martes, 25 de marzo de 2014

Capitulo 100 ♥


Cruzo la puerta principal de casa de Kate y subo la escalera hasta el
apartamento como una zombi.
Bendita sea Kate. No hace el menor intento por sonsacarme
información. Me deja tirarme en el sofá hecha un mar de lágrimas y me
trae una taza de té.
Abro los ojos del susto cuando oigo que la puerta principal se cierra
de un portazo. Kate corre a la barandilla.
—Es Sam —me tranquiliza al volver al salón.
—¿Tiene llave? —pregunto.
Kate se encoge de hombros, pero esta pequeña noticia me hace sonreír
para mis adentros. ¿Se la quitará en vista de los últimos acontecimientos?
Suena mi móvil y rechazo la llamada... otra vez.
Sam aparece en el salón, tan nervioso como lo estaba en La Mansión.
Las dos observamos su interpretación de un espectador de un partido de
tenis. Su mirada salta de Kate a mí unas cuantas veces.
Se acerca a mi amiga y la saca del salón casi a rastras agarrándola por
el codo.
—Tenemos que hablar —la apremia. Estiro el cuello y veo que
prácticamente la arroja al interior de su dormitorio y cierra de un portazo.
Yo estoy tumbada en el sofá, con la taza de té apoyada en el estómago
y los ojos cerrados, pero vuelvo a abrirlos muy pronto. Tengo las imágenes
de Pedro grabadas en mi mente y, con los ojos cerrados, sin ninguna otra
distracción visual, las veo aún con más claridad. No voy a ser capaz de
volver a dormir nunca más.
El móvil vuelve a sonar. Lo cojo y le doy con fuerza al botón de
rechazar, sin dejar de mirar al techo de escayola del salón.
Nunca he sentido un dolor así. Es insoportable y no tiene alivio. ¿Es el
dueño de un club de sexo? ¿Por qué? ¿Por qué no podía ser banquero o
asesor financiero? O... el dueño de un hotel. Sabía que algo no cuadraba,
que había algo peligroso. ¿Por qué no me paré a pensar en ello? Sé
exactamente por qué: porque no se me permitió, porque no se me dio la
oportunidad.
Me incorporo cuando oigo los gritos agudos de Kate en el descansillo,
seguidos de los tonos apaciguadores de Sam, que está intentando calmarla.
Mi amiga sale zumbando de su habitación con Sam detrás. Intenta
detenerla.
—Quítame las manos de encima, Samuel. Tiene que saberlo.
—Espera... Kate... ¡Aaaaayyyy! ¿Por qué coño has hecho eso?
Kate aparta la rodilla de la entrepierna de Sam y lo deja hecho un
ovillo en el suelo. Entra en el salón y se me queda mirando con sus ojos
azules.—
¿Qué? —pregunto con recelo. ¿Qué tengo que saber?
Lanza una mirada de odio a Sam cuando éste entra agarrándose la
entrepierna. Me pregunto por qué Sam parece tan arrepentido cuando es
Kate la que acaba de pegarle un rodillazo en los huevos. Ella señala una
silla con muy malas maneras para ordenarle en silencio que se siente.
Samuel cojea hasta llegar al asiento y se acomoda con un silbido de dolor.
—Paula, Pedro viene de camino —me dice Kate con calma. No sé por
qué ha elegido ese tono. A mí no me calma en absoluto.
Trago saliva y miro a Sam, que esquiva mi mirada sentado en la silla.
¿Él no quería decírmelo? He sido una imbécil al pensar que Pedro iba a
ponérmelo fácil.
—¡Tengo que irme! —aúllo cuando mi maldito móvil empieza a
sonar otra vez—. ¡Que te jodan! —le grito al puñetero trasto.
—Llévatela. —Kate se vuelve hacia Sam—. No está en condiciones
de conducir.
—Ah, no. De eso nada. —Levanta las manos y sacude la cabeza—.
Tengo aprecio a mi vida. Además, necesito hablar contigo.
Todos damos un salto al oír un golpe familiar en la puerta. Tengo el
corazón en la garganta y miro a Kate. Sam gime, y no por el dolor que le ha
causado el rodillazo.
