sábado, 22 de marzo de 2014

Capitulo 87 ♥




—Ha llamado Patrick —me dice Sally cuando paso junto a su mesa—.

No va a venir en todo el día. Está jugando al golf.

—Gracias, Sal.

Me siento en mi silla y estiro las piernas. Sí, ahora sí que me duelen.

Me levanto y me llevo el talón al culo. Respiro con gusto cuando los

músculos de mis muslos se estiran como es debido. Mi móvil empieza a

saltar sobre la mesa y Placebo canta Running up that Hill. No tengo ni que

mirar la pantalla para saber quién es. Tiene un gusto musical exquisito.

—Me gusta —lo saludo.

—A mí también. Luego la pondremos para hacer el amor.

—No vas a verme luego. —Se lo recuerdo de nuevo. Lo está haciendo

a propósito.

—Te echo de menos.

No puedo verlo, pero sé que está poniendo un mohín. En cuanto a lo

de hacer el amor... Bueno, es mucho mejor que follar. Sonrío, el corazón

me da saltitos en el pecho.

—¿Me echas de menos?

—Mucho —refunfuña. Miro el ordenador. Es la una. No han pasado ni

cinco horas desde que nos despedimos—. No salgas esta noche —me dice.

No es una súplica, es una orden.

Vuelvo a sentarme. Sabía que esto iba a pasar.

—No te atrevas —le advierto con toda la asertividad que soy capaz de

reunir—. He hecho planes.

—¿Sabes?, puede que estés en la oficina, pero no creas que no voy a ir

allí a follarte hasta que entres en razón. —Lo dice muy en serio, incluso un

poco enfadado.

No será capaz. ¿O sí? Maldita sea, ni siquiera estoy segura.

—Sírvete tú mismo —respondo sin tomármelo en serio.

Se ríe.

—Lo decía en serio, señorita.

—Lo sé. —No me cabe la menor duda, pero tendrá que esperar hasta

mañana para follarme como prefiera.

—¿Tienes agujetas en las piernas? —pregunta justo cuando las estoy

estirando bajo la mesa otra vez.

—Más o menos. —No voy a darle el gusto de confesar que me duelen

un montón. Me daré un baño con sales Radox antes de salir. Un momento...

¿Habrá intentado lisiarme para que no pueda salir esta noche?

—Más o menos —repite, y su voz áspera está cargada de burla—.

¿Recuerdas nuestro trato?

Me cabreo conmigo misma. Me he estado engañando al pensar que iba

a olvidarse de su trato. Y ahora estoy segura de que me ha hecho correr una

maratón al amanecer con la intención de dejarme inmovilizada.

«¡Don Controlador!»

—No hace falta que me eches un polvo de recordatorio —mascullo.

Nunca se enterará. No voy a emborracharme hasta el punto de tener una

resaca espantosa, tengo la última aún demasiado reciente.

—Cuidado con esa boca, Paula —suspira con cansancio—. Y yo

decidiré cuándo y si es necesario un polvo de recordatorio.

¿Lo dice en serio? Me quedo un poco boquiabierta al teléfono. ¿Acaso

no tiene sentido del humor? Me levanto y estiro el muslo con un gemido

satisfecho. Malditos sean él y su carrerita al amanecer.

—Recibido —confirmo con todo el sarcasmo que se merece.

—¿Te veo esta noche? —suspira.

—¿Mañana? —La verdad es que quiero verlo, a pesar de que es un

hombre difícil.

—Te recojo a las ocho.

¿A las ocho? Es sábado y quiero dormir hasta tarde. ¿A las ocho? Así

no voy a emborracharme, no con Pedro dando la lata a las ocho.

—Al mediodía —contraataco.

—A las ocho.

—A las once.

—A las ocho —ladra.

—¡Se supone que tienes que ceder un poco! —Este hombre es

imposible.

—Te veo a las ocho. —Cuelga y me deja a la pata coja con el teléfono

en la oreja. Miro mi móvil sin poder creérmelo. Que aparezca a las ocho si

quiere, no estaré despierta para abrirle, y dudo mucho que Kate lo esté.

Dejo caer mi cuerpo dolorido en la silla con un par de resoplidos. No

pienso volver a ir a correr.

—Tom —lo llamo—, vamos a salir esta noche. ¿Te vienes?

Me mira con una sonrisa pícara y enorme en su cara de bebé.

—Debo rechazar la invitación con elegancia. —Me hace una pequeña

reverencia, como el buen caballero que sé que no es—. ¡Tengo una cita!

—¿Otra?

—Yo no puedo ir. Imagino que ibas a invitarme —suelta Victoria sin

levantar la vista de sus dibujos. No voy a dignificar su sarcasmo con una

respuesta, así que opto por hacerle una mueca a sus espaldas.

—¡Sí! Éste es el hombre de mi vida —asiente Tom con la sonrisa de

satisfacción más grande del mundo.

Dejo a Tom con su sonrisa y vuelvo a mi ordenador. Todos son el

hombre de su vida.

Salgo de trabajar a las seis y voy directa a la tienda a comprar Radox

y una botella de vino. Luego me meto en el metro. Tengo que resistir la

tentación de descorchar la botella aquí y ahora. Es viernes, voy a ponerme

al día con Kate esta noche y a pasar el día siguiente con mi controlador de

carácter difícil. Perfecto.

Cruzo la puerta principal y me encuentro a Sam, medio desnudo,

saliendo del taller de Kate. Ella lo sigue con una enorme sonrisa de

satisfacción en la cara.

—¿Estáis de coña? —les suelto, e intento mirar a cualquier parte

menos al cuerpazo de Sam.

