martes, 25 de marzo de 2014
Capitulo 98 ♥
Salimos al sol de la tarde del domingo, pero no veo a Margo Junior. Busco
la furgoneta rosa en el aparcamiento, a pesar de que no es fácil que el
enorme montón de metal pase desapercibido.
—Espero que no te importe. —Kate suelta una risita nerviosa justo
cuando veo mi Mini aparcado en una de las plazas de Pedro con la capota
bajada.—
¡Serás zorra!
Pasa de mi insulto
—No me mires así, Paula Chaves. Si no lo sacara yo, se pasaría la
eternidad aparcado en la puerta de casa. Qué desperdicio.
Las luces parpadean y extiendo la mano para que me dé las llaves,
cosa que hace de mala gana y con un bufido.
Conducimos hacia Surrey Hills debatiendo sobre las ventajas de los
hombres dominantes. Ambas llegamos a la misma conclusión: sí al sexo y
no a los demás aspectos de la relación.
El problema es que Pedro se las ingenia para meter el sexo en todos los
aspectos de nuestra relación y lo usa, en general, para salirse con la suya. Y
da la sensación de que yo no soy capaz de decir que no, así que estoy
condenada. Puede que dentro de una hora todo haya terminado. Sólo de
pensarlo me duele el estómago como nunca, pero tengo que ser sensata. Ya
estoy metida hasta el cuello.
Salgo de la carretera principal y cojo el desvío hacia las puertas de
hierro. Se abren de inmediato para dejarme pasar.
—¡Madre mía! —exclama Kate cuando avanzamos por el camino de
grava flanqueado de árboles.
Ya está boquiabierta y ni siquiera ha visto la casa todavía. Llegamos
al patio. Hay mucha gente.
—¡La madre que me parió! —La mandíbula le llega al suelo al
descubrir la imponente casa. Se inclina hacia adelante en el asiento—.
¿Pedro es el dueño de esto?
—Sí. Ahí está el coche de Sam. —Aparco junto al Porsche.
—No me puedo creer que venga a comer aquí —farfulla, y se acerca a
mi lado del coche—. ¡La madre que me parió!
Me río ante el asombro de Kate, que no suele sorprenderse fácilmente.
La llevo hacia los escalones de la entrada, donde me imagino que John
saldrá a recibirnos, pero no es así. Las puertas están entreabiertas y las
franqueo. Me vuelvo hacia Kate, que lo mira todo boquiabierta y pasmada.
Los ojos se le salen de las órbitas ante lo espléndido del lugar.
—Kate, te va a entrar una mosca en la boca —la regaño de broma.
—Lo siento. —La cierra—. Este lugar es muy elegante.
—Ya lo sé.
—Quiero que me lo enseñes —dice, y alza la cabeza para mirar a lo
alto de la escalera.
—Que te lo enseñe Sam —le contesto—, yo necesito ver a Pedro.
Dejo atrás el restaurante y me dirijo hacia el bar, donde me encuentro
a Sam y a Drew.
El primero de ellos me lanza una gran sonrisa picarona y le da un
trago a su cerveza, pero la escupe al ver a Kate detrás de mí.
—¡Joder! ¿Qué estás haciendo aquí?
Drew se vuelve, ve a Kate y se echa a reír a carcajadas. Frunzo el
ceño.
A Kate no parece hacerle gracia.
—Yo también me alegro de verte, ¡capullo! —le escupe indignada a
un Sam estupefacto.
El chico deja de inmediato la cerveza en la barra y coge un taburete.
—Siéntate. —Da palmaditas sobre el asiento y mira a Drew con
preocupación.
—¡No me des órdenes, Samuel! —Su cara de enfado da miedo.
Nunca he visto a Sam tan nervioso. ¿Estará ocultando algo? ¿A la
chica del Starbucks, tal vez?
Vuelve a darle golpecitos al asiento del taburete y sonríe a Kate con
nerviosismo.
—Por favor.
Mi amiga se acerca y pone el culo en el taburete. Sam se lo acerca aún
más. Pronto estará sentada en sus rodillas.
