No va a venir en todo el día. Está jugando al golf.
—Gracias, Sal.
Me siento en mi silla y estiro las piernas. Sí, ahora sí que me duelen.
Me levanto y me llevo el talón al culo. Respiro con gusto cuando los
músculos de mis muslos se estiran como es debido. Mi móvil empieza a
saltar sobre la mesa y Placebo canta Running up that Hill. No tengo ni que
mirar la pantalla para saber quién es. Tiene un gusto musical exquisito.
—Me gusta —lo saludo.
—A mí también. Luego la pondremos para hacer el amor.
—No vas a verme luego. —Se lo recuerdo de nuevo. Lo está haciendo
a propósito.
—Te echo de menos.
No puedo verlo, pero sé que está poniendo un mohín. En cuanto a lo
de hacer el amor... Bueno, es mucho mejor que follar. Sonrío, el corazón
me da saltitos en el pecho.
—¿Me echas de menos?
—Mucho —refunfuña. Miro el ordenador. Es la una. No han pasado ni
cinco horas desde que nos despedimos—. No salgas esta noche —me dice.
No es una súplica, es una orden.
Vuelvo a sentarme. Sabía que esto iba a pasar.
—No te atrevas —le advierto con toda la asertividad que soy capaz de
reunir—. He hecho planes.
—¿Sabes?, puede que estés en la oficina, pero no creas que no voy a ir
allí a follarte hasta que entres en razón. —Lo dice muy en serio, incluso un
poco enfadado.
No será capaz. ¿O sí? Maldita sea, ni siquiera estoy segura.
—Sírvete tú mismo —respondo sin tomármelo en serio.
Se ríe.
—Lo decía en serio, señorita.
—Lo sé. —No me cabe la menor duda, pero tendrá que esperar hasta
mañana para follarme como prefiera.
—¿Tienes agujetas en las piernas? —pregunta justo cuando las estoy
estirando bajo la mesa otra vez.
—Más o menos. —No voy a darle el gusto de confesar que me duelen
un montón. Me daré un baño con sales Radox antes de salir. Un momento...
¿Habrá intentado lisiarme para que no pueda salir esta noche?
—Más o menos —repite, y su voz áspera está cargada de burla—.
¿Recuerdas nuestro trato?
Me cabreo conmigo misma. Me he estado engañando al pensar que iba
a olvidarse de su trato. Y ahora estoy segura de que me ha hecho correr una
maratón al amanecer con la intención de dejarme inmovilizada.
«¡Don Controlador!»
—No hace falta que me eches un polvo de recordatorio —mascullo.
Nunca se enterará. No voy a emborracharme hasta el punto de tener una
resaca espantosa, tengo la última aún demasiado reciente.
—Cuidado con esa boca, Paula —suspira con cansancio—. Y yo
decidiré cuándo y si es necesario un polvo de recordatorio.
¿Lo dice en serio? Me quedo un poco boquiabierta al teléfono. ¿Acaso
no tiene sentido del humor? Me levanto y estiro el muslo con un gemido
satisfecho. Malditos sean él y su carrerita al amanecer.
—Recibido —confirmo con todo el sarcasmo que se merece.
—¿Te veo esta noche? —suspira.
—¿Mañana? —La verdad es que quiero verlo, a pesar de que es un
hombre difícil.
—Te recojo a las ocho.
¿A las ocho? Es sábado y quiero dormir hasta tarde. ¿A las ocho? Así
no voy a emborracharme, no con Pedro dando la lata a las ocho.
—Al mediodía —contraataco.
—A las ocho.
—A las once.
—A las ocho —ladra.
—¡Se supone que tienes que ceder un poco! —Este hombre es
imposible.
—Te veo a las ocho. —Cuelga y me deja a la pata coja con el teléfono
en la oreja. Miro mi móvil sin poder creérmelo. Que aparezca a las ocho si
quiere, no estaré despierta para abrirle, y dudo mucho que Kate lo esté.
Dejo caer mi cuerpo dolorido en la silla con un par de resoplidos. No
pienso volver a ir a correr.
—Tom —lo llamo—, vamos a salir esta noche. ¿Te vienes?
Me mira con una sonrisa pícara y enorme en su cara de bebé.
—Debo rechazar la invitación con elegancia. —Me hace una pequeña
reverencia, como el buen caballero que sé que no es—. ¡Tengo una cita!
—¿Otra?
—Yo no puedo ir. Imagino que ibas a invitarme —suelta Victoria sin
levantar la vista de sus dibujos. No voy a dignificar su sarcasmo con una
respuesta, así que opto por hacerle una mueca a sus espaldas.
—¡Sí! Éste es el hombre de mi vida —asiente Tom con la sonrisa de
satisfacción más grande del mundo.
Dejo a Tom con su sonrisa y vuelvo a mi ordenador. Todos son el
hombre de su vida.
Salgo de trabajar a las seis y voy directa a la tienda a comprar Radox
y una botella de vino. Luego me meto en el metro. Tengo que resistir la
tentación de descorchar la botella aquí y ahora. Es viernes, voy a ponerme
al día con Kate esta noche y a pasar el día siguiente con mi controlador de
carácter difícil. Perfecto.
Cruzo la puerta principal y me encuentro a Sam, medio desnudo,
saliendo del taller de Kate. Ella lo sigue con una enorme sonrisa de
satisfacción en la cara.
—¿Estáis de coña? —les suelto, e intento mirar a cualquier parte
menos al cuerpazo de Sam.
