rodillas. Dos pasos más y estará encima de mí; la idea del inminente
contacto es suficiente para sacarme del estado de trance en el que me
sume. —Para —le ordeno levantando la mano. Mi imperativo hace que se
detenga en seco—. Ni siquiera me conoces —balbuceo en un desesperado
intento de hacerle entender lo absurdo que es todo esto.
—Sé que eres tremendamente hermosa. —Empieza a avanzar de
nuevo hacia mí—. Sé lo que siento, y sé que tú también lo sientes. —Ahora
nuestros cuerpos están pegados, y el corazón se me sale por la boca—. Así
que dime, Paula, ¿qué más tengo que saber?
Intento controlar mi respiración agitada, pero me tiembla todo el
cuerpo y fracaso. Agacho la cabeza, avergonzada por las lágrimas que se
acumulan en mis ojos. ¿Por qué estoy llorando? ¿Está disfrutando
haciéndome derramar lágrimas? Esto es horrible. Está tan desesperado por
llevarme a la cama que ha decidido acosarme, y yo lloro porque soy débil.
Hace que me sienta débil, y no tiene ningún derecho.
Desliza la mano bajo mi barbilla, y su calidez me resultaría agradable
si no pensara que es un capullo. Me levanta la cabeza y, cuando nuestras
miradas se encuentran, mis lágrimas lo pillan desprevenido.
—Lo siento —susurra suavemente, y mueve la mano para cubrirme la
mejilla al tiempo que me limpia las lágrimas con el pulgar.
Su expresión es de puro tormento. Me alegro. Se lo merece.
Por fin recupero la voz.
—Dijiste que me dejarías en paz.
Lo miro de manera inquisitiva mientras él continúa pasándome el
pulgar por la cara. ¿Por qué me persigue de esta forma? Es evidente que es
infeliz en su relación, pero eso no es excusa.
—Mentí, lo siento. Ya te lo he dicho. No puedo estar lejos de ti.
—Ya me dijiste una vez que lo sentías, y aquí estás de nuevo. ¿Vas a
mandarme flores también mañana? —digo sin ocultar el sarcasmo.
Su dedo deja de acariciarme y Pedro agacha la cabeza. Ahora sí que
está avergonzado. Pero entonces vuelve a levantarla, nuestras miradas se
cruzan y la suya desciende hasta mis labios. Ay, no. No, por favor. No seré
capaz de pararlo. Empieza a estudiar mi expresión, a buscar alguna señal
de que voy a detenerlo. ¿Voy a hacerlo? Sé que debería, pero no creo que
pueda. Sus labios se separan y empiezan a bajar lentamente hacia los míos.
Contengo la respiración. Cuando nuestros labios se rozan, muy
ligeramente, mi cuerpo cede y mis manos ascienden y lo agarran de la
chaqueta. Él gruñe para expresar su aprobación, traslada las manos al
extremo inferior de mi columna y aprieta mi cuerpo contra el suyo.
Nuestros labios apenas siguen rozándose, nuestros alientos se funden.
Ambos temblamos de manera incontrolada.
—¿Has sentido esto alguna vez? —exhala, y me recorre la mejilla con
los labios en dirección a la oreja.
—Nunca —respondo con honestidad.
A duras penas reconozco mi propia voz en esa respuesta ahogada.
Él me atrapa el lóbulo de la oreja entre los dientes y tira ligeramente
de él, dejando que la carne se deslice entre ellos.
—¿Vas a dejar de resistirte ya? —susurra, y su lengua asciende por el
borde de mi oreja para volver a descender acariciándome con los labios la
piel sensible que hay detrás de ella.
Su aliento cálido provoca una oleada de calor entre mis muslos. Soy
incapaz de luchar más.
—Dios... —jadeo, y sus labios vuelven a posarse sobre los míos para
hacerme callar.
Los toma suavemente, y yo lo acepto y dejo que nuestras lenguas se
acaricien y se entrelacen a un ritmo suave y constante. Es un placer
demasiado intenso. Todo mi cuerpo está en llamas. Me duelen las manos
de agarrarme a su chaqueta con tanta fuerza, de modo que me relajo y las
deslizo hasta su cuello para acariciarle el cabello rubio oscuro que le cubre
la nuca.
Él gime y aparta la boca de la mía.
—¿Eso es un sí? —pregunta mirándome fijamente con sus ojos
verdes.
Sé lo que se supone que tengo que contestar.
—Sí.
Asintiendo muy levemente con la cabeza, me besa la nariz, la mejilla,
la frente y regresa a mi boca.
—Necesito tenerte entera, Paula. Dime que puedo tenerte entera.
