coherencia cuando se sienta sobre sus talones y tira de mí hasta colocarme
a horcajadas sobre su regazo. Mete la mano por debajo de los dos y coloca
la erección en mi entrada.
—Échate hacia atrás y apóyate en las manos —me ordena con
dulzura. Su voz es ronca y su mirada intensa. Me echo hacia atrás y su otro
brazo me rodea la cintura para sujetarme.
Entra en mí despacio, exhalando, con la boca entreabierta y los labios
húmedos. Gimo de puro deleite y placer cuando me llena del todo. Me
tiemblan un poco los brazos y me aferro a su cintura con las piernas. Qué
gusto da tenerlo dentro. Si me muriera ahora mismo, lo haría muy feliz. Su
otra mano se une a la que me sujeta por la cintura. Tiene las manos tan
grandes que casi la abarcan toda. Empieza a moverme las caderas en
círculos lentos y profundos, me levanta despacio antes de volver a
apretarme contra él, rotando. Sigue el ritmo de la música a la perfección.
Joder, es muy bueno. Suspiro honda y profundamente por las exquisitas
sensaciones que crea al levantarme y al bajarme en círculo. Sus caderas
también siguen los movimientos sobre los que tiene todo el control.
—¿Dónde has estado toda mi vida, Paula? —gime durante un círculo
largo e intenso.
«¡En el colegio!» El pensamiento se ha colado en mi mente y me
recuerda que no sé cuántos años tiene. Si se lo pregunto en la cumbre del
placer, ¿me dirá la verdad? Estoy enamorada de un hombre y no tengo ni
idea de qué edad tiene. Es ridículo.
Jadeo mientras me sube y me baja otra vez, el resplandor de una
marea que se acerca lentamente empieza a cobrar fuerza. Me hipnotiza, su
rostro ardiente de pasión me tiene completamente cautivada. Los músculos
del pecho se mueven y guían mi cuerpo sobre el suyo. Me hace el amor
despacio, con meticulosidad, y no me está ayudando, precisamente, con
mis sentimientos hacia él. Soy adicta al Pedro dulce igual que lo soy al
Pedro dominante. Estoy perdida.
Se pasa la lengua por el labio inferior y le brillan los ojos; la arruga de
la frente se le marca sobre las cejas.
—Prométeme una cosa. —Su voz es suave, y mueve las caderas para
trazar otro círculo que me nubla la mente.
Gimo. Se está aprovechando de mi estado de ensimismamiento para
pedirme que haga promesas justo ahora. Aunque ha sido más una orden que
una pregunta.
Lo observo, a ver qué me pide.
—Que vas a quedarte conmigo.
¿Cuándo? ¿Esta noche? ¿Para siempre? ¡Explícate, joder! Ahora ya no
cabe duda de que no ha sido una pregunta sino una orden. Asiento porque
vuelve a bajarme hacia él mientras masculla palabras incoherentes.
—Necesito que lo digas, Paula. —Mueve las caderas y me penetra hasta
lo más profundo de mi cuerpo.
—Dios. Me quedaré —exhalo mientras absorbo la abrasadora
penetración. La voz me tiembla de placer y de emoción cuando la potente
palpitación de mi núcleo se hace con el control y yo me estremezco entre
sus manos.
—Vas a correrte —jadea.
—¡Sí!
—Dios, me encanta mirarte cuando estás así. Aguanta, pequeña. Aún
no.
Mis brazos empiezan a ceder bajo mi peso. Pedro traslada las manos al
hueco que se forma entre mis omoplatos y me levanta para que estemos
cara a cara. Grito cuando nuestros pechos chocan y la nueva postura hace
que su penetración sea más profunda. Mis manos vuelan y se aferran a su
espalda.
Busca en mis ojos.
—Eres tan bonita que dan ganas de llorar. Y eres toda mía. Bésame.
Obedezco y muevo las palmas de las manos para rodearle el apuesto
rostro y acercar los labios a los suyos. Gime cuando le meto la lengua en la
boca y sus embestidas se endurecen.
—Pedro —suplico. Voy a correrme.
—Contrólalo, nena.
—No puedo —jadeo en su boca. No puedo resistir su invasión de mi
mente y de mi cuerpo. Tenso los muslos a su alrededor y me deshago en
mil pedazos encima de él. Grito, le atrapo el labio inferior entre los dientes
y lo muerdo.
Él también lanza un grito, se pone de rodillas, coge impulso y me
embiste con fuerza cuando llega el turno de su descarga. Me abraza contra
su pecho y se derrama en mi interior. Una última y poderosa estocada.
Chillo.
— Por Dios, Paula, ¿qué voy a hacer contigo?
«Quédate conmigo para siempre, ¡por favor!»
Hunde la cara en mi cuello y mueve las caderas, despacio, hacia
adelante y hacia atrás, para exprimir hasta la última gota de placer. Estoy
mareada, la cabeza me da vueltas y su aliento tibio me roza la muñeca, el
cuello y me llega hasta el pecho. Todos los músculos de mi interior se
aferran a él mientras palpita dentro de mí. Tiembla. Tiembla de verdad. Lo
rodeo con los brazos y lo aprieto fuerte contra mí.