Me ciega con su sonrisa más picarona y se vuelve para mirar a Kate,
lo cual me deja con un primer plano de su espalda desnuda y su culo
embutido en unos vaqueros bombacho. Es entonces cuando veo que lleva
masa para tartas en la nuca.
—Te has dejado un poco. —Señalo con el dedo el goterón delator.
Kate vuelve a Sam para que quede encarado a mí y le lame la parte
central de la espalda hasta llegar al cuello. Me sonríe, orgullosa, y yo me
echo a reír. Vaya par de exhibicionistas.
Subo al apartamento resoplando por las punzadas de dolor que me
recorren las piernas a cada paso. Voy directa al cuarto de baño para llenar
la bañera y añado la mitad del relajante muscular en forma de sales. A
continuación, me dirijo a la cocina para encargarme del requisito especial
número dos: lleno una copa de vino para mí y otra para Kate. Hago un
gesto de apreciación con el primer sorbo.
A los cinco minutos, estoy lanzando por encima de mi hombro todas
las prendas de mi cajón de la ropa interior, presa del pánico.
—¡Kate! —Sé que las puse aquí, así que ¿dónde coño están?
¡Si es una broma de Sam, voy a partirle el cuello!
Kate aparece al instante en mi cuarto.
—He cerrado el grifo de la bañera. ¿Qué pasa?
—Mis píldoras.
—¿Qué les pasa?
—Han desaparecido. —La acuso con la mirada—. No puedo creerme
que dejaras a Sam entrar en mi habitación.
Me mira con los ojos como platos.
—Yo no lo dejé entrar. Además, si tus píldoras hubieran estado ahí,
yo las habría visto.
Dejo escapar un grito de frustración y procedo a rebuscar en los
demás cajones, por dentro y por fuera. Sé que las guardé aquí.
—¡Mierda!
—Relájate, puedes comprar más. ¿Se vienen Tom y Victoria?
Hago una bola con los contenidos del cajón de la ropa interior y la
meto en el cajón.
—Ya lo hice. Y no, los dos tienen citas.
—Te organizas fatal —protesta, cansada del tema. Tiene razón, soy un
desastre, pero me las apaño bien en el trabajo. Es mi vida privada la que se
resiente—. ¡Anda! ¿Es esta noche cuando Victoria sale con Drew? —Kate
me mira con sus dos enormes ojos azules.
—¡Sí! —Los míos le devuelven la mirada.
—No saldrá bien. Date prisa con el baño. Necesito ducharme.
Cojo mi vino y me voy al baño.
El agua me sienta fenomenal, y me lavo el pelo con champú y
acondicionador. Me rasuro entera y me obligo a salir de la bañera antes de
beberme el vino y cepillarme los dientes.
Una hora después, me he secado y rizado el pelo, me he puesto crema
por todo el cuerpo y estoy a medio maquillar. Se abre la puerta de mi
habitación y aparece Kate.
—¿Cuánto te queda?
—Media hora —confirmo al tiempo que abro mi cajón de la ropa
interior.
—Guay. —Cierra la puerta.
La vuelve a abrir.
—¿Qué? —pregunto sin levantar la vista. Estoy buscando el conjunto
adecuado.
Dos segundos después, me cogen, me quitan la toalla de un tirón y me
encuentro en la cama con un hombre gigantesco encima de mí.
¡Un momento! Estoy totalmente desorientada y todavía llevo en la
mano las bragas que pensaba ponerme. No me da ocasión ni de verle bien
la cara. Sus labios chocan con los míos y empieza a comerme la boca con
ansia. Pero ¿qué coño pasa? No puedo ni intentar soltarme ni preguntarle
qué hace aquí. Me pone a cuatro patas y desliza los dedos por mi entrada
—sin duda para ver si estoy lista— antes de desabrocharse la bragueta y
empotrarse en mí con un grito entrecortado.
Chillo y, como premio, una mano me tapa la boca.
—Silencio —masculla entre una y otra arremetida.
¡Joder! Estoy indefensa mientras él entra y sale de mí con energía y
decisión. La profundidad a la que llega hace que la vista se me nuble de
inmediato, la cabeza me da vueltas de desesperación y de placer. Me aparta
la mano de la boca, la lleva hacia mis caderas y tira de mí hacia él para que
reciba cada uno de sus duros avances.
—¡Pedro! —grito desesperada. No tiene piedad.
—¡Silencio he dicho! —ruge.
Mi placer aumenta sin parar y al final soy yo la que sale al encuentro
de sus embestidas. Gime con cada envite y se adentra en mí a un ritmo
trepidante. Choca contra mi útero y me envía a una neblina de euforia
inesperada. Intento agarrarme a una almohada, pero estoy tan desorientada
que sólo acierto a aferrarme a las sábanas. No logro reunir las fuerzas
necesarias para levantar la cabeza y mirar. Estoy totalmente indefensa.
Siento que me agarra con más fuerza, que se tensa y se hincha en mi
interior penetrándome más allá de lo imaginable. Es un polvo posesivo.
Eso es lo que es. No es que me moleste. Estaré indefensa y a merced de su
voluntad, pero aun así voy a tener un orgasmo atronador.
La velocidad a la que entra y sale de mí aumenta. Me la clava una vez
más, profunda y lentamente, y me parto por la mitad, acometida por un
orgasmo explosivo que me obliga a enterrar la cara en el colchón para
ahogar un grito de alivio. Su rugido de semental retumba en la habitación
cuando se me une en este delirio maravilloso. Se desmorona sobre mí,
jadeando con fuerza en mi oído. Tiembla y da sacudidas dentro de mí, y
por todo mi ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario