lunes, 31 de marzo de 2014

Capitulo 121 ♥



Avanzo por el vestíbulo y veo que Clive está cepillando el cuello de su
uniforme sobre el mostrador de mármol. Lo está dejando reluciente.
—Buenos días —digo.
—Buenos días, Paula —responde la mar de contento.
Le devuelvo el saludo con una sonrisa exagerada.
—Clive, no podrías dejarme ver los vídeos de las cámaras de
seguridad del domingo, ¿verdad?
—¡No! —exclama. De repente está muy ocupado tecleando a toda
velocidad.
Le clavo una mirada de sospecha pero él no levanta la vista del
ordenador. Esto es increíble. Pedro se me ha adelantado. Sabía que se los
iba a pedir a Clive.
—¿Ha hablado Pedro contigo?
—No. —Niega con la cabeza y sigue sin querer mirarme.
—Claro que no —suspiro, doy media vuelta y salgo del vestíbulo. El
señor es muy astuto y yo tengo la mosca detrás de la oreja.
—¡Paula! —Clive corre detrás de mí—. Han llamado de
mantenimiento. Ya han hecho el pedido de la puerta pero, como la tienen
que enviar desde Italia, tardará en llegar. —Camina a mi lado.
—Deberías llamar a Pedro y comunicárselo a él. —Sigo andando y él
no se separa de mí.
—Ya lo hice, Paula, y el señor Alfonso me dijo que tengo que consultar
contigo todo lo que esté relacionado con el ático.
Freno en seco. ¿Que ha dicho qué?
—¿Perdona? —sueno confundida.
Clive parece nervioso.
—El señor Alfonso... me dijo... eh... que ahora vivías aquí y que tenía
que informarte de cualquier cosa relacionada con el ático.
—Ah, ¿eso te ha dicho? —Aprieto los dientes. No debería tener ese
tono de amenaza, no es culpa de Clive—. Hazme un favor, Clive.
Telefonea al señor Alfonso y dile que yo no vivo aquí.
Clive me mira como si acabara de decirle que tiene dos cabezas. Estoy
que echo humo. Utiliza un polvo de entrar en razón, seguido de un polvo de
recordatorio, para hacer que me mude aquí, y ¿ahora espera que me
convierta en su chacha? Ni por todos los polvos de entrar en razón y los
polvos de recordatorio juntos.
—Por supuesto, Paula... Ahora mismo... lo hago.
—Estupendo —exploto, y salgo del edificio.
Me paro y busco las gafas de sol y las llaves del coche en el bolso,
hecha una furia. ¿Cómo se atreve? Bufo para mis adentros hasta que
encuentro las gafas. Me las pongo y Angel de Massive Attack empieza a
resonar en mis oídos.
—¡No! —grito.
Ahora todavía estoy más cabreada. Sabe cómo me siento respecto a
esa canción. Cojo el teléfono para aceptar la llamada.
—¡Deja de toquetear mi teléfono!
—¡No! ¡Me recuerda a ti! —grita—. ¿Qué coño quiere decir eso de
que no vives aquí?
—¡Que no soy tu puta chacha! —le devuelvo el grito.
—¡Cuidado con esa puta boca!
—¡Que te jodan! —Soy como una camionera.
—¡Esa boca!
Estoy en la puerta del Lusso, echando humo. Si cree que voy a ser una
ama de casa diligente y obediente, va listo. ¡El muy ladino! Levanto la
vista y veo a John apoyado en su Range Rover. Lleva las gafas de siempre
puestas pero puedo ver que tiene arqueada una ceja. Esto le parece la mar
de divertido.
—¿Qué hace John aquí? —le espeto.
—¿Ya estás más tranquila?
—¡Contéstame! —le grito.
—¿Con quién coño te crees que estás hablando?
—¡Contigo! ¿Me estás escuchando? ¿Por qué está aquí John?
—Para llevarte al trabajo.
—No necesito un chófer, Pedro —suavizo un poco mi tono. Qué poco
digno de mí, gritar y maldecir como una hooligan borracha, delante de uno
de los complejos residenciales más nuevos y prestigiosos de Londres.
