Después de soltarme una charla sobre la irresponsabilidad, la doctora
Monroe, nuestra doctora de toda la vida, me receta los anticonceptivos y
me manda a casa, no sin antes preguntarme cómo les va a mis padres en
Newquay. Como la razón principal para que se marcharan de la gran ciudad
fue la salud de mi padre, se alegra de saber que todo va bien.
Paro en la farmacia de camino a casa y llego a la puerta justo antes de
las seis. Es estupendo llegar a casa tan pronto para variar. Me sorprende
que Kate no esté, pero veo a Margo aparcada fuera, así que no está
repartiendo tartas.
Me doy una ducha, me pongo unos pantalones cortos y una camiseta
de tirantes y me seco el pelo con el secador. Cuando termino, saco el
teléfono del bolso y pongo los ojos en blanco al ver las veinte llamadas
perdidas. En un arranque de sensatez, borro los cinco mensajes que hay sin
leerlos. De pronto el móvil empieza a iluminarse en mi mano mientras me
dirijo a la cocina. ¿Es que este hombre no se cansa? Se nota que no está
acostumbrado a que lo rechacen, y está claro que no le gusta.
Me sirvo una copa de vino y la golpeo con la botella a causa del
respingo que doy al oír un fuerte golpe en la puerta de casa.
—¡Paula!
—Ay, Dios —mascullo.
—¡Paula! —ruge al tiempo que vuelve a golpear la puerta.
Cruzo a toda prisa el salón para atisbar a través de la persiana y veo a
Pedro mirando fijamente hacia la ventana. Está muy agitado. Pero ¿qué le
pasa a este hombre? Puede quedarse ahí fuera toda la noche si quiere
porque no pienso abrirle. Colocarme frente a él, cara a cara, sería todo un
error. Se lleva el móvil a la oreja y el mío empieza a sonar una vez más.
Rechazo la llamada y lo observo mientras mira su teléfono con
incredulidad.
—¡Paula! ¡Abre la puta puerta!
—No —replico, y veo que recorre el camino hasta la carretera. Casi
me da un infarto al ver llegar a Sam en su Porsche. Kate baja de él.
«¡Mierda!»
Se acerca a Pedro, que no para de hacer aspavientos con los brazos
como un loco. Sam se une a ellos en la acera y le da unas palmaditas el
hombro para ofrecerle consuelo. Hablan durante unos instantes y Kate se
dirige hacia la puerta de casa seguida por los dos hombres.
—¡No, Kate! —le grito a la ventana—. ¡Joder, joder, joder, joder!
Se acabó, ¡nuestra amistad se ha terminado!
Me quedo ahí plantada en el salón. Oigo que la puerta se abre y golpea
la pared, y después unos pasos decididos que suben a toda prisa por la
escalera. Pedro entra de inmediato como un rayo en el salón. La ira de su
rostro se torna en alivio durante unos instantes, pero luego se transforma
de nuevo en furia absoluta. Su traje gris está perfectamente planchado y
aseado, a diferencia de su pelo desaliñado y su frente sudorosa.
—¿Dónde COJONES has estado? —me grita tan fuerte que siento,
literalmente hablando, su aliento en las orejas—. ¡Casi me vuelvo loco!
«No hace falta que lo jures.»
Me quedo de pie mirándolo, completamente estupefacta. No sé qué
decir. ¿De verdad cree que le debo explicaciones? Kate y Sam entran detrás
de él, callados y nerviosos. Miro a Kate y sacudo la cabeza. Me muero por
preguntarle si «este» Pedro también le gusta.
—Nosotros nos vamos al The Cock a tomar algo —anuncia Sam con
voz serena, y coge a Kate de la mano y se la lleva escaleras abajo. Ella no
hace nada por detenerlo. Se marchan y yo maldigo para mis adentros a esos
gallinas por dejarme a solas con este pirado.
