Cruzo el umbral y me encuentro con las miradas inquisitivas de Tom
y de Victoria. Seguro que mi aspecto refleja lo mal que me siento por
dentro. Espero que no me pregunten sobre el señor Alfonso. Ya puestos,
mejor que no me pregunten nada. Creo que me echaría a llorar. Los saludo
con la cabeza y sigo hacia mi escritorio.
Sally sale de la cocina con una bandeja llena de tazas de café.
—Paula, no sabía que habías vuelto. ¿Te apetece un té o un café?
Quiero preguntarle si tiene algo de vino escondido en la cocina, pero
me contengo.
—No, gracias, Sal —mascullo, con lo que me gano una mirada de
«¿Qué coño está pasando?» por parte de Tom y de Victoria.
Centro toda la atención en la pantalla del ordenador e intento ignorar
el dolor que aumenta en mi interior. Pedro tiene serios problemas con el
control, o con el poder, como él lo llama. No puedo hacerlo, no puedo
exponerme a que me rompan el corazón. Así es como va a terminar esto.
Suena el móvil y doy las gracias: una distracción de mi torbellino
interior. Es el señor Van Der Haus. ¿Ya ha vuelto?
—¿Diga?
Su leve acento danés se desliza por el teléfono.
—Hola, Paula. ¿Qué te ha parecido la Torre Vida? Ingrid me ha
comentado que la reunión fue muy bien.
¿Y me llama desde Dinamarca para preguntarme eso? ¿No podía
esperar a su vuelta?
—Sí, muy bien. —No sé qué más decir.
—Espero que esa linda cabecita tuya esté llena de ideas. Tengo
muchas ganas de reunirme contigo cuando vuelva al Reino Unido.
Me llama desde Dinamarca. Acaba de decir que mi cabeza es linda.
Dios, no me bendigas con otro cliente inapropiado. Ya me está costando
bastante lidiar con el que tengo ahora.
—Sí, también he recibido su correo. Le preparé algunos bocetos. —
Casi he terminado con los bocetos y los tableros de inspiración. Se me
ocurrió todo de repente, en un instante en que mi cerebro no estaba
monopolizado por cierto cliente.
—¡Excelente! Estaré de vuelta en Londres el viernes que viene.
¿Podremos reunirnos?
—Por supuesto. ¿Qué día te va mejor?
—Ingrid contactará contigo. Ella lleva mi agenda.
Hago un mohín. Qué suerte tener una persona dedicada a organizarte
la vida. Ahora mismo, me encantaría contar con alguien así.
—Muy bien, señor Van Der Haus.
Chasquea la lengua.
—Por favor, Paula, llámame Mikael. Adiós.
—Adiós, Mikael.
Cuelgo y me siento a mi mesa mientras me doy golpecitos en un
diente con la uña. No sé si es super cordial o más que cordial. Se lo tomó
muy bien cuando rechacé su invitación a cenar, ¿me estoy imaginando las
cosas? ¿Es culpa de Pedro o es que llevo «chica fácil» escrito en la frente?
Instintivamente levanto el brazo y me rasco la cabeza, estoy hecha un lío.
Saco los dibujos para la Torre Vida y los esparzo encima de la mesa.
Lápiz en mano, empiezo a hacer anotaciones. Oigo que se abre la puerta de
la oficina pero no levanto la vista. Estoy en uno de esos momentos en los
que las ideas fluyen. Es una distracción que agradezco y que me hacía
falta.
— ¡Paula! —me llama Tom—. ¡Es para tiiiiiiiii!
Levanto la cabeza y casi me caigo de la silla cuando veo a Pedro, tan
pancho, en la entrada de la oficina. Ay, Dios. ¿Qué hace aquí?
Viene con toda la confianza del mundo hacia mi mesa, divino con sus
vaqueros gastados, la camiseta blanca y el pelo alborotado. Me doy cuenta
de que Tom y Victoria se ponen a dar golpecitos con sus bolígrafos en las
mesas y lo siguen con la mirada. Incluso Sal se ha quedado parada, con un
fax a medio enviar, y parece un poco confusa. Pedro se detiene al llegar a
mi mesa. Le recorro el cuerpo con los ojos hasta encontrar su mirada
verde, su expresión de cretino y una sonrisa de satisfacción que juguetea en
la comisura de sus labios.
No sé a qué viene esto. No hace ni media hora que me ha dejado con
las piernas temblorosas y la cabeza convertida en un torbellino, hecha un
lío. Los temblores han vuelto, pero ahora me recorren todo el cuerpo; mi
cabeza es una mezcla de caos e incertidumbre. ¿Qué está intentando
demostrar?
—Señorita Chaves —dice con calma.
—Señor Alfonso —lo saludo titubeante.
Lo miro inquisitivamente, pero no suelta prenda. Echo un vistazo a la
oficina y veo tres pares de ojos que se vuelven hacia mí a intervalos
regulares.
—¿No va a ofrecerme asiento?
Mi mirada vuelve de repente a Pedro. Señalo uno de los sillones
negros semicirculares que hay al otro lado de mi mesa. Acerca uno y se
sienta con parsimonia.
—¿Qué estás haciendo? —siseo tras inclinarme sobre la mesa.
Me suelta esa sonrisa llena de confianza en sí mismo y que derrite a
cualquiera.
—He venido a pagar un recibo, señorita Chaves.
—Ah.
Me reclino en mi asiento.
—¿Sally? —grito—. ¿Puedes atender al señor Alfonso, por favor? Le
gustaría pagar el recibo que tiene pendiente.
Observo a Pedro revolverse ligeramente en el sillón y lanzarme una
mirada de desaprobación. No es por llevarle la contraria, es que no soy yo
la que se encarga del tema de los recibos; no sabría ni por dónde empezar.
—Por supuesto —contesta ella.
Entonces se da cuenta. ¡Sí! Es el mismo hombre que te chilló por
teléfono, entró en la oficina como una apisonadora y te envió flores. ¡Por
lo visto lo vuelvo loco! Le lanzo una mirada de «No preguntes» que hace
que se vaya al archivador.
—Sally se ocupará de usted, señor Alfonso. —Sonrío educadamente.
Las cejas de Pedro le tocan el nacimiento del pelo y la arruga de la
frente aparece en su sitio de siempre.
—Sólo tú —dice en voz baja, sólo para mis oídos.
No tiene intención alguna de marcharse. Se queda ahí sentado, tan a
gusto y relajado, mirándome con detenimiento mientras Sally hace el
idiota con el archivador.
«¡Date prisa!»
Estoy a punto de partir el lápiz en dos cuando oigo el familiar sonido
de los pasos de Patrick detrás de mí. El día se está poniendo cada vez
mejor. —¿Paula?
Levanto la vista, nerviosa, y veo a Patrick de pie junto a mi mesa,
mirándome con expectación. Muevo el lápiz para señalar a Pedro.
—Patrick, te presento al señor Alfonso, el dueño de La Mansión. Señor
Alfonso, le presento a Patrick Peterson, mi jefe. —Lanzo a Pedro una mirada suplicante.
—Ah, señor Alfonso, su cara me suena. —Patrick le tiende la mano.
—Nos vimos un instante en el Lusso —dice Pedro, que se levanta y
estrecha la mano a Patrick.
¿Ah, sí?
El símbolo de la libra esterlina aparece en las pupilas azules de
Patrick; está encantado.
—¡Sí, usted compró el ático! —exclama con alegría.
Pedro asiente y noto que mi jefe ya no está tan preocupado por la
factura pendiente. Sally se acerca con una copia del recibo pendiente y da
un salto cuando Patrick se lo arranca de las manos pálidas y delicadas.
—¿No le has ofrecido nada al señor Alfonso? —le pregunta a la
estupefacta Sally.
—No hace falta. Sólo he venido a saldar mi deuda. —Los tonos
roncos de Pedro resuenan en mí cuando me siento, como si me hubieran
pegado con velcro a la silla, para observar el intercambio cortés que tiene
lugar ante mis ojos.
¿Cómo puede estar tan tranquilo? Aquí estoy yo, sentada, tensa de los
pies a la cabeza, jugueteando nerviosa con el lápiz y con la boca cerrada a
cal y canto. Es obvio que me siento incómoda, pero Patrick no parece darse
cuenta.
Hace un gesto a Sally para que se marche.
—No debería haber venido sólo para esto. —Agita el recibo sin pagar
en el aire.
Resoplo y luego toso para disimular mi reacción al tono informal de
Patrick respecto al recibo sobre el que hace tan sólo unas horas rabiaba.
Ahora todo es distinto.
—He estado fuera. Mis empleados lo pasaron por alto —explica Pedro.
Suelto un agradecido suspiro de alivio.
—Sabía que tenía que haber una explicación razonable. ¿Negocios o
placer?
El interés de Patrick parece sincero, pero yo sé que no lo es. Está
calculando mentalmente cuánto dinero ganará con Pedro. Es un hombre
encantador, pero los beneficios lo vuelven loco.
