sábado, 29 de marzo de 2014

Capitulo 111 ♥

—¿Cuántos años tienes, Pedro?
Levanta la cabeza y veo que los engranajes de su mente se ponen en
movimiento. Sé que está pensando si debería decirme su edad real y parar
de una vez con las estúpidas evasivas.
—No me acuerdo. —Frunce el ceño.
Ah, creo que puedo sacar partido de esto. Creo que estábamos ya en la
treintena.
—Estábamos en treinta y tres —lo informo.
Me sonríe.
—Deberíamos empezar otra vez.
—¡No! —Tiro de su cara y restriego la nariz por su cuello sin afeitar
—. Íbamos por treinta y tres.
—Mientes fatal, nena. —Se ríe y me da un beso de esquimal—. Me
gusta este juego. Creo que deberíamos empezar otra vez. Tengo dieciocho
años.
—¡Dieciocho!
—No juegues conmigo, Paula.
—¿Por qué no me dices cuántos años tienes y punto? —pregunto con
exasperación. De verdad que no me importa. Tiene cuarenta años como
mucho.
—Treinta y uno.
Me revuelvo debajo de él. Se acuerda perfectamente.
—¿Cuántos años tienes?
—Te lo acabo de decir: treinta y uno.
Lo miro enfadada y una de las comisuras de sus labios empieza a
formar una especie de sonrisa.
—Sólo es un número —lloriqueo—. Si me preguntas cualquier cosa
en el futuro, no te contestaré, o al menos, no te diré la verdad —amenazo.
La especie de sonrisa desaparece en un santiamén.
—Ya sé todo lo que necesito saber sobre ti. Sé lo que sientes, y nada
de lo que me digas me hará sentir de otro modo. Ojalá tú sintieras lo
mismo.
¡Eso es pasarse de la raya! No cambiaría para nada lo que siento por
él. Tengo curiosidad, eso es todo. Ojalá me lo dijera y ya está. Ya me
distraen bastante él y su complicada forma de ser. Ni siquiera hemos
hablado aún, pero me siento mucho mejor. Ya no me noto vacía.
—Dijiste que saldría corriendo si lo supiera —le recuerdo—, pero no
voy a ir a ninguna parte.
Se ríe.
—Claro que no. —Lo dice muy seguro—. Paula, has visto lo peor de mí
y no has salido huyendo. Bueno, saliste huyendo pero luego volviste. —Me
besa en la frente—. ¿De verdad crees que me preocupa mi edad?
—Entonces ¿por qué no me la dices? —pregunto, exasperada.
—Porque me gusta este juego. —Vuelve a darme besos de esquimal
en el cuello.
Mi pecho se levanta con un hondo suspiro y le aprieto más el brazo,
los hombros bañados en sudor y mis muslos alrededor de sus firmes
caderas.
—Pues a mí no —gruño, y hundo la cara en su cuello para inhalarlo
entero. Exhalo satisfecha y recorro con los dedos su espalda tersa.
Yacemos en silencio y completamente sumidos el uno en el otro
durante mucho tiempo, pero de pronto noto que su cuerpo tiembla y me
saca de mi ensimismamiento (estaba pensando en lo que nos deparará el
futuro).
Su cuerpo tembloroso me recuerda el desafío más difícil de todos.
—¿Estás bien? —pregunto, nerviosa. ¿Qué debo hacer?
Me abraza con fuerza.
—Sí. ¿Qué hora es?
Buena pregunta. ¿Qué hora será? Espero no haberme perdido la
llamada de Dan. Me revuelvo debajo de Pedro y él gime contra mi cuello.
—Iré a ver.
—No. Estoy muy a gusto —se queja—. Y tampoco es tan tarde.
—Tardo dos segundos.
Gruñe y se levanta ligeramente para que yo pueda escabullirme y
luego separa el cuerpo del mío y se tumba boca arriba sobre el colchón.
Salto de la cama y cojo mi móvil. 
Son las nueve en punto, y Dan no ha
llamado. Qué alivio. Aunque tengo doce llamadas perdidas de Pedro.
¿Eh? Vuelvo al dormitorio y veo que está sentado en la cama, apoyado
en la cabecera, en cueros y sin ningún pudor. Me miro. Yo también estoy
desnuda.
