Kate no tiene ni idea de hasta qué punto es así.
No le he contado nada de lo que ha ocurrido desde que lo conoció. Y
aquí está otra vez, hablando con el agente inmobiliario al cargo, vestido
con un traje azul marino y camisa azul claro, con una mano metida en el
bolsillo y la otra sosteniendo un archivador. Parece, como siempre, un
puñetero dios. Y, como si sintiese mi presencia, levanta la vista y nuestras
miradas se cruzan.
—¡Mierda! —maldigo, y me vuelvo hacia Kate.
Ella aparta la mirada de Alfonso y la dirige hacia mí, con los ojos llenos
de satisfacción.
—¿Sabes qué? Me iba a ir a casa a llorar con un Häagen-Dazs, al
estilo Bridget Jones, pero creo que voy a quedarme un ratito. ¿Te importa?
—Da un trago a su bebida con una sonrisa burlona mientras yo le dedico un
gruñido—. Ése no es el comportamiento de alguien a quien supuestamente
no le importa nada otra persona, Paula —me provoca.
—Fui a La Mansión el martes y casi me acuesto con él —le suelto.
—¡¿Qué?! —exclama Kate, y coge una servilleta para secarse el
chorro de prosecco que le cae por la barbilla.
—Se disculpó por el mensaje que me había mandado. Yo volví a La
Mansión e hizo que el grandullón me encerrase en una habitación. ¡Él me
estaba esperando medio en pelotas!
—¡Venga ya! Madre mía. ¿Quién es el grandullón?
—Bueno, no es un mayordomo. No tengo ni idea de cuál es su función
exactamente. Quizá se dedique a atrapar mujeres para Alfonso.
—¿Por qué no me lo habías contado?
—Fue un desastre. Me largué corriendo cuando oí que su novia lo
llamaba. A Alfonso se le fue la pinza y apareció anoche en casa con
exigencias.
Las prisas por poner a Kate al día hacen que le dispare los datos
básicos a toda velocidad.
—¡Joder! ¿Qué clase de exigencias? —Está pasmada. Y es normal. Es
para estarlo.
—No lo sé. Es un capullo arrogante. Me preguntó cuánto creía que
gritaría cuando me follase.
Ella escupe otra vez.
—¿Que te preguntó qué? ¡Joder, Paula, viene hacia aquí! ¡Viene hacia
aquí! —Me mira nerviosa, con los ojos todavía chispeantes de diversión.
¿Para qué ha venido? Empiezo a planear mi huida, pero antes de que
mi cerebro ordene a mis piernas que se muevan, siento su presencia detrás
de mí; percibo su olor.
—Me alegro de volver a verte, Kate —dice con voz pausada—. ¿Paula?
Sigo de espaldas a él. Sé perfectamente que si me vuelvo para
saludarlo quedaré de nuevo atrapada en el peligroso reino de Pedro Alfonso,
un lugar en el que soy incapaz de pensar de manera racional. Ya agoté mis
reservas de fuerza anoche, y no he tenido tiempo de volver a recargarlas.
Esto es horrible. Prometió que no volvería a verlo. Que si le decía lo que
no quería oír jamás tendría que volver a verlo. Hice lo que me exigía, así
que ¿por qué no cumple con su parte del trato?
Kate nos observa a ambos esperando que uno de los dos diga algo.
Desde luego no voy a ser yo.
—Pedro —lo saluda—. Discúlpame. Tengo que ir a empolvarme la
nariz.
Deja su copa vacía en la encimera y pone pies en polvorosa. La
maldigo para mis adentros.
Él me rodea hasta situarse delante de mí.
—Estás fantástica —murmura.
—Dijiste que no volvería a verte —le recrimino ignorando su
cumplido.
—No sabía que estarías aquí.
Lo miro con aire cansado.
—Me has mandado flores.
—Huy, es verdad. —Una sonrisa empieza a dibujarse en sus labios.
No tengo tiempo para estos jueguecitos. Conmigo pincha en hueso.
—Si me disculpas —digo, y me dispongo a marcharme, pero él da un
paso y se interpone en mi camino.
—Esperaba que me enseñases el edificio.
—Avisaré a Victoria. Te lo mostrará encantada.
—Prefiero que lo hagas tú.
—La visita no incluye un polvo —le espeto.
Él frunce el ceño.
—¿Quieres hacer el favor de cuidar ese vocabulario?
—Usted disculpe —mascullo indignada—. Y haz el favor de volver a
colocar el asiento en su sitio cuando conduzcas mi coche. —Él esboza una
sonrisa totalmente infantil y yo me enfado todavía más conmigo misma al
sentir que mi corazón se acelera. No debo permitir que vea el efecto que
provoca en mí—. ¡Y no toques mi música!
—Perdona. —Sus ojos centellean con picardía. Es tan jodidamente
sexy...—. ¿Te encuentras bien? Parece que estás temblando. —Alarga la
mano y me acaricia el brazo suavemente con el dedo—. ¿Estás nerviosa
por algo?
