martes, 11 de marzo de 2014

Capitulo 56 ♥


Sentir cómo se mueve dentro de mí, y sentir cómo tiembla con la

intensidad del movimiento de nuestros cuerpos unidos, hace que tenga las

emociones a flor de piel. Jadea e inclina la cabeza para reclamar mis

labios. Es un beso con significado, y me derrito en él. Esto no ayuda en mi

intento de dominar mis sentimientos. Gime en mi boca mientras le sujeto

la cara y absorbo la pasión que emana de cada uno de los poros de su piel.

Él sigue embistiendo con rapidez e insistencia.

Nuestra ansia mutua se apodera de nosotros y alcanzo el punto de no

retorno. Cierro con fuerza los muslos alrededor de sus caderas estrechas y

todos los músculos de mi cuerpo se contraen esperando la descarga que se

avecina. Él vibra y farfulla palabras sin sentido contra mi boca.

«¡Joder!»

Echa la cabeza hacia atrás.

—¡Joder!

—¡Pedro, por favor! —exclamo.

Esto comienza a rozar lo insoportable. No sé qué hacer. Es demasiado.

Entonces levanta la cabeza y me mira, con las pupilas dilatadas y los

párpados caídos. Me preocupa un poco.

—¿Más fuerte, Paula?

¿Qué? Joder, va a partirme por la mitad.

—Contéstame —me exige.

—¡Sí! —chillo. ¿Es posible hacerlo más fuerte?

Emite un gruñido gutural y acelera sus embestidas con determinación,

a un ritmo que no creía posible. Aprieto los muslos hasta sentir dolor, pero

al hacerlo aumenta la fricción y, en consecuencia, el placer.

—¡Pedro! —Supero el umbral, estallo a su alrededor con un alarido.

El intenso gruñido que escapa de sus labios indica que él me

acompaña; se mantiene dentro de mí, hasta el fondo, y su cuerpo enorme

tiembla contra el mío. Brama mi nombre y siento su cálida eyección dentro

de mí. Apoyo la cabeza sobre su hombro. Mi corazón late a un ritmo

frenético.

«¡Madre mía!» Me sostiene con un brazo, con la cara enterrada en mi

cuello y apoyando el antebrazo en la pared. Se ha quedado sin aliento, y

mis músculos envuelven de manera natural su miembro palpitante

mientras se sacude suavemente dentro de mí. El agua sigue cayendo sobre

nosotros, pero nuestra respiración entrecortada amortigua su sonido.

—Joder —resuella.

Suspiro. Sí, yo no lo habría dicho mejor. Ha sido más que intenso. Me

tiembla hasta el cerebro, y sé que no seré capaz de ponerme de pie si me

suelta. Como si me leyera la mente, se vuelve, apoya la espalda en las

baldosas y se deja caer resbalando por la pared. Me arrastra con él de

manera que acabo sentada a horcajadas sobre su regazo en el suelo de la

ducha. Tengo la cara pegada a su pecho y aún siento sus palpitaciones

dentro de mí.

Estoy exhausta. La resaca ha desaparecido, pero se ha visto

reemplazada por un agotamiento absoluto. Espero que no tenga prisa,

porque no pienso moverme de aquí en un rato. Cierro los ojos y me relajo

pegada a su magnífico cuerpo.

—Eres mía para siempre, señorita —dice con dulzura mientras me

acaricia la espalda mojada con las dos manos.

Abro los ojos y un torrente de pensamientos invade mi cerebro

convaleciente, pero hay uno que grita más fuerte: «Quiero serlo.» Pero no

lo digo. Soy consciente de que el sexo es increíble y de que me quiere

precisamente por eso, cosa que no me importaría si no estuviera tan

convencida de que se acabará antes o después. El sexo a este nivel es algo

demasiado intenso. No puede durar eternamente. Acabará enfriándose y

eso será todo. Pero ahora, al darme cuenta de ello, me aterra pensar que

terminará por romperme el corazón. Mi fuerza de voluntad es nula. No

puedo resistirme a él.