—Tengo doce llamadas perdidas tuyas —digo, confusa, al tiempo que
le muestro mi teléfono.
En su rostro aparece una mirada de desaprobación.
—No podía localizarte. Pensé que te habías marchado. Tuve cien
infartos en diez minutos, Paula. ¿Qué hacías en el otro dormitorio? —Me
lanza una mirada acusadora.
—No sabía en qué punto estábamos —digo; es mejor ser sincera.
—¿Eso qué significa? —pregunta con escepticismo.
Parece ofendido. ¿Acaso ha olvidado nuestra pequeña discusión del
domingo?
—Pedro, la última vez que te vi, eras un extraño que me dijo que yo
era una calientabraguetas y que te había causado un daño indescriptible.
Perdóname por no tenerlas todas conmigo.
Su cara de ofendido desaparece al instante. La de ahora es de
arrepentimiento.
—Lo siento. No lo decía de verdad.
—Ya —suspiro.
—Ven. —Da unas palmaditas sobre el colchón y me meto en la cama
a su lado. Estamos de costado, mirándonos a la cara, usando el antebrazo a
modo de almohada.
—No volverás a ver a ese hombre.
Eso espero, aunque no lo tengo tan claro como él. Una copa y podría
encontrarme ante el bruto amenazador que, la verdad, no me gusta un pelo.
—¿No volverás a beber nunca? —pregunto con nerviosismo. Es tan
buen momento como cualquier otro para conseguir la información que
necesito.
—No. —Lleva el dedo índice a mi pelvis y empieza a dibujar círculos.
Me estremezco.
—¿Nunca?
Se detiene sin terminar de completar el círculo.
—Nunca, Paula. Lo único que necesito es a ti y que tú me necesites a
mí. Nada más.
Frunzo el ceño.
—Ya hiciste que te necesitara y luego me destruiste —digo con
calma. No quiero hacer que se sienta culpable, pero ésa es la verdad. Noto
que vuelvo a estar cerca de necesitarlo, tras haber hecho el amor sólo una
vez, y la verdad es que yo no quería volver a caer en eso.
Se acerca más a mí, de tal modo que las puntas de nuestras narices
están a punto de tocarse, y su aliento, tibio y mentolado, me cubre la cara.
—Nunca te haré daño.
—Eso ya lo dijiste antes —le recuerdo. Sí, la última vez dijo que no
me haría daño a propósito, cosa preocupante, pero aun así lo dijo.
—Paula, la idea de verte sufrir, emocional o físicamente, me resulta
insoportable. No tengo palabras. Me vuelvo loco sólo de pensarlo. Me dan
ganas de clavarme un cuchillo en el corazón por lo que te he hecho.
—Eso es demasiado, ¿no crees? —le suelto, atónita.
Me mira enfadado.
—Es la verdad, igual que lo es que me pongo violento sólo de
imaginar que otro hombre te desee. —Niega con la cabeza como si
estuviera intentando borrar las imágenes que aparecen en su mente—. Lo
digo completamente en serio.
Ay, Dios. Es cierto: lo dice muy en serio. Tiene la cara larga y la
mandíbula apretada.
—No puedes controlarlo todo —replico con el ceño fruncido.
—En lo que a ti respecta, haré todo lo posible, Paula. Ya te lo he dicho:
te he estado esperando demasiado tiempo. Eres mi pequeño pedacito de
cielo. Nada te apartará de mi lado. —Y pega los labios a los míos como
para rubricar su declaración—. Mientras te tenga a ti, tendré un propósito y
una razón de ser. Por eso no voy a beber, y por eso haré todo cuanto esté en
mi mano para mantenerte a salvo. ¿Lo entiendes?
Pues la verdad es que creo que no, pero asiento de todos modos. La
determinación y la convicción con que lo dice son impresionantes, pero
ambiciosas hasta rozar lo ridículo. ¿Qué cree que va a pasarme? No puede
llevarme pegada a sus pantalones eternamente. Loco.
Le paso el pulgar por la línea irregular de la cicatriz.
—¿Cómo te la hiciste? —Pruebo suerte. Soy consciente de que no va
a contestarme y sé que es un tema tabú, pero necesito obtener toda la
información que pueda. Ya sé lo peor de él, así que esto no puede serlo aún
más.
Mira mi mano sobre su cicatriz y suspira.
—Estás preguntona esta mañana.
—Sí —concedo. Es verdad.
—Ya te lo dije. No me gusta hablar del tema.
—Eres tú el que se guarda cosas —lo acuso. Se tumba sobre la
espalda con un profundo suspiro y se tapa la cara con el brazo. Ah, no, no
va a darme la callada por respuesta esta vez. Me monto sobre sus caderas y
le aparto el brazo—. ¿Por qué no quieres contarme cómo te hiciste la
cicatriz?
—Porque es mi pasado, Paula, y revolcarse en el fango no es la mejor
manera de limpiarse. No quiero que nada afecte a mi futuro.
—No lo hará. No importa lo que me cuentes, te seguiré queriendo. —
¿Es que no lo entiende?
Frunzo el ceño cuando sonríe.
—Lo sé —dice, un pelín demasiado confiado. Está muy seguro de sí
mismo esta mañana—. Ya me lo dijiste cuando no sentías las piernas —
añade.
¿Eso dije también? No me acuerdo. Ya veo que le dije muchas cosas
cuando estaba pedo.
—Entonces ¿por qué no me lo cuentas?
Pone las manos allá donde se unen mis muslos.
—Si no va a cambiar lo que sientes por mí, no tiene sentido llenar tu
linda cabecita de feos pensamientos. —Levanta las cejas—. ¿No crees?
—Cuando me pidas que te cuente algo, no pienso hacerlo —respondo,
enfadada.
—Eso ya lo has dicho.
Se sienta y une nuestros labios. Mis brazos lo rodean de forma
mecánica, pero entonces me viene otra cosa a la cabeza.
—¿Descubriste por qué las puertas de hierro y principal de La
Mansión estaban abiertas? —Intento con todas mis fuerzas que no parezca
que le doy importancia.
—¿Qué? —Se aparta de mí, perplejo.
—Cuando fui el domingo a La Mansión, las puertas se accionaron sin
llamar al portero automático, y la puerta principal estaba entreabierta. —
Sé que fue ella.
—Ah. Por lo visto las puertas se estropearon. Sarah ya lo ha arreglado.
—Vuelve a besarme.
—Qué oportuno. ¿Y la puerta principal también estaba averiada? —
inquiero con sarcasmo. Yo sé lo que pasó: la muy viva interceptó mi
mensaje y acarició la idea de que yo apareciera sin avisar y descubriera las
delicias de La Mansión.
—La ironía no te pega, señorita —me regaña, pero me da igual.
Esa mujer es una hipócrita y una arpía. De repente, me siento llena de
determinación, aunque Pedro me da un poco de pena. ¿De verdad cree que
es su amiga? ¿Debería compartir con él mi veredicto?
—¿Qué te apetece hacer hoy? —pregunta.
¡Mierda! Hoy he quedado con Dan y no puedo llevar a Pedro conmigo.
¿Qué impresión se llevaría? No puedo presentárselo, dado que Dan es un
hermano mayor protector y Pedro tiene tendencia a pisotear a la gente.
¿Cómo voy a salir de ésta?
—Pues hay algo que debo hacer...
En ese instante suena su móvil, lo que pone fin a mi anuncio.
—Por Dios —maldice Pedro levantándome de su regazo y dejándome
sobre la cama.
Coge el teléfono y contesta antes de salir del dormitorio.
—¿John? —Parece un poco impaciente.
Me tumbo en la cama y visualizo las formas en las que podría darle la
noticia de que tengo que ver a Dan. Lo entenderá.
—Debo ir a La Mansión —dice, tajante, de vuelta a la habitación y
camino del cuarto de baño.
¿Otra vez? Ni siquiera le he preguntado qué lo obligó a ir anoche, y
caigo en la cuenta de que Kate no me ha devuelto las llamadas.
—¿Va todo bien? —pregunto. Parece muy enfadado.
—Todo irá bien. Vístete.
«¿Qué?»
¡Ah, no! ¡No pienso ir a ese lugar! Todavía tengo que hacerme a la
idea de todo. No puede obligarme a ir. Oigo el agua de la ducha y me
pongo de pie de un salto para explicarle mis reticencias. Entro en el baño y
lo encuentro ya metido en la ducha. Me sonríe y hace un gesto para que me
una a él. Entro y cojo la esponja y el jabón, pero me los quita de las manos,
echa gel en la esponja, hace que me vuelva de espaldas y empieza a
enjabonarme. Me quedo de pie en silencio, rebuscando en mi cerebro una
forma de abordar el asunto, mientras él desliza la esponja lentamente por
mi cuerpo. Espero que no le dé una rabieta cuando le diga que no estoy
dispuesta a ir.
—¿Pedro?
Me da un beso en el omoplato.
—¿Paula?
—De verdad que no quiero ir —suelto del tirón, y entonces me echo la
bronca a mí misma por no haber tenido un poco más de tacto.
Hace una pausa con los círculos de espuma unos segundos, luego
continúa.
—¿Puedo preguntarte por qué?
No puede ser que sea tan insensible como para tener que hacerme esa
pregunta. Debería ser obvio por qué no quiero ir. Además, antes de saber lo
que ocurría allí, tampoco quería ir, aunque entonces era por culpa de cierta
bestia de lengua viperina y labios carnosos. Ahora ella ya no me molesta
tanto, a pesar de que todavía no hemos hablado de su pequeña intromisión
en la vida de Pedro. Ése es otro tema más de los que tenemos que discutir.
—¿No puedes darme un tiempo para que me acostumbre? —pregunto,
nerviosa. Mentalmente le suplico que lo entienda y sea razonable.
Él suspira y me pasa el brazo por los hombros, atrayéndome hacia su
pecho.—
Lo entiendo.
¿De verdad?
Me da un beso en la sien.
—No lo vas a evitar toda la vida, ¿verdad? Sigo queriendo esos
diseños para mis nuevas habitaciones.
Me sorprende que sea tan razonable. Ni preguntas, ni pasar por
encima de lo que yo quiero, ni polvo de entrar en razón... ¿Está de acuerdo?
Eso es bueno. ¿Y el ala nueva? Ni me acordaba de ella, pero tiene razón.
No puedo evitar ese lugar toda la vida.
—No. Además, tendré que ir a supervisar las obras cuando hayamos
terminado con los diseños.
—Bien.
—¿Qué ocurre en La Mansión?
Me suelta los hombros y empieza a lavarme el pelo con su champú
para hombres.
—La policía apareció anoche —dice como si no fuera con él.
Me tenso de pies a cabeza.
—¿Por qué?
—Algún idiota que quería gastar bromas. La policía llamó a John esta
mañana para concertar un par de entrevistas. No puedo escaquearme.
Me da media vuelta y me coloca bajo el agua de la ducha para
aclararme el pelo.
—Lo siento.
—No pasa nada —lo consuelo. No voy a explicarle por qué no pasa
nada. Ahora puedo quedar con Dan sin preocuparme por la costumbre de
Pedro de pasar por encima de la gente—. Kate estaba en la mansión anoche.
—La preocupación es evidente en mi voz.
—Lo sé —levanta una ceja—. Fue toda una sorpresa.
—¿Estaba bien?
—Sí. —Me besa en la nariz y me da un azote en el trasero—. Fuera de
aquí.
Salgo de la ducha, dispuesta a secarme y a usar el cepillo de dientes
de Pedro después de que él lo haya usado. Soy demasiado vaga para cruzar
el descansillo y coger el mío. Entro en el dormitorio y él ya está listo,
guapísimo con unos vaqueros viejos y una camiseta blanca, aunque sigue
sin afeitar.
—Me voy. —Me cubre la cara de besos—. Ponte encaje para cuando
venga.Me guiña el ojo y se va.
No pierdo un instante. Cojo mi móvil y llamo a Dan. Quedamos en
Almundo’s, una pequeña cafetería en Covent Garden. Cruzo corriendo el
descansillo, me visto en tiempo récord, me seco el pelo y me lo recojo con
unas horquillas a toda velocidad, y llamo a Clive para que me pida un taxi.
Estoy supercontenta.


No hay comentarios:

Publicar un comentario