Me aparto.
—En absoluto. —No puedo permitir que la conversación siga ese
curso—. ¿No querías ver el apartamento?
—Me encantaría. —Parece satisfecho.
Enfurruñada, lo guío desde la cocina hasta la enorme sala de estar.
—Salón. —Hago un gesto con la mano hacia el espacio general que
nos rodea—. La cocina ya la has visto —digo por encima del hombro
mientras atravieso la habitación hacia la terraza—. Vistas. —Mantengo el
tono de desidia y oigo cómo ríe levemente detrás de mí.
Volvemos por el salón hasta el gimnasio, y no digo ni una palabra más
mientras recorremos el ático. Pedro estrecha la mano a varias personas que
nos vamos encontrando por el camino, pero yo no me detengo para darle
tiempo a pararse a charlar. Continúo con la intención de terminar con esta
situación lo antes posible. Maldito sea este lugar por ser tan grande.
—Gimnasio —anuncio.
Entro y salgo rápidamente de nuevo cuando entra él. Me dirijo a la
escalera y lo oigo reírse a mis espaldas. Subo los escalones de ónice
retroiluminado y abro y cierro las puertas de una en una mientras anuncio
lo que hay al otro lado. Llegamos al plato fuerte, la suite principal, y le
indico el vestidor y el baño privado. Lo cierto es que el lugar merece más
pasión y más tiempo del que le estoy dedicando.
—Eres una guía fantástica, Paula —me provoca mientras observa una
de mis obras de arte preferidas—. ¿Te importaría explicarme de quién es
esto?
—De Giuseppe Cavalli —contesto secamente, y me cruzo de brazos.
—Es muy buena. ¿Has escogido a este artista por alguna razón en
particular? —Está tratando descaradamente de enredarme en una
conversación.Me fijo en su espalda ancha, cubierta por la chaqueta del traje, en sus
manos, que descansan de manera desenfadada en los bolsillos del pantalón,
y en sus piernas esbeltas y ligeramente separadas. Me alegra la vista, pero
tengo la cabeza hecha un lío. Suspiro y decido ceder, aunque no sé si es
muy inteligente por mi parte. A Giuseppe Cavalli no puedo negarle mi
tiempo y mi entusiasmo. Dejo caer los brazos y me uno a él frente a la
obra.
—Se lo conoce como «el maestro de la luz» —explico, y él me mira
con auténtico interés—. Consideraba que el tema carecía de importancia.
Daba igual lo que fotografiase. Para él, el tema siempre era la luz. Se
centraba en controlarla. ¿Ves? —digo mientras señalo los reflejos en el
agua—. Estos botes de remos, por muy bonitos que sean, son sólo botes. A
él lo que le interesaba era la luz que los rodeaba. Dota de interés a objetos
inanimados, hace que veas la fotografía con una perspectiva... Bueno, con
una luz diferente, supongo.
Inclino la cabeza para ver bien la imagen. Nunca me canso de ella. Es
muy sencilla, pero cuanto más la miras, más la entiendes.
Tras unos instantes de silencio, aparto la vista del lienzo y veo que
Pedro me está observando.
Nuestras miradas se cruzan. Se está mordiendo el labio inferior. Sé
que seré incapaz de negarme de nuevo si fuerza la situación. He agotado
toda mi fuerza de voluntad. Nunca me había sentido tan deseada como
cuando estoy con él, y sigo intentando convencerme a mí misma de que no
me gusta esa sensación.
—Por favor, no lo hagas —digo con un hilo de voz.
—¿Que no haga qué?
—Ya lo sabes. Dijiste que no volvería a verte.
—Mentí. —No se avergüenza de ello—. No puedo estar lejos de ti, así
que vas a tener que verme una... y otra... y otra vez. —Termina la frase de
forma lenta y clara para no dar cabida a la confusión. Ahogo un grito y me
aparto de él por instinto—. Tu insistencia al oponerte a esto sólo alimenta
mis ganas de demostrar que me deseas —dice, y empieza a perseguirme
avanzando hacia mí con pasos pausados y decididos mientras mantiene la
mirada clavada en mis ojos—. Se ha convertido en mi misión principal.
Haré lo que haga falta.
LEAN EL SIGUIENTE
maldigo para mis adentros.
Él me rodea hasta situarse delante de mí.
—Estás fantástica —murmura.
—Dijiste que no volvería a verte —le recrimino ignorando su
cumplido.
—No sabía que estarías aquí.
Lo miro con aire cansado.
—Me has mandado flores.
—Huy, es verdad. —Una sonrisa empieza a dibujarse en sus labios.
No tengo tiempo para estos jueguecitos. Conmigo pincha en hueso.
—Si me disculpas —digo, y me dispongo a marcharme, pero él da un
paso y se interpone en mi camino.
—Esperaba que me enseñases el edificio.
—Avisaré a Victoria. Te lo mostrará encantada.
—Prefiero que lo hagas tú.
