Lo recojo. No se escapa ni una gota. Trago con él todavía dentro de mí y
miro hacia arriba. Ha echado la cabeza hacia atrás y grita al vacío; es un
alarido grave de satisfacción. Aminora el ritmo de las embestidas de sus
caderas, que adoptan un ritmo más perezoso, las últimas oleadas de su
orgasmo. Lamo y chupo los restos de tensión. He saldado mi deuda.
Tiene el pecho agitado y me mira con los ojos verdes nublados. Se
inclina para levantarme y sellar mis labios con un beso de agradecimiento
absoluto.
—Eres asombrosa. Voy a quedarme contigo para siempre —me
informa al tiempo que me cubre la cara de besos pequeños.
—Es bueno saberlo —respondo con sarcasmo.
—No intentes hacerte la ofendida conmigo, señorita. —Su frente
descansa contra la mía—. Esta mañana me has dejado a dos velas —dice
con calma.
Ah, me estoy disculpando por haberlo dejado con las ganas. Eso me
cuadra, pero ¿me pagará ahora por todas sus transgresiones? Lo que acabo
de hacer debería darme asco, pero no es así. Haría cualquier cosa por él.
Levanto los brazos y le apoyo las palmas de las manos en el pecho
para disfrutar de sus tonificados pectorales.
—Pido disculpas —susurro, y me acerco para darle un beso en un
pezón. —Llevas encaje. —Me rodea con los brazos—. Me encanta cómo te
queda.Me levanta del suelo y automáticamente le rodeo la estrecha cintura
con las piernas. Recoge mis bártulos y su camiseta del suelo y me saca en
brazos del ascensor.
—¿Por qué encaje? —pregunto.
Siempre insiste en que lo lleve. Es otra de esas cosas que hago para
complacerlo.
—No lo sé, pero póntelo siempre. Llaves, en el bolsillo de atrás.
Paso el brazo por debajo del suyo en busca del bolsillo y saco las
llaves. Después, se vuelve para que pueda abrir la puerta. Entramos y la
cierra de un puntapié en un segundo. Tira mis cosas al suelo y me lleva al
piso de arriba. Podría acostumbrarme a esto. Me lleva de aquí para allá
como si fuera poco más que una camiseta sobre sus hombros. Me siento
como si no pesara nada, y completamente a salvo.
Me deja en el suelo.
—Ahora voy a llevarte a la cama —me susurra con dulzura.
De repente, los graves de Angel, de Massive Attack, me invaden los
oídos. El cuerpo se me pone rígido. Es música para hacer el amor. Ardo
cuando empieza a desnudarme, con su dulce mirada verde clavada en la
mía.
La versatilidad de este hombre me tiene pasmada. Tan pronto es un
señor del sexo exigente y brutal como un amante tierno y gentil. Me gusta
todo de él, cada una de sus facetas. Bueno, casi todas.
—¿Por qué intentas controlarme? —le pregunto. Es la única parte de
él que me cuesta tolerar. Va más allá de la irracionalidad, pero no tengo
quejas en el dormitorio.
Me baja la camisa por los hombros y la desliza brazos abajo.
—No lo sé —dice con el ceño fruncido. Su expresión de perplejidad
me convence de que realmente no lo sabe, cosa que no me ayuda a entender
por qué se comporta así conmigo. Sólo hace unas semanas que me conoce.
Es de locos—. Me parece que es lo que tengo que hacer —me dice a modo
de explicación, como si eso lo aclarase todo. Pero no es así para nada.
¡Sigo sin comprenderte, loco!
Me alza para quitármelos del todo y me deja de pie, en ropa interior,
delante de él. Se levanta, da un paso atrás y me mira mientras se quita los
zapatos y los vaqueros y los tira a un lado de un puntapié.
Se le ha puesto dura otra vez. Recorro su maravilloso cuerpo con
expresión agradecida y termino la inspección en sus brillantes estanques
verdes. Es como un experimento científico perfecto: la obra maestra de
Dios, mi obra maestra. Quiero que sea sólo mío.
Alarga la mano y me baja las copas del sujetador, una detrás de la
otra. Con el dorso de la mano, me roza los pezones, que se endurecen aún
más. Tengo la respiración entrecortada cuando me mira.
—Me vuelves loco —dice con rostro inexpresivo. Quiero gritarle por
ser tan insensible. No deja de repetirme lo mismo una y otra vez.
—No, tú sí que me vuelves loca. —Mi voz es apenas un susurro.
Mentalmente, le suplico que admita que es demasiado exigente y muy
controlador. No es posible que considere que su comportamiento es
normal.
Esboza una sonrisa y le brillan los ojos.
—Loco —leo en sus labios.
Me levanta apoyándome en su pecho, me acuesta en la cama y se
tumba sobre mí. Cuando su cuerpo cubre el mío por completo, baja la boca
y sus labios me toman con adoración, entera, su lengua explora mi boca
despacio.
«Dios mío. Te quiero.» Podría echarme a llorar en este momento.
¿Debería decirle lo que siento? ¿Por qué no puedo decirlo sin más?
Después de la que me ha montado hoy, cualquiera pensaría que debo
largarme, huir lo más rápido y lo más lejos que me sea posible. Pero no puedo. Simplemente no puedo.
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