—¿Amigos? —pregunto, y apoyo los labios sobre su pecho y le beso

alrededor del pezón.

—Amigos, nena.

Sonrío contra su torso.

—Me alegro.

—Yo también —dice con suavidad—. Mucho.

—¿Dónde te habías metido?

—Eso no importa, Paula.

—A mí sí —replico sin agitarme.

—He vuelto. Eso es lo único que importa. —Me coge del culo y me

acerca más a él. Sí, es verdad. Pero no por ello siento menos curiosidad. Y

el hecho de que no me lo quiera decir la aviva todavía más. ¿Dónde estaba?

—Dímelo —insisto.

—Paula, olvídalo —dice con voz severa.

Suspiro, me despego de su pecho y lo miro apesadumbrada.

—Vale. Tengo que lavarme el pelo.

Me aparta los mechones mojados de la cara y me besa los labios.

—¿Tienes hambre ya?

La verdad es que sí. El polvo resacoso me ha abierto un apetito voraz.

—Muchísima. —Me levanto y cojo el champú—. ¿Esto es todo? —

Observo la botella, y después a Pedro—. ¿No tienes acondicionador?

—No, lo siento. —Se levanta también del suelo de la ducha, me quita

el champú de las manos y me echa un poco en el pelo—. Yo te lo lavo.

Cedo a sus deseos y dejo que me lave el pelo. Me masajea la cabeza

con suavidad. Tendré que lavármelo otra vez al llegar a casa porque

necesito usar acondicionador, pero este champú huele a él, así que no me

importa. Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás para deleitarme en los

rítmicos movimientos de sus manos.

Antes de lo que me gustaría, me coloca debajo de la ducha para

enjuagarme la espuma.

—¿Qué coño es esto? —farfulla.

—¿El qué? —Me vuelvo para ver a qué se refiere. Me agarra

conmocionado y vuelve a colocarme de espaldas a él.

—¡Esto!

Miro por encima de mi hombro y lo veo contemplándome el trasero

con la boca abierta. Se refiere a los restos de los moratones que me hice en

mi pequeña aventura en la parte trasera de Margo. Por la expresión de

horror de su rostro, cualquiera diría que tengo una enfermedad de la piel.

Pongo los ojos en blanco.

—Me caí en la parte de atrás de la furgoneta.

—¿Qué? —inquiere con impaciencia.

—Estaba sujetando la tarta en la parte de atrás —le recuerdo—. Me di

un par de golpes.

—¿Un par? —exclama mientras me pasa la palma por el culo—. Paula,

parece que te hayan usado como balón de rugby.

Me echo a reír.

—No me duele.

—Se acabó lo de sujetar tartas —sentencia—. Lo digo en serio.

—No seas exagerado.

Gruñe unas palabras ininteligibles, se arrodilla y me da un beso en

cada nalga. Yo cierro los ojos y suspiro.

—Ya hablaré yo con Kate —añade, y sospecho que lo hará de verdad.

Se levanta otra vez, me vuelve para ponerme frente a él y me aparta el

agua de la cara. Abro los ojos y lo veo mirándome. Su rostro no delata

ninguna expresión, pero sus ojos son otra historia. ¿Se ha cabreado porque

tengo unos cuantos moratones? La última vez que se enfadó por algo así

desapareció cuatro días.

Se inclina, me besa la clavícula, asciende por el cuello

acariciándomelo con la lengua y me muerde el lóbulo de la oreja con

suavidad. Me estremezco al sentir su aliento cálido. Joder, ¡podría empezar

otra vez!

—Después —susurra, y yo gimo de decepción. Con él nunca tengo

suficiente—. Fuera —ordena. Me da la vuelta, me agarra de la cintura por

detrás y me guía al exterior de la ducha.

Permanezco callada mientras dejo que me pase la toalla por todo el

cuerpo y por el pelo para absorber el exceso de humedad. Está siendo muy

dulce y atento. Me gusta. De hecho, me gusta demasiado.