—Cerdo chaquetero —masculla Kate con enfado. Tiene clavada en
Sam una mirada azul y dura como el acero.
—¡Oye, que yo no le he dicho nada! —Está muy a la defensiva—. No
hace falta ser un genio para imaginarse dónde está Paula.
—No le abras, Kate —le suplico.
Una combinación de distintos golpes llega desde la puerta principal.
Dios, no quiero verlo. Mis defensas no están lo bastante fuertes ahora
mismo. Salto al oír otra serie de golpes, seguidos de un coro de bocinazos
que proceden de todas partes.
—¡Por el amor de Dios! —grita Kate, que echa a correr hacia la
ventana—. Mierda. —Sube la persiana y pega la cara al cristal.
—¿Qué? —Me sitúo junto a ella. Sé que es él, pero ¿a qué viene tanto
follón?—
¡Mira! —grita Kate al tiempo que señala la calle.
Me obligo a mirar hacia donde ella indica y veo el coche de Pedro
abandonado en mitad de la calzada, la puerta del conductor abierta y una
cola de coches que no para de crecer detrás de él. Los conductores se ponen
de mala leche y hacen sonar las bocinas para protestar. Se oye
perfectamente desde aquí.
—¡Paula! —grita desde abajo. Golpea la puerta unas cuantas veces
más.
—¡Joder, Paula! —gruñe Kate—. ¡Ese hombre es como un detonador
con patas y tú acabas de apretar el botón! —Se va del salón.
Corro tras ella.
—Yo no he apretado nada, Kate. ¡No abras la puerta!
Me inclino sobre la barandilla y veo a mi amiga correr escaleras abajo
hacia la puerta principal.
—No puedo dejarlo ahí fuera provocando el caos en plena calle.
Me entra el pánico y regreso corriendo al salón. Paso junto a Sam, que
sigue sentado en la silla frotándose la entrepierna dolorida y murmurando
cosas ininteligibles.
—¿Por qué no se lo dijiste a Kate? —le pregunto cabreada de camino
a la ventana.
—Lo siento, Paula.
—A la que tienes que pedirle perdón es a Kate, no a mí.
Me vuelvo y no hay ni rastro del chico picarón y divertido al que le
había cogido tanto cariño. Sólo veo a un hombre tenso, incómodo y tímido.
—Le he pedido perdón. No podía contárselo hasta que Pedro te lo
contara a ti. Deberías saber que esto lo ha estado consumiendo desde que te
conoció.
Me río ante el intento de Sam por defender a su amigo y miro de
nuevo por la ventana. Pedro sigue caminando arriba y abajo ahí fuera,
desesperado, apretando los botones del móvil como un loco. Sé a quién
está llamando. Tal y como suponía, mi teléfono empieza a gritar en mi
mano. ¿Debería contestar y decirle que se esfume? Observo la calle y me
entra el pánico cuando el conductor de uno de los coches retenidos echa a
andar hacia Pedro. Ay, señor... ¡No te enfrentes a él!
Kate sale y mueve los brazos para llamar la atención de Pedro, que
ignora al conductor para centrarse en ella. Él hace gestos apremiantes con
las manos. ¿Qué le estará diciendo? ¿Qué le estará diciendo Kate? Al cabo
de pocos minutos, Pedro vuelve al coche. Siento que el alivio me inunda de
la cabeza a los pies, pero sólo lo mueve un poco, lo justo para aparcarlo de
un modo un poco más considerado hacia los demás conductores que
necesiten pasar.
—¡Por Dios, Kate! ¿Qué has hecho? —grito por la ventana.
—¿Qué ocurre? —pregunta Sam desde la silla. No le contesto.
De pie, incapaz de moverme, observo que Pedro se apoya en mi coche
con la cabeza hundida en señal de derrota y los brazos colgando a los lados.
Kate se abraza a sí misma delante de él. Incluso desde aquí distingo la
angustia en su rostro. Mi amiga se acerca y le pasa la mano arriba y abajo
por el brazo. Lo está consolando. Me está matando.
Paso una eternidad observándolos en la calle. Kate vuelve al
