una orden!
Patrick se marcha y yo silencio la llamada, pero, en cuanto se
interrumpe, vuelve a sonar otra vez. La silencio de nuevo, dejo el móvil en
la mesa y me pongo a trabajar. Abro el correo de Mikael. Es breve, pero
contiene la suficiente información como para que empiece a elaborar mis
diseños.
Quince minutos después, el teléfono aún sigue sonando, y yo estoy
empezando a hartarme de la musiquita y de alargar la mano para silenciar
el maldito aparato. Qué ilusa he sido al pensar que me lo pondría fácil. La
alerta de mensaje de texto empieza a vibrar, pero en lugar de eliminarlo
directamente —que habría sido lo más sensato— lo leo.
¡COGE EL TELÉFONO!
Ya estamos. Sam Sparro empieza a entonar de nuevo su canción y yo
vuelvo a darle a silenciar. A este paso no voy a conseguir hacer nada hoy.
Al momento, llega otro mensaje.
"Paula, dime algo, por favor. ¿Qué he hecho?"
Meto el móvil en el primer cajón de mi mesa e intento olvidarme de
él. ¿Que qué ha hecho? En realidad nada, pero estoy segura de que lo hará
si le doy la oportunidad. ¿O no? Ay, no lo sé. Pero mi instinto me dice que
me aleje de él.
—Sal, si alguien me llama a la oficina dile que me llame al móvil, ¿de
acuerdo? —Sé que probablemente ése será su próximo movimiento.
—De acuerdo, Paula.
Empiezo a recoger unas cuantas ideas y a elaborar bocetos para
Mikael. Todavía no he visto los apartamentos, pero sé más o menos lo que
quiero hacer y, para mi sorpresa, estoy bastante emocionada.
A la hora de comer me acerco un momento al indio para comprar un
sándwich y me lo como en la oficina.
Sally me informa de que me ha llamado un hombre mientras estaba
fuera, pero no ha dejado ningún mensaje. Claro, ya sé quién ha sido, pero
estoy teniendo un día muy productivo y no pienso dejar que interrumpa mi
ritmo, así que ignoro su persistencia. Victoria y Tom estarán fuera de la
oficina todo el día visitando a clientes. Sin los dramas de la una ni las
historias sórdidas del otro puedo trabajar sin distracciones, así que no voy
a permitir que Pedro se convierta en una.
Sigo haciendo caso omiso del teléfono, menos cuando Mikael llama
para fijar una reunión para mañana. Finalmente estará en Dinamarca toda
la semana, así que me reuniré con su asistente personal en la Torre Vida a
las nueve de la mañana. Cuando dan las seis en punto, estoy satisfecha con
la productiva jornada que he tenido y feliz de haberme puesto las pilas. Se
me ha pasado el día volando.
Entro por la puerta casi a rastras y me encuentro la casa vacía. Estoy
totalmente destrozada. Todavía siento los efectos del sábado por la noche,
y de todo lo que pasó con Pedro ayer. Odio las resacas. Suelen durarme más
de lo normal. Esta noche no me tomaré la copa de vino de los lunes por la
noche.Me voy a mi cuarto y me desnudo para ducharme. El teléfono vuelve a
sonar y alzo la vista al cielo para rogar que me dé fuerzas. No me lo va a
poner nada fácil. Lo sé. Pero entonces me doy cuenta de que no suena
Black and Gold. He estado soportando la dichosa canción todo el puñetero
día y he silenciado el teléfono cada vez que sonaba. Me sorprendo
gratamente cuando veo «Mamá móvil» parpadeando en la pantalla.
La escucho durante veinte minutos mientras me narra el itinerario
completo del viaje de Dan desde Australia hasta Heathrow. Resumiendo:
llegará el próximo lunes por la mañana, pasará la semana en Newquay y
volverá a Londres el sábado. Tras comprobar que todo va bien por
Newquay, me dirijo a la ducha. Sam Sparro empieza a sonar de nuevo y yo
silencio el teléfono... otra vez. Si no lo oigo, no tendré la tentación de
contestar.