Pedro me mira.
—Placer, sin duda —responde categóricamente.
Me encojo aún más en mi silla giratoria y noto que la cara se me pone
de mil tonos de rojo. Ni siquiera puedo mirarlo a los ojos. ¿Qué se propone
hacerme?
Chaves. Necesitamos darle una vuelta rápida a esto —añade con seguridad.
¡Ja! Me dan ganas de recordarle que, en teoría, no tiene que pedir citas
para follarme. Pero si lo hiciera, sospecho que primero me despedirían y
luego me esperaría un polvo para entrar en razón que superaría a todos los
demás. Así que cierro el pico. ¿Citas? Este hombre es imposible.
—Por supuesto —responde Patrick—. ¿Está buscando un diseño, o
una consulta de diseño y/o gestión del proyecto?
Pongo los ojos en blanco. Sé cuál es la respuesta a su pregunta.
Después de ejecutar de forma perfecta y exasperada mi expresión de
hartazgo, miro a Pedro y veo que él también me está mirando y que le
cuesta no echarse a reír.
—El paquete completo —contesta.
¿Qué diablos significa eso?
—¡Genial! —aplaude Patrick—. Lo dejo con Paula. Ella lo cuidará
bien.
Patrick le ofrece otra vez la mano, y Pedro la acepta con la mirada fija
en mí. No he estado nunca en una posición tan difícil en mi vida. No dejo de
sudar, no puedo parar de mover la pierna y tengo la espalda tan pegada al
respaldo de mi silla que es probable que me esté fusionando con el cuero.
—Sé que lo hará. —Sonríe y sus estanques verdes miran a Patrick—.
Si me da los datos bancarios de su empresa, le haré una transferencia
inmediata. También haré un pago por adelantado para la siguiente fase. Eso
evitará futuros retrasos.
—Haré que Sally se los pase por escrito. —Patrick nos deja, pero no
me relajo.
Pedro vuelve a sentarse delante de mí. Su rostro es demasiado
atractivo y está más que contento gracias a mi estado de nervios. ¿«El
paquete completo»? ¿«Placer, sin duda»? ¡Debería darle una y otra vez con
el pisapapeles en la cabeza!
Me obligo a salir de mi momento de estupefacción, ordeno los dibujos
que cubren mi mesa y saco la agenda.
—¿Cuándo te va bien? —pregunto.
Sé que sueno borde y muy poco profesional, pero me da igual. Está
llevando demasiado lejos el asunto del poder.
—¿Cuándo te va bien a ti?
Lo miro y ahí está esa mirada verde y satisfecha. Compruebo la
agenda.
—No te hablo —le espeto con bastante inmadurez.
—¿Y si gritas para mí?
Abro los ojos, perpleja.
—Tampoco.
—Eso va a complicar un poco los negocios —comenta con un mohín;
las comisuras de sus labios bailan.
—¿Serán negocios, señor Alfonso, o placer?
—Siempre placer —contesta, enigmático.
—Eres consciente de que me estás pagando para que me acueste
contigo —siseo—. ¡Lo cual me convierte en una puta!
Una expresión de enfado le cruza la cara y se inclina hacia mí desde
su sillón.
—Cállate, Paula —me advierte—. Y, para que lo sepas, después
gritarás. —Vuelve a reclinarse en el sillón—. Cuando hagamos las paces.
Suelto un profundo suspiro. Lo mejor para todos sería que mandara a
la porra este proyecto ahora mismo. Patrick se moriría del susto, pero da
igual: haga una cosa o la otra, voy a acabar mal. Si continúo así, van a
pillarme. Y entonces sí que va a poder follarme cuando le dé la gana. Estoy
perdiendo el control. ¿Perdiendo el control? Me río para mis adentros. ¿He
tenido el control en algún momento desde que este hombre guapísimo
entró en mi vida como un elefante en una cacharrería?
—¿Qué te hace tanta gracia? —me pregunta muy serio.
Me tomo mi tiempo para pasar las páginas de la agenda con
brusquedad.
—Mi vida —murmuro—. ¿En qué día te pongo?
—No quiero que me anotes a lápiz. El lápiz puede borrarse. —Lo dice
con suavidad y confianza. Levanto la mirada de la agenda y veo un
rotulador negro permanente ante mis narices—. Todos los días —añade tan
tranquilo.
—¿Cómo que todos los días? ¡No seas idiota! —le suelto con una voz
un pelín demasiado alta.
Me dedica una sonrisa arrebatadora y quita la capucha al rotulador. Se
acerca, me roza la mano con los dedos y me arrebata la agenda. Me
estremezco y me mira con cara de saber por qué. Busca la página de
mañana y, con calma, traza una línea en el medio y escribe «Señor Alfonso»
en grandes letras negras. Pasa las del fin de semana.
—Los fines de semana ya eres mía —dice para sí.
¿Cómo? ¿Que soy qué? ¿Y eso quién lo dice?
Llega a la página del lunes y ve mi cita de las diez en punto con la
señora Kent. Localiza una goma de borrar en mi bote de lápices y borra el
apunte con cuidado. Me mira cuando se agacha para soplar los restos de la
goma de la página. Está disfrutando, y yo continúo empotrada contra el
respaldo de la silla mientras veo cómo me destroza la agenda de trabajo y
al mismo tiempo intento evaluar hasta qué punto lo hace en serio. Me temo
que lo hace muy en serio.
A continuación, traza una línea negra también en el lunes. ¿Qué está
haciendo? Miro hacia la oficina y veo que mis compañeros se han cansado
del espectáculo de Pedro y Paula y se han concentrado en el trabajo.
—¿Qué haces? —le pregunto con calma.
Hace una pausa y me mira.
—Estoy anotando mis citas.
—¿No te basta con controlar mi vida social? —Me sorprende lo
serena que suena mi voz. Me siento como si me hubiera atropellado un
camión. Este hombre tiene una cara dura y una confianza en sí mismo sin
igual—. Creía que no pedías citas para follarme.
—Vigila esa boca —me advierte—. Ya te lo he dicho antes, Paula: haré
lo que haga falta.
—¿Para qué? —Mi voz es apenas un susurro.
—Para mantenerte a mi lado.
¿Quiere mantenerme a su lado? ¿Qué? ¿Por el sexo o por algo más?
No se lo pregunto.
—¿Y si no quiero que me mantengas a tu lado? —le pregunto.
—Pero es lo que quieres que haga, Paula. Por eso me cuesta tanto
entender que sigas resistiéndote a mí.
Vuelve a centrarse en mi agenda y en trazar una línea en todos los días
del resto del año.
Cuando termina, la cierra y se pone de pie. Su autoconfianza no
conoce fronteras. ¿Y cómo sabe que quiero que me mantenga a su lado?
Tal vez no sea así. Jesús, estoy intentando engañarme a mí misma. Voy a
tener que comprarme una agenda nueva. Me aplaudo mentalmente por
guardar una copia de seguridad de mis citas en mi calendario online.
Aunque es una medida cautelar por si pierdo la agenda, no por si me las
borra un maníaco controlador e irracional.
—¿A qué hora sales de trabajar? —pregunta.
—A eso de las seis. —No puedo creerme que le haya contestado sin
dudar ni un segundo.
—A eso de las seis —repite, y acerca la mano a mi mesa. ¿Quiere que
le dé un apretón de manos? Estiro la mía, dejándole muy claro que no
quiero que tiemble, y la coloco cuidadosamente en la suya. Un cosquilleo
familiar recorre mi ser a toda velocidad cuando nuestras manos se tocan y
sus dedos me rozan la muñeca mientras me acaricia el centro de la palma.
Levanto la cabeza para mirarlo.
—¿Lo ves? —susurra antes de apartarse, salir de mi despacho y
recoger el sobre de la mesa de Sally antes de marcharse.
«¡Es increíble!» El corazón me convulsiona en el pecho y un sudor
incómodo me empapa cuando me siento delante de la mesa y me abanico la
cara como una posesa con el posavasos de la taza de café. ¿Cómo me hace
las cosas que me hace? Tom me mira con los ojos muy abiertos y una
expresión de «Guaaaaau» en la cara. Suelto una larga bocanada de aire
desde el fondo de los pulmones para intentar regular mi corazón
desbocado. ¿Quiere conservarme? ¿Qué? ¿Conservarme y controlarme,
conservarme para quererme o conservarme para follarme? Ya me ha
follado hasta hacerme perder la cabeza. Debe de haberlo conseguido,
porque siempre vuelvo a por más. No, yo no vuelvo a por más. Él me hace
volver a por más. ¿Me está forzando a volver a por más o soy yo la que
vuelve por voluntad propia? Buf, ya no lo sé. Dios, ¡soy un puto desastre!
Guardo los dibujos de la Torre Vida antes de mirar mi agenda en el
correo electrónico para poder volver a anotar mis citas en la de papel.
Estoy en un buen lío. Pero tiene toda la razón... Quiero que me
conserve. Soy completamente adicta.
Lo necesito.
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