viernes, 21 de marzo de 2014

Capitulo 82 ♥



Las puertas del Lusso se abren con suavidad y Pedro entra con el coche y lo

aparca con rapidez y precisión. No tarda ni un segundo en recogerme al

lado de la portezuela y en arrastrarme a través del vestíbulo hacia el

ascensor.

—Buenas noches, Clive —digo mientras Pedro me hace pasar por

delante de su puesto a toda velocidad y me mete en el ascensor del ático.

»¿Tienes prisa?

—Sí —me contesta con decisión mientras introduce el código. Las

puertas del ascensor se cierran y me empuja con suavidad contra la pared

de espejos.

»¡Me debes un polvo de disculpa! —ruge, y me ataca la boca.

¿Qué coño es un polvo de disculpa y por qué le debo uno? Puedo hacer

una lista tan larga como mi brazo de todas las disculpas que me debe él a

mí. No se me ocurre nada por lo que deba disculparme yo.

—¿Qué es un polvo de disculpa? —jadeo cuando me coloca la rodilla

entre los muslos y acerca la boca a mi oído.

—Tiene que ver con tu boca.

Tiemblo cuando se aparta de mí y me deja hecha un saco de

hormonas, jadeante y apoyada contra la pared para poder mantenerme en

pie.

Retrocede hasta que su espalda choca contra la pared opuesta del

ascensor. Me observa con atención bajo los párpados pesados de sus ojos,

se quita la camiseta y empieza a desabrocharse los botones de la bragueta

de los vaqueros. Entreabro la boca para que me entre aire en los pulmones

y espero instrucciones. Soy una muñeca de trapo temblorosa. Él es la

perfección hecha persona con sus marcados músculos que se tensan y

relajan con cada movimiento.

Los vaqueros se abren y revelan su vello. Su erección cae sobre la

palma de la mano que la estaba esperando. No lleva bóxeres. No hay

barreras. Lo miro a los ojos, pero él tiene la vista baja; se está

contemplando a sí mismo.

Mi mirada sigue a la suya y veo que dedica caricias largas y lentas a

su excitación; la respiración se le va agitando más con cada una de ellas.

Verlo tocarse me provoca un cosquilleo en la entrepierna y mi temperatura

corporal se eleva. Ay, Dios, es más que perfecto. Le recorro el cuerpo con

la mirada y encuentro la imagen más erótica que haya visto jamás. Tiene

los músculos del abdomen tensos, los ojos llenos de lujuria y el labio

inferior carnoso, entreabierto y húmedo. Ahora me está mirando,

observándome atentamente desde el otro lado del ascensor.

—Ven aquí. —Su voz es grave y su mirada misteriosa. Me acerco

lentamente a él—. De rodillas. —Estabilizo la respiración y, poco a poco,

me arrodillo en el suelo delante de él. Le paso las manos por la parte

delantera de las caderas prietas sin que nuestras miradas se separen. Me

contempla sin dejar de acariciarse despacio. Este hombre que se masturba

erguido ante mí me tiene completamente fascinada. Usa la mano libre para

acariciarme el rostro mientras jadea un poco. Me da unos golpecitos en la

mejilla con el dedo corazón—. Abre —ordena. Separo los labios y traslado

las manos a la parte de atrás de sus piernas para agarrarme a sus muslos. Él

me roza un lado de la cara en señal de aprobación y se coloca delante de

mis labios—. Te la vas a meter hasta el fondo y me voy a correr en tu boca.

—Me pasa la punta húmeda por el labio inferior y me apresuro a lamer con

la lengua la perla de semen cremoso que se le escapa—. Y tú te lo vas a

tragar.

El estómago me da un vuelco y la respiración se me queda atrapada en

la garganta cuando se acerca y se introduce despacio en mi boca. Lo veo

cerrar los ojos; aprieta la mandíbula con tanta fuerza que creo que va a

estallarle una vena de la sien. Lo agarro con decisión de la parte de atrás de

los muslos y tiro de él hacia mí.

—Jooooder —gruñe con los dientes apretados. Sigue teniendo una

mano en la base, y eso evita que me la pueda meter entera. Me pone la otra

en la nunca y se tensa. Respira con dificultad. Noto la presión que se aplica

en la base, sin duda para evitar correrse de inmediato.

Momentos después, ha recuperado la compostura y retira la mano de

la base, despacio, para colocarla en mi nuca junto a la otra. Suelta unas

cuantas bocanadas de aire. Se está preparando mentalmente. Más me vale

esmerarme.

