lavabo, todavía dentro de mí, palpitando y dando sacudidas. Sale de mí y
me coloca sobre el mármol. Me agarra la cara entre las palmas de las
manos y se inclina para besarme. Sus labios permanecen pegados a los
míos en una muestra de afecto absoluto.
—¿Te he hecho daño? —pregunta con la frente arrugada de
preocupación.
Yo me deshago al instante. Quiero asfixiarlo entre los brazos, en
serio. Lo abrazo con todo mi cuerpo, y me aferro a él como si mi vida
dependiera de ello. Él entierra la cara en mi cuello y me acaricia la
espalda. Es la sensación más relajante que he experimentado jamás. Ni
siquiera tengo energía para sentirme culpable.
«¿Sarah? ¿Qué Sarah?»
Nos quedamos entrelazados, convertidos en un amasijo de brazos y
piernas, con la respiración agitada y abrazándonos durante un buen rato.
Quiero quedarme así para siempre. Podríamos hacerlo, al fin y al cabo el
cuarto de baño es suyo. No puedo creerme que sea el propietario del ático.
Un rato demasiado corto después, se incorpora y me acaricia la cara
con los nudillos.
—No me he puesto condón —dice con cara de estar arrepentido de
verdad—. Lo siento, me he dejado llevar y ni siquiera lo he pensado.
Tomas la píldora, ¿verdad?
—Sí, pero la píldora no protege de las ETS. —Soy una inconsciente.
Este hombre es un dios que sabe lo que se hace. A saber con cuántas
mujeres se ha acostado.
Él me sonríe.
—Paula, yo siempre uso condón. —Se inclina hacia adelante y me besa
la frente—. Menos contigo.
«¿Eh?»
—¿Por qué?
Se aparta un poco y se mordisquea el labio inferior.
—Porque cuando estoy contigo pierdo la razón.
Se pone los calzoncillos y los pantalones y estira el brazo por encima
de mí para coger una toalla de la estantería.
Me dispongo a reprenderlo, pero entonces recuerdo que es su casa.
Todo lo que hay aquí es suyo, menos yo. Bueno, según él, yo también, pero
eso no son más que cosas que se dicen cuando estás a punto de correrte. A
veces la pasión nos hace decir tonterías. ¿Pierde la razón? Pues ya somos
dos.
Abre el grifo, pasa la toalla por debajo y vuelve a colocarse delante de
mí. Siento pudor aquí sentada, completamente desnuda. No estamos en las
mismas condiciones. Cierro las piernas para ocultarme un poco, incómoda
de repente por la ausencia de ropa. Pero él me mira y en su atractivo rostro
se forma una expresión de perplejidad. Hace un mohín, me agarra de las
piernas y me las separa ligeramente.
—Mejor —murmura.
Me levanta los brazos del regazo y se los coloca sobre los hombros.
Después, con la toalla, empieza a limpiarme entre los muslos. Frota con
suavidad, arriba y abajo, para eliminar sus restos de mi cuerpo. Es un acto
tierno y tremendamente íntimo. Yo observo su rostro embelesada y
advierto la pequeña arruga de concentración que se ha formado en su frente
mientras se concentra en asearme.
Me mira con esos ojos verdes y brillantes y me dice:
—Quiero meterte en esa ducha y venerar cada centímetro de tu
cuerpo, pero con esto tendrá que bastar. Al menos por ahora. —Se inclina
para besarme y se queda brevemente pegado a mi boca. Creo que no me
cansaría jamás de estos besos sencillos y afectuosos. Sus labios son suaves,
y su aroma divino—. Venga, señorita. Vamos a vestirte.
Me levanta del mueble, me ayuda a ponerme la ropa interior y el
vestido y me sube la cremallera. Entonces me posa los labios sobre el
cuello y su boca suave y cálida hace que se me erice el vello y se me
estremezca todo el cuerpo. No lo he eliminado de mi organismo. Al
contrario. Malas noticias.
Recojo su camisa azul claro del suelo y la sacudo antes de pasársela.
—No había ninguna necesidad de arrugarla, ¿sabes? —Me sonríe
mientras se la pone, se abrocha los botones y se la mete por dentro de los
pantalones azul marino.
—Con la chaqueta puesta no... —De pronto recuerdo que la dejé caer
al suelo en el dormitorio—. Oh —susurro con los ojos abiertos como
platos.—
Sí. Oh. —Enarca una ceja y da un latigazo en el aire con el
cinturón; el restallido me provoca un escalofrío y él sonríe con malicia—.
Bueno, ¿lista para lo que tenga que pasar, señorita? —Me ofrece la mano y
la acepto sin vacilar. Este hombre es un imán—. Yo diría que has gritado
bastante, ¿no?
Lo miro con indignación mientras él me dedica su mejor sonrisa.
Sacudo la cabeza y me miro en el espejo. Estoy ruborizada. Tengo los
labios hinchados y rojos y el pelo aún recogido, aunque con algunos
mechones sueltos y despeinados. Llevo el vestido arrugado. Necesito cinco
minutos para arreglarme.
—Estás perfecta —me asegura como si sintiese el pánico que se está
apoderando de mí.
¿Perfecta? No es ésa precisamente la palabra que yo usaría. ¡Estoy
jodida! Literalmente.
Me arrastra hasta la puerta, quita el pestillo y sale sin ningún miedo.
Yo soy más cautelosa. ¿Y si los invitados están todavía rondando por aquí?
Veo su chaqueta aún tirada en el suelo. Pedro la recoge al pasar.
Cuando llegamos a la escalera curvada, de repente me doy cuenta de
que sigo cogida de su mano. Intento soltarme, pero él me sujeta con fuerza
hasta hacerme esbozar una mueca de dolor. ¡Mierda! Tiene que soltarme.
Mi jefe y mis colegas están aquí. No puedo pasearme por ahí cogida de la
mano de este hombre desconocido. Bueno, ya no es tan desconocido para
mí, pero ésa no es la cuestión. Intento liberar la mano de nuevo, pero él se
niega a soltarla.
—Pedro, suéltame la mano.
—No —responde tajantemente y sin siquiera mirarme a la cara.
Yo me detengo abruptamente a mitad de la escalera y echo un vistazo
a la habitación inferior. Por suerte, nadie está mirándonos, pero no tardarán
en vernos. Pedro se vuelve y me observa desde unos escalones más abajo.
—Pedro, no puedes esperar que desfile por aquí cogida de tu mano. No
es justo. Suéltame, por favor.
Él contempla nuestras manos unidas, suspendidas entre nuestros
cuerpos.
—No voy a soltarte —murmura con hosquedad—. Si lo hago, puede
que olvides cómo te hace sentir. Puede que cambies de parecer.
Es absolutamente imposible que olvide lo que sentimos al estar piel
contra piel, pero ésa no es la parte de la frase que me preocupa.
—¿Que cambie de parecer respecto a qué? —pregunto totalmente
desconcertada.
—A mí —contesta.
¿A él? Todavía no he tomado ninguna decisión, así que no hay nada
que cambiar. Tengo que centrarme en convencerlo de que me suelte la
mano antes de que alguien nos vea. Voy a archivar ese comentario, como
he hecho con las demás cosas raras que ha dicho arriba.
«¡Me cago en la leche!» Casi me caigo por la escalera cuando veo a
Sarah cruzar la terraza. La realidad acaba de golpearme como un ariete.
Seguro que al verla deja de comportarse de esta manera tan irracional. Su
novia va a entrar en el apartamento. No es momento para tonterías. Lo
miro con el ceño fruncido y empleo la fuerza bruta para arrancar mi mano
de su garra. Casi me disloco el hombro en el proceso, pero funciona. Pedro
me mira enfadado, pero no me quedo allí para verlo. Me apresuro a
descender la escalera hacia la enorme amplitud del ático. Con tan sólo
vernos juntos, Sarah ya sospecharía. Esa mujer ha dejado claro que no le
caigo muy bien. Y no la culpo. Me veía como una amenaza y, finalmente,
sus temores se han cumplido.
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