—La visita no incluye un polvo —le espeto.
Él frunce el ceño.
—¿Quieres hacer el favor de cuidar ese vocabulario?
—Usted disculpe —mascullo indignada—. Y haz el favor de volver a
colocar el asiento en su sitio cuando conduzcas mi coche. —Él esboza una
sonrisa totalmente infantil y yo me enfado todavía más conmigo misma al
sentir que mi corazón se acelera. No debo permitir que vea el efecto que
provoca en mí—. ¡Y no toques mi música!
—Perdona. —Sus ojos centellean con picardía. Es tan jodidamente
sexy...—. ¿Te encuentras bien? Parece que estás temblando. —Alarga la
mano y me acaricia el brazo suavemente con el dedo—. ¿Estás nerviosa
por algo?
Me aparto.
—En absoluto. —No puedo permitir que la conversación siga ese
curso—. ¿No querías ver el apartamento?
—Me encantaría. —Parece satisfecho.
Enfurruñada, lo guío desde la cocina hasta la enorme sala de estar.
—Salón. —Hago un gesto con la mano hacia el espacio general que
nos rodea—. La cocina ya la has visto —digo por encima del hombro
mientras atravieso la habitación hacia la terraza—. Vistas. —Mantengo el
tono de desidia y oigo cómo ríe levemente detrás de mí.
Volvemos por el salón hasta el gimnasio, y no digo ni una palabra más
mientras recorremos el ático. Pedro estrecha la mano a varias personas que
nos vamos encontrando por el camino, pero yo no me detengo para darle
tiempo a pararse a charlar. Continúo con la intención de terminar con esta
situación lo antes posible. Maldito sea este lugar por ser tan grande.
—Gimnasio —anuncio.
Entro y salgo rápidamente de nuevo cuando entra él. Me dirijo a la
escalera y lo oigo reírse a mis espaldas. Subo los escalones de ónice
retroiluminado y abro y cierro las puertas de una en una mientras anuncio
lo que hay al otro lado. Llegamos al plato fuerte, la suite principal, y le
indico el vestidor y el baño privado. Lo cierto es que el lugar merece más
pasión y más tiempo del que le estoy dedicando.
—Eres una guía fantástica, Paula —me provoca mientras observa una
de mis obras de arte preferidas—. ¿Te importaría explicarme de quién es
esto?
—De Giuseppe Cavalli —contesto secamente, y me cruzo de brazos.
—Es muy buena. ¿Has escogido a este artista por alguna razón en
particular? —Está tratando descaradamente de enredarme en una
conversación.Me fijo en su espalda ancha, cubierta por la chaqueta del traje, en sus
manos, que descansan de manera desenfadada en los bolsillos del pantalón,
y en sus piernas esbeltas y ligeramente separadas. Me alegra la vista, pero
tengo la cabeza hecha un lío. Suspiro y decido ceder, aunque no sé si es
muy inteligente por mi parte. A Giuseppe Cavalli no puedo negarle mi
tiempo y mi entusiasmo. Dejo caer los brazos y me uno a él frente a la
obra.
—Se lo conoce como «el maestro de la luz» —explico, y él me mira
con auténtico interés—. Consideraba que el tema carecía de importancia.
Daba igual lo que fotografiase. Para él, el tema siempre era la luz. Se
centraba en controlarla. ¿Ves? —digo mientras señalo los reflejos en el
agua—. Estos botes de remos, por muy bonitos que sean, son sólo botes. A
él lo que le interesaba era la luz que los rodeaba. Dota de interés a objetos
inanimados, hace que veas la fotografía con una perspectiva... Bueno, con
una luz diferente, supongo.
Inclino la cabeza para ver bien la imagen. Nunca me canso de ella. Es
muy sencilla, pero cuanto más la miras, más la entiendes.
Tras unos instantes de silencio, aparto la vista del lienzo y veo que
Pedro me está observando.
Nuestras miradas se cruzan. Se está mordiendo el labio inferior. Sé
que seré incapaz de negarme de nuevo si fuerza la situación. He agotado
toda mi fuerza de voluntad. Nunca me había sentido tan deseada como
cuando estoy con él, y sigo intentando convencerme a mí misma de que no
me gusta esa sensación.
—Por favor, no lo hagas —digo con un hilo de voz.
—¿Que no haga qué?
—Ya lo sabes. Dijiste que no volvería a verte.
—Mentí. —No se avergüenza de ello—. No puedo estar lejos de ti, así
que vas a tener que verme una... y otra... y otra vez. —Termina la frase de
forma lenta y clara para no dar cabida a la confusión. Ahogo un grito y me
aparto de él por instinto—. Tu insistencia al oponerte a esto sólo alimenta
mis ganas de demostrar que me deseas —dice, y empieza a perseguirme
avanzando hacia mí con pasos pausados y decididos mientras mantiene la
mirada clavada en mis ojos—. Se ha convertido en mi misión principal.
Haré lo que haga falta.
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