sábado, 29 de marzo de 2014

Capitulo 110 ♥



—Te quiero.
Me despierto aturdida en la oscuridad y me froto los ojos mientras me
incorporo en la silla. Tardo unos instantes en darme cuenta de dónde estoy
pero, cuando empiezo a centrarme, veo a un hombre guapo y rubio en
cuclillas delante de mí.
—Hola —susurra apartándome el pelo de la cara. Miro el amplio
espacio a mi alrededor tratando de despertarme.
—¿Qué hora es? —pregunto, somnolienta.
Me da un beso en la frente.
—Medianoche.
¿Medianoche? He dormido como un lirón y podría quedarme frita de
nuevo, pero me despierto del todo cuando el escalofriante sonido de un
tono de móvil apuñala el silencio.
—¡Por Dios! —protesta Pedro.
Coge con furia el móvil de la mesita de café y mira la pantalla.
¿Quién será a estas horas?
—John... —saluda con calma por el teléfono—. ¿Por qué?
Me mira.
—No, no pasa nada... Sí... Dame media hora.
Cuelga.
—¿Qué ocurre? —pregunto, ya despierta del todo.
Se pone las Converse y se dirige a la puerta. Es evidente que no está
contento.
—Problemas en La Mansión. No tardaré.
Y tal cual desaparece por la puerta.
Así que estoy despierta, son más de las doce y Pedro acaba de irse en
plena noche. ¿Cómo va a conducir con una sola mano? Me siento en la silla
como una muñeca rota y especulo sobre qué habrá podido suceder en La
Mansión que sea tan urgente.
Ay, no... Kate está allí.
Corro a la cocina y cojo mi móvil para llamarla pero no contesta. Lo
intento varias veces y no obtengo respuesta, y con cada llamada me
preocupo más aún. Debería llamar a Pedro, aunque parecía estar bastante
cabreado. Doy vueltas arriba y abajo, me preparo un café y me siento en la
isleta de la cocina, llamando a Kate una y otra vez. Si mi coche estuviera
aquí, ya estaría de camino a La Mansión. ¿De verdad? Bueno, es fácil decir
que iría para allá, especialmente cuando no tengo forma de ir.
Después de dar vueltas por el ático durante una hora sin parar de
llamar a Kate, me rindo y me voy a la cama. Me hago un ovillo entre las
sábanas suaves y esponjosas del cuarto de invitados.
—Te quiero.
Abro los ojos y veo a Pedro junto a la cama. Estoy entre el sueño y la
vigilia y mi boca no responde. ¿Qué hora es y cuánto tiempo ha estado
fuera? No tengo ocasión de preguntar. Me coge en brazos y me lleva a su
habitación.
—Tú duermes aquí —susurra mientras me deposita en su cama.
Siento que se acuesta detrás de mí y me aprieta contra su pecho.
Si no estuviera tan contenta le haría preguntas, pero no digo nada. Mi
cabeza descansa sobre la almohada y el calor de Pedro me envuelve. Me
duermo otra vez.
—Buenos días.
Abro los ojos y el embriagador perfume de agua fresca y menta me
clava en la cama. Mi cerebro consciente está intentando desesperadamente
convencerme de que me revuelva y me libere, pero mi cuerpo bloquea
todas las instrucciones sensatas que envía el cerebro.
Está sentado sobre los talones.
—Necesito hacerlo —susurra apretándome la mano y tirando de mí
hasta que estoy sentada.
Coge el bajo de mi camiseta y tira de él hasta que me la quita por
encima de la cabeza. Me besa el pecho y una caricia suave con la lengua
llega describiendo círculos hasta mi garganta.
Estoy tensa.
Se aparta.
—Encaje —dice en voz baja mientras me quita el sujetador.
Estoy entre mi cuerpo, que lo necesita desesperadamente, y mi mente,
que lo que de verdad necesita es hablar. Quiero aclarar las cosas antes de
que vuelvan a arrastrarme al séptimo cielo de Pedro, donde pierdo toda
capacidad de razonar.
—Tenemos que hablar —digo con calma mientras me besa el cuello y
se abre camino hacia mi oreja. Todas mis terminaciones nerviosas están en
alerta, suplicándome que me calle y que lo acepte.
—Te necesito —susurra cuando encuentra mi boca, y hunde la lengua
en mí.—
Pedro, por favor. —Mi voz es apenas un susurro inaudible.
—Nena, así es como yo digo las cosas. —Me coge de la nuca y me
atrae aún más hacia sí—. Deja que te lo muestre.
Mi cuerpo gana.
