miércoles, 19 de marzo de 2014

Capitulo 77 ♥


Está siendo estúpido y nada razonable, así que voy a pararle los pies. Siento que

se me acerca por detrás cuando llego a Bond Street, pero sigo adelante.

Hay una tienda bonita cerca. Me esconderé en ella.

—¡Uno! —grita.

Sigo andando.

—¡Que te jodan! ¡Estás siendo injusto y poco razonable!

Sé que estoy tentando mi suerte al soltar tacos y desobedecerlo, ¡pero

es que estoy muy cabreada!

—¡Esa boca! ¿Qué tiene de poco razonable que quiera besarte?

Es alucinante. ¿Es que sólo piensa en sí mismo?

—Lo sabes perfectamente, y es injusto porque estás intentando hacer

que me sienta mal.

Entro en la tienda y lo dejo andando arriba y abajo por la acera,

escudriñando a través del escaparate de vez en cuando. Sabía que no sería

capaz de entrar. Soy consciente de que está hecho una furia y de que tendré

que salir de la tienda en algún momento, pero necesito un minuto de paz

para pensar. Empiezo a dar vueltas por el local.

Una chica demasiado arreglada y maquillada se me acerca.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Sólo estoy mirando, gracias.

—En esta sección está todo el avance de temporada. —Señala con el

brazo hacia un colgador lleno de vestidos.

—Gracias.

Empiezo a pasar un vestido tras otro; hay verdaderas maravillas. Los

precios son de locos, pero las prendas son preciosas. Cojo un vestido de

seda de color crema entallado y sin mangas. Es más corto que los que suelo

ponerme, pero adorable.

—¡Con eso no sales a la calle!

Levanto la mirada sorprendida y veo a Pedro en la puerta, observando

el vestido como si fuera a morderme. ¡Qué vergüenza, por Dios! La

dependienta mira primero a Pedro con los ojos como platos y luego se

vuelve hacia mí. Le dedico una media sonrisa. Estoy horrorizada. ¿Quién

coño se cree que es? Lo miro con todo el odio que soy capaz de sentir y

dejo que lea en mis labios: «Jódete.» Le sale humo de las orejas, como era

de esperar.

Vuelvo a centrarme en la dependienta.

«Piensa, piensa, piensa.»

—¿No tiene nada más corto? —pregunto con dulzura.

—¡Paula! —ladra Pedro—. No te pases.

Lo ignoro y sigo mirando a la dependienta, expectante. Parece que a la

pobre chica va a darle un ataque de pánico; mueve la cabeza a un lado y a

otro, muy nerviosa, hacia Pedro, hacia mí y vuelta a empezar.

—No lo creo —dice en voz baja.

Vale, ahora me da pena. No debería involucrarla en esta discusión

patética por un vestido.

—Bien, me lo llevo. —Sonrío y le doy el vestido.

Me mira y luego mira al hombre de la puerta.

—¿Es la talla correcta?

—¿Es una cuarenta? —pregunto.

La tienda tiembla ante la ira de Pedro, literalmente.

—Sí, pero le recomiendo que se lo pruebe. No aceptamos

devoluciones.

Bueno, iba a arriesgarme a que no me quedara bien pero, a ese precio,

quizá sea mejor que no lo haga. Me lleva a un probador y cuelga el vestido

de una elegante percha.

—Avíseme si necesita cualquier cosa. —Sonríe y corre la cortina de

terciopelo para dejarme a solas con el vestido.

Soy tan patética como Pedro por hacer esto, estoy provocándolo a

propósito. Estamos hablando del hombre que me obligó a dormir con un

jersey de invierno en primavera porque había otro hombre en el

apartamento. ¿Es necesario esto? Decido que sí. No puede seguir

comportándose así.

Me peleo con el vestido y con la cremallera cuando se cruza con la

costura a la altura del pecho. No voy a rendirme. Una vez subida me

quedará bien. Estiro la parte delantera. Es muy agradable al tacto.

Descorro la cortina y me coloco frente al espejo de cuerpo entero para

poder verme bien. ¡Vaya! Me queda genial. Es muy favorecedor, resalta mi

piel de color aceituna y mi pelo oscuro.

—¡Jesús, María y José!