apartamento, pero me quedo horrorizada al ver que Pedro la sigue y ella no
intenta detenerlo.
—¡Mierda! ¡No! —exclamo, y me llevo las manos a la cabeza,
aterrorizada. Pero ¿qué le pasa a Kate?
—¿Qué? —pregunta Sam nervioso—. Paula, ¿qué pasa?
Sopeso mis opciones a toda velocidad. No tardo mucho porque no
tengo muchas. Lo único que puedo hacer es quedarme aquí y esperar la
confrontación. Sólo hay una puerta de entrada y salida en este apartamento
y, con Pedro a punto de entrar, mis planes para escapar de la discusión se
han ido al garete.
Kate entra en el salón, más bien avergonzada. Estoy furiosa con ella y
lo sabe. Le lanzo una mirada de desprecio absoluto y ella me sonríe
nerviosa.
—Sólo deja que se explique, Paula. Está hecho polvo. —Sacude la
cabeza con expresión de lástima, pero luego mira a Sam y le cambia la cara
al instante—. ¡Tú! ¡A la cocina!
Sam da un respingo.
—¡No puedo moverme, zorra malvada! —Se frota la entrepierna otra
vez y apoya la cabeza en el respaldo de la silla. Kate resopla y lo levanta de
la silla de un tirón. Él gime, cierra los ojos y cojea camino de la cocina.
Kate es increíble. ¡Zorra traidora! Sale del salón y me mira con todo
el cariño del mundo. No tendría que lamentarse tanto si no lo hubiera
dejado entrar, la muy, muy idiota. Me pongo de cara a la ventana antes de
que entre Pedro. No puedo mirarlo. Me disolvería en un mar de lágrimas y
no quiero que tenga excusa alguna para consolarme o arroparme con sus
brazos fuertes y cálidos. Me preparo para soportar el efecto de su voz en
mí, todos mis músculos y mis terminaciones nerviosas se ponen en tensión.
No oigo nada, pero se me ponen los pelos como escarpias y sé que está
aquí. Mi cuerpo responde a su poderosa presencia y yo cierro los ojos,
respiro hondo y rezo para reunir fuerzas.
—Paula, por favor, mírame. —Le tiembla la voz, llena de emoción.
Me trago el nudo que tengo en la garganta, que es del tamaño de una
pelota de tenis. Lucho por contener el mar de lágrimas que se me acumula
en los ojos.
—Paula, por favor. —Me roza la parte de atrás del brazo con la mano.
Me tenso y lo aparto.
—No me toques. —Encuentro el valor que necesito para darme la
vuelta y mirarlo.
Tiene la cabeza agachada y los hombros caídos. Da pena, pero no debo
dejar que su lastimero estado me afecte. Ya ha influido en mí bastante a
base de manipularme y esto... esto es sólo otra forma de manipulación... al
estilo de Pedro. Estaba tan cegada por el deseo que no veía con claridad.
Levanta la mirada del suelo para fijarla en la mía.
—¿Por qué me llevaste allí? —pregunto.
—Porque te quiero a mi lado a todas horas. No puedo estar lejos de ti.
—Pues ve acostumbrándote, porque no quiero volver a verte. —Mi
voz es tranquila y controlada, pero el dolor que me atraviesa el corazón
como respuesta a lo que acabo de decir me deja muda al instante.
Sus ojos vacilan buscando los míos.
—No lo dices en serio. Sé que no lo dices en serio.
—Lo digo en serio.
Su pecho se hincha con cada inhalación profunda, está despeinado y la
arruga de su frente es un cráter. La ansiedad que refleja su rostro es como
una lanza de hielo que se me clava en el corazón.
—Nunca he querido hacerte daño —susurra.
—Pues me lo has hecho. Me has puesto la vida patas arriba y me has
pisoteado el corazón. He intentado huir. Sabía que ocultabas algo. ¿Por qué
no me has dejado marchar?
Me flaquea la voz cuando los cristales que tengo en la garganta
empiezan a ganar la batalla y las lágrimas asoman a mis ojos. Mierda,
debería haber hecho caso a mi instinto.
Empieza a morderse el labio inferior.