John sonríe. Esto es nuevo. Nunca lo había visto dar señales de tener
sentido del humor.
—Estaba por el barrio y pensé que sería más cómodo que pasarte una
hora intentando aparcar. —Él también ha suavizado el tono.
—Bueno, pues al menos podrías contarme las cosas que van a pasar y
que tienen que ver conmigo —le escupo por teléfono, y cuelgo.
«¡Cerdo controlador!»
Me dirijo hacia John y el móvil empieza a sonar por el camino otra
vez. Voy a cambiar esa dichosa melodía. Le enseño la pantalla a John
cuando paso junto a él y vuelve a sonreír.
—Dime, amor —bromeo con bastante osadía. Me estoy cavando mi
propia tumba, lo sé, pero ahora mismo no puede tocarme, así que no hay
peligro de que intente echarme un polvo para ponerme en mi sitio.
—No te pongas sarcástica, Paula, no te pega.
Me monto en el Range Rover y me abrocho el cinturón de seguridad.
—Te gustará saber que voy hacia la oficina con John. —Miro a este
último y él asiente—. ¿Quieres que te lo confirme? —pregunto—. John,
saluda. —Le pongo el móvil delante de las narices.
—Todo bien, Pedro —dice despacio. Sonríe de verdad y veo un diente
de oro. Se lo está pasando pipa.
Me pego el móvil de nuevo a la oreja.
—¿Contento?
—¡Mucho! —exclama—. ¿Alguna vez has oído hablar de un polvo de
represalia?
Sólo de oírlo me dan escalofríos. Miro a John, que sigue sonriendo.
—No. ¿Me vas a hacer una demostración? —pregunto con calma.
—Si tienes suerte. Te veo en casa —dice, y cuelga.
Dejo el móvil en el bolso. Hay espirales de anticipación dando vueltas
en mi entrepierna. Me ha hecho correr dieciséis kilómetros, me ha servido
mi café favorito, me ha follado hasta hacerme perder el sentido, me ha
hecho promesas guarras por teléfono y ni siquiera he llegado aún a la
oficina. Por si fuera poco, me está distrayendo de un montón de
pensamientos desconcertantes. Se está guardando algo, otra vez, y no me
puedo creer que le haya dicho al conserje que ahora yo soy la señora de la
casa. En el futuro, necesito evitar los polvos de entrar en razón, y también
necesito pensar cómo voy a abordar ese pequeño asunto. Es demasiado
pronto para que me vaya a vivir con él.
Miro a la bestia parda que tengo sentada a mi lado.
—¿De verdad estabas por el barrio?
John deja de emitir su zumbido característico.
—¿Tú qué crees?
Justo lo que me imaginaba.
—¿Qué edad tiene Pedro? —pregunto como si nada. No tengo la
menor idea de por qué he elegido un tono casual. Es ridículo que no sepa
qué edad tiene.
—Treinta y dos —contesta con rostro inexpresivo.
¿Treinta y dos? Ésa es la edad que dijo Pedro anoche que tenía. Miro a
John, que vuelve a emitir su ruidito característico. ¡No me lo creo! Pedro se
lo ha dicho.
—No tiene treinta y dos años, ¿a que no?
John vuelve a sonreír y a mostrar su diente de oro.
—Dijo que me lo preguntarías.
Meneo la cabeza. En eso voy perdiendo. Así que, como a John le caigo
bien y parece estar de buen humor, decido que puedo abordar otros asuntos.
—¿Siempre ha tenido un carácter tan difícil?
—Sólo contigo, muchacha. En realidad, se lo toma todo con bastante
calma.
¿Que se lo toma todo con calma? Espera, que me río. Recuerdo que
Sam dijo lo mismo y que John mencionó que yo había sacado a la luz
algunas cualidades bastante desagradables en Pedro. Me río para mis
adentros. Pedro también ha sacado a la luz cualidades feas en mí. Suelto
más tacos que un camionero.
—Es evidente que saco lo peor de él —gruño.
