martes, 4 de marzo de 2014
Capitulo 24 ♥
Cierra la puerta tras él de una patada, me coloca sobre el mármol que hay
entre las dos pilas del lavabo y se vuelve para cerrar el pestillo. Todavía
tengo el vestido arremangado alrededor de la cintura y las piernas y las
bragas totalmente al descubierto.
Observo aquel inmenso cuarto tan familiar y me detengo en la enorme
bañera de mármol de color crema que domina el centro de la habitación.
Sonrío al recordar el quebradero de cabeza que supuso organizar que una
grúa la subiese hasta aquí a través de las ventanas. Fue una pesadilla, pero
ha quedado espectacular. La ducha doble de mampara abierta que hay en la
pared del otro extremo está cubierta de arriba abajo de cristal laminado y
baldosas de travertino de color beige, y el mueble sobre el que me
encuentro es de mármol italiano de color crema, con dos pilas integradas y
grandes grifos en cascada. Un espejo de marco grueso y dorado
minuciosamente tallado ocupa todo lo ancho del mueble, y junto a la
ventana hay un diván. Es lujo en estado puro.
El ruido del pestillo al cerrarse interrumpe mi admiración hacia mi
trabajo y atrae mi mirada hacia la puerta, donde Pedro se ha quedado
inmóvil, observándome. Mientras se acerca a mí, empieza a desabrocharse
la camisa. Contemplo cómo se aproxima, con la boca relajada y los ojos
entornados. Al pensar en lo que está a punto de suceder, el estómago me
arde y mis muslos se tensan. Este hombre es totalmente imponente.
Cuando se desabrocha el último botón, se detiene ante mí con la
camisa abierta. No puedo resistirme a recorrer con uno de mis dedos el
centro de su torso duro y bronceado. Él mira hacia abajo y me sigue el
juego. Coloca las manos a ambos lados de mi cadera y se abre paso entre
mis muslos. Cuando me mira, las comisuras de sus labios esbozan una
sonrisa y le brillan los ojos. Las pequeñas arrugas que se forman en su
rostro suavizan la usual intensidad de su mirada.
—Ya no puedes huir —bromea.
—No deseo hacerlo.
—Bien —contesta atrayendo mi mirada hacia sus hermosos labios.
Mi dedo asciende por su pecho y su garganta hasta descansar sobre su
labio inferior. Él abre la boca y me lo muerde de manera juguetona. Sonrío
y continúo subiéndolo hasta acariciarle el cabello.
—Me gusta este vestido. —Recorre la parte delantera de mi cuerpo
con la mirada y se detiene en la tela arrugada a la altura de mi cintura.
—Gracias.
—Aunque es un poco restrictivo —dice mientras tira de un trozo de
tela.
—Lo es —coincido. La anticipación me está matando.
«¡Arráncamelo!»
—¿Te lo quitamos? —Arquea una ceja y sus labios empiezan a
curvarse.
Sonrío.
—Si quieres.
—¿O te lo dejamos puesto? —Esboza una amplia sonrisa al tiempo
que levanta las manos.
Me derrito sobre el mármol del lavabo.
Desliza las manos por mi espalda.
—Aunque, bien pensado, yo ya sé qué se esconde bajo este bonito
vestido. —Levanta las manos, agarra la cremallera y, mientras empieza a
bajarla lentamente, me susurra al oído—: Y es mucho mejor que cualquier
prenda. —Respiro con desesperada dificultad—. Creo que será mejor que
nos deshagamos de él —concluye.
Me levanta del mueble, me deja en el suelo, me quita el vestido y lo
deja caer también. Lo aparta a un lado con el pie sin quitarme los ojos de
encima.
Frunzo el ceño.
—Me gusta ese vestido.
No podría importarme menos. Por mí como si lo hace pedazos para
limpiar las ventanas con él.
—Te compraré uno nuevo.
