Sam llega a la mesa, todavía sonriendo y con ese hoyuelo en la cara.
La verdad es que es muy mono, tiene el pelo desaliñado y los ojos
brillantes. Lleva puestos unos vaqueros y una camiseta, como la otra vez.
Debe de irle el estilo informal.
—Bien, Sam, ¿y tú? —Apuro el vino. Me tomaría otra copa, pero no
creo que a Patrick le hiciera mucha gracia que volviera a la oficina medio
borracha—. ¿Llevas mucho rato aquí? —pregunto como si tal cosa.
—No, acabo de llegar. ¿Qué tal Pedro? —inquiere con una sonrisa
maliciosa.
¿Qué le hace pensar que sé la respuesta a esa pregunta? ¿Se lo ha
contado él? Noto que empiezo a ponerme colorada, aunque he llegado a la
rápida conclusión de que me está tomando el pelo. Es su amigo, así que
seguro que sabe cómo está. Me encojo de hombros, porque la verdad es que
no sé qué contestar. No tengo ni idea de cómo está porque no he acudido a
nuestra cita. Cuando me despedí ayer de él, estaba calentando todos mis
motores sexuales y yo jadeaba como una desesperada. Imagino que ahora
se sentirá algo cabreado por el hecho de que no haya acudido. ¡Ja! ¿Y qué
va a hacer? ¿Despedirme? Quizá debería. Me ahorraría todos estos
quebraderos de cabeza. De repente noto un fuerte golpe en la espinilla y, al
alzar la vista, veo que Kate me mira con el ceño fruncido.
—Ah, Sam, ésta es Kate. Kate, Sam. —Muevo la mano entre ambos y
me fijo en que el semblante de Kate se torna angelical. Le ofrece la mano a
Sam, que sonríe antes de estrechársela.
—Un placer conocerte, Kate —dice con cortesía y pasándose la otra
mano por las ondas engominadas.
—Lo mismo digo. —Arquea una ceja.
¡No me lo puedo creer! Está flirteando con él. Sonríe con timidez ante
los cumplidos que él le hace a su cabello rojo y salvaje mientras siguen
agarrados de la mano. El teléfono me avisa de que tengo un mensaje. Para
huir del evidente cortejo que tengo delante, lo abro y lo leo con un ojo
cerrado.
"Más vale que tengas una BUENA razón para dejarme plantado. Espero que se esté
muriendo alguien. Estoy muy cabreado, señorita. Esta vez NO hay beso."
¡Vaya! Está preocupado. Mi corazón da un inesperado brinco de
aprobación, pero al instante me obligo a salir de mi patética burbuja de
satisfacción y me recuerdo que no tengo que rendirle cuentas de nada. Está
claro que le gusta que lo obedezcan. Además, no lo he dejado plantado.
Sólo he retrasado una reunión de negocios. Me va a estallar la puñetera
cabeza. Pero ¿qué me pasa? Dejo el teléfono sobre la mesa y, al alzar la
vista, veo a Kate interpretando el mejor acto de flirteo que haya visto en la
vida. No conoce la vergüenza, y siguen cogidos de la mano.
Ella deja de mirar a Sam y me mira a mí.
—¿Era Pedro? —pregunta descaradamente.
Le doy una patada por debajo de la mesa y noto que Sam me mira. La
voy a matar.
—¿Pedro? —pregunta Sam—. Acaba de llamarme. No tardará en
llegar.
«¿Qué?»
Kate se echa a reír como una hiena, y yo le propino otra patada por
debajo de la mesa. ¿Le habrá dicho Sam que yo estaba aquí?
—Tengo que irme —digo, y me levanto—. Kate —sonrío dulcemente
mientras ella controla la risa—, ¿tú no tenías que hacer algo a las dos y
media? —No —responde también sonriendo e incluso superando mi nivel de
dulzura. Es de lo que no hay.
La miro con recelo y recojo mi bolso y mi teléfono.
—Bueno, pues luego nos vemos. Me alegro de volver a verte, Sam.
Le suelta la mano a Kate y me besa en la mejilla.
—Sí, lo mismo digo, Paula. Un placer.
Me dispongo a marcharme, pero entonces doy media vuelta con una
expresión totalmente plana e indiferente.
—Por cierto, Kate. Dan vuelve la semana que viene. —Le suelto la
bomba y espero la explosión. No tarda ni un nanosegundo en abrir la boca
de asombro.
¡Toma! Le lanzo una mirada para advertirle que no debe jugar
conmigo y me largo llena de satisfacción. Aunque me dura poco. Pedro está
justo detrás de mí, mirándome como un perro rabioso. Me encojo al
instante.
—¿Quién ha muerto? —ladra.
Está muy cabreado.
—Estaba trabajando —me defiendo nerviosa.
Me mira con el ceño fruncido.
—¿Y eso te impide contestar el teléfono? —Su voz destila
desaprobación.
Vale, puede que el que no contestase a sus llamadas sea una razón de
peso para estar enfadado.
Me vuelvo y veo a Kate y a Sam observando en silencio nuestro
pequeño altercado. Mi amiga empieza a mirar en todas direcciones menos
en la nuestra. Sam apenas logra dominar su expresión de sorpresa y fracasa
en su intento de fingir desinterés. Suspiro y miro a Paula, que aún parece
estar a punto de golpear algo.
—He de volver al trabajo —digo. Lo esquivo y salgo del bar. Su
reacción me parece exagerada y roza peligrosamente la posesión y la
manipulación, y yo no quiero ni una cosa ni la otra.
Salgo a Piccadilly y sorteo la multitud que se forma a la hora de
comer. Sé que me sigue. Siento su mirada verde y penetrante clavada en mi
espalda.
Cuando giro hacia Berkeley Street, el gentío disminuye y me vuelvo.
Está increíblemente guapo con ese traje gris pizarra y esa camisa azul
claro. Resoplo para mis adentros y acelero el paso. Si consigo llegar a la
oficina, estaré a salvo de su cólera. No va a montarme una escenita en el
trabajo, ¿verdad? Aunque no parecía que le importase mucho montármela
delante de Kate y de Sam. ¿Me arriesgo? Este tío es muy inestable. Pero
¿por qué se comporta de esta manera? Sólo nos hemos acostado, no nos
hemos casado.
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