sábado, 15 de marzo de 2014

Capitulo 68 ♥



Me siento a mi mesa soñando despierta, con la mente ocupada en The One

y en los distintos tipos de polvo. Si —en mi pequeño mundo perfecto—

acabo teniendo una relación con Pedro, ¿será siempre así? ¿Él dará las

órdenes y yo a obedecer? Es eso, o que me folle con diferentes propósitos o

que me someta a una cuenta atrás y me torture hasta que ceda o me supere

físicamente y me obligue a hacer lo que él quiere. No niego que en la cama

tiene su gracia, pero ha de haber cierto toma y daca, y no estoy segura de

que Pedro sepa dar, a menos que se trate de sexo. La verdad es que en eso es

muy bueno. Me encrespo cuando llego a la conclusión de que, sin duda, se

debe a que ha tenido mucha práctica. Rompo el lápiz. ¿Qué? Miro el trozo

de madera partido en dos que tengo en la mano. Huy.

—Qué pronto has llegado, Paula.

Sally entra en la oficina y me echo a reír para mis adentros. Ayer vi a

una Sally que no conocía.

—Sí, me he levantado temprano. —Me quedo con ganas de añadir que

es porque un capullo neurótico me hizo ponerme un jersey de invierno para

dormir y me he despertado sudando a mares.

Se sienta a su mesa.

—Intenté llamarte ayer después de que te fueras.

—¿Sí?

Frunzo el ceño, pero entonces me doy cuenta de que debí de borrar la

llamada perdida de Sally junto con las decenas de llamadas perdidas de

Pedro.—

Sí. El hombre furibundo vino a la oficina al poco de que te

marcharas.

—¿Vino?

Debí de imaginármelo.

—Sí, y no estaba de mejor humor.

Me hago una idea. Sonrío.

—¿Le diste un achuchón?

Suelta una carcajada y se deja caer hacia atrás en la silla sin parar de

reír. No puedo evitar unirme a ella y me río a gusto. Se está desternillando

en su mesa.

Patrick llega y nos mira a las dos, exasperado, antes de entrar en su

despacho y cerrar la puerta tras de sí.

«¡Mierda!»

—¿Estaba Patrick? —pregunto.

Se quita las gafas y las limpia con la manga de su blusa marrón de

poliéster.

—¿Cómo? ¿Cuándo vino el lunático? No, estaba recogiendo a Irene en

la estación de tren.

Dejo escapar un suspiro de alivio. Pero ¿en qué estaba pensando

Pedro? Es un cliente. No puede venir a mi oficina y usar su influencia para

mangonear a todo el mundo. A duras penas puedo excusar su

comportamiento como la clásica queja de un cliente. Ya me ha sacado una

vez a rastras de la oficina.

La puerta del despacho se abre y la repartidora de flores entra con

dificultad —otra vez la chica del Lusso— con dos voluminosos ramos.

—¿Entrega para Paula y Sally?

Sally casi se desmaya en su mesa. Apuesto a que nadie le ha enviado

flores nunca. Aunque yo ya sé de parte de quién son. Es un cabrón

lisonjero.

—¿Para mí? —dice Sally cuando coge el colorido ramo de las manos

de la chica de reparto. Lo agita en dirección a mi despacho.

—Gracias —sonrío, y cojo el ramo de calas antes de firmar por las

dos. Sal tiene cara de que va a pasarse el resto del día soñando despierta.

—¿Qué dice la tarjeta, Sal? —le pregunto cuando veo que la recorre

de izquierda a derecha con la mirada.

Se reclina y se pone la mano en el corazón.

—Dice: «Por favor, acepta mis disculpas. Esa mujer me vuelve loco.»

¡Ay, Paula! —Me mira emocionada—. ¡Cómo me gustaría a mí volver así

de loco a un hombre!

Pongo los ojos en blanco y saco de entre las flores la tarjeta dirigida a

mí. Apuesto a que no es una disculpa. Sally no opinaría lo mismo si tuviera

que aguantar el comportamiento neurótico e irracional de Pedro. ¿Que yo lo

vuelvo loco? Es de traca.

Abro la tarjeta.

ERES LA MUJER A LA QUE LLEVO ESPERANDO TANTO TIEMPO... UN BESO, P.

Mi lado cursi babea un poco, pero la parte sensata de mi cerebro —la

que no está completamente loca por Pedro— grita en seguida que la mujer

de su vida es la que se pone de rodillas y cumple todas sus órdenes,

instrucciones y exigencias. Soy consciente de que, aunque eso es

exactamente lo que he hecho en muchas ocasiones, también he de mantener

mi identidad y mi forma de pensar. Es tremendamente duro, porque este

hombre me afecta muchísimo. Ya se he hecho con mi cuerpo... Más bien,

se ha apoderado de él.

Suena el teléfono e ignoro la punzada de decepción que siento cuando

oigo el tono estándar, pero no puedo pasar por alto la de pánico cuando veo

el nombre de Matias en la pantalla. ¿Qué querrá?

—Hola —saludo con todo el aburrimiento que quería aparentar.

—Paula, pensaba que no lo cogerías. —Su tono es de cautela, como no

podría ser de otra manera después de la que me armó. Ni yo sé por qué he

contestado.

—¿Y eso? —Mi voz destila sarcasmo. El gusano tiene agallas para

llamarme, después de lo que me dijo y de cómo se portó.

—Perdona, Paula. Me pasé mucho. Fue un cúmulo de cosas. Mi jefe me

dijo que van a recortar personal y, en fin, me puse de los nervios.

Adorable. ¿Por eso quería volver conmigo? ¿Quería tener estabilidad

económica por si perdía su trabajo? ¡Capullo insolente! ¿Es consciente de

lo que me ha dicho?

—Lamento la situación —contesto con sequedad.

—Gracias. He puesto las cosas en perspectiva. Te he perdido y ahora

quizá pierda el trabajo. Todo está patas arriba. —La voz le tiembla de

emoción.

Suspiro.

—Todo irá bien —intento consolarlo—. Eres muy bueno en tu trabajo.

Lo es. Tiene la confianza en sí mismo —demasiada confianza en sí

mismo— que debe tener un comercial.

—Ya. En fin, sólo quería hacer las paces contigo.

Me parece bien siempre y cuando no empiece otra vez con el discurso

de «quiero que vuelvas conmigo». ¿En qué estaba pensando?

—Está bien. No te preocupes. Ya nos veremos, ¿vale?

—Sí. Podríamos volver a comer juntos... Como amigos —añade a

toda velocidad—. Todavía tengo algunas cajas con tus cosas.

—Las recogeré la semana que viene. Cuídate, Matias. —Ignoro su

sugerencia de quedar para comer.

—Tú también.

Cuelgo y lanzo el teléfono sobre la mesa. Por muy cretino que sea, no

le deseo que se quede en paro. Le irá bien. Me quito a Matias de la cabeza y

me concentro en sacar algo de trabajo adelante. Finjo que no miro el móvil

cada diez minutos para comprobar que está encendido y con el volumen

alto. ¿Por qué no me ha llamado?

Voy caminando por nuestra calle después de haber comprado una

botella de vino y diviso a Kate a lo lejos, saltando en medio de la calzada

como la loca pelirroja que es. Al acercarme, me fijo bien. Aparcada junto a

Margo hay otra furgoneta rosa chillón, pero nuevecita y reluciente. ¡Por fin

ha invertido en una furgo nueva! Ya era hora.

—Bonita furgo —le digo cuando me aproximo.

Se da la vuelta, los ojos azules le bailan y tiene las mejillas pálidas

sonrojadas.

—¿Tú sabes algo de esto?

«¿Yo?»

—¿Por qué iba a saber algo?

—Acabo de llegar a casa y estaba ahí aparcada. Me he quedado un

rato contemplándola, luego he entrado en casa y he tropezado con las

llaves junto a la puerta. Mira.

Me pone las llaves delante de las narices, lo que me obliga a mirar la

nota que cuelga de un hilo en el llavero.

NI UN MORETÓN MÁS EN EL CULO, POR FAVOR.

«¡No!» No habrá sido capaz. Recuerdo lo tremendo de su reacción al

ver mis maltrechas posaderas.

—¿Has hablado con Sam? —pregunto.

—Sí. Dice que hable con Pedro.

—¿Por qué te habrá dicho eso? —quiero saber.

—Está claro: porque cree que Pedro es el comprador misterioso. —

Pone los ojos en blanco—. Si el señor me ha comprado una furgoneta para

que no vuelvas a hacerte cardenales en el culo, pues... ¡tengo que decir que

me encanta que tengas la piel tan delicada como un melocotón!

Esto no está bien.

—Kate, no puedes aceptarla.

Me mira disgustada y sé que no habrá forma humana o divina de

obligarla a que devuelva la furgoneta. Su mirada dice que está encantada.

—¡Ni de coña! No intentes hacer que la devuelva. Ya la he bautizado.

—¿Qué? —A mi voz le falta mucha paciencia.

Pasa los dedos, largos y pálidos, por el capó.

—Te presento a Margo Junior.

Se recuesta sobre la furgoneta y acaricia el metal rosa.

Sacudo la cabeza, exasperada, y me voy a casa. Ahora todavía le gusta

más ese tonto imposible. ¿De qué va? ¿Flores para Sally y una furgoneta

para Kate? Ah, ¿y qué hay de arrojar las divisas de su majestad la reina de

Inglaterra sobre la mesa de la cocina como si fueran trapos de cocina?

—¡Me la llevo a dar una vuelta! —grita Kate.

No le contesto, sino que subo la escalera y me voy directa a la cocina

para meter las flores en un jarrón y descorchar la botella de vino. Me

termino la primera copa y me voy a la ducha. ¿Le ha comprado una

furgoneta a Kate?

Me tomo mi tiempo para quitarme el día de encima y me dejo la

crema suavizante en el pelo cinco minutos mientras me paso la cuchilla.

Cierro el grifo, escucho la canción de The Stone Roses que llevo todo el

día desesperada por oír y casi me parto el cuello al salir de la ducha para

echar a correr por el descansillo. El teléfono deja de sonar y la pantalla se

ilumina: ocho llamadas perdidas.

No, no, no. Debe de estar tirándose de los pelos. Lo llamo mientras

cruzo el descansillo hacia el salón. Miro por la ventana para ver si Kate ha

vuelto.

No está, pero Pedro sí está dando vueltas por el sendero del jardín con

el mismo aspecto divino de siempre. Lleva vaqueros y un jersey fino azul

marino. Sonrío, un hormigueo me recorre el cuerpo de pies a cabeza con

sólo mirarlo. Pulsa los botones del teléfono como un poseso y, tal y como

esperaba, mi móvil se me ilumina en la mano.

«¡Ajá!»

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