—Invítame a una copa —le ordena con una media sonrisa.
—Sólo una. —Hace un gesto a Mario. Jesús, si está sudando—. ¿Paula?
—No, gracias. Voy a buscar a Pedro. —Miro por encima del hombro y
empiezo a caminar hacia atrás.
—¿Sabe que estás aquí? —pregunta Sam estupefacto.
¿Qué le pasa?
—Le he enviado un mensaje. —Miro en torno al bar y veo muchas
caras que me suenan de mi última visita a La Mansión. Me alegro de no
ver a Sarah, aunque eso no significa nada. Podría estar en cualquier rincón
del complejo—. Pero no me ha contestado —añado.
Sólo ahora me doy cuenta de que es muy raro.
Sam le dirige a Drew una mirada muy inquieta, y él se ríe todavía
más.
—Espera aquí. Iré a buscarlo.
—Sé dónde está su despacho —digo con el ceño fruncido.
—Paula, tú espera aquí, ¿vale? —La expresión de Sam es de puro
pánico. Algo me huele muy mal. Lanza a Kate una mirada muy seria
cuando se levanta—. No te muevas.
—¿Cuánto has bebido? —le pregunta Kate mirando el botellín de
cerveza
¿Kate también ha notado lo incómodo que parece?
—Ésta es la primera, créeme. Voy a buscar a Pedro y luego nos vamos.
—Estudia el bar con inquietud. Vale, ahora estoy convencida de que está
ocultando algo o a alguien. Empiezo a desear que Sarah estuviera aquí,
porque entonces sabría con total seguridad que no está con Pedro. Se me
han puesto los pelos como escarpias.
Se va corriendo y nos deja a Kate y a mí intercambiando miradas de
perplejidad.
—Disculpen, señoritas. —Drew se levanta—. La llamada de la
naturaleza.
Nos deja en el bar como si le sobrásemos.
—A la mierda —exclama Kate, y me coge de la mano—. Enséñame la
mansión.
Tira de mí en dirección a la entrada.
—Pero rápido. —Me adelanto y la llevo hacia la enorme escalinata—.
Te enseñaré las habitaciones en las que estoy trabajando.
Llegamos al descansillo y las exclamaciones de Kate se hacen más
frecuentes a medida que va asimilando la opulencia y el esplendor de La
Mansión.
—Esto es el no va más —masculla mirando a todas partes admirada.
—Lo sé. La heredó de su tío a los veintiún años.
—¿A los veintiuno?
—Ajá.
—¡Guau! —suelta Kate. Miró hacia atrás y la veo embobada con la
vidriera que hay al pie del segundo tramo de escalera.
—Por aquí —le indico. Atravieso el arco que lleva a las habitaciones
de la nueva ala y Kate corre tras de mí—. Hay diez en total.
Me sigue hasta el centro de la habitación sin dejar de mirar a todas
partes. No puedo negar que son realmente impresionantes, incluso vacías.
Cuando estén terminadas serán dignas de la realeza. ¿Conseguiré
acabarlas? Después de «aclarar esta mierda» puede que no vuelva a ver
este lugar. Tampoco es que me apene la idea. No me gusta venir aquí.
Me adentro más en la habitación y sigo la mirada de Kate hacia la
pared que hay detrás de la puerta. «Pero ¿qué diablos...?»
—¿Qué es eso? —Kate hace la pregunta que me ronda la cabeza.
—No lo sé, antes no estaba ahí. —Recorro con la mirada la enorme
cruz de madera que se apoya contra la pared. Tiene unos tornillos gigantes
de hierro forjado negro en las esquinas. Es un poco imponente, pero sigue
siendo una obra de arte—. Debe de ser uno de los apliques de buen tamaño
de los que hablaba Pedro. —Me acerco a la pieza y paso la mano por la
madera pulida. Es espectacular, aunque un poco intimidante.