Ignoro los gritos de mi conciencia y me rindo a él como la esclava que
soy. Me agarra por el trasero y me recuesta en la cama, sellando nuestras
bocas por el camino. Todo mi ser cobra vida cuando su lengua, caliente y
húmeda, se desliza entre mis labios y da vueltas lentamente por toda mi
boca. Estamos en modo Pedro gentil y es como si supiera que éste es el
mejor lugar al que llevarme en este momento.
Su respiración, lenta y profunda, me dice que él tiene el control
cuando se apoya en el antebrazo y usa la mano sana para recorrer con la
punta de los dedos desde la cresta de mi cadera hasta mi pecho. Una oleada
de cosquilleos viaja por mi cuerpo con cada caricia, y mi respiración se
vuelve superficial e irregular. Termina de dibujar el contorno de mi pezón
al ritmo melancólico de nuestras lenguas.
Me agarro a sus hombros y siento que todas las emociones perdidas
me inundan de nuevo bajo sus caricias, su atenta boca y su cuerpo duro
flanqueando el mío. Mi miedo estaba totalmente justificado: he vuelto a
perderme en él.
Gimoteo cuando aparta los labios y se sienta sobre los talones antes de
quitarme los pantalones cortos con la mano sana y llevarse las bragas con
ellos.
—Necesitas un recordatorio —dice mirándome.
—Esto no es el modo convencional.
—Así es como yo hago las cosas, Paula. —Tira mis pantalones y mis
bragas a un lado, me levanta y junta su boca con la mía—. Necesitamos
hacer las paces.
No puedo resistirme más. Clavo los dedos en la goma de sus bóxeres y
lo beso con más fuerza mientras se los bajo por las caderas. Deja escapar
un largo gemido y vuelve a tumbarme en la cama, lo que hace que tenga
que soltar los calzoncillos, así que pongo un pie en el elástico y estiro la
pierna para bajarlos del todo. Está medio acostado sobre mí, con su cuerpo
duro y esbelto sobre el mío, y reclama mi boca, apretándose con más
fuerza contra mí.
Enrosco los dedos en su pelo y saboreo la fricción de su barba de
varios días contra mi cara. Está demasiado larga para raspar, así que es
más bien como un cepillo suave que se desliza por mi rostro.
Separa nuestras bocas y entierra la cara en mi pelo mientras me coge
del sexo y asciende con la palma de la mano al centro de mi cuerpo, pasa
despacio por mi estómago y, poco a poco, la mueve entre mis pechos para
terminar en mi cuello.
—Te he echado de menos, nena —susurra contra mi cuello—. Te he
echado mucho de menos.
—Yo también te he echado de menos. —Le abrazo la cabeza. Me
siento envuelta en su energía, aunque él ahora no esté fuerte. Me siento
segura y protegida pero soy consciente de que en este momento la
cuidadora soy yo. También me siento abrumada, completamente
sobrepasada por la intensidad de mis sentimientos hacia este hombre lleno
de problemas.
Se mueve para que mis muslos lo acunen y pronto noto la cabeza
húmeda y resbaladiza de su erección matutina apretándose contra mí. Mi
mente es un revoltijo de pensamientos contradictorios, pero entonces se
apoya en los brazos y me observa, como si fuera lo único que hay en el
mundo. Nuestras miradas se funden y dicen más de lo que las palabras
podrían expresar nunca. Cojo su bello rostro entre mis manos.
—Gracias por volver a mí —me susurra cuando lo miro a los ojos y
me ahogo en ellos. La emoción inunda todo mi ser.
Le paso el pulgar por los labios húmedos y lo deslizo en el interior de
su boca. Lo saco despacio y lo dejo en el borde de su labio inferior. Le da
un beso en la punta y me sonríe mientras levanta las caderas, sin dejar de
mirarme, y mi pelvis se recoloca para recibirlo.
Suspiro de puro placer, un placer sin remordimientos, cuando
despacio, sin prisa y con devoción, se desliza dentro de mí. Cierro los ojos
y lo cojo de la nuca cuando me llena del todo. Se queda quieto, palpitando
y latiendo en mi interior. Su respiración cambia de inmediato y pasa a ser
rápida y brusca. Es un rasgo conocido; está esforzándose por mantener el
control.
—Mírame —me exige entre jadeo y jadeo. Me fuerzo a abrir los ojos
y gimo un poco cuando lo noto moverse dentro de mí—. Te quiero —
susurra con la voz quebrada.
Cojo aire al oír las palabras que necesitaba escuchar
desesperadamente desde hace tanto tiempo, pero ¿acaso cree que es eso lo
único que quiero oír? ¿Cree que con eso basta?
—No, Pedro. —Cierro los ojos y aparto las manos de su nuca.