—No seas tan dura con él, muchacha. —John intenta quitarle
importancia.
—¿Quieres vivir con él y con su forma imposible de ser? —pregunto,
exasperada.
—Entonces ¿te has mudado a su casa? —Sus cejas aparecen por
encima de las gafas de sol y se vuelve hacia mí. No me había dado cuenta
de lo que acabo de decir. Espero que John no llegue a la misma conclusión
que Sarah: que voy detrás del dinero de Pedro.
De pronto siento la necesidad de defenderme.
—Me lo pidió y prácticamente me obligó a decir que sí. —No le voy a
contar los detalles de cómo lo hizo—. Pero no estoy muy segura. Es un
poco pronto. De eso iba nuestro pequeño intercambio. No le gusta que le
digan que no. —Sacudo el teléfono delante de John.
«¡Su dinero me importa una mierda pinchada en un palo!»
Las comisuras de los labios de John dibujan una sonrisa y empieza a
asentir, pensativo.
—Es muy particular contigo.
Suelto una carcajada de asentimiento y niego con la cabeza, pensativa.
Es muy particular conmigo. Da miedo.
—¿Cuánto hace que lo conoces? —La ocasión la pintan calva. Podría
cerrar el pico y no volver a hablar.
—Demasiado tiempo —se ríe, y es una risa profunda, desde las tripas,
y le salen papadas nuevas cuando su cuello se retrae. Me pregunto cuántos
años tendrá. Es el puto misterio de las edades. Debe de estar a punto de
cumplir los cincuenta.
—Apuesto a que has visto de todo en La Mansión —farfullo.
Tengo más clara la labor de John desde que sé que el lugar no es un
hotel ni el cuartel general de la mafia. No me gustaría cabrear a la montaña
que tengo sentada a mi lado, tamborileando con las manos en el volante.
Hace que incluso eso parezca un gesto amenazador.
—Forma parte de mi trabajo —responde tan tranquilo.
Ah, lo que me recuerda:
—¿Por qué fue el otro día la policía?
John me mira con un semblante casi de amenaza y me achico un poco.
—Un idiota que hacía el tonto. No hay por qué preocuparse, muchacha
—dice, y vuelve a centrarse en la carretera.
No estaba preocupada, pero ahora sí lo estoy. John acaba de darme
exactamente la misma explicación de mierda que me dio Pedro, y el hecho
de que me haya dicho que no me preocupe me preocupa. ¿Qué está pasando
aquí?
Información. Necesito algo de información.
Me deja en mi oficina y se despide de mí con una inclinación de la
cabeza.
—¡Buenos días, Paula! —Sally está contenta.
Ah, sí. Se me había olvidado que Sally se ha transformado. Lleva
puesta la misma camiseta que ayer, sólo que de otro color. La de hoy es
roja. Me gusta la Sally chispeante. Espero que no le rompan el corazón.
—Hola, Sally, ¿qué tal estás?
—Muy bien, gracias por preguntar. ¿Te apetece un café?
—Sí, por favor.
—¡Marchando! —Me lanza una sonrisa adorable y se va a la cocina.
Caigo en la cuenta de que lleva las uñas pintadas. Eso también es una
novedad, y no es beige ni transparente. ¡Es rojo carmesí! Debe de estar
preparándose para su cita.
Enciendo el ordenador, me pongo con unos presupuestos y preparo un
montón de facturas para Sally. Abro el correo y veo que tengo la bandeja
repleta de mensajes, casi todos son basura, así que empiezo a borrarlos.
A las diez y media se abre la puerta de la oficina. Cuando levanto la
vista no me sorprende en absoluto ver un abanico de calas en los brazos de
la chica del Lusso. Sabía que iba a hacer caso omiso de lo que le pedí. Pone
los ojos en blanco y me encojo de hombros a modo de disculpa. Tras el
intercambio de flores y firmas, busco la tarjeta.

"¿TIENES GANAS DEL POLVO DE REPRESALIA?
TU DIOS.
BSS."


Sonrío y le mando un mensaje. Me había prometido no contactar con
él después de cómo me ha distraído esta mañana, pero ese plan ya se ha ido
a la porra, con lo de ser su chacha y la aparición del grandullón de John.
Además, tengo muchas ganas de echar ese polvo de represalia.

"Sí, y sé que tú también. Bss, tu P."

Me pongo a currar. No hay nadie en la oficina excepto Sal. Es mi
oportunidad para sacar un montón de trabajo adelante. Cruzo la calle a la
hora de la comida para comprar un bagel y comérmelo delante del
ordenador. Mi móvil me indica que tengo un mensaje en cuanto aterrizo en
la silla.

"Me gusta tu frase de despedida. No la olvides. Siempre lo serás. Te veo en casa, a las
siete... más o menos. Bss, P."

Estoy en el séptimo cielo de Pedro. Decido llamar a Kate mientras me
tomo un descanso para comer.

—¡Hola, hola! —canturrea por el teléfono.
¿Por qué está tan contenta? Ay, Dios, espero que no haya vuelto a ir a
La Mansión. No voy a preguntárselo. Prefiero no saberlo.
—Hola, ¿te encuentras bien?
—¡Todo bien! ¿Cómo está el novio favorito de mi amiga? —Se echa a
reír.
—Está bien —contesto secamente. Sólo lo quiere tanto porque le
compró a Margo Junior.
—Oye, estoy de camino a Brighton para entregar una tarta.
¿Comemos juntas el jueves? Mañana tengo un día de locos. Debo ponerme
al día en el trabajo.
—Te han estado distrayendo, ¿no, pillina?
—¡Diversión! —me suelta—. ¿Comemos juntas o no?
—Vale —contesto. Eso de que esté tan sensible me tiene muy
mosqueada—. El jueves a la una en el Baroque —confirmo.
—¡Perfecto! —Y cuelga.
¡Rayos! Creo que le he tocado la fibra sensible. ¡Diversión, y un
cuerno! Está dándome evasivas y quitándole importancia. Quiero saber qué
está pasando, pero me prometo no volver a preguntar en el futuro. ¿Qué se
trae entre manos?
Se abre la puerta de la oficina y entra Tom.
—¡Tom, tenemos que hablar sobre tu indumentaria!
Se mira la camisa de vestir verde esmeralda y la corbata rosa fucsia.
Los colores que no casan son una ofensa terrible en el mundo de Tom.
—Fabulosa, ¿verdad? —Se acaricia la corbata.
Pues no. De hecho, es bastante desagradable. Sé que, si estuviera
buscando un diseñador de interiores y Tom apareciera en mi puerta, se la
cerraría en las narices.
—¿Dónde está Victoria? —pregunto.
—Tenía una visita en Kensington. —Lanza su mariconera sobre su
mesa, se quita las gafas y se las limpia con la corbata.
—¿Has averiguado qué salió mal? —insisto.
—¡No! —Se deja caer en su silla—. Se pasó el día triste y cabizbaja.
—Se inclina hacia adelante y recorre la oficina con la vista—. Oye, ¿qué
crees que le pasa a nuestra Sal?
Vaya, se ha dado cuenta. La verdad es que es difícil no notarlo.
—Tuvo una cita —susurro en voz bastante alta.
Se pone las gafas con un gesto dramático que sugiere que necesita
verme bien la cara, dada la gravedad de la noticia. Es absurdo. Tom se las
pone sólo porque es un adicto a la moda y para parecer profesional.
¿Profesional? Debería tirar a la basura esa camisa y también la corbata. Me
están deslumbrando.
—¡No! —Se queda con la boca abierta.
—¡Sí! Y esta noche tendrá la segunda cita —asiento.
Abre unos ojos como platos.
—¿Te imaginas lo aburrido que debe de ser él?
Retrocedo. De pronto me siento muy culpable por entablar esta clase
de conversación con él.
—No seas capullo, Tom —lo riño.
Sally cruza la oficina y dejamos de cotillear en el acto. Tom levanta
las cejas y sonríe mientras la sigue con la mirada hasta la fotocopiadora. Si
lo tuviera a tiro, le patearía el culo.
Se vuelve hacia mí y ve la expresión de desaprobación en mi rostro.
Levanta las manos.
—¿Qué? —susurra.
Meneo la cabeza y vuelvo a centrarme en mi ordenador, pero la
tranquilidad dura poco.
—Así que —oigo que dice Tom desde su mesa— me ha dicho
Victoria que te has ido a vivir con el señor Alfonso.
Mi cara es de absoluta sorpresa cuando levanto la vista del ordenador
y lo veo hojeando un catálogo como si nada. ¿Cómo se ha enterado? Está
claro... Drew. Victoria y él salieron juntos el viernes por la noche, pero
¿qué ha ocurrido desde entonces para que ella esté de tan mal humor? No
quiero tener esta conversación. A Tom le pirra el drama, y mi vida es todo
un drama en este momento.
—No me he ido a vivir con él, y necesito que guardes silencio, Tom.
Sigo borrando correos basura. Pero él no pilla la indirecta.
—Debe de ser chulo, vivir en el ático de diez millones de libras que tú
misma has diseñado —farfulla pensativo mientras pasa páginas.
—Chitón. —Le lanzo una mirada asesina cuando levanta la vista del
catálogo que ni siquiera está leyendo. Esta vez sí que capta la indirecta y se
pone a trabajar.
No sé cómo contárselo a Patrick. El caso es que no pinta nada bien:
estoy saliendo con un cliente. Lo último que necesito es que Tom lo
proclame a los cuatro vientos.
Me centro en mi ordenador y termino de vaciar la bandeja de entrada
de correos basura antes de empezar a preparar los plazos de los pagos de la
señora Quinn junto con algunas ideas para los diseños.
Son las cinco de la tarde y estoy dándole golpecitos a la mesa con el
bolígrafo, sumida en mis pensamientos, y se me ocurre una idea fantástica.
¡Dios mío, soy genial! Salto de la silla y recojo los dibujos y las
carpetas que hay sobre mi escritorio. Cojo mi bolso, las flores, y me dirijo
a la salida.
—He terminado. ¡Hasta mañana, chicos! —me despido mientras salgo
a todo gas por la puerta de la oficina.
Tengo media hora. Puedo hacerlo. Cojo el metro hacia mi estación de
destino.
Corro hacia el Lusso desde la parada de metro. Necesito estar duchada
y lista antes de que Pedro vuelva a casa. Evito toda conversación con Clive
y salto al ascensor, jadeante de tanto correr. Mi pobre cuerpo lleva una
buena paliza hoy.

No hay comentarios:

Publicar un comentario