Después de ducharme, me desplomo en la cama y me quedo dormida
en cuanto toco la almohada.
—¡Despierta, dormilona! —La voz aguda de Kate me perfora los
tímpanos. Me doy la vuelta y miro el reloj.
Presa del pánico, salto de la cama e intento serenarme un poco. ¡Son
las ocho en punto! He dormido trece horas. Joder, creo que lo necesitaba.
—¿Por qué no me has despertado? —grito mientras me apresuro de
camino a la ducha por el descansillo. Tengo que estar en la Torre Vida
dentro de una hora para reunirme con la asistente personal de Mikael.
—Yo también me he dormido —responde Kate, alegre y pizpireta.
¿Por qué está tan contenta? No tardo en descubrirlo cuando me topo con el
cuerpo medio desnudo de Sam saliendo del baño.
—¡Cuidado, mujer! —dice riendo, y me frena con las manos.
Aparto la vista de su magnífico físico.
—¡Perdón! —digo totalmente avergonzada. ¿Le gusta pasearse
semidesnudo por apartamentos de mujeres?
Su sonrisa contagiosa revela su bonito hoyuelo mientras se aparta y
me hace una reverencia.
—Todo tuyo.
Entro corriendo y cierro la puerta para ocultar mi rubor, pero no tengo
tiempo de mortificarme con mi vergüenza. Me meto en la ducha, me lavo
el pelo, corro por el descansillo enrollada en la toalla hasta la seguridad de
mi dormitorio y me visto a toda prisa. Me alegro de haber arreglado la
habitación. Ahora encuentro todo lo que necesito a la primera. Me pongo el
vestido rosa palo y unos zapatos de color carne, me seco el pelo a toda
prisa y me lo recojo. Me doy un toque de polvos, colorete y máscara de
pestañas y ya estoy lista. No me había arreglado tan rápido en la vida.
Desconecto el teléfono del cargador y borro las cuarenta y dos
llamadas perdidas de Pedro antes de meterlo en el bolso. Vuelo hacia la
cocina. Sam y Kate están sentados a la mesa. ¿Es que hoy no trabaja nadie?
Sam alza la vista de su cuenco de cereales y sonríe.
—¿Has visto a Pedro? —pregunta.
Me paro en seco y lo miro. Aún me está sonriendo.
—No, ¿por qué me lo preguntas?
—¿Has estado en tu leonera toda la noche? —pregunta Kate
totalmente confundida.
—Sí, llegué de trabajar sobre las seis y media y me fui directa a la
cama. Y ya no es una leonera —la corrijo con orgullo—. ¿Por qué?
Kate mira a Sam, Sam mira a Kate y luego ambos me miran a mí. Los
dos parecen confundidos y un poco preocupados.
—¿No lo has visto ni has hablado con él? —pregunta Sam con la
cuchara a medio camino del cuenco y su boca.
—¡No! —contesto con tono de impaciencia. Pero ¿qué coño les pasa?
No pienso volver a verlo ni a hablar con él en toda mi vida—. No estoy
atada a su cintura —les espeto fríamente.
—Es que anoche me llamó cinco veces preguntando por ti —explica
Kate.
—¡A mí diez! —interviene Sam.
Kate parece muy alarmada.
—Llegamos sobre las ocho y media y dimos por hecho que todavía
estarías trabajando. Estaba muy nervioso, Paula. Intentamos llamarte.
No tengo tiempo para estas tonterías. ¿Qué se cree que me ha pasado?
Ese tío es un neurótico, y lo que yo haga con mi vida no es asunto suyo.
—Tenía el teléfono en silencio. Pero bueno, como veis, estoy vivita y
coleando, así que si vuelve a llamar, decidle eso —resoplo—. Me voy, que
llego tarde. —Doy media vuelta para salir de la cocina.
—Como dejó de llamar supuse que estabas con él —añade Kate
cuando ya me marcho.
—¡Pues ya ves que no! —grito mientras bajo por la escalera.
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