Se encoge de hombros y vuelve a subirme al lavabo y a colocarse
entre mis muslos. Presiona su cuerpo contra el mío y me agarra del trasero
para atraerme hacia él, hasta que estamos bien pegados. Balancea la cadera
sin dejar de mirarme.
Las palpitaciones de mi sexo rozan lo doloroso y creo que voy a
perder la cabeza si continúa haciendo sólo eso. Quiero pedirle que acelere.
Me está costando controlarme.
Me pasa las manos por detrás y me desabrocha el sujetador. Desliza
los tirantes por mis brazos y lo lanza por detrás de él. Me inclino hacia
atrás y me apoyo sobre las manos, dejando los pechos expuestos frente a él.
Mirándome a los ojos, levanta una mano y coloca la palma justo
debajo de mi garganta.
—Siento los fuertes latidos de tu corazón —afirma en voz baja—. Te
pongo muy nerviosa.
No voy a negar esa afirmación. Es verdad, y ya ni me molesto en
tratar de resistirme.
Desliza la palma entre mis pechos hasta llegar a mi estómago
mientras me observa, ardiente y delicioso.
—Eres demasiado hermosa —dice con rotundidad—. Creo que voy a
quedarme contigo.
Arqueo la espalda y le acerco más mi pecho. Él sonríe y baja la boca
para chuparme un pezón con fuerza. Cuando sube una mano para
masajearme el otro pecho, emito un gemido y echo la cabeza atrás contra
el espejo. Por Dios bendito. Este hombre es un genio. Su erección es dura
como el acero y me aprieta entre las piernas obligándome a trazar círculos
con la cadera para calmar la palpitación con un prolongado suspiro de
placer. No sé qué hacer. Quiero saborear todo ese placer, porque es
maravilloso, pero la necesidad de poseerlo se apodera de mí, la presión de
mi entrepierna está a punto de estallar. Como si me estuviese leyendo la
mente, desliza la mano entre mis muslos hasta dar con el borde de mis
bragas. Uno de sus dedos traspasa la barrera y acaricia ligeramente la punta
de mi clítoris.
—¡Joder! —grito al tiempo que me incorporo, lo agarro de los
hombros y le clavo las uñas en los músculos definidos.
—Esa boca —me reprende antes de pegar sus labios contra los míos y
hundir dos dedos dentro de mí.
Mis músculos se aferran a él mientras los mete y los saca. Creo que
voy a morir, literalmente, de placer. Siento la rápida evolución de un
orgasmo inminente y sé que va a hacerme estallar. Me agarro a sus
hombros como si no hubiese mañana y gimo en su boca mientras él
continúa con su asalto.
«Aquí viene.»
—Córrete —me ordena mientras aplica más presión sobre mi clítoris.
Me deshago en una explosión de estrellas. Le libero la boca y dejo
caer la cabeza hacia atrás en un absoluto frenesí. Lanzo un grito. Él me
agarra la cabeza y me la inclina hacia adelante para placarme la boca y
atrapar mis últimos gritos. Estoy completamente extasiada, jadeando,
temblando y sin fuerzas. Me desintegro entre sus manos, totalmente
desinhibida y sin sentir ninguna vergüenza por lo que consigue hacer
conmigo. Estoy loca de placer.
Su beso se relaja y su presión disminuye; me devuelve poco a poco a
la realidad mientras posa tiernos besos por toda mi cara caliente y mojada.
Ha estado demasiado bien. Demasiado bien.
Noto que me aparta un mechón de pelo de la cara y abro los ojos. Al
hacerlo me encuentro con una mirada oscura y satisfecha. Me planta un
beso en los labios. Yo suspiro. Noto como si toda una vida de presión
acumulada se hubiese extinguido, así, sin más. Me siento relajada y
saciada.
—¿Mejor? —pregunta mientras extrae los dedos de mi cuerpo.
—Hummm... —murmuro. No tengo fuerzas para hablar.