¿Entera? ¿Qué quiere decir con entera? ¿Mi mente? ¿Mi alma? Pero
no se refiere a eso, ¿verdad? No, lo que quiere es todo mi cuerpo. Y, en
estos momentos, la conciencia me ha abandonado por completo. Tengo que
eliminar a este hombre de mi organismo. Y él, a mí del suyo.
—Tómame —susurro contra sus labios.
—Lo haré.
Sin romper el beso, me rodea la cintura con un brazo y me coloca la
otra detrás de la nuca. Me levanta en el aire y, besándome aún con más
intensidad, me lleva hacia el otro lado de la habitación, hasta que apoya mi
espalda contra una pared. Nuestras lenguas danzan frenéticamente, mis
manos descienden por su espalda. Quiero sentirlo más cerca. Agarro la
parte delantera de su chaqueta y empiezo a quitársela de los hombros, lo
que lo obliga a soltarme. Sin separar los labios de los míos, retrocede
ligeramente para permitirme despojarlo del obstáculo que me separa de su
cuerpo. La dejo caer al suelo, lo agarro de la camisa y tiro de él hacia mí.
Olvido por completo mi conflicto moral. Necesito poseerlo.
Nuestros cuerpos chocan y él me empuja contra la pared mientras me
devora la boca.
—Joder, Paula —jadea entre respiraciones ahogadas—. Me vuelves
loco.
Mueve la cadera y me clava su erección. Un pequeño grito escapa de
mis labios. Lo agarro del pelo con un gemido incitante. Ya no hay vuelta
atrás. Mi cuerpo ha puesto el piloto automático. El pedal del freno se ha
perdido en algún lugar del país del deseo. Siento que posa las palmas de las
manos sobre la parte delantera de mis muslos. Agarra mi vestido entre sus
puños y me lo levanta por encima de la cintura de un tirón rápido. Vuelve a
mover la cadera y yo emito un gemido. Ansío más. Joder, no sé cómo he
podido resistirme a esto. Me muerde el labio inferior y se aparta para
mirarme directamente a los ojos. Vuelve a mover la cadera y la presiona
con fuerza contra mi entrepierna. Dejo caer la cabeza hacia atrás con un
profundo gemido y le ofrezsco mi garganta. Él saca buen partido de ella
lamiendo y chupando cada milímetro de piel. Estoy a punto de echarme a
llorar de placer. Pero entonces oigo voces fuera de la habitación y la
realidad vuelve a azotarme. ¿Qué coño estoy haciendo? En la suite
principal del ático con la falda del vestido por la cintura y Pedro en la
garganta. Hay cientos de personas en el piso inferior. Alguien podría entrar
en cualquier momento. Alguien va a entrar en cualquier momento.
—Pedro —jadeo intentando atraer su atención—. Pedro, viene alguien,
tienes que parar.
Me retuerzo un poco y su erección me golpea justo en el lugar
correcto. Me doy con la cabeza contra la pared para intentar detener la
puñalada de placer que me provoca.
Él lanza un gemido largo y pausado.
—No voy a dejarte marchar ahora.
—Tenemos que parar.
—¡No! —ruge.
Joder. Cualquiera podría entrar por esa puerta.
—Ya seguiremos después —intento apaciguarlo. Tengo que
quitármelo de encima.
—Eso te deja demasiado tiempo para cambiar de idea —protesta
mientras me mordisquea el cuello.
—No lo haré. —Lo agarro del mentón, levanto su rostro hacia el mío
hasta que quedamos nariz con nariz y lo miro directamente a los ojos—.
No cambiaré de idea.
Escruta mi mirada en busca de la seguridad que necesita, pero yo
estoy totalmente decidida. Es lo que deseo. Sí, es posible que me dé tiempo
a replantearme la situación, pero ahora mismo estoy segura de que es lo
que quiero. Es demasiado tentador como para resistirlo, aunque lo he
intentado con todas mis fuerzas.
Me da un fuerte beso en los labios y se aparta.
—Lo siento, pero no voy a arriesgarme.
Me levanta de nuevo en el aire y me lleva hasta el cuarto de baño.
—¿Qué haces? También querrán ver esto.
No puede decirlo en serio.
—Cerraré con pestillo. Nada de gritar. —Me mira con una leve
sonrisa malévola.
Estoy atónita, pero me echo a reír.
—No tienes vergüenza.
—No. Me duele la polla desde el viernes pasado, y ahora que te tengo
entre mis brazos y que has entrado en razón, no pienso moverme de aquí, y
tú tampoco.
SE VIENE SE VIENE..... HFDJGHFKFDKFGJFKGJGKF
GRACIAS POR LEER!! ♥♥♥
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Buenisimos,no lo podes dejar ahi!!! Segui subiendo!!!
ResponderEliminarSeguí subiendo pleaseeeeeeeeee!!!!!!!!!
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