Me despierto y me siento fría y vulnerable, y sé de inmediato por qué.
¿Dónde está? Me incorporo y me aparto el pelo de la cara. Pedro se
encuentra en el diván, agachado.
—¿Qué estás haciendo? —Tengo la voz ronca, de recién levantada.
Levanta la vista y me deslumbra con su sonrisa, reservada sólo para
mujeres. ¿Cómo es que está tan despierto?
—Me voy a correr.
Vuelve a agacharse y me doy cuenta de que se está atando las
zapatillas de deporte.
Cuando ha terminado, se pone de pie. Metro noventa de adorable
músculo, aún más maravilloso con un pantalón de deporte corto y negro y
una camiseta gris claro de tirantes. Me relamo y sonrío con admiración.
Está sin afeitar. Me lo comería.
—Yo también estoy disfrutando con las vistas —dice contento.
Lo miro a los ojos y veo que me está mirando el pecho con una ceja
levantada y una media sonrisa plasmada en la cara. Sigo su mirada y veo
que las copas del sostén siguen bajo mis tetas. Las dejo como están y
pongo los ojos en blanco.
—¿Qué hora es? —Siento una punzada de pánico y me da un vuelco el
estómago.
—Las cinco.
Lo miro boquiabierta, con los ojos como platos, antes de dejarme caer
otra vez sobre la cama. ¿Las cinco? Puedo dormir por lo menos una hora
más. Me tapo la cabeza y cierro los ojos, pero sólo soy capaz de disfrutar
de la oscuridad unos tres segundos antes de que Pedro me destape y se
coloque a unos centímetros de mi cara con una sonrisa traviesa en los
labios. Lo abrazo e intento meterlo en la cama conmigo, pero se resiste y,
antes de darme cuenta, estoy de pie.
—Tú también vienes —me informa, y me tapa los pechos con las
copas del sujetador—. Venga. —Se da media vuelta y se dirige al cuarto de
baño.
Resoplo indignada.
—De eso nada. —Seguro que se enfada. No me importa salir a correr,
pero no a las cinco de la mañana—. Yo corro por las noches —le digo
mientras me acuesto otra vez.
Me arrastro hasta el cabezal y me acurruco entre los almohadones; mi
rincón favorito porque es el que más huele a agua fresca y menta. Me
interrumpe de mala manera. Me coge del tobillo y tira de mí hacia los pies
de la cama.
—¡Oye! —le grito. He conseguido llevarme una almohada conmigo
—. Que yo no voy.
Se inclina, me arranca la almohada de entre los brazos y me mira mal.
—Sí que vienes. Las mañanas son mejores. Vístete.
Me da la vuelta y me propina un azote en el culo.
—No tengo aquí mis cosas de correr —le digo toda chulita justo
cuando una bolsa de deporte aterriza en la cama. Qué presuntuoso. Quizá
no me guste correr.
—Vi tus deportivas en tu cuarto. Están hechas polvo. Te fastidiarás
las rodillas si sigues corriendo con ellas.
Se planta de brazos cruzados delante de mí, esperando a que me
cambie.
Está rompiendo el alba. ¿Ni siquiera estoy despierta y quiere que me
patee sudorosa y jadeante las calles de Londres antes de haber cumplido
con mi jornada laboral?
«¡Siempre exigiendo!»
Suspira, se acerca a la bolsa de deporte y saca toda clase de artículos
para correr. Me pasa un sujetador deportivo con una sonrisita. Qué tío, ha
pensado en todo. Se lo arrebato de un tirón, me quito el sujetador de encaje
y me pongo el que lleva el sistema de absorción de impacto. No tengo las
tetas tan grandes como para tener que encorsetarlas. A continuación, me
pasa unos pantalones cortos de correr —iguales a los suyos, pero para
mujer— y una camiseta de tirantes rosa y ajustada. Me visto bajo su atenta
mirada. No puedo creerme que me vaya a llevar a rastras a hacer ejercicio
a estas horas.
—Siéntate. —Señala la cama. Suspiro hondo y me hundo en la cama
—. Te estoy ignorando —gruñe tras arrodillarse delante de mí. Me levanta
primero un pie y luego el otro, y me pone los calcetines transpirables para
correr y unas deportivas Nike tirando a pijas y estilosas. Puede ignorarme
todo lo que quiera. Estoy de morros y quiero que lo sepa.
Cuando acaba, me pone de pie, da un paso atrás y examina mi cuerpo
embutido en ropa deportiva. Asiente en señal de aprobación. Sí, doy el
pego, pero yo siempre me pongo mis pantalones de chándal y una camiseta
grande. No quiero parecer mejor de lo que soy en realidad. Aunque
tampoco se me da mal.