Arrastra los dedos por mi labio inferior y se inclina sobre mí. Me
observa de cerca y me pasa la lengua por la boca, lamiendo los restos de mi
orgasmo. Sus ojos penetran en mi interior mientras nos miramos en
silencio. Mis manos le agarran la cara como por instinto y le alisan la piel
recién afeitada. Este hombre es bello, intenso y apasionado. Y podría
romperme el corazón.
Él sonríe levemente y se vuelve para besarme la palma de la mano
antes de volver a fijar la vista en mí. Santo cielo, estoy perdida.
Alguien sacude el pomo de la puerta del baño desde fuera y nos
arranca cruelmente a ambos de la intensidad del momento. Lanzo un grito
ahogado. Pedro me tapa la boca con la mano y me mira con expresión
divertida. ¿Le parece gracioso?
—No oigo nada —dice una voz al otro lado, seguida de otro intento de
abrir la puerta.
El terror hace que mis ojos estén a punto de salirse de sus órbitas.
Pedro retira la mano y la sustituye por sus labios.
—Chis —me exhorta contra la boca.
—Joder, me siento sucia —me lamento apartándome de sus labios y
dejando caer la cabeza sobre su hombro.
Es imposible que salga de aquí sin ponerme roja como un tomate.
¿Cómo voy a evitar que la culpabilidad se refleje en mi rostro?
—No eres sucia. No digas tonterías o me veré obligado a darte unos
azotes en ese precioso trasero que has pasado por todo mi baño.
Levanto la cabeza de su hombro y lo miro confundida.
—¿Tu baño?
—Sí, es mi baño. —Sonríe con sorna—. Me gustaría que ese montón
de extraños dejase de pasearse por mi casa —murmura.
—¿Vives aquí? —digo perpleja. No puede ser. Nadie vive aquí.
—Bueno, lo haré a partir de mañana. Oye, ¿toda esta mierda italiana
vale de verdad el precio tan caro que le han puesto a este apartamento? —
Me mira con expectación.
¿En serio quiere que le conteste a eso?
—¿Mierda italiana? —escupo sintiéndome totalmente insultada. Él se
echa a reír y a mí me dan ganas de abofetearlo. ¿«Mierda italiana»? Este
tío es un capullo ignorante. ¿«Mierda italiana»?—. No deberías haberte
comprado el piso si no te gusta la mierda que contiene —le espeto airada.
—Puedo deshacerme de la mierda —bromea.
Mis cejas adoptan una expresión de incredulidad ante lo que acabo de
escuchar. Me he pasado meses deslomándome para conseguir toda esta
«mierda italiana» ¿y ahora este cerdo desagradecido pretende librarse de
ella? Jamás me había sentido tan insultada, ni tan cabreada. Intento liberar
las manos, atrapadas debajo de las suyas, pero no me deja. Le lanzo una
mirada asesina.
Él sonríe.
—Relájate, mujer. No me desharía de nada de lo que hay en este
apartamento —dice, y me besa con fuerza—. Y tú estás en él.
Vuelve a apoderarse de mi boca con ansia, posesivamente.
No voy a darle demasiadas vueltas a ese comentario. Mi libido acaba
de reactivarse y no voy a intentar apaciguarla. Lo ataco con la misma
fuerza. Le meto la lengua en la boca y empiezo a jugar con la suya. Pedro
me suelta las manos y éstas se apresuran de manera impulsiva hacia esos
hombros firmes y musculosos que tanto me gustan.
Me rodea la cintura, libera mis labios, me levanta del mármol y me
sostiene sobre él mientras con la otra mano busca mis bragas y las arrastra
de un tirón por mis piernas. Vuelve a colocarme sobre el mueble, me quita
los zapatos y los deja caer sobre las baldosas del suelo con un sonoro
estrépito. Me uno a él en la fiesta de la piel desnuda, estiro la mano y le
quito la camisa deslizándola por sus anchos hombros. Dejo su torso al
descubierto en todo su esplendor. Es la viva imagen de la perfección.
Quiero lamer cada centímetro de su cuerpo.
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