domingo, 23 de marzo de 2014
Capitulo 91 ♥
—Despierta, señorita.
Cuando abro los ojos, tiene la nariz pegada a la mía.
Doy a mi cerebro unos momentos para ponerse en marcha y a mis ojos
tiempo para adaptarse a la luz del día. Cuando al fin veo algo, resulta que
distingo un brillo de alegría en sus ojos verdes. Yo, por mi parte, quiero
seguir durmiendo. Es sábado y ni siquiera mi necesidad de arrancarle la
piel a tiras va a hacer que me mueva de esta cama en un buen rato.
Lo aparto y le doy la espalda.
—No te hablo —murmuro, y me acurruco otra vez en mi almohada.
Me da una palmada en el culo y a continuación me coloca panza arriba y
me sujeta por las muñecas—. ¡Me ha dolido! —le grito.
Las comisuras de sus labios se curvan, pero no estoy de humor para el
Pedro arrebatador esta mañana. ¿Por qué está tan contento? Ah, sí. Claro
que sé por qué. Ha hecho pedazos el vestido tabú y me tiene para él antes
de las ocho de la mañana.
Estoy envuelta en él de pies a cabeza y me mira. ¡Debería levantar la
rodilla y darle donde duele!
—Hoy pueden ocurrir dos cosas —me informa—: puedes ser
razonable y pasaremos un día encantador, o puedes seguir siendo una
seductora rebelde y entonces me veré obligado a esposarte a la cama y
hacerte cosquillas hasta dejarte inconsciente. ¿Qué prefieres, nena?
¿Que sea razonable? ¿Más? La mandíbula me llega al suelo y él me
mira con interés. ¿De verdad cree que no voy a discutir esa propuesta suya?
Levanto la cabeza para estar lo más cerca posible de su cara sin afeitar
y tan atractiva que casi me molesta.
—Que te jodan —digo despacio y con claridad.
Retrocede con los ojos como platos ante mi osadía. Yo también estoy
bastante avergonzada de mí misma, pero Pedro y sus exigencias
desmedidas sacan lo peor de mí.
—¡Cuidado con esa puta boca!
—¡No! ¿Por qué demonios tienes porteros que te informan de mis
movimientos? —Ese pequeño detalle acaba de aterrizar en mi cerebro
medio dormido. Pero, si estoy en lo cierto y está pagando a los porteros
para que me vigilen, voy a entrar en erupción.
—Paula, lo único que quiero es asegurarme de que estás a salvo. —Deja
caer la cabeza y empieza a morderse el labio—. Me preocupo, eso es todo.
¿Que se preocupa? ¿No hace ni un mes que me conoce y ya se ha
puesto en plan protector y posesivo? Pisotea a quien haga falta, me
desbarata los planes, corta mis vestidos y me prohíbe beber.
«¡Que yo sea razonable!»
—Tengo veintiséis años, Pedro.
Me mira a los ojos. Se le han oscurecido de nuevo.
—¿Por qué te pusiste ese vestido?
—Porque quería cabrearte —respondo con sinceridad. Me retuerzo un
poco en vano. No voy a ninguna parte.
—Pero pensabas que no ibas a verme. —Frunce el ceño.
¿Cree que me lo puse para otro?
—Lo hice por principios —digo entre dientes. Quería tener la última
palabra aunque él no se enterara—. Me debes un vestido.
Sonríe y casi me deslumbra.
—Lo pondremos en la lista de cosas que hacer hoy.
¿Qué hay en esa lista? Ahora mismo, lo único que quiero es dormir. O
que me despierte de otra manera. Me contoneo debajo de él y arquea las
cejas sorprendido.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta intentando descaradamente ocultar
una sonrisa.
Vale, sé a la perfección a qué está jugando. No va a tocarme, igual que
hizo anoche e igual que hizo ayer antes de que saliera. Ése va a ser mi
castigo por haberle plantado cara. Es lo peor que podía hacerme.
—No es necesario que me protejas —rezongo; me agito debajo de él y
consigo liberarme. Puede retarme todo lo que quiera.
—Es señal de lo mucho que me importas —dice cuando ya me he ido
y lo he dejado en la cama.
¿Que le importo? No quiero importarle, quiero que me quiera. Cruzo
el dormitorio, entro en el baño y cierro la puerta. Le importo. ¿Como a un
hermano o algo así? Noto que el corazón se me parte lentamente.