—¿Puedo usar tu cepillo de dientes? —pregunto cuando paso junto a
él de camino al baño.
—Sírvete tú misma —me contesta, pero ya tengo el cepillo en la
mano. Después de cepillarme los dientes, me siento más alerta y más
decidida a borrarle la expresión de satisfacción de la cara. Correré,
aguantaré el ritmo y es posible que termine con unas cuantas sentadillas.
Llevo tiempo intentando recuperar la costumbre, y me lo está poniendo en
bandeja. Vuelvo al dormitorio, erguida y lista para correr.
—Venga, señorita. Vamos a empezar el día igual que queremos
terminarlo. —Me coge de la mano y bajamos juntos la escalera.
—¡No pienso salir a correr otra vez hoy! —le espeto. Este hombre
está loco de verdad.
Se ríe.
—No me refería a eso.
—Ah, ¿y a qué te referías?
Me lanza una sonrisa pícara y misteriosa.
—Quería decir sudorosos y sin aliento.
Trago saliva y me estremezco. Sé cómo preferiría sudar y quedarme
sin aliento mañana, tarde y noche, y no implica tanta parafernalia.
—Esta noche no vamos a vernos —le recuerdo. Me aprieta la mano
con más fuerza y gruñe un par de veces. Mi bolso está junto a la puerta—.
Necesito una goma para el pelo.
Me suelta y va a la cocina mientras yo cojo la goma del bolso. Me
hago una coleta y me arreglo los pantalones cortos. No tapan nada.
Necesito unas bragas. Rebusco en mi bolsa y veo las bragas de Little Miss,
la cabezota.
¡No! Me sonrojo, me muero de la vergüenza. Sam se lo debió de haber
pasado pipa escarbando entre mis cosas para encontrar estas bragas. No me
las he puesto nunca. Mis padres me las regalaron en plan de broma y llevan
años en el fondo de mi cajón de la ropa interior.
Me resigno a mi suerte: voy a sonrojarme cada vez que vea a Sam
mientras siga formando parte de mi vida. Me quito los pantalones cortos
para ponérmelas.
—¡Anda! Déjame verlas. —Me coge de las caderas y se agacha para
verlas mejor—. ¿Puedes conseguir unas que digan «Little Miss vuelve loco
a Pedro»?
Pongo los ojos en blanco.
—No lo sé. ¿Puedes conseguir unas de «don Controlador Exigente»?
—Me hunde los pulgares en mi punto débil y me doblo de la risa—. ¡Para!
—Vuelve a ponerte los pantalones cortos, señorita.
Me da una palmada en el trasero.
Me los pongo con una sonrisa de oreja a oreja. Hoy está de muy buen
humor, aunque, de nuevo, soy yo la que cede.
Bajamos al vestíbulo y ahí está Clive, con la cabeza entre las manos.
—Buenos días, Clive —lo saluda Pedro cuando pasamos por delante.
Está muy despierto para ser tan temprano.
Clive dice algo entre dientes y nos saluda con la mano, distraído. Creo
que no le ha pillado el truco al equipo.
Pedro se detiene en el aparcamiento.
—Tienes que estirar —me dice. Me suelta de la mano y se lleva el
tobillo al culo para estirar el muslo. Observo cómo se tensa bajo los
pantalones de correr. Inclino la cabeza hacia un lado, más que feliz de
quedarme donde estoy y verle hacer eso.
»Paula, tienes que estirar —me ordena.
Lo miro contrariada. No he estirado nunca —salvo cuando me
desperezo en la cama— y nunca me ha pasado nada.
Ante la insistencia de su mirada, le doy la espalda y, en plan
espectacular y muy lentamente, abro las piernas, flexiono el torso para
tocarme los dedos gordos de los pies y le planto el culo en la cara.
—¡Ay! —Noto que me clava los dientes en la nalga y me da un azote.
Me vuelvo y veo que está arqueando una ceja y parece molesto. Se toma
muy en serio lo de correr, mientras que yo sólo corro unos cuantos
kilómetros de vez en cuando para evitar que el vino y las tartas se me
peguen a las caderas—. ¿Adónde vamos a correr? —pregunto. Lo imito y
estiro muslos y gemelos.
—A los parques reales —responde.
Ah, eso puedo hacerlo. Son poco más de diez kilómetros y uno de mis
circuitos habituales. No hay problema.
—¿Preparada? —pregunta.
Asiento y me acerco al coche de Pedro. Él se dirige a la salida de
peatones. Pero ¿qué hace?
