miércoles, 5 de marzo de 2014
Capitulo 29 ♥
Aparca su Aston Martin en un aparcamiento privado, y salgo del
vehículo. Abre el maletero, coge mis bártulos, me agarra de la mano y me
conduce hasta el edificio.
—Estoy en el primer piso. Vamos por la escalera, es más rápido.
Me guía hasta una escalera a través de una salida de incendios de
color gris y subimos un tramo de escalones.
Salimos a un pasillo estrecho. Parece un hospital. Pedro saca la llave y
abre otra puerta, la única que hay en todo el largo pasillo blanco y gris. Me
hace pasar e, inmediatamente, me encuentro en una estancia amplia y
diáfana. Está pintada de blanco de arriba abajo, y los muebles y la cocina
son negros. Monocromía al máximo: una auténtica guarida de soltero.
Resulta bastante frío y deprimente. Es odioso.
—Es una parada en boxes. Supongo que estarás ofendidísima. —Me
sonríe con socarronería, sin duda alguna debida a mi cara de disgusto.
—Prefiero tu casa nueva.
—Yo también.
Me aventuro hacia el interior del apartamento y observo lo poco
cálido y acogedor que es. ¿Cómo puede vivir aquí? No tiene ningún toque
personal, ni cuadros ni fotografías. Me percato de que hay una tabla de
snowboard apoyada contra un rincón, rodeada de un montón de artículos de
esquí. En el estante de al lado, donde esperaría ver jarrones u otros objetos
decorativos, hay un casco de moto y unos guantes de piel. Eso sí que no me
lo imaginaba.
—No tengo nada con alcohol. ¿Quieres un poco de agua?
Se acerca paseando hasta el frigorífico, enorme y negro, y lo abre.
—Sí, por favor.
Me reúno con él en la zona de la cocina y saco un taburete negro de
debajo de la encimera de granito negro de la isla. Pedro se quita la chaqueta
y la cuelga en el taburete de al lado, se vuelve hacia mí y me ofrece un
vaso de agua antes de destapar su botella. Los pantalones le aprietan un
poco y dejan intuir sus extremidades inferiores, largas y musculosas. Tiene
los pies apoyados en el suelo y las piernas considerablemente dobladas a
pesar de la altura del taburete. Los míos están apoyados en el reposapiés.
Bebe unos sorbos de agua y me mira por encima de la botella mientras
jugueteo con el vaso. Me siento increíblemente incómoda. No debería
haber venido. La situación se ha tornado incómoda y no sé muy bien por
qué. Hay una razón, y sólo una, para que me haya traído aquí. Y, como la
idiota que soy, le he seguido el juego.
Lo oigo suspirar. Deja la botella, me quita el vaso de las manos y lo
deposita sobre la encimera de la isla. Agarra el asiento de mi taburete y lo
arrastra hacia sí mientras lo gira para volverme de cara a él. Apoya las
manos sobre mis rodillas y se inclina.
—¿Por qué llorabas? —me pregunta.
—No lo sé —le contesto con franqueza.
Todo el incidente me ha cogido desprevenida, la verdad. No había
ninguna razón para que me pusiera a llorar delante de él. Me siento
bastante estúpida.
—Sí, sí que lo sabes. Dímelo.
Pienso en qué debo decir mientras clava la mirada en la mía. Espera
una respuesta. Una pequeña arruga se dibuja en su frente. Es un síntoma de
concentración y preocupación. ¿Qué debo decirle? ¿Que acabo de salir de
una relación de cuatro años con un tío que me puso los cuernos tanto como
quiso? ¿Que durante las últimas cuatro semanas, desde que lo dejamos, he
conseguido recuperar mi identidad y que no quiero que ningún hombre
vuelva a arrebatármela? ¿Que mi confianza en los hombres es cero y que el
hecho de que él sea, salta a la vista, un príncipe de la seducción supone un
gran problema para mí? ¿O que muy en el fondo sé que esto puede
terminar muy mal para mí... no para él?
Pero él no querrá escuchar todo ese rollo de chicas.
—No lo sé —repito en lugar de sincerarme.
Suspira y agrava el gesto mientras golpetea unas cuantas veces el
granito con los dedos. Veo, casi literalmente, cómo se devana los sesos al
tiempo que me mira mordiéndose el labio inferior.
—¿Me equivoco al pensar que tu mala interpretación de la relación
que hay entre Sarah y yo no era la única razón por la que me esquivabas?
—dice más como una afirmación que como una pregunta. Se desabrocha el
Rolex y lo deja sobre la encimera.
—Puede ser.
Aparto la mirada de él, algo avergonzada... Aunque no sé por qué.
¿Cómo lo sabe?
—Menuda decepción —concluye, pero en su voz no detecto
decepción, sino enojo. No es necesario que le diga que, muy posiblemente,
podría colarme por él. Seguro que las mujeres se cuelan por él día sí, día
también.
Retrocedo ligeramente cuando me agarra del mentón y me acerca a su
rostro. El hueco que se forma bajo sus pómulos confirma mis sospechas.
Está rechinando los dientes. ¿Se ha enfadado? Pero ¿qué demonios
esperaba? ¿Que cayera rendida a sus pies y de paso se los besara? Está
claro que es a lo que está acostumbrado. Sólo era sexo, ¿no? Los dos
necesitábamos sacarnos al otro del organismo, vimos la oportunidad de
hacerlo y la aprovechamos, eso es todo.