—Ya está. —Se enrosca la toalla alrededor de la cintura sin secarse.

Quiero ponerme de puntillas y lamerle las gotas de agua que le

empapan los hombros, pero me agarra de la mano y me conduce al

dormitorio antes de que pueda llevar a cabo mis intenciones.

Observo la habitación. ¿Dónde está mi vestido? No puedo creer que

tenga que pasar la vergüenza de salir de aquí con ese traje negro y corto.

Tras inspeccionar el cuarto, miro a Pedro. Me quedo atontada

contemplando cómo se pone los pantalones.

—¿No te pones calzoncillos? —pregunto.

Se coloca bien sus partes y se sube la cremallera con una sonrisa

pícara.—

No, no quiero obstrucciones innecesarias —dice con tono sugerente

y seguro de sí mismo.

Frunzo el ceño.

—¿Obstrucciones?

Se mete una camiseta blanca e impoluta por la cabeza mojada y se

cubre los magníficos abdominales. Sé que tengo la boca abierta.

—Sí, obstrucciones —confirma sin añadir más. Se acerca a mi figura

desnuda, me agarra del cuello y acerca mi rostro al suyo—. Vístete —

susurra, y me besa en los labios con fuerza.

Tiene que dejar de hacer esto si no quiere que me ponga cachonda otra

vez.

—¿Y mi vestido? —pregunto contra sus labios.

Me suelta.

—No lo sé —dice con desdén, y sale como si tal cosa de la habitación.

¿Qué? Tuvo que quitármelo él, porque yo habría sido incapaz de

coordinar mis movimientos para desnudarme. Vuelvo al cuarto de baño a

por mi ropa interior, al menos eso sí que sé dónde está. No. No lo sé. Mi

sujetador y mis bragas han desaparecido.

Vale, le gustan los jueguecitos. Me acerco a su vestidor y cojo lo que

espero que sea la camisa más cara de todo el perchero. Me la planto y bajo

la escalera. Está en la cocina, sentado en la isla, metiendo los dedos en un

tarro de mantequilla de cacahuete.

Me deslumbra con su sonrisa cuando me mira con los labios cerrados

alrededor de un dedo cubierto de mantequilla de cacahuete.

—Ven aquí —me ordena.

Estoy en el umbral de la puerta, desnuda excepto por una larga camisa

blanca, y lo miro con el ceño fruncido.

—No —respondo, y veo que su sonrisa desaparece y sus labios

forman una línea recta.

—Ven... aquí —repite subrayando cada palabra con intensidad.

—Dime dónde está el vestido —exijo.

Me observa con los ojos entreabiertos y deja el tarro de mantequilla

de cacahuete con firmeza sobre la encimera. Aprieta la mandíbula y

empieza a golpetear con ímpetu la isla mientras me fulmina con la mirada.

—Te doy tres segundos —declara con voz sombría y cara seria.

Enarco las cejas.

—¿Tres segundos para qué?

—Para mover el culo hasta aquí —contesta con tono feroz—. Tres.

Abro los ojos de par en par. ¿Va en serio?

—¿Qué pasa si llegas al cero?

—¿Quieres descubrirlo? —Sigue completamente impasible—. Dos.

¿Qué? ¿Que si quiero descubrirlo? Joder, no me está dando mucho

tiempo para pensármelo.

—Uno.

«¡Mierda!» Corro como un rayo hacia sus brazos abiertos y me

estrello contra su duro torso. La expresión de satisfacción que advierto en

su rostro antes de enterrar la cabeza en su cuello no engaña. No sé qué

habría pasado si hubiera llegado al cero, pero sé lo mucho que me gusta

que me rodee con los brazos, así que no tenía mucho que pensar. Joder, qué

sensación tan maravillosa. Restriego la nariz y la boca por sus pectorales y

le acaricio la espalda con los dedos. Oigo sus lentos latidos. Exhala y se

pone de pie. 

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