—Nunca quisiste huir de verdad. —Su voz es apenas audible.
—¡Claro que sí! —le espeto—. Me resistí. Sabía que me estaba
metiendo en la boca del lobo, pero tú no cejaste en tu empeño. ¿Qué te
pasó? ¿Te quedaste sin mujeres casadas a las que follarte?
Niega con la cabeza.
—No, te conocí a ti.
Da un paso adelante y me aparto de él.
—Fuera —digo con calma. Estoy temblando y me cuesta respirar, lo
que demuestra que estoy cualquier cosa menos tranquila. Avanzo con
decisión hacia la puerta y le doy un empujón en el hombro cuando paso
junto a él.
—No puedo. Te necesito, Paula. —Su tono de súplica me perseguirá
mientras viva.
Me vuelvo violentamente.
—¡No me necesitas! —Lucho por mantener firme la voz—. Tú me
deseas. Dios, eres un dominante, ¿verdad?
Las imágenes de nuestros encuentros sexuales me pasan por la cabeza
a doscientos kilómetros por hora. Es toda una fiera en la cama y fuera de
ella.
—¡No!
—Entonces ¿a qué viene el rollo del control? ¿Y el dominio y las
órdenes?
—El sexo es sólo sexo. No puedo acercarme lo suficiente a ti. Lo del
control es porque me da un miedo atroz que te pase algo... Que te aparten
de mi lado. Te he esperado durante demasiado tiempo, Paula. Haría
cualquier cosa con tal de mantenerte a salvo. He llevado una vida sin
control y sin preocupaciones. Créeme, te necesito... por favor... por favor,
no me dejes. —Camina hacia mí, pero doy un paso atrás y combato el
impulso de dejar que me abrace. Se detiene—. No lo superaré nunca.
¿Qué? ¡No! No puedo creerme que sea tan cruel como para recurrir al
chantaje emocional.
—¿Crees que a mí va a resultarme fácil? —le grito. Las lágrimas
comienzan a rodar por mis mejillas.
Lo poco que le quedaba de color en la cara desaparece ante mis ojos.
Agacha la cabeza. No hay vuelta atrás. ¿Qué va a decir? Sabe lo que me ha
hecho. Ha hecho que lo necesite.
—Si pudiera cambiar el modo en que he llevado las cosas, lo haría —
susurra.
—Pero no puedes. El daño ya está hecho. —Mi voz rebosa desprecio.
Me mira.
—El daño será mayor si me dejas.
«Por Dios.»
—¡Fuera!
—No. —Sacude la cabeza con desesperación y da un paso hacia mí—.
Paula, por favor, te lo suplico.
Me aparto de él y consigo poner cara de decisión. Trago saliva sin
parar para intentar mantener a raya el nudo que tengo en la garganta. Esto
es increíblemente doloroso. Por eso no quería verlo. Estoy furiosa con él,
pero verlo tan abatido me parte el corazón. Me ha mentido, me ha
engañado y, básicamente, me ha acosado y perseguido para que me metiera
en la cama con él.
«¡Has dejado que me enamorase de ti!»
Me mira con fijeza, el dolor de sus ojos verde pardusco es
inconmensurable. Si no aparto la mirada, cederé... Así que la desvío.
Agacho la cabeza y le ruego en silencio que se vaya antes de que me
desmorone y acepte el consuelo que me brinda siempre.

—Paula, mírame.
Respiro hondo y levanto la mirada hacia la suya.
—Adiós, Pedro.
—Por favor —dice sin voz.
—He dicho que adiós. —Las palabras transmiten un aire de punto
final que en realidad no siento.
Me examina el rostro durante una eternidad, pero desiste y deja de
buscar en mis ojos un atisbo de esperanza. Se da la vuelta y se marcha en silencio..

GRACIAS POR LEER!! 
ES EL FINAL?? Mmmmmmmm

4 comentarios:

  1. No puedo creer todo lo que ha descubierto Paula!! Pobrecita, va a ser difícil olvidarlo!! Ojalá encuentre la fuerza!!!

    ResponderEliminar
  2. nooo! no puede terminar asi... me da lastima pedro, solo ella puede sacarlo de eso! digo..

    ResponderEliminar
  3. nooo, no puede terminar así!!! ojala todo se solucione!!!

    ResponderEliminar