Utilizo el retrete y me lavo las manos antes de colocarme frente al
enorme espejo que hay detrás del lavabo doble. Suspiro, agotada. ¿Qué voy
a hacer? Le importo. Si importarle significa tener que aguantar todo esto,
entonces que se lo meta por donde le quepa.
Me lavo la cara y hago ademán de coger el cepillo de dientes de Pedro,
pero entonces me doy cuenta de que justo ahí está mi cepillo de dientes.
¿Perdona? Le pongo pasta con cara de no comprender nada y empiezo a
cepillarme los dientes. Miro el reflejo de la ducha en el espejo y veo mi
champú y mi acondicionador, junto con mi cuchilla y mi gel de ducha. ¿Me
ha mudado aquí? Continúo cepillándome los dientes, abro la puerta que
conduce al dormitorio y me encuentro a Pedro despatarrado boca abajo en
la cama con la cabeza enterrada en la almohada. Paso junto a él de camino
al vestidor y casi me atraganto con la pasta de dientes cuando veo colgada
una selección de mi ropa.
¡Me ha mudado a su apartamento! Esto es pasarse tres pueblos, ¿no?
¿Es que yo no tengo ni voz ni voto? Puede que lo quiera, pero sólo lo
conozco desde hace unas semanas. ¿Mudarme a vivir con él? ¿Qué
significa esto? ¿Quiere tenerme aquí para protegerme? Si es así, que le
den, y mucho. Más bien me quiere aquí para controlarme.
—¿Algún problema?
Me vuelvo con el cepillo de dientes colgando de la boca y ahí está
Pedro, en la puerta del vestidor, un tanto nervioso. Es una expresión que no
le había visto nunca. Mi mirada desciende por su torso y se deleita en el
movimiento de sus músculos cuando se coge al umbral del vestidor con las
dos manos. Pero rápidamente desvío la atención de la distracción de su
pecho y de repente recuerdo por qué estoy en el vestidor. Farfullo una
ráfaga de palabras ininteligibles con el cepillo y la pasta de dientes en la
boca.
—Perdona, vas a tener que repetírmelo. —Las comisuras curvadas de
los labios le delatan, y yo me saco el cepillo de dientes de la boca de un
tirón.
Sabe perfectamente lo que me pasa. Vuelvo a farfullar. Mis palabras
resultan algo más comprensibles sin el cepillo, pero la pasta sigue
impidiéndome hablar con claridad.
Pone los ojos en blanco, me coge en brazos y me lleva al cuarto de
baño.
—Escupe —me ordena cuando me deja en tierra.
Me vacío la boca de pasta y vuelvo la cara para mirar a mi controlador
exigente.
—¿Qué es todo esto?
Trazo un círculo con el brazo para señalar mis cosas.
Pedro aprieta los labios para reprimir una sonrisa y se inclina hacia
adelante y lame los restos de pasta de dientes de mis labios. Se toma su
tiempo en mi labio inferior.
—Ya está. ¿Qué es qué?
Me pasa la lengua por la sien y me suelta en el oído su aliento suave y
tibio. Me tenso cuando me toma el sexo con la mano y los escalofríos de
placer me recorren en todas direcciones.
—¡No! —Lo aparto de mí de un empujón—. ¡No vas a manipularme
con tus deliciosas habilidades divinas!
Sonríe. Es su sonrisa arrebatadora.
—¿Crees que soy un dios?
Resoplo y vuelvo a mirar al espejo. Si su arrogancia sigue
aumentando a este ritmo, voy a tener que saltar por la ventana del cuarto de
baño para no morir aplastada.
Me rodea la cintura con el brazo y me atrae hacia sí. Apoya la barbilla
en mi hombro y estudia mi reflejo en el espejo. Presiona su erección contra
mis muslos y mueve las caderas en círculo. Tengo que agarrarme al lavabo
con las manos.
—No me importa ser tu dios —susurra con voz ronca.
—¿Por qué están mis cosas aquí? —pregunto a su reflejo. Obligo a mi
cuerpo a comportarse y a no caer en la tentación de su encantadora
divinidad.
—Las he recogido antes de casa de Kate. Pensé que podrías quedarte
aquí unos días.
—¿Puedo opinar?
Vuelve a mover las malditas caderas y me saca un gritito.
—¿Te he permitido hacerlo alguna vez?
Niego con la cabeza mientras observo su reflejo. Esboza una media
sonrisa traviesa y vuelve a mover las caderas. No voy a reaccionar a sus
malditos contoneos porque sé que va a volver a dejarme con las ganas. ¿Y
a qué está jugando Kate dejando que cualquiera curiosee entre mis cosas?