—Paula, mírame —me exige bruscamente. Abro los ojos, llorosos, y
miro su rostro, serio y carente de expresión—. Llevo todo el tiempo
diciéndote lo que siento.
—No, no lo has hecho. Me robabas el móvil e intentabas controlarme
—respondo.
Se mueve en círculos dentro de mí y, de inmediato, ambos soltamos
un gemido.
—Paula, nunca antes me he sentido así. —Se sale y luego vuelve a
meterse más adentro, más hacia arriba.
Intento poner orden en mis pensamientos dispersos pero nuevamente
se me escapa un gemido.
—Llevo toda la vida rodeado de mujeres desnudas que no se respetan
a sí mismas. —Pone la mano en la mía y me sujeta de las muñecas, cada
una a un lado de mi cabeza.
«Embestida.»
—¡Pedro!
—Tú no eres como ellas, Paula.
«Embestida.»
—¡Ay, Dios!
Sale y vuelve a embestir.
—¡Pedro! —Toma unas cuantas bocanadas profundas—. Eres mía y
sólo mía, nena. Sólo para mis ojos, sólo para mis caricias y sólo para mi
placer. Sólo mía. ¿Me has entendido?
Se retira y vuelve a entrar, lentamente, en mí.
—¿Y qué hay de ti? ¿Tú también eres sólo mío? —pregunto mientras
muevo las caderas para capturar la deliciosa penetración.
—Sólo tuyo, Paula. Dime que me quieres.
—¡¿Qué?! —chillo ante sus fuertes embestidas.
—Ya me has oído —dice en voz baja—. No hagas que te folle hasta
que lo digas, cielo.
Estoy estupefacta. Me estoy derritiendo debajo de él, incapacitada de
placer, ¿y me exige que le diga que lo quiero? Lo quiero pero ¿debería
confesárselo bajo presión? Aunque es justo lo que esperaba. Ha estado
intentando convertirme en lo contrario de lo que conoce: hacía que fuera
tapada, no me dejaba beber, insistía en que llevara delicado encaje en vez
de frío cuero... Pero ¿qué hay del sexo?
—Paula, contéstame. —Empuja más hondo y se mueve con firmeza.
Una gota de sudor le cruza la frente—. No te lo guardes para ti.
Sus palabras caen como un rayo. ¿Que me lo guardo? Ya ha intentado
sonsacarme antes lo que siento por él a base de sexo: fue en el baño, el
sábado pasado, cuando me penetró una y otra vez exigiéndome que lo
dijera. Creía que lo que buscaba era que le asegurara que no iba a
marcharme. Me equivoqué. ¿Cómo lo supo?
Otra rotación perfecta y mis músculos internos empiezan a tener
espasmos, a temblar y a abrirse camino paso a paso hacia el epicentro de
mis terminaciones nerviosas. Se me tensan las piernas.
—¿Cómo lo has sabido? —pregunto echando la cabeza hacia atrás de
desesperación, mental y física.
—Maldita sea, Paula, mírame. —Otro embate, pleno y duro, y abro los
ojos.
—¡Te quiero! —grita, y enfatiza las palabras con una retirada lenta y
un ataque rápido y duro de sus caderas.
—¡Yo también te quiero! —grito las palabras que me ha sacado a
golpes.
Deja de moverse por completo, nuestras respiraciones rápidas y
frenéticas, y me sujeta las muñecas a cada lado de la cabeza. Me mira.
—Te quiero tanto, joder. No pensé que fuera posible.
Sus palabras me penetran hasta lo más hondo, la intensidad de nuestra
unión me acelera el corazón, aún más cuando me mira, con lágrimas en los
ojos.
Me sonríe un poco y se retira despacio.
—Ahora vamos a hacer el amor —dice en voz baja, meciéndose con
suavidad dentro de mí y capturando mis labios en un beso lento y sensual,
cargado de significado. Me suelta las muñecas y mis manos vuelan a su
espalda, donde resbalan en su piel mojada.
Su táctica ha cambiado por completo. Despacio, sin prisa, entra y sale
de mí, me empuja hacia una euforia total mientras yo me aferro a su
espalda todo lo fuerte que soy capaz. El sexo con Pedro siempre ha sido
incomparable, pero este momento tiene un poder significativo que jamás
creí posible. Me quiere.
Lucho por mantener mis emociones a raya cuando se aparta y pega la
cara a la mía, nariz con nariz, la mirada llena de emoción. Me derrito. La
consistencia de sus embestidas, profundas y controladas, hace que tiemble
y me tense, y mi sexo se convulsiona y se aferra a su miembro con cada
penetración. El velo de sudor en su frente se hace más denso por la
concentración, y me indica que él también está al borde del precipicio.
Levanto un poco las caderas en una entrada y gimo cuando me llena a más
no poder. La sensación de su tempo, rítmico y meticuloso, hace que quiera
cerrar los ojos con fuerza, pero no puedo apartarlos de los suyos.
—Juntos —dice. Su aliento cálido me cubre la cara.
—Sí —jadeo, y noto cómo se expande y palpita preparando su
descarga.
—Cielos, Paula. —Una bocanada de aire escapa de entre sus labios y su
cuerpo se tensa, pero no aparta los ojos de los míos.
Mi espalda se arquea en un acto reflejo cuando la espiral de placer
llega al clímax y me envía temblando a un huracán de sensaciones
incontrolables. Grito de desesperación y de placer, con el cuerpo
tembloroso entre sus brazos. Cierro los ojos para contener las lágrimas que
se han acumulado a medida que mi orgasmo empieza a desvanecerse, lento
y perezoso, bajo sus caricias, continuadas y uniformes.
—Los ojos —me ordena con dulzura, y yo obedezco y los abro de
nuevo.
Lanza un profundo gemido y tenso todos los músculos de mi sexo
para abrazarlo y extraerle su descarga. ¿Cómo lo hace para mantener la
cabeza levantada y los ojos abiertos? Puedo ver la batalla que está librando
con su instinto, que le dice que me penetre y eche la cabeza hacia atrás,
pero sostiene con rienda firme el control, y entonces casi se puede oír su
repentina descarga cuando sus mejillas se hinchan y se introduce dentro de
mí, largo y duro, y se mantiene ahí; mis músculos obligan a su erección
palpitante a continuar con sus constricciones lentas mientras se vacía en mi
interior.
—Te quiero —le digo cuando me mira, con el pecho oscilando arriba
y abajo. Ya está. Ahí lo dejo. Mis cartas están sobre la mesa y,
técnicamente, ésa no me la ha sacado follando.
Sus labios encuentran los míos.
—Ya lo sé, nena.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto, porque soy consciente de que no se lo
he dicho nunca. Lo he gritado en mi cabeza mil veces pero nunca lo he
dicho en voz alta.
—Me lo dijiste cuando estabas borracha —sonríe—. Después de que
te enseñara a bailar.
Hago un rápido repaso mental de la noche en la que me emborraché
como una cuba y volví a ceder ante sus insistentes avances. Hay que tener
en cuenta que no recuerdo gran cosa desde que Pedro me sacó del bar.
Estaba muy pedo, y eso también fue por su culpa.
—No me acuerdo —confieso. Me siento como una idiota.
—Ya lo sé. —Mueve las caderas.
Suspiro.
—Fue de lo más frustrante.
Todo vuelve de repente. En verdad estaba intentando hacerme
confesar que lo quería a base de sexo. Me observa mientras coloco las
piezas en su sitio y su boca dibuja una pequeña sonrisa.
—Lo has sabido siempre —digo en voz baja.
«Los niños y los borrachos...»
¿He pasado días y días dándole vueltas y resulta que él lo sabía desde
el principio? ¿Por qué no me dijo nada? ¿Por qué no habló conmigo en vez
de intentar sonsacármelo a polvos? Las cosas habrían sido muy distintas.
Su sonrisa desaparece, la reemplaza una expresión de estoicismo.
—Estabas borracha. Quería oírtelo decir estando sobria. Cuando las
mujeres se emborrachan siempre me confiesan amor eterno.
—¿De verdad?
Casi se echa a reír.
—Pues sí. —Me mira—. No estaba seguro de si aún me querías
después de... —Se muerde con ganas el labio inferior—. En fin, después de
mi pequeño ataque de nervios.
Me parto de risa por dentro. ¿«Pequeño ataque de nervios»? Por Dios,
¿cómo será entonces uno grande? ¿Y las mujeres le dicen que lo quieren?
¿Qué mujeres, y cuántas se lo han dicho? Compongo una mueca de asco.
No me gusta nada el rencor que siento hacia cualquier otra mujer que lo
ame o lo haya amado. Necesito quitarme esas ideas de la cabeza cuanto
antes. No puede salir nada bueno del hecho de enterarme de esas cosas.
—Te quiero —enfatizo mis palabras, las murmuro casi entre dientes,
como si estuviera diciéndoselo a todas esas mujeres que también afirman
amarlo. Siento que su cuerpo se relaja antes de continuar trazando lentos
círculos dentro de mí.
Lo aprieto más y envuelvo su cuerpo con el mío. Me he quitado un
peso de encima, pero entonces caigo en la cuenta: estoy enamorada de un
hombre y no tengo ni idea de la edad que tiene.

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