Me vuelvo y veo a Pedro con las manos hundidas en el pelo, dando

vueltas de un lado a otro. Es como si le hubieran dado una descarga con

una pistola eléctrica. Se para, me mira, abre la boca, la cierra de golpe y

empieza a dar vueltas otra vez. La verdad es que me hace bastante gracia.

Se detiene y me mira con los ojos como platos, traumatizado.

—No vas a... No puedes... Paula... nena... ¡No puedo mirarte!

Se marcha recolocándose la entrepierna, murmurando no sé qué

mierda sobre una mujer intolerable e infartos. Me quedo de nuevo a solas

con el vestido.

La dependienta se me acerca con cautela.

—Está usted increíble —dice no muy alto, y después mira hacia atrás

por si Pedro está cerca.

—Gracias. Me lo llevo.

Es más fácil salir del vestido que meterse en él. Se lo doy a la

dependienta y me visto.

Cuando salgo del probador, Pedro está inspeccionando unos tacones de

vértigo. El desconcierto que refleja su rostro hace que me derrita un

poquito, pero en cuanto me ve los deja otra vez en su sitio y me mira con

odio. Entonces me acuerdo de que estoy furiosa con él. Saco el monedero

del bolso y la tarjeta de crédito. ¿Quinientas libras por un vestido? Es

demasiado caro, pero estoy desafiándolo. ¿Y lo llamo crío a él? Esto es

ridículo. ¿Cómo se le ocurre pensar que tiene derecho a decirme qué puedo

y qué no puedo ponerme?

La dependienta empieza a envolver el vestido en toda clase de papeles

de seda. Me gustaría decirle que lo meta en una bolsa y punto —antes de

que Pedro decida hacerlo trizas—, pero me da miedo que la pobre chica

pierda su trabajo por hacer algo tan normal. Así que me resigno a cerrar el

pico y a esperar pacientemente a que haga lo que tiene que hacer.

Después de un milenio envolviendo, doblando, guardando y tecleando

el código de mi tarjeta, la dependienta me da la bolsa.

—Que disfrute del vestido, señora. De verdad que le queda muy bien.

Mira a Pedro con recelo.

—Gracias. —Sonrío.

Y ahora, ¿cómo salgo yo de la tienda? Me vuelvo y veo a Pedro en el

umbral, pensativo y con cara de pocos amigos. Voy hacia allá con decisión,

aunque no la sienta, y me detengo delante de él. Estoy muerta de miedo,

pero no voy a dejar que lo note.

—¿Me permites?

Me mira y luego mira la bolsa.

—Acabas de malgastar cientos de libras. No vas a ponerte ese vestido

—dice sin titubeos.

—Permíteme, por favor. —Hago énfasis en el «por favor».

Aprieta los labios y cambia el peso del cuerpo hacia el otro lado, de

modo que me deja un hueco para pasar.

Salgo a la calle y me dirijo hacia la oficina. Sólo he estado fuera

cuarenta minutos, pero no voy a pasar el resto de mi hora de la comida

discutiendo sobre las muestras de afecto en público y mi ropa. El día había

empezado tan bien... Claro, porque le decía a todo que sí.

Noto su aliento tibio en la nuca.

—¡Cero!

Doy un grito cuando me empuja hacia un callejón y me lanza contra la

pared. Me aplasta los labios con los suyos, mueve las caderas con furia

contra mi abdomen; su rabiosa erección es evidente bajo la bragueta de

botones de sus vaqueros. ¿Le excita cabrearse por un vestido? Supongo que

es preferible a que me torture. Intento resistirme a la invasión de su

lengua... un poco. Esto no está bien. Al instante me consume y necesito

tenerlo dentro de mí. Le rodeo el cuello con los brazos y lo acepto con todo

mi ser, absorbo su intrusión y salgo al encuentro de su lengua, caricia a

caricia.

—No voy a permitir que te pongas ese vestido —gime en mi boca.

—No puedes decirme qué puedo y qué no puedo ponerme.

—Impídemelo —me reta.

—Sólo es un vestido.

—Cuando tú te lo pones, Paula, no es sólo un vestido. No vas ponértelo.

Aprieta la entrepierna contra la parte baja de mi vientre, una clara

demostración de lo que le provoca el vestido. Sé que está pensando que

causará la misma reacción a otros hombres.

Qué loco está.

Respiro hondo. Comprar el vestido es una cosa, ponérselo y lucirlo en

un pub constituye un acto de desobediencia muy distinto. Tengo veintiséis

años y él mismo me ha dicho que tengo unas piernas estupendas. Decido

que no voy a llegar a ninguna parte con esto. Al menos no ahora. Lo que sí

quiero discutir con todo detalle es eso de que se crea con derecho a

controlar mi vestuario. De hecho, tenemos que hablar de todas sus

exigencias poco razonables, y punto. Pero ahora no. Sólo me quedan veinte

minutos de la hora de comer y espero que esa conversación dure mucho

más.

—Gracias por el pastel —le digo mientras besa cada centímetro de mi

cara.

—De nada. ¿Te lo has comido?

—Sí. Estaba delicioso. —Le beso la comisura de los labios y restriego

la mejilla contra la sombra de su barba. Se le escapa un gruñido grave

cuando gimo en su oído y le acaricio el cuello con la nariz para inhalar su

adorable fragancia a agua fresca. Sólo quiero acurrucarme entre sus brazos

—. Se supone que no debo dedicarte más tiempo hasta que hayas pagado la

factura. —Sigo abrazada a él y lo agarro con más fuerza cuando me

mordisquea el lóbulo de la oreja.

—Pasaré por encima de quien intente detenerme. —Me lame el borde

de la oreja y me provoca un escalofrío.

No me cabe duda de que lo hará. Este hombre está como una cabra.

¿Por qué es así?

—¿Por qué eres tan poco razonable?

Me aparta y me mira. Se le ve en la cara, impresionante y sin afeitar,

que lo he pillado por sorpresa. La arruga de la frente ocupa su lugar.

—No lo sé. ¿Puedo preguntarte lo mismo?

La mandíbula me llega al suelo. ¿Yo? Este hombre alucina. Su lista de

locuras es más larga que un día sin pan. Hago un gesto de negación con la

cabeza y frunzo el ceño.

—Será mejor que vuelva a la oficina.

Suspira.

—Te acompaño.

—La mitad del camino. No pueden verme charlando con los clientes

durante la comida sin que Patrick lo sepa, y menos con los que tienen

facturas sin pagar —farfullo—. ¡Paga lo que debes!

Pone los ojos en blanco.

—Dios no quiera que Patrick se entere de que un cliente moroso se te

está follando hasta hacerte perder la cabeza. —Una pequeña sonrisa

aparece en las comisuras de sus labios cuando jadeo sorprendida por el

brutal resumen de nuestra relación—. ¿Vamos?

Mueve el brazo en dirección a la entrada del callejón, sonriente.

¿Follar? Pues sí, supongo que eso hemos hecho, pero oírlo de su boca

me toca la fibra sensible.

Caminamos en dirección a mi oficina y el silencio es incómodo, al

menos para mí. Sus palabras me han herido. ¿Así es como me ve? ¿Como

un juguetito al que follarse y controlar? Languidezco por dentro, una vez

más, y contemplo la agonía que me espera. Este hombre me lanza tantas

señales contradictorias que mi pobre ego no puede seguirle el ritmo.

Intenta cogerme la mano y automáticamente me separo de él. Me

estoy hundiendo en la miseria. Con un pequeño gruñido, vuelve a

intentarlo. No digo nada, pero aparto la mano de nuevo. Estoy cabreada y

quiero que lo sepa. Captará el mensaje. O no. Me agarra la mano y la

aprieta sin piedad hasta el punto de hacerme daño. Era de esperar. Empiezo

a ser capaz de leer a este hombre como si fuese un libro abierto. Doblo los

dedos y levanto la vista. Su ceño fruncido se transforma en una expresión

de satisfacción cuando dejo de resistirme y le permito llevarme de la

mano. ¿Le permito? Como si tuviera otra opción.

Justo en ese momento, algún capullo del más allá debe de pensar que

sería divertidísimo enviar a James, el amigo de Matias, a que doble la

esquina y baje por la calle hacia nosotros. Pongo todo mi empeño en que

Pedro me suelte la mano, pero lo único que hace es apretarla con más

fuerza.—

¡Mierda! Es un amigo de Matias.

El ceño fruncido reaparece en cuanto se vuelve para mirarme.

—Esa boca. ¿De tu ex?

—Sí. Suéltame.

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