«¡Pero tú no te lo has sacado del organismo!» Joder, no creo que vaya
a hacerlo en una buena temporada, si algún día lo consigo. Ya lo llevo bajo
la piel. —¿Qué querías que dijera? —lo increpo.
Me suelta el mentón, suspira frustrado y, antes de que me dé cuenta,
me agarra y me echa sobre la encimera. El vaso de agua se estrella contra
el suelo y el cristal se hace añicos estrepitosamente a nuestro alrededor.
Me abre de piernas con los muslos, y ese movimiento hace que se me suba
el vestido. Me ataca la boca con su lengua inexorable y la hunde profunda
y ávidamente.
Ese asalto impulsivo me coge por sorpresa, pero no tengo fuerzas, ni
físicas ni mentales, para detenerlo. Empieza a embestirme con las caderas
mientras me consume la boca, y de inmediato siento escalofríos por todo el
cuerpo y un calor húmedo entre las piernas. Me agarra el trasero para
acercarme más a él y noto su entrepierna pegada a mí.
«¡Joder!» Gimo cuando mueve las caderas, sin experimentar la más
mínima vergüenza al revelarle que estoy más caliente que una bombilla de
mil vatios. Se aparta de mis labios y me mira con fijeza mientras respira
con dificultad, con los ojos verdes cargados de ansia descarada. Sé que los
míos lo miran del mismo modo.
—Vamos a dejar claras un par de cosas —dice con la respiración
entrecortada mientras me levanta de la encimera y me sienta a horcajadas a
la altura de su cintura. Me observa con intensidad—. Mientes como el
culo.
Sí, eso lo sé. Mis padres me lo dicen continuamente. Me toqueteo el
pelo cuando miento. Es un acto reflejo, no puedo evitarlo. A ver qué más
quiere aclarar, porque me muero por seguir donde lo hemos dejado.
Se inclina y me besa, me acaricia suavemente la lengua con la suya.
—Ahora eres mía, Paula. —Mueve las caderas y hace que me yerga y
me tense para aliviar el implacable ardor que siento entre las piernas.
Estamos cara a cara—. Serás mía para siempre —me informa con un golpe
de caderas.
Le rodeo los hombros con los brazos y le beso los labios húmedos y
exuberantes. Es mi manera de decirle que acepto. Estoy desesperada por
volver a tenerlo. Estoy metida en un buen lío.
—Voy a poseer cada centímetro de tu cuerpo. —Subraya todas y cada
una de sus palabras—. No habrá ni un solo milímetro de tu ser que no me
haya tenido dentro o encima.
Lo dice con un tono sexual y tremendamente serio, lo que no hace
sino aumentar un poco más el ritmo de mis latidos.
Pero ¿cada centímetro? ¿Debería investigar algo más esa afirmación?
No tengo oportunidad de hacerlo. Me pone de pie en el suelo y me da la
vuelta para bajarme la cremallera de mi pobre y maltratado vestido. Me
quita el sujetador y lo tira a un lado con la misma celeridad.
Se inclina y me besa el cuello descubierto. Su aliento fresco y la
calidez de su lengua me provocan un delicioso escalofrío. Dios, estoy tan
excitada que tiemblo. Doblo el cuello y encojo los hombros para aliviar los
escalofríos que me recorren todo el cuerpo.
Desliza la boca hasta mi oído:
—Date la vuelta.
Obedezco. Me doy la vuelta y lo miro. Con expresión de pura
determinación, me levanta y vuelve a colocarme sobre la isla. Apoyo las
manos sobre sus hombros, pero él me las agarra y yo permito a
regañadientes que me las baje y haga que aferre el borde de la encimera.
—Las manos se quedan ahí —dice con firmeza cuando me las suelta.
Su orden está cargada de seguridad. Introduce los dedos por la parte
superior de mis bragas y tira de ellas—. Levanta.
Cargo mi peso sobre los brazos y alzo el trasero del mueble para que
pueda bajármelas por las piernas. Vuelvo a apoyarlo cuando me veo libre
de las restricciones de mi ropa interior. Estoy desnuda por completo, pero
él sigue totalmente vestido. Y no parece tener intenciones de quitarse la
ropa de momento. Quiero verle el pecho. Suelto el borde de la encimera y
levanto las manos hacia el dobladillo de su camisa.
Él da un paso atrás y sacude la cabeza despacio.
—Las manos.
Yo hago un mohín y vuelvo a dejarlas donde estaban. Quiero verlo,
sentirlo. No es justo.
Se lleva las manos al botón superior.
—¿Quieres que me quite la camisa? —Su voz grave y ronca manda mi
disciplina al traste.
—Sí —resuello.
—Sí, ¿qué? —Sonríe con malicia, y yo lo miro con los ojos
entrecerrados.
—Por favor —mascullo con un hilo de voz, consciente de que disfruta
viéndome suplicar.
Sonríe y empieza a desabrocharse los botones, con la mirada fija en
mí. Me está costando un mundo no precipitarme hacia adelante y abrírsela
de un tirón. ¿Por qué lo está alargando tanto? Sé lo que pretende. Quiere
hacerme esperar. Le gusta torturarme.
Cuando por fin llega al último botón, echa los hombros atrás y se la
quita. Por un breve instante, al ver cómo se tensan y relajan los músculos
de su pecho cuando echa los dos brazos atrás, pienso que podría
desmayarme.
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