—¿Adónde vas? —le grito.
—A correr —responde tan tranquilo.
Me va a hacer correr hasta los parques, efectuar todo el circuito y luego
volver? ¡No puedo! ¿Está intentando acabar conmigo? ¿Carreras en moto,
visitas sorpresa a mi lugar de trabajo y ahora matarme a correr?
—Esto... ¿A cuánto están los parques? —Intento aparentar
indiferencia, pero no sé si lo consigo.
—A siete kilómetros. —Los ojos le bailan de dicha.
¿Cómo? ¡Eso son veinticuatro kilómetros en total! No es posible que
corra semejante distancia de forma habitual, es más de media maratón. Me
atraganto e intento disimularlo con una tos, decidida a no darle la
satisfacción de saber que esto me preocupa. Me coloco bien la camiseta y
me acerco al chulito engreído, esa reencarnación de Adonis que tiene mi
corazón hecho un lío.
Introduce el código.
—Es once, veintisiete, quince. —Me mira con una pequeña sonrisa—.
Para que lo sepas.
Mantiene la puerta abierta para que pase.
—Nunca conseguiré memorizarlo —le digo al pasar junto a él y echar
a correr hacia el Támesis. Lo conseguiré. Lo conseguiré. Me repito el
mantra —y el código— una y otra vez. Llevo tres semanas sin correr, pero
me niego a darle el gusto de pasarme por encima.
Me alcanza y corremos juntos unos metros. Tiene un cuerpo de
escándalo. ¿Es que este hombre no hace nada mal? Corre como si su tronco
fuera independiente de las extremidades inferiores, sus piernas transportan
el torso largo y esbelto con facilidad. Estoy decidida a seguirle el ritmo,
aunque va algo más rápido de lo que suelo ir yo.
Cojo el ritmo y corremos por la orilla del río en un cómodo silencio,
mirándonos de vez en cuando. Pedro tiene razón, correr por las mañanas es
muy relajante. La ciudad no está a pleno gas, el tráfico está principalmente
compuesto por furgonetas de reparto y no hay bocinas ni sirenas que me
taladren los oídos. El aire también es sorprendentemente fresco y
vivificante. Es posible que cambie mi hora de salir a correr.
Media hora más tarde, llegamos Saint James’s Park y seguimos por el
cinturón verde a un ritmo constante. Me siento muy bien para haber
corrido ya unos siete kilómetros. Levanto la vista para mirar a Pedro, que
saluda con la mano a todas las corredoras que pasan —sí, todo mujeres— y
recibe amplias sonrisas. A mí me miran mal. Cuánta perdedora. Vuelvo a
observarlo para ver su reacción, pero parece que no le afectan ni las
mujeres ni la carrera. Probablemente esto no haya sido más que el
calentamiento.
—¿Vas bien? —me pregunta con una media sonrisa.
No voy a hablar. Seguro que eso me rompe el ritmo y de momento lo
estoy haciendo muy bien. Asiento y vuelvo a concentrarme en la acera y en
obligar a mis músculos a seguir. Tengo algo que demostrar.
Mantenemos el paso, rodeamos Saint James’s Park y llegamos a
Green Park. Vuelvo a mirarlo y sigue como si nada, como una rosa. Vale,
yo empiezo a notarlo, y no sé si es el cansancio o el hecho de que el loco
este vaya aumentando el ritmo, pero me esfuerzo por seguirlo. Debemos de
llevar unos catorce kilómetros. No he corrido catorce kilómetros en mi
vida. Si tuviera mi iPod aquí, me pondría mi canción de correr ahora
mismo.
Llegamos a Piccadilly y me arden los pulmones, me cuesta mantener
la respiración constante. Creo que me está dando una pájara. Nunca antes
había corrido tanto como para que me diera una, pero empiezo a entender
por qué la llaman así. Es como si no pudiera despegar los pies del suelo y
me hundiera en arenas movedizas.
No debo rendirme.
Uf, no sirve de nada. Estoy agotada. Me salgo del camino y me
interno en Green Park. Me desmorono sin miramientos sobre el césped,
sudada y muerta de calor, con los brazos y las piernas extendidos mientras
intento que el aire llegue a mis pobres pulmones. Me da igual haberme
rendido. Lo he hecho lo mejor que he podido. El tío es un buen corredor.
Cierro los ojos y me concentro en respirar hondo. Voy a vomitar.
Agradezco que el aire frío de la mañana invada mi cuerpo espatarrado,
hasta que una mole de músculo se acerca a mí desde arriba y se lo traga
todo. Abro los ojos y veo una mirada más verde que los árboles que nos
rodean.
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