martes, 11 de marzo de 2014

Capitulo 54 ♥



«¡Ay!»

La luz me bombardea los ojos sensibles y vuelvo a cerrarlos de nuevo.

Qué horror. Me doy media vuelta y de inmediato soy consciente de que no

estoy en mi cama. Abro los ojos de golpe y me siento. ¡Ay! ¡Au!

Me agarro la cabeza para intentar mitigar el dolor. No funciona. Sólo

un disparo en el cerebro aliviaría estos pinchazos. No hay nada que cure

esta resaca. Lo sé.

Miro a mi alrededor y reconozco la estancia al instante. Estoy en la

suite principal del Lusso. Vale, no tengo ni idea de cómo he llegado aquí.

Nunca había estado tan borracha como para no acordarme de las cosas.

Pienso en lo que pasó anoche y recuerdo la escena que montó Pedro con el

pobre Petulante. Después estuve bailando. Y también recuerdo que discutí

con él en los baños. Y que luego volví a bailar. Ah, y que Tom se cabreó,

pero... nada más.

Me preguntaría cómo he acabado aquí, pero si Pedro estaba en el bar

no hace falta que me lo plantee. Cojo las sábanas y las levanto para mirar

debajo. Tengo las bragas y el sujetador puestos, así que no creo que

follásemos. Sonrío para mis adentros.

Madre mía, necesito un cepillo de dientes y un poco de agua

urgentemente. Me incorporo con cautela y me quito las sábanas de encima.

El delicioso olor corporal de Pedro alcanza mis orificios nasales. Cada

movimiento que hago me provoca un terrible dolor de cabeza y, cuando

consigo levantarme, vestida sólo con la ropa interior, me tambaleo.

Todavía estoy borracha.

—¿Cómo está mi borrachita esta mañana? —pregunta con aires de

superioridad. ¿Por qué no impidió que siguiera bebiendo?

Se acerca a mí. Está tremendo con esos bóxeres blancos y con pelo de

recién levantado. Yo debo de estar horrible con el pelo suelto y el

maquillaje corrido.

—Fatal —confieso malhumorada. ¿Ésa es mi voz? Estoy afónica.

Él se echa a reír. Si pudiera coordinar mis movimientos, le daría un

bofetón. Me rodea con los brazos, y yo agradezco el apoyo y hundo la

cabeza en su pecho. Podría volver a dormirme perfectamente.

—¿Quieres desayunar? —Comienza a acariciarme el pelo.

Incluso sus suaves caricias me resultan insoportablemente estridentes,

y sólo pensar en comida me dan ganas de vomitar. Debe de sentir mis

arcadas y mis convulsiones, porque se echa a reír otra vez.

—¿Un poco de agua, entonces?

—Sí, por favor —musito contra su pecho.

—Ven aquí. —Me coge en brazos, me lleva al piso de abajo, a la

cocina, y me coloca sobre la encimera con suavidad.

—¡Joder! ¡Qué fría está!

Se echa a reír y me suelta poco a poco, como si temiera que fuese a

caerme. Quizá lo haga. Me encuentro fatal. Me agarro al borde de la

encimera para sujetarme y me fijo, con los ojos entrecerrados, en que Pedro

tiene que abrir casi todos los armarios antes de dar con el que contiene los

vasos.—

-¿No sabes dónde tienes los vasos?

Rebusca en un cajón y saca un sobrecito blanco.

—Estoy aprendiendo. Mi asistenta me lo explicó, pero estaba algo

distraído.

Rasga el sobre y vierte su contenido en un vaso. Se le mueven los

músculos de la espalda cuando coge una botella de agua de la nevera; llena

el vaso rápidamente y vuelve a mi lado.

—Es Alka-Seltzer. Te encontrarás mejor dentro de media hora.

Bébetelo.

Intento cogerlo, pero mis brazos no se coordinan con mi cerebro. Sin

que le diga nada, se cuela entre mis muslos y me pone el vaso en los labios.

Me lo bebo todo.

—¿Más?

Niego con la cabeza.

—No pienso volver a beber en la vida —farfullo, y me dejo caer

contra su pecho.

—Me harías muy feliz. Te vuelves muy beligerante cuando estás

borracha. —Me acaricia la espalda.

—¿Sí? —No me acuerdo.

—Sí. Prométeme que no llegarás a ese estado cuando yo no esté para

cuidarte.

—¿Discutimos? —pregunto. Recuerdo la disputa en el baño, pero

hicimos las paces después de eso.

Él suspira.

—No, renuncié al poder temporalmente.

—Tuvo que costarte mucho esfuerzo —respondo con sequedad.

Alarga el brazo y me tira del tirante del sujetador.

—Pues sí, pero tú mereces la pena. —Me besa el pelo, se aparta y

observa mi cuerpo semidesnudo—. Me gusta verte con encaje —comenta

en voz baja al tiempo que pasa el dedo por la parte superior de mis bragas

—. ¿Te apetece una ducha?

Yo asiento y le rodeo el cuerpo con los brazos y las piernas cuando me

baja de la encimera.

Me lleva nuevamente en brazos a la planta superior del ático, al baño,

y me deja en el suelo al lado de la ducha. Me suelta durante un instante y

abre el agua. Me siento floja. Cuando lo tengo delante otra vez, vuelvo a

dejarme caer sobre su pecho.

—Te arrepientes de haber bebido tanto, ¿no? —Me coge y me coloca

sobre el mueble del lavabo—. Tengo bonitos recuerdos de ti sentada justo

aquí.

Frunzo el ceño, pero entonces me doy cuenta de que nuestro primer

encuentro sexual tuvo lugar aquí, la noche de la inauguración del Lusso.

Alzo la vista y veo que me está mirando con sus ojos verdes.

—Por fin has conseguido justo lo que querías, ¿verdad?

Me coge la cara entre las manos.

—Iba a pasar antes o después, Paula.

Coge su cepillo de dientes, pone un poco de pasta en él y lo pasa por

debajo del grifo.

—Abre la boca —me ordena.

Empieza a cepillarme los dientes con suavidad mientras me sostiene

la barbilla con la otra mano. Observo que se concentra en trazar leves

movimientos circulares por toda mi boca, y de repente me viene a la

cabeza ese instante en la pista de baile en el que me di cuenta de que estoy

enamorada de este hombre. No estaba tan borracha cuando me vino a la

mente aquella revelación. Mi objetivo de evitar precisamente esto se ha

visto frustrado. Me he enamorado de este ser arrogante, persistente y

divino.

«¡Mierda!» Cojo sus mejillas, cubiertas por una barba incipiente,

entre las manos, y me mira. Tiene los labios ligeramente abiertos. Deja de

cepillar, vuelve la cara hacia mi palma y la besa con ternura. Sí. Lo amo.

Joder, ¿qué voy a hacer ahora?

—Escupe —dice con su cara todavía en mi mano.

La aparto y me inclino sobre el lavabo. Me vacío la boca de pasta de

dientes y me vuelvo de nuevo hacia él. Me pasa el pulgar por el labio y me

quita un poco de pasta que me había dejado. Después se lo chupa para

limpiársela del dedo.

—Gracias —digo con voz cascada.

En sus labios se dibuja una media sonrisa.

—Lo hago tanto por mí como por ti. —Sonríe y se inclina y me da un

beso suave y lento. Su lengua penetra en mi boca con ternura. Yo me

derrito con un suspiro—. Uno no vale para nada cuando tiene resaca.

¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor? —Me baja del mueble y me

deja de pie delante de él. Me coge del culo y me sostiene.

—¿Tienes una pistola? —le pregunto en serio. Así desaparecería mi

dolor de cabeza.

Él se ríe con ganas.

—¿Tanto te duele?

—Sí, ¿por qué te hace tanta gracia?

—Tienes razón, perdona. —Se pone serio y me acaricia la mejilla con

el dedo corazón—. Ahora voy a hacer que te sientas mejor.

¡Vaya! Parece ser que el alcohol no ha acabado por completo con mi

libido, porque todas y cada una de mis deshidratadas terminaciones

nerviosas acaban de volver a la vida. Debo de estar horrible, ¿y aun así él

empieza a tontear conmigo? No estamos en las mismas condiciones. Él

está apetecible y delicioso con ese pelo enmarañado de recién levantado y

un olor almizclado mezclado con el aroma a agua fresca. Yo, en cambio,

tengo una resaca de caballo y debo de parecer un espantapájaros, aunque a

él no parece importarle.

Me acerca las manos a la espalda, me desabrocha el sujetador y me lo

quita. Se inclina y le da un beso a cada pezón. Se me ponen duros al

instante con el breve contacto de sus labios; mis pechos se transforman en

pesadas cargas sobre mi torso. Ha conseguido que mi cuerpo olvide los

efectos secundarios del alcohol y que ansíe, agitado, su tacto.

Cuando levanta la cabeza y me besa, subo las manos por sus brazos

hasta que se hunden en su suave  cabello rubio. Dios, cuánto he

echado esto de menos. Sólo han sido cuatro días, y me aterroriza el hecho

de haberlo echado tantísimo en falta.

—Eres adictiva —musita contra mi boca—. Ahora vamos a hacer las

paces como es debido.

—¿No las hemos hecho ya? —pregunto. Mi voz es un susurro ansioso.

—No oficialmente, pero vamos a solucionarlo, nena.

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