—Huy, perdón, señoritas. —Las dos nos volvemos a la vez y vemos a
un hombre de mediana edad con una lijadora en una mano y un café en la
otra—. Ha quedado bien, ¿verdad? —Señala la cruz con la lijadora y bebe
un sorbo de café—. Estoy comprobando el tamaño antes de hacer las
demás.—¿Lo ha hecho usted? —pregunto con incredulidad.
—Sí. —Se ríe y se coloca junto a la cruz, a mi lado.
—Es impresionante —musito. Encajará a la perfección con la cama
que he diseñado y que tanto le gustó a Pedro.
—Gracias, señorita —dice con orgullo. Me doy la vuelta y veo a Kate
observando la obra de arte con el ceño fruncido.
—Lo dejamos en paz. —Hago a Kate una señal con la cabeza para que
me siga y ella dedica una sonrisa al trabajador antes de salir de la
habitación.
Caminamos de nuevo por el descansillo.
—No lo pillo —refunfuña.
—Es arte, Kate. —Me río. No es rosa ni cursi, así que no me
sorprende que no le guste. Nuestros gustos son muy distintos.
—¿Qué hay ahí arriba?
Sigo su mirada hacia el tercer piso y me detengo junto a ella. Las
puertas intimidantes están entornadas.
—No lo sé. Puede que sea un salón para eventos.
Kate sube la escalera.
—Vamos a verlo.
—¡Kate! —Corro detrás de ella. Quiero encontrar a Pedro. Cuanto más
tiempo tarde en hablar con él, más tiempo tendré para convencerme de no
hacerlo—. Vamos, Kate.
—Sólo quiero echar un vistazo —dice, y abre las puertas—. ¡Joder!
—chilla—. Paula, mira esto.
Vale, me ha picado la curiosidad con ganas. Subo corriendo los
peldaños que me quedan y entro en el salón para eventos, derrapo y me
paro en seco junto a Kate. «Joder.»
—¡Perdonen!
Nos volvemos en dirección a una mujer con acento extranjero. Una
señora regordeta que lleva trapos y espray antibacterias en las manos se
bambolea hacia nosotras.
—No, no, no. Yo limpio. El salón comunitario está cerrado para
limpieza. —Nos empuja hacia la puerta.
—Relájese, señora. —Kate se ríe—. Su novio es el dueño.
La pobre mujer retrocede ante la brusquedad de Kate y me mira de
arriba abajo antes de hacerme una venia con la cabeza.
—Lo siento. —Se guarda el espray en el delantal y me coge las manos
entre los dedos arrugados y morenos—. El señor Alfonso no dijo que usted
iba a venir.
Me muevo con nerviosismo al ver el pánico que invade a la mujer y
lanzo a Kate una mirada de enfado, pero no se da cuenta. Está muy ocupada
curioseando la colosal habitación. Sonrío para tranquilizar a la limpiadora
española, a la que nuestra presencia ha puesto en un compromiso.
—No pasa nada —le aseguro. Me hace otra reverencia y se aparta a un
lado para que Kate y yo nos hagamos una idea de dónde estamos.
Lo primero que me llama la atención es lo hermoso que es el salón. Al
igual que el resto de la casa, los materiales y los muebles son una belleza.
El espacio es inmenso, más de la mitad de la planta y, cuando me fijo con
atención, veo que da la vuelta sobre sí mismo y rodea la escalera. Hemos
entrado por el centro del salón, así que es aún más grande de lo que
pensaba. El techo es alto y abovedado, con vigas de madera que lo cruzan
de principio a fin y elaborados candelabros de oro, que ofrecen una luz
difusa, entre ellas. Tres ventanas georgianas de guillotina dominan el
salón. Están vestidas de carmesí y tienen contraventanas austriacas
ribeteadas en yute dorado trenzado. Son kilómetros y kilómetros de seda
dorada envuelta en trenzas carmesí sujetas a los lados por degradados
dorados. Las paredes rojo profundo ofrecen un marcado contraste para las
camas vestidas con extravagancia que rodean el salón.
¿Camas?
—Paula, algo me dice que esto no es un salón para eventos —susurra
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