Inspira profundamente unas cuantas veces para calmarse. Mira al
techo con gesto de cansancio antes de volver a clavar su abrasadora mirada
en la mía y llegar con ella hasta lo más profundo de mi ser.
—¿Es que necesitas un recordatorio?
Se me ha abierto tanto la boca que debe de haber llegado hasta la
moqueta. Definitivamente, para él todo se reduce al sexo. Tiene una
seguridad en sí mismo pasmosa y la opinión que posee de mí es
inexcusable.
—¡No! —le grito mientras paso delante de él rápidamente en
dirección a la cocina. ¡Necesito ese trago! Me sigue y se queda mirándome
mientras tiro el móvil contra la encimera y cojo la botella de vino—. ¡Eres
un cabrón! —bramo mientras me sirvo el vino con las manos temblorosas.
Estoy cabreadísima. Me vuelvo y le lanzo la peor de mis miradas. Parece
afectarle ligeramente, lo cual me llena de satisfacción—. Ya has
conseguido lo que querías. Igual que yo. Dejemos ya esta mierda —le
espeto.
Yo no he conseguido lo que quería, ni lo más mínimo, pero hago caso
omiso de la voz que me lo recuerda a gritos desde mi interior. Tengo que
parar esto antes de que la intensidad de Pedro Alfonso me arrastre aún más.
—¡Esa puta boca! —me grita—. ¿De qué estás hablando? Yo no he
conseguido lo que quería.
—¿Quieres más? —Doy un sorbo rápido al vino—. Bueno, pues yo
no, así que deja de perseguirme, Pedro. ¡Y deja de gritarme! —Trato de
sonar cruel, pero me temo que sólo he conseguido sonar patética. Algo
tiene que funcionar. Doy otro gran trago al vino y me sobresalto cuando la
copa desaparece de mi mano y se estrella contra la pila. Hago una mueca
de dolor al oír el ruido del cristal haciéndose añicos.
—¡No hace falta que bebas como si tuvieras quince años! —me chilla.
Mantengo los puños cerrados a ambos lados de mi cuerpo e intento
calmarme recurriendo a toda mi fuerza de voluntad.
—¡Lárgate! —le grito.
Mis intentos están fracasando por completo. Mi desesperación va en
aumento.
Me encojo al oírlo rugir de frustración y golpear la puerta de la cocina
con tal fuerza que deja una marca enorme en la madera.
«¡Mierda, mierda!» Me quedo inmóvil, con los ojos como platos y la
boca bien cerrada, al ver su feroz reacción a mi rechazo. Se vuelve hacia
mí sacudiendo un poco la mano y sus maravillosos ojos verdes me
atraviesan.
Joder, eso ha tenido que doler. Estoy a punto de acercarme al
congelador a coger un poco de hielo, pero entonces empieza a acercarse a
mí como un depredador. Me agarro al borde de la encimera que tengo
detrás y lo veo aproximarse hasta detenerse frente a mí. Se inclina y coloca
las manos sobre las mías. Me ha atrapado.
Noto su respiración agitada en mi rostro, frunce el ceño y estampa los
labios contra mi boca. Noto que me roba literalmente el aliento mientras
me retuerzo debajo de él para intentar liberarme. ¿Qué está haciendo? En
realidad sé muy bien lo que está haciendo. Va a echarme un polvo
recordatorio. Estoy jodida.
Aprieta los labios contra los míos con más fuerza, pero no acepto su
beso. Sigo diciéndome a mí misma que esto es malo, que no me hace
ningún bien. Si transijo, acabará doliéndome aún más, lo sé. Procuro
liberarme, sin mucho entusiasmo, pero él gruñe y me sujeta las manos con
más fuerza. No iré a ninguna parte. Su determinación por vencerme anula
mis desesperados intentos de pararlo.