Me ciega con su sonrisa más picarona y se vuelve para mirar a Kate,

lo cual me deja con un primer plano de su espalda desnuda y su culo

embutido en unos vaqueros bombacho. Es entonces cuando veo que lleva

masa para tartas en la nuca.

—Te has dejado un poco. —Señalo con el dedo el goterón delator.

Kate vuelve a Sam para que quede encarado a mí y le lame la parte

central de la espalda hasta llegar al cuello. Me sonríe, orgullosa, y yo me

echo a reír. Vaya par de exhibicionistas.

Subo al apartamento resoplando por las punzadas de dolor que me

recorren las piernas a cada paso. Voy directa al cuarto de baño para llenar

la bañera y añado la mitad del relajante muscular en forma de sales. A

continuación, me dirijo a la cocina para encargarme del requisito especial

número dos: lleno una copa de vino para mí y otra para Kate. Hago un

gesto de apreciación con el primer sorbo.

A los cinco minutos, estoy lanzando por encima de mi hombro todas

las prendas de mi cajón de la ropa interior, presa del pánico.

—¡Kate! —Sé que las puse aquí, así que ¿dónde coño están?

¡Si es una broma de Sam, voy a partirle el cuello!

Kate aparece al instante en mi cuarto.

—He cerrado el grifo de la bañera. ¿Qué pasa?

—Mis píldoras.

—¿Qué les pasa?

—Han desaparecido. —La acuso con la mirada—. No puedo creerme

que dejaras a Sam entrar en mi habitación.

Me mira con los ojos como platos.

—Yo no lo dejé entrar. Además, si tus píldoras hubieran estado ahí,

yo las habría visto.

Dejo escapar un grito de frustración y procedo a rebuscar en los

demás cajones, por dentro y por fuera. Sé que las guardé aquí.

—¡Mierda!

—Relájate, puedes comprar más. ¿Se vienen Tom y Victoria?

Hago una bola con los contenidos del cajón de la ropa interior y la

meto en el cajón.

—Ya lo hice. Y no, los dos tienen citas.

—Te organizas fatal —protesta, cansada del tema. Tiene razón, soy un

desastre, pero me las apaño bien en el trabajo. Es mi vida privada la que se

resiente—. ¡Anda! ¿Es esta noche cuando Victoria sale con Drew? —Kate

me mira con sus dos enormes ojos azules.

—¡Sí! —Los míos le devuelven la mirada.

—No saldrá bien. Date prisa con el baño. Necesito ducharme.

Cojo mi vino y me voy al baño.

El agua me sienta fenomenal, y me lavo el pelo con champú y

acondicionador. Me rasuro entera y me obligo a salir de la bañera antes de

beberme el vino y cepillarme los dientes.

Una hora después, me he secado y rizado el pelo, me he puesto crema

por todo el cuerpo y estoy a medio maquillar. Se abre la puerta de mi

habitación y aparece Kate.

—¿Cuánto te queda?

—Media hora —confirmo al tiempo que abro mi cajón de la ropa

interior.

—Guay. —Cierra la puerta.

La vuelve a abrir.

—¿Qué? —pregunto sin levantar la vista. Estoy buscando el conjunto

adecuado.

Dos segundos después, me cogen, me quitan la toalla de un tirón y me

encuentro en la cama con un hombre gigantesco encima de mí.

¡Un momento! Estoy totalmente desorientada y todavía llevo en la

mano las bragas que pensaba ponerme. No me da ocasión ni de verle bien

la cara. Sus labios chocan con los míos y empieza a comerme la boca con

ansia. Pero ¿qué coño pasa? No puedo ni intentar soltarme ni preguntarle

qué hace aquí. Me pone a cuatro patas y desliza los dedos por mi entrada

—sin duda para ver si estoy lista— antes de desabrocharse la bragueta y

empotrarse en mí con un grito entrecortado.

Chillo y, como premio, una mano me tapa la boca.

—Silencio —masculla entre una y otra arremetida.

¡Joder! Estoy indefensa mientras él entra y sale de mí con energía y

decisión. La profundidad a la que llega hace que la vista se me nuble de

inmediato, la cabeza me da vueltas de desesperación y de placer. Me aparta

la mano de la boca, la lleva hacia mis caderas y tira de mí hacia él para que

reciba cada uno de sus duros avances.

—¡Pedro! —grito desesperada. No tiene piedad.

—¡Silencio he dicho! —ruge.

Mi placer aumenta sin parar y al final soy yo la que sale al encuentro

de sus embestidas. Gime con cada envite y se adentra en mí a un ritmo

trepidante. Choca contra mi útero y me envía a una neblina de euforia

inesperada. Intento agarrarme a una almohada, pero estoy tan desorientada

que sólo acierto a aferrarme a las sábanas. No logro reunir las fuerzas

necesarias para levantar la cabeza y mirar. Estoy totalmente indefensa.

Siento que me agarra con más fuerza, que se tensa y se hincha en mi

interior penetrándome más allá de lo imaginable. Es un polvo posesivo.

Eso es lo que es. No es que me moleste. Estaré indefensa y a merced de su

voluntad, pero aun así voy a tener un orgasmo atronador.

La velocidad a la que entra y sale de mí aumenta. Me la clava una vez

más, profunda y lentamente, y me parto por la mitad, acometida por un

orgasmo explosivo que me obliga a enterrar la cara en el colchón para

ahogar un grito de alivio. Su rugido de semental retumba en la habitación

cuando se me une en este delirio maravilloso. Se desmorona sobre mí,

jadeando con fuerza en mi oído. Tiembla y da sacudidas dentro de mí, y

por todo mi ser.

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