Deslizo la boca hacia la punta y, con malicia, llevo una mano hasta la

parte delantera de su muslo, se la meto entre las piernas y se la coloco bajo

los huevos. Me sujeta la cabeza con más fuerza y lanza una letanía al

techo. Le tiemblan las caderas. Le está costando mantener el control.

Con delicadeza, recorro con la punta del dedo, arriba y abajo, la

costura de su escroto. Los ligamentos del cuello se le tensan al máximo. Lo

estoy disfrutando. Está indefenso, vulnerable, y yo tengo el control. A

pesar de sus exigencias iniciales, que si arrodíllate, que si abre la boca, está

totalmente a mi merced. Es un buen cambio, y no se me pasa por alto el

hecho de que quiero complacerlo.

Soy vagamente consciente de que se abren las puertas del ascensor,

pero decido ignorarlas. Estoy absorta en lo que le estoy haciendo. Traslado

la mano a la base del pene, se lo sujeto con firmeza y le paso la lengua por

la punta para terminar con un beso suave al final. Veo que baja la cabeza

en busca de mis ojos. Cuando los encuentra, empieza a dibujar círculos en

mi pelo con las manos mientras yo se la lamo entera prestando especial

atención a la parte de abajo y disfrutando enormemente cuando palpita

varias veces y él deja escapar pequeños chorros de aire entre los dientes.

Me observa sin querer cerrar los ojos y decidido a ver lo que le estoy

haciendo. Yo sigo recorriéndola arriba y abajo, presionando la punta de la

lengua contra su hendidura cuando llego a la gruesa cabeza. Me lanza una

de sus sonrisas arrebatadoras, pero se la borro de la cara y lo dejo sin

aliento cuando vuelvo a ponerle la mano en la cara posterior del muslo y a

empujarlo hacia mi boca.

—¡Jesús, Paula! —ladra.

Me roza el velo del paladar y tengo que esforzarme para no vomitar a

causa de la invasión. Parece tan gruesa en mi boca... Inicio la retirada, pero

ahora es él quien me deja sin aliento al embestirme y dejarme sin

respiración. Me enreda los dedos en el pelo cuando la saca lentamente y

vuelve a meterla soltando un largo gemido de puro placer. Adiós a mis

ilusiones de llevar la voz cantante. Sabe lo que quiere y cómo lo quiere.

Una vez más, él tiene el poder.

—Joder, Paula. Tienes una boca increíble. —Vuelve a embestirme

mientras me sujeta con sus fuertes manos y me acaricia el pelo con calma

al mismo tiempo—. He querido follártela desde la primera vez que te vi.

No estoy segura de si debería ofenderme o sentirme halagada por el

comentario. Así que, en vez de pensarlo, saco los dientes y los arrastro por

su piel tensa cuando se retira.

—¡Dios, Paula. Métetela toda! —grita, y empuja de nuevo con fuerza

—. Relaja la mandíbula.

Cierro los ojos y absorbo el asalto. Si no fuera tan excitante, sería

bastante brutal. Es agresivo con su poder, pero tierno con las manos. Tiene

el control absoluto.

Después de varios increíbles ataques más, siento que se hincha y que

palpita en mi boca. Sé que está a punto. Una de sus manos se desplaza

hasta la base del tronco, se retira un poco para apretársela con firmeza y se

la acaricia arriba y abajo con ansia. Yo rodeo, lamo y absorbo el glande

hinchado mientras él toma bocanadas de aire cortas y rápidas.

—¡En tu boca, Paula! —me grita.

Envuelvo su erección con los labios y coloco una mano sobre la suya

en el momento en que me derrama su semen caliente y cremoso en la boca.

Lo recojo. No se escapa ni una gota. Trago con él todavía dentro de mí y

miro hacia arriba. Ha echado la cabeza hacia atrás y grita al vacío; es un

alarido grave de satisfacción. Aminora el ritmo de las embestidas de sus

caderas, que adoptan un ritmo más perezoso, las últimas oleadas de su

orgasmo. Lamo y chupo los restos de tensión. He saldado mi deuda.

Tiene el pecho agitado y me mira con los ojos verdes nublados. Se

inclina para levantarme y sellar mis labios con un beso de agradecimiento

absoluto.

—Eres asombrosa. Voy a quedarme contigo para siempre —me

informa al tiempo que me cubre la cara de besos pequeños.

—Es bueno saberlo —respondo con sarcasmo.

—No intentes hacerte la ofendida conmigo, señorita. —Su frente

descansa contra la mía—. Esta mañana me has dejado a dos velas —dice

con calma.

Ah, me estoy disculpando por haberlo dejado con las ganas. Eso me

cuadra, pero ¿me pagará ahora por todas sus transgresiones? Lo que acabo

de hacer debería darme asco, pero no es así. Haría cualquier cosa por él.

Levanto los brazos y le apoyo las palmas de las manos en el pecho

para disfrutar de sus tonificados pectorales.

—Pido disculpas —susurro, y me acerco para darle un beso en un

pezón. —Llevas encaje. —Me rodea con los brazos—. Me encanta cómo te

queda.Me levanta del suelo y automáticamente le rodeo la estrecha cintura

con las piernas. Recoge mis bártulos y su camiseta del suelo y me saca en

brazos del ascensor.

—¿Por qué encaje? —pregunto.

Siempre insiste en que lo lleve. Es otra de esas cosas que hago para

complacerlo.

—No lo sé, pero póntelo siempre. Llaves, en el bolsillo de atrás.

Paso el brazo por debajo del suyo en busca del bolsillo y saco las

llaves. Después, se vuelve para que pueda abrir la puerta. Entramos y la

cierra de un puntapié en un segundo. Tira mis cosas al suelo y me lleva al

piso de arriba. Podría acostumbrarme a esto. Me lleva de aquí para allá

como si fuera poco más que una camiseta sobre sus hombros. Me siento

como si no pesara nada, y completamente a salvo.

Me deja en el suelo.

—Ahora voy a llevarte a la cama —me susurra con dulzura.

De repente, los graves de Angel, de Massive Attack, me invaden los

oídos. El cuerpo se me pone rígido. Es música para hacer el amor. Ardo

cuando empieza a desnudarme, con su dulce mirada verde clavada en la

mía.

La versatilidad de este hombre me tiene pasmada. Tan pronto es un

señor del sexo exigente y brutal como un amante tierno y gentil. Me gusta

todo de él, cada una de sus facetas. Bueno, casi todas.

—¿Por qué intentas controlarme? —le pregunto. Es la única parte de

él que me cuesta tolerar. Va más allá de la irracionalidad, pero no tengo

quejas en el dormitorio.

Me baja la camisa por los hombros y la desliza brazos abajo.

—No lo sé —dice con el ceño fruncido. Su expresión de perplejidad

me convence de que realmente no lo sabe, cosa que no me ayuda a entender

por qué se comporta así conmigo. Sólo hace unas semanas que me conoce.

Es de locos—. Me parece que es lo que tengo que hacer —me dice a modo

de explicación, como si eso lo aclarase todo. Pero no es así para nada.

¡Sigo sin comprenderte, loco!




Me baja la cremallera de los pantalones y los arrastra por mis muslos.

Me alza para quitármelos del todo y me deja de pie, en ropa interior,

delante de él. Se levanta, da un paso atrás y me mira mientras se quita los

zapatos y los vaqueros y los tira a un lado de un puntapié.

Se le ha puesto dura otra vez. Recorro su maravilloso cuerpo con

expresión agradecida y termino la inspección en sus brillantes estanques

verdes. Es como un experimento científico perfecto: la obra maestra de

Dios, mi obra maestra. Quiero que sea sólo mío.

Alarga la mano y me baja las copas del sujetador, una detrás de la

otra. Con el dorso de la mano, me roza los pezones, que se endurecen aún

más. Tengo la respiración entrecortada cuando me mira.

—Me vuelves loco —dice con rostro inexpresivo. Quiero gritarle por

ser tan insensible. No deja de repetirme lo mismo una y otra vez.

—No, tú sí que me vuelves loca. —Mi voz es apenas un susurro.

Mentalmente, le suplico que admita que es demasiado exigente y muy

controlador. No es posible que considere que su comportamiento es

normal.

Esboza una sonrisa y le brillan los ojos.

—Loco —leo en sus labios.

Me levanta apoyándome en su pecho, me acuesta en la cama y se

tumba sobre mí. Cuando su cuerpo cubre el mío por completo, baja la boca

y sus labios me toman con adoración, entera, su lengua explora mi boca

despacio.

«Dios mío. Te quiero.» Podría echarme a llorar en este momento.

¿Debería decirle lo que siento? ¿Por qué no puedo decirlo sin más?

Después de la que me ha montado hoy, cualquiera pensaría que debo

largarme, huir lo más rápido y lo más lejos que me sea posible. Pero no puedo. Simplemente no puedo.


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