Me acaricia el labio inferior con la lengua y yo sigo negándole el
acceso a mi boca. Tiemblo al tratar de luchar contra las reacciones de mi
cuerpo a sus estímulos. Sé que si consigue entrar habré perdido, así que
mantengo los labios obstinadamente cerrados mientras ruego al cielo que
se rinda ya.
Me suelta una mano y, al instante, lo agarro del bíceps para empujarlo
y alejarlo de mí, pero no sirve de nada. Tiene una fuerza descomunal, y aún
más determinación. Mis cándidos intentos de liberarme no le afectan lo
más mínimo.
Me coge de la cadera con firmeza y yo doy un respingo debajo de su
cuerpo, pero me apresa contra la encimera. Me tiene atrapada por
completo, aunque sigo rechazando sus besos desafiantemente y
manteniendo los labios cerrados. Aparto la cabeza cuando me suelta un
poco.
—Serás cabezota —masculla, y aprieta los labios contra mi cuello, lo
lame y lo mordisquea hasta llegar a la clavícula, y traza círculos largos y
húmedos con la lengua antes de ascender hasta mi oreja para morderme el
lóbulo.
Aprieto los ojos con fuerza y suplico que mi autocontrol aguante su
irresistible contacto. Empiezo a clavarle las uñas en el antebrazo tenso y
luego cierro los labios firmemente por miedo a dejar escapar algún grito de
placer. Aparta las manos de mi cadera, las desliza lentamente por mi
vientre y entonces me levanta la goma de los pantalones cortos.
—Para. ¡Para, por favor! —grito.
—Paula, para tú. Para ya.
Mete el dedo índice por debajo de la tela y empieza a moverlo de
izquierda a derecha con lentitud mientras sus labios continúan atacándome
la oreja y el cuello. Tengo ganas de llorar de frustración.
La cálida fricción hace que se me doblen las rodillas y me provoca
violentos temblores por todo el cuerpo. Ríe ligeramente, un sonido gutural
que me genera vibraciones por toda la columna y un leve latido en el
centro de mi intimidad. Cierro los muslos con fuerza, desplazo la mano de
su brazo a su pecho y empujo en vano. No sé ni por qué lo intento. Estoy a
un paso de rendirme. No deja de insistir con pasión, y yo estoy enamorada
de él. La cabeza va a estallarme, y no sé si de placer o de confusión. Estoy
hecha un puñetero lío.
Cuando sus labios regresan a los míos sigo resistiéndome, haciendo
todo lo posible por bloquearle la entrada. Mi pobre cerebro envía a mi
cuerpo millones de órdenes diferentes: lucha, resiste, acéptalo, bésalo, dale
un rodillazo en los huevos.
Y entonces su mano se cuela dentro de mis bragas, me separa los
labios con los dedos y siento que una descarga eléctrica me recorre el
cuerpo. Me acaricia el clítoris muy suavemente. Me hace temblar y abro la
boca para lanzar un grito de placer. Aprovechando mi momento de
debilidad, me introduce la lengua en la boca y explora y lame todos sus
rincones mientras su pulgar sigue trazando círculos en mi sexo ardiente. Le
devuelvo el beso.
—Suéltame la mano —jadeo, y flexiono los músculos del brazo.
Debe de saber que me ha vencido, porque la libera con un gemido y
me agarra la nuca inmediatamente. Le rodeo el cuello con los brazos y lo
acerco más a mí... así, sin más.
GRACIAS POR LEER!♥
no se por que Pau se resiste tanto a ese bombón ja ja ja !! esta muy buena la novela
ResponderEliminarMuy buenos capítulos!! Necesitan hablar. Paula no debería sacar conclusiones, debe plantearle lo que siente!!
ResponderEliminarEspectaculares los caps, pero Pau tendría q decirle lo que siente.
ResponderEliminarWow que intenso,buenisimos los capitulos!!!
ResponderEliminaruauuuuu por dios que novela !!!!!
ResponderEliminaruauuuu que novela !!! @vaneblangino
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