—Estás temblando —susurro en su hombro.
—Me haces muy feliz.
¿Ah, sí?
—Pensaba que te volvía loco.
Se aparta y me mira a los ojos, con la frente brillante y sudorosa.
—Me vuelves loco de felicidad. —Me besa en la nariz y me aparta el
pelo de la cara—. También me cabreas hasta volverme loco.
Me lanza una mirada acusadora. No sé por qué. Son él y su
comportamiento neurótico y exigente los que hacen que se cabree hasta
volverse loco, no yo.
—Te prefiero loco de felicidad. Das miedo cuando te vuelves loco de
cabreo.
Tuerce los labios.
—Entonces deja de hacer cosas que me cabreen hasta volverme loco.
Lo miro. La mandíbula me llega al suelo. Pero me besa en los labios
antes de que pueda plantarle cara y defenderme de su acusación. Este
hombre está completamente chiflado, aparte de todo lo demás.
Vuelve a sentarse sobre los talones.
—Nunca te haría daño a propósito, Paula. Lo sabes, ¿verdad?
La incertidumbre de su tono de voz es evidente. Me aparta un mechón
de pelo rebelde de la cara.
Sí. Eso lo sé. Bueno, al menos en cuanto a lo físico. Es la parte
emocional la que me tiene muerta de miedo, y el hecho de que haya
añadido lo de «a propósito» es para preocuparse.
Miro a los verdes ojos confusos de este hombre tan bello.
—Lo sé —suspiro, aunque la verdad es que no estoy segura, y eso me
asusta muchísimo.
Se recuesta y me lleva con él. Quedo tumbada sobre su pecho. Me
echo a un lado para poder dibujar ochos sobre su estómago y me entretengo
en su cicatriz.
Me provoca una curiosidad morbosa, es otro de los misterios de este
hombre. No es una cicatriz quirúrgica, no es una punción y no es una
laceración. Tiene un aspecto mucho más siniestro. La superficie es
serpenteante, gruesa e irregular, como si alguien le hubiera clavado un
cuchillo en la parte baja del estómago y lo hubiera arrastrado hasta el
costado. Me estremezco. Creía que nadie podría sobrevivir a una herida
así. Debió de perder muchísima sangre. ¿Y si trato de presionarlo
preguntándole sobre ella?
—¿Has estado en el ejército? —digo con calma. Eso lo explicaría, y
no le he preguntado por la cicatriz directamente.
Deja de acariciarme el pelo un instante.
—No —contesta. No me pregunta cómo se me ha ocurrido la idea.
Sabe adónde quiero llegar—. Déjalo, Paula —dice con ese tono de voz que
me hace sentir minúscula en el acto. Sí, no voy a discutir con ese tono de
voz. No tengo ningunas ganas de estropear el momento.
—¿Por qué desapareciste? —pregunto con cierto recelo. Necesito
saberlo.
—Ya te lo dije. Estaba fatal.
—¿Por qué? —insisto. Su respuesta no me aclara nada. Noto que se
pone tenso debajo de mí.
—Despiertas ciertos sentimientos en mí —me responde con dulzura y
creo que podría estar llegando a alguna parte.
—¿Qué clase de sentimientos?
«¡Toma!»
Suspira. He abusado de mi suerte.
—De todas las clases, Paula. —Parece irritado.
—¿Eso es malo?
—Lo es cuando no sabes qué hacer con ellos. —Suelta una bocanada
de aire larga y cansada.
Dejo de acariciarlo. ¿No sabe qué hacer con lo que siente y por eso
intenta controlarme? ¿Y se supone que eso lo ayuda? ¿Toda clase de
sentimientos? Este hombre habla en clave. ¿Qué significa y por qué parece
que lo frustra tanto?
—Crees que te pertenezco. —Vuelvo a trazar círculos con el dedo.
—No. Sé que me perteneces.
—¿Cuándo llegaste a esa conclusión?
—Cuando me pasé cuatro días intentando sacarte de mi cabeza. —
Todavía parece molesto, aunque estoy encantada con la noticia.
—¿No funcionó?
—Pues no. Me volví aún más loco. A dormir —me ordena.
—¿Qué hiciste para intentar sacarme de tu cabeza?
—Eso no importa. No funcionó y punto. A dormir.
Hago un mohín. Creo que le he extraído toda la información que está
dispuesto a darme. ¿Aún más loco? No quiero ni saber lo que significa eso.
¿Toda clase de sentimientos? Creo que me gusta cómo suena eso.
Sigo dibujando con el dedo en su pecho mientras él me acaricia el
pelo y me da un beso de vez en cuando. El silencio es cómodo y me pesan
los párpados.
Me acurruco contra él, con la pierna sobre su muslo.
—Dime cuántos años tienes —musito contra su pecho.
—No —responde cortante. Arrugo el rostro, enfadada casi. Ni siquiera
me ha dado una edad falsa. Me sumerjo en un limbo tranquilo y experimento toda clase de locuras.
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