Hay ropa para más de dos días en el vestidor. ¿Qué se propone este
hombre?
—Arréglate, señorita. —Me besa el cuello y me da un azote en el culo
—. Vamos a salir. ¿Adónde te gustaría ir?
Lo miro, pasmada.
—¿Me dejas decidirlo a mí?
Se encoge de hombros.
—Tengo que dejar que te salgas con la tuya alguna vez.
Lo dice impasible. Está muy serio.
Debería aceptar su oferta con los brazos abiertos y aprovechar que
está siendo razonable, pero experimento cierto recelo. Después de su
reacción de anoche, de la masacre del vestido tabú y de que se negara a
hablarme, no entiendo por qué se ha levantado tan equilibrado y tolerante.
—¿Qué te apetece hacer? —pregunta.
—Vamos a Camden —sugiero, y me preparo para recibir un no por
respuesta. Todos los hombres odian el ajetreo y el ir de un lado para otro
mirando puestos y tiendas.
—Vale.
Se vuelve para meterse en la ducha y me deja en el lavabo
preguntándome dónde está don Controlador. Ahora sí que sospecho que
trama algo.
Llego al pie de la escalera y oigo que Pedro está hablando con alguien
por el móvil. Voy a la cocina y babeo un poco. Está magnífico con unos
vaqueros gastados y un polo azul marino con el cuello levantado, al estilo
Pedro. Se ha afeitado y se ha puesto fijador en el pelo. Es guapo más allá de
lo razonable y nada razonable en todo lo demás.
—Iré mañana, ¿va todo bien? —Se vuelve en el taburete y me da un
repaso con la mirada—. Gracias, John. Llámame si me necesitas.
Guarda el móvil sin quitarme los ojos de encima y se cruza de brazos.
—Me gusta tu vestido. —Su voz es grave y ronca.
Miro mi vestido de estampado floral. Me llega a la rodilla, así que
probablemente apruebe el largo. Me sorprende que Kate lo haya escogido,
es un tanto veraniego, con la espalda al aire y sin mangas. Sonrío para mis
adentros. Aún no ha visto la espalda y tampoco voy a enseñársela. Me
obligaría a cambiarme. Lo sé.
Me pongo un cárdigan fino de color crema y luego me cuelgo,
cruzado, el bolso de terciopelo.
—¿Estás listo? —pregunto.
Salta del taburete y se me acerca de mala gana. Espero un buen
morreo, pero nada. En vez de eso, se pone las Wayfarer, me coge de la
mano y me lleva hacia la puerta. ¿Voy a pasar todo el día con él y no va a
darme ni un beso?
—No vas a tocarme en todo el día, ¿verdad?
Mira nuestras manos entrelazadas.
—Te estoy tocando.
—Ya me entiendes. Me estás castigando.
—¿Por qué iba a hacerlo, Paula? —Me mete en el ascensor. Sabe
perfectamente a qué me refiero.
Lo miro.
—Quiero que me toques.
—Ya lo sé.
Introduce el código.
—Pero ¿no vas a hacerlo?
—Dame lo que quiero y lo haré. —No me mira.
No me lo puedo creer.
—¿Una disculpa?
—No lo sé, Paula. ¿Tienes que disculparte? —Sigue mirando al frente.
Ni siquiera me mira en el reflejo de las puertas.
—Lo siento —escupo. No doy crédito a lo que está haciendo y
tampoco a lo desesperada que estoy por sus caricias.
—Oye, si vas a disculparte, que al menos parezca que lo sientes.
—Lo siento.
Su mirada se encuentra con la mía en el espejo.
—¿De verdad?
—Sí. Lo siento.
—¿Quieres que te toque?
—Sí.
Se vuelve hacia mí de prisa, me empuja contra la pared de espejos y
me cubre por completo con su cuerpo. Me siento mejor al instante. No ha
sido tan difícil.
—Empiezas a entenderlo, ¿verdad? —Sus labios están a punto de
rozar los míos y sus caderas me presionan la parte baja del vientre.
—Lo entiendo —jadeo.
Me toma la boca, encuentro sus hombros con las manos y le clavo las
uñas en los músculos. Sí, esto está mucho mejor. Doy con su lengua y me
fundo en él por completo.
—¿Contenta? —pregunta cuando pone fin a nuestro beso.
—Sí
—Yo también. Vámonos.
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