unas bebidas sobre la mesa.
Se levanta en cuanto me ve con una amplia sonrisa.
—¡Paula! —Me agarra y me abraza contra su pecho, cosa que me pilla
por sorpresa.
Jamás me había abrazado de esta manera, ni siquiera cuando
estábamos juntos. Se aparta y me da un beso en la mejilla que alarga un
poco más de lo necesario.
—Gracias por haber venido. Te he pedido vino, que sé que te encanta.
¿Te parece bien?
—Claro —sonrío. Una copita no me hará daño. Me aparto de él y me
siento en la silla de enfrente—. ¿Va todo bien? —pregunto nerviosa y con
la voz cargada de toda la aprensión que siento en realidad.
—Estás muy guapa —comenta sonriendo alegremente—. ¿Quieres
comer algo?
—No, estoy bien —respondo, y frunzo el ceño—. Matias, ¿qué es lo que
tienes que contarme? Dijiste que no estabas bien.
Se muestra nervioso y su comportamiento me resulta sospechoso.
Estoy empezando a sentirme tremendamente incómoda. Doy un sorbo al
vino y observo por encima de la copa cómo juega con el borde del vaso de
su pinta de cerveza. ¿Qué lo reconcome? Al final toma aire, se inclina
sobre la mesa y coloca una mano encima de la mía. Me quedo inmóvil a
mitad del sorbo y bajo la mirada hacia su mano.
Entonces me doy cuenta. «¡Mierda!» Lo miro con los ojos abiertos y
horrorizados y rezo para que me diga que Henry, el pececillo de colores, ha
muerto. Por favor, que sea eso y no lo que creo que va a ser.
—Paula, quiero volver contigo —dice de forma clara y concisa.
La verdad es que no me lo esperaba, al menos hasta hace diez
segundos. Pero ¿qué narices le pasa?
Mi copa continúa pegada a mis labios cuando continúa:
—He sido un gilipollas. No me merezco una segunda oportunidad...
Yo resoplo.
—¿Una «segunda» oportunidad?
Deja caer la cabeza, derrotado.
—Vale, sí, ya sé a qué te refieres. —Levanta la cabeza y veo su
expresión llorosa y sincera—. No volverá a pasar, te lo prometo.
¿Me está tomando el pelo? ¿Cuántas veces he oído toda esta mierda?
Es infiel por naturaleza.
—Matias, lo siento, pero eso no va a pasar —le digo con voz tranquila y
pausada.
Él abre los ojos, sorprendido. Sacudo la cabeza ligeramente para
reafirmar mis palabras.
En cuestión de tres segundos, su rostro pasa de triste y afligido a
oscuro y receloso.
—Es por ella, ¿verdad? —me espeta desde el otro lado de la mesa. No
hace falta ser ningún genio para saber a quién se refiere—. En cuanto abre
esa bocaza, tú la escuchas. ¿Cuándo vas a empezar a pensar por ti misma?
Me quedo pasmada. Lo cierto es que Kate no dijo ni una palabra a lo
largo de cuatro años. Me dejó claro que no le gustaba Matias, pero jamás
interfirió en nuestra relación. Yo traté de mantenerlos a distancia. Ella
nunca intentó influenciarme. Sólo estaba ahí, como una verdadera amiga,
cuando las cosas se torcían. Y lo hacían... muy a menudo. Retiro la mano
de debajo de la suya y le doy otro trago al vino para relajarme. No merece
mi tiempo. Ya malgasté cuatro años con él y no va a robarme ni un
segundo más. No puedo creer que haya dejado tirado a Pedro para venir
aquí.
—¿No vas a decir nada? —sisea con la mirada llena de rencor y
desdén.
Tengo ganas de pegarle, pero consigo dominar la ira.
—Matias, ya lo he dicho todo, tengo que irme. ¿Era ése el único motivo
para arrastrarme hasta aquí?
Él da un respingo y enarca las cejas casi hasta el nacimiento del pelo.
—¿No estás preparada para volver a intentarlo?
—No —respondo llanamente. Jamás había tomado una decisión con
tanta facilidad.
Se pone en pie de un salto, iracundo, y derrama la cerveza en el
proceso.
—Me necesitarás antes que yo a ti.
Me río en su cara.
—¿Que yo voy a necesitarte? —Trato de controlar el ataque de risa—.
Sí, por eso estás aquí suplicándome que volvamos y yo te he mandado a la
mierda. ¿Qué pasa, Matias? ¿Ya no te quedan más mujeres que tirarte?
Lo miro mientras se alisa el traje negro y barato que lleva puesto y se
pasa la mano por el pelo castaño y lacio. Es curioso, ya no lo encuentro
atractivo. En realidad me da repelús. ¿Qué veía en él? Estaba con él por
costumbre, nada más. Una mala costumbre.
—¡Lo sabía! —La voz aguda de Kate hace que me tense—. ¡Sabía que
estabas viéndolo! —Al volverme, veo su precioso rostro normalmente
pálido rojo de ira.
—Vaya, ha venido a unirse a la fiesta —suelta Matias en voz alta para
que lo oiga—. No puedes dejar de meter las narices donde no te llaman,
¿verdad?
Miro hacia la barra y veo que la gente ha empezado a observarnos,
especialmente a Matias, que ha tirado el vaso de cerveza al suelo. Si me
dejan, le ahorraré saliva a Kate y le contaré lo que acaba de suceder.
Aunque supongo que, después de cuatro años con la «bocaza» cerrada,
debería dejar que se desahogara.
Se acerca a él en actitud desafiante. Matias la mira con cara de pocos
amigos cuando se le encara.
—Ella no te quiere, pedazo de mierda engreída. —Su tono es
controlado y penetrante—. Está con otro, así que vuelve al agujero del que
has salido.
¡Mierda! ¿Por qué ha tenido que decirle eso? Matias me mira en busca
de una confirmación, pero yo no se la ofrezco. Suelta unos cuantos
improperios airados y se larga del bar con una pataleta.
Kate se deja caer sobre la silla delante de mí y me mira con los ojos
azules entornados. Me pongo a la defensiva inmediatamente.
—Me dijo que no estaba bien. ¡Pensaba que se había muerto alguien!
Ella sacude la cabeza.
—Estoy furiosa contigo.
Resoplo y cojo la copa de vino para darle un buen trago.
—Yo también estoy furiosa conmigo misma. Pero no tenías por qué
haberle dicho eso. ¿Por qué lo has hecho?
Ella sonríe con malicia.
—Porque ha sido divertido. ¿Has visto qué cