habitación. Mi maldad me hace desear que tropiece con esos ridículos
tacones. No me gusta nada esta mujer. Saca la zorra interior que hay en mí
más que ninguna otra persona que haya conocido.
—Sarah. Yo también me alegro de verte. —Me agarro un mechón de
pelo y empiezo a juguetear con él mientras me planteo los motivos de su
visita. Me mira mientras sigo sentada en el suelo y veo que hoy tiene los
labios rojos superhinchados. Sin duda acaba de hacerse algunos retoques.
Mi posición, sentada en el suelo, en contraste con la suya, hace que me
sienta inferior a ella. Me levantaría si no tuviera el culo tan dormido y
supiese que no voy a caerme de nuevo al hacerlo.
—Trabajando un domingo —comenta mientras observa la habitación
vacía—. ¿Reciben todos tus clientes el mismo trato especial que le das a
Pedro?
¡Menuda zorra! De repente sus motivos están muy claros.
—No —sonrío—. Sólo Pedro.
Mis malos pensamientos hacia ella están más que justificados. No
sólo no le caigo bien, sino que me detesta con todas sus fuerzas. Puede que
incluso llegue a odiarme. ¿Por qué?
—Es un poco mayor para ti, ¿no te parece? —Cruza los brazos por
debajo de su generoso pecho y llego a la conclusión de que también se lo
ha operado.
No quiero que sepa que no sé la edad de Pedro. Seguro que ella sí la
sabe. Y ese hecho me cabrea sobremanera.
—A mí no me lo parece —respondo con dulzura. Quiero levantarme
del suelo para que esta barbie recauchutada deje de mirarme como si fuera
superior a mí. ¿A ella qué le importa?
Su cara hinchada refleja la poca gracia que le hace mi presencia y eso,
por extraño que parezca, hace que yo también me sienta incómoda por
estar aquí. Debería haberme quedado en casa. No tengo por qué aguantar
esto.
—Bueno, ¿y qué tiene mi Pedro para hacer que renuncies a tu tiempo
libre para trabajar?
«¿Mi Pedro?»
—No creo que eso sea asunto tuyo.
—Tal vez. ¿Es por su dinero? —dice al tiempo que enarca una ceja
que ya estaba ridículamente levantada. ¡Bótox!
—No me interesa la riqueza de Pedro —respondo tajantemente. ¡Estoy
enamorada de él!
—No, claro que no. —Se acerca a la ventana, con aire relajado y
arrogante, y se vuelve hacia mí de nuevo, con una cara igual de fría que su
voz—. Te lo advierto, Paula. Pedro no es la clase de hombre con el que una
deba plantearse un futuro.
La miro directamente a los ojos e intento imitar su expresión y su
tono gélido. No es difícil, siempre me sale de manera natural con esta
mujer tan desagradable.
—Gracias por la advertencia, pero creo que soy lo bastante mayorcita
para saber lo que me hago. —El corazón se me hunde hasta el estómago.
Ella se echa a reír con condescendencia. Es una risa de lástima que
hace que me sienta fatal.
—Pequeña, sal de tu cuento de hadas y abre los o...
De repente, la puerta se abre y Pedro entra a toda prisa. Me ve a mí
tirada en el suelo y a Sarah junto a la ventana.
—¿Todo bien? —le pregunta a Sarah.
Yo me cabreo. ¿Por qué coño le pregunta a ella? Ella está
perfectamente ahí de pie lanzándome sus advertencias. Es a mí, que estoy
aquí sentada con el culo dormido, a la que debería preguntarle. Me quedo
todavía más estupefacta cuando ella le regala una ridícula sonrisa falsa y se
acerca a él, toda tiesa y sacando pecho.
—Sí, cariño. Paula y yo sólo estábamos hablando sobre las habitaciones
nuevas. Tiene unas ideas fantásticas —dice, y le frota el hombro.
Quiero arrancarle las uñas postizas de los dedos. ¡Menuda perra
mentirosa! Espero que él no se lo trague. Pero la sonrisa de satisfacción
con la que le responde antes de volverse hacia mí me indica que sí lo ha
hecho. ¿Está ciego o qué le pasa?
—Es muy buena —dice con orgullo. Está haciendo que me sienta
como si fuera una puta cría.
—Sí, tiene mucho talento —ronronea Sarah sonriéndome con malicia
—. Los dejo. —Se pone de puntillas y lo besa en la mejilla mientras yo ardo
de rabia—. Paula, ha sido un placer volver a verte.
Reúno la educación suficiente para sonreír a esa bestia.
—Lo mismo digo, Sarah.
Espero que note mi tono falso. No había sido menos sincero en mi
vida. Se marcha de la habitación y me deja a solas con Pedro. ¿Qué hago
aquí y qué papel desempeña esa mujer en la vida de Pedro? Ha estado aquí
todas las veces que he venido. Y también estaba en la inauguración del
Lusso. ¿Conseguiré librarme alguna vez de esa víbora? Quiere que
desaparezca, y sólo puede haber una razón: quiere a Pedro. Me duele el
corazón sólo de imaginármelo con otra persona y me entran ganas de matar
a alguien. Nunca he sido celosa, ni insegura, ni dependiente. Pero siento
que todos estos nuevos sentimientos afloran en mí y se apoderan de todo
mi ser. Ha dicho que Pedro no es la clase de hombre con el que una deba
soñar. Y creo que eso ya lo sé yo.
—A ver qué has hecho, señorita. —Se sienta a mi lado y me coge el
bloc—. ¡Vaya! Me encanta esa cama.
—A mí también —admito con hosquedad. El entusiasmo que sentía
por mi idea se ha esfumado.
—¿Qué es todo esto? —dice señalando el dosel.
—Es un diseño reticular. Todas las vigas de madera se superponen y
crean ese efecto.
—¿Y se pueden colgar cosas de él? —pregunta con curiosidad.
—Sí, como telas o luces —respondo, y me encojo de hombros.
Abre la boca fascinado al captar el concepto.
—¿En qué colores habías pensado?
—Negro y dorado.
—Me encanta. —Pasa la mano por el dibujo—. ¿Cuándo podemos
empezar?
¿Eh?
—Esto es sólo un boceto. Tengo que considerar varias ideas, hacer
dibujos a escala, planes de iluminación y esas cosas. —No sé si voy a
poder hacer todo eso. He entrado en un profundo estado de depresión
después de que me haya echado de su despacho y de las advertencias de
Sarah. Tengo que replantearme muy en serio qué hago aquí—. ¿Te
importaría llevarme a casa?
Levanta la mirada bruscamente con los ojos cargados de
preocupación.
—¿Estás bien?
Levanto el culo dormido del suelo y reúno las pocas fuerzas que tengo
para fingir una sonrisa tan falsa como la de Sarah.
—Sí. Es que tengo que preparar unas cosas para mañana —digo
mientras me aliso el vestido.
—¿No has dicho que no trabajabas los fines de semana?
—No es trabajo propiamente dicho.
—Ah. —Me mira con una medio sonrisa y me entran ganas de llorar.
«Llévame a mi casa para que pueda pensar sin que estés delante
distrayéndome con esa cara y ese cuerpo tan hermosos.»
—Está bien. —Se levanta también del suelo y me devuelve el bloc—.
¿Estás segura? —insiste.
Yo mantengo mi sonrisa falsa.
—Estoy bien, ¿por qué no iba a estarlo? —Me esfuerzo por mantener
la mano abajo al ver que la levanto de manera involuntaria para llevármela
al pelo.
Me mira con recelo.
—Vamos, entonces. —Coge mi bolso y me agarra de la mano.
—La bandeja.
—Ya la recogerá Pablo —dice, y me conduce fuera de la habitación y
hacia el piso inferior.
Me gustaría soltarle la mano, pero no quiero darle motivos para que
piense que no estoy bien. Es difícil, porque no lo estoy en absoluto. Cuanto
más lo toco, más me encariño con él.
Cuando llegamos al vestíbulo, Pedro echa un vistazo a su alrededor;
parece agitado.
—Espérame aquí, voy a por las llaves y el móvil. Bueno, ve hacia el
coche. Está abierto.
Frunzo el ceño cuando me acompaña hasta la puerta y se marcha
corriendo en dirección a su despacho.
Bajo los escalones de La Mansión y recorro el suelo de gravilla de
camino al DBS. Antes de llegar al coche, oigo las carcajadas de cierta
bestia de morros hinchados y lengua viperina. Me pongo tensa de los pies a
la cabeza, me vuelvo y la veo de pie en lo alto de los escalones junto a
Pedro. —Vale, cariño. Luego nos vemos. —Y vuelve a besarlo en la mejilla.
Me entran arcadas—. ¡Espero volver a verte, Paula! —grita.
Su mirada gélida me fulmina. Pedro se acerca, me devuelve el bolso y
me coge de la mano de nuevo. Me siento en el coche y, en cuanto el motor
arranca, Creep, de Radiohead, me inunda los oídos. Yo sonrío para mis
adentros. Eso, como dice la canción, ¿qué coño hago aquí? Es una buena
pregunta.
GRACIAS POR LEER!♥
Muy buenos capítulos!! ¡¡Qué mujer mal es Sarah!!! Por favor que la saque de esa mansión!! @AmorPyPybb
ResponderEliminarEspectaculares los caps, pero ya quiero que desaparezca Sarah please.
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