jueves, 13 de marzo de 2014

Capitulo 61 ♥



Me despido de Pedro con un beso casto y lo dejo con una expresión de

inquietud en su maravilloso rostro.

—Te llamaré —digo con tono de indiferencia, y salgo de su coche.

Tengo prisa por marcharme. Cierro la portezuela del vehículo y me

apresuro a recorrer el camino hasta casa de Kate. No me vuelvo. Cierro la

puerta rápidamente al entrar y me dejo caer contra ella.

—¡Hola! —Kate aparece en lo alto de la escalera envuelta en una

toalla—. ¿Estás bien?

Ya no puedo seguir fingiendo.

—No —admito. No estoy bien para nada.

Ella me mira con una mezcla de confusión y compasión.

—¿Quieres un té?

Asiento y me despego de la puerta.

—Por favor, no seas demasiado amable conmigo —le advierto.

Las lágrimas amenazan con brotar, pero estoy decidida a controlarlas.

Sabía que esto iba a pasar. No creía que tan pronto, pero este

desagradable dolor de corazón era algo inevitable. Ella sonríe con

complicidad y me indica con la cabeza que la siga. Me arrastro hasta el

piso de arriba y la encuentro en la cocina preparando el té.

Me dejo caer en una de las sillas dispares.

—¿Se ha ido Sam?

Se echa tres cucharadas de azúcar en su taza y, aunque me da la

espalda, sé que está sonriendo.

—Sí —responde con demasiada naturalidad.

—¿Qué tal la noche?

Se vuelve, entrecierra los ojos azules y sonríe ampliamente.

—¡Ese tío es una bestia!

Yo resoplo ante su descripción de Sam. Sé de otro que también encaja

en esa definición.

—¿Bien, entonces?

Vierte agua hirviendo en las tazas y añade leche.

—No está mal. —Se encoge de hombros—. Pero basta de hablar de

mí. ¿Por qué te has ido esta mañana con aspecto de haber tenido una noche

similar a la mía y vuelves unas horas después como si te hubieran pegado

una paliza? —Se sienta y me pasa mi té.

Suspiro.

—No voy a volver a verlo.

—¿Por qué? —grita.

Su rostro pálido refleja estupefacción. ¿Por qué le sorprende tanto mi

decisión?

—Porque sé que voy a salir escaldada de esto, Kate. Pedro no es bueno

para mí.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta con incredulidad.

Muy sencillo.

—Es un hombre de negocios, maduro, rico a más no poder y muy

seguro de sí mismo. No soy más que un juguete para él. Se aburrirá, me

tirará a la basura y se buscará a otra. —Resoplo con sarcasmo—. Y

créeme... no faltarán mujeres que se le echen a los pies. He visto las

pasiones que despierta. Las he experimentado. Es increíblemente salvaje

en la cama, y tremendamente bueno, lo que significa que tiene a sus

espaldas un buen número de conquistas sexuales. —Respiro hondo

mientras Kate me mira con la boca abierta—. Es un imán para las mujeres,

y es probable que un mujeriego. Ya he tenido que soportar la reacción de

Sarah. —Me dejo caer en la silla y cojo mi taza de té.

—¿Quién es Sarah?

—Una amiga, la que confundí con su novia. No me tiene ningún

aprecio, y me lo ha dejado bien claro.

—¿En serio piensas saltar del barco sólo por unas cuantas palabras

resentidas de una zorra despechada? ¡Mándala a la mierda!

—No, no es sólo eso, aunque no me apetece nada que me clave las

garras en la espalda.

Pone los ojos en blanco.

—Querida amiga, ¡estás cegata!

—No, no lo estoy. Soy sensata —me defiendo—. Y tú no eres

imparcial —le espeto. Ha dejado muy claro que le gusta Pedro para mí,

pero lo cierto es que no sé por qué es así—. ¿Por qué te gusta tanto?

—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Porque tiene algo.

—Sí, que es peligroso.

—No, es por cómo te mira, como si fueras el centro de su universo o

algo así.

—¡No seas idiota! Soy el centro de su vida sexual —la corrijo, y de

repente pienso en el hecho de que probablemente no sea más que una de

tantas mujeres a las que sólo les hace pasar un buen rato. La idea me

resulta dolorosa, y es una razón más para alejarme mientras todavía siga

medio intacta. ¿A quién quiero engañar? Ya estoy destrozada, pero, cuanto

más tiempo deje que continúe esto, peor será.

—Paula, vives negándote a admitir la realidad —me reprocha sin mala

intención.

—No me niego a admitir nada.

—Claro que sí —dice con firmeza—. Te has enamorado de él. Y salta

a la vista el porqué.

—No me niego a admitir nada —repito. No sé de qué otra manera

responder a eso. ¿Tanto se nota? Claro que lo hago. Puede que así el dolor

sea más fácil de soportar—. Voy a echarme un rato. —Aparto la silla de la

mesa y ésta chirría contra el suelo de madera. El sonido agudo me obliga a

hacer una mueca. La resaca ha vuelto a apoderarse de mí.

—Vale —suspira Kate.

La dejo en la cocina y me retiro al santuario de mi habitación. Me

dejo caer sobre la cama y me tapo la cabeza con la almohada. Detesto

admitirlo, pero esa zorra de morros gordos tiene razón. No debo

plantearme un futuro con Pedro Alfonso. Y ese pensamiento me rasga el

corazón como si de un cuchillo se tratase.
Llego a la oficina para enfrentarme a una nueva semana. Me siento de

todo menos bien. No he dormido nada, y sé perfectamente por qué.

—Buenos días, flor —me saluda Patrick desde su despacho. Parece

que está mucho mejor.

—Hola. —Intento sonar alegre, pero fracaso estrepitosamente. No

puedo ni reunir las fuerzas necesarias para fingir un poco de ánimo. Tiro el

bolso bajo la mesa, me siento y enciendo el ordenador.

Al cabo de cinco segundos, mi escritorio empieza a protestar cuando

Patrick lo usa de banco, como de costumbre. Tiene mucho mejor aspecto

que el otro día.

—¿Cómo van las cosas con Van Der Haus? —pregunta. Patrick tiene

especial interés en ese proyecto.

Meto la mano bajo la mesa y saco la cajita de muestras de telas que

dejé ahí el viernes.

—Esto llegó el viernes —digo, y coloco unas cuantas sobre el

escritorio—. Me ha mandado por correo electrónico las especificaciones y

ya me había enviado los planos.

Patrick echa un vistazo a las telas. Todas tienen tonos neutros de beige

y crema, algunas tienen textura y otras no.

—Son un poco aburridas, ¿no? —protesta con un dejo de

desaprobación.

—A mí no me lo parece —repongo, y saco una preciosa muestra con

rayas gruesas—. Mira ésta.

La mira con desdén.

—No me gusta.

—No tiene por qué gustarte a ti —le recuerdo. Él no se va a comprar

un apartamento pijo en la Torre Vida—. Van Der Haus vuelve hoy de

Dinamarca. Dijo que me llamaría para enseñarme el edificio. Y ahora voy

a trabajar, si no te importa.

Patrick se pone de pie y yo adopto mi típico gesto de dolor cuando

oigo crujir la mesa.

—Claro, continúa. —Me mira con recelo—. Tal vez no sea asunto

mío, pero no pareces tú misma. ¿Te ocurre algo?

—No, estoy bien, de verdad —miento.

—¿Seguro?

«¡No!»

—Que sí, Patrick —digo, pero no consigo transmitir seguridad.

Mi teléfono empieza a brincar por el escritorio y Black and Gold, de

Sam Sparro, inunda la oficina. Arrugo la frente y, al cogerlo, veo el

nombre de Pedro parpadeando en la pantalla. Ha vuelto a manipular mi

teléfono. Mi corazón se acelera, y no de una forma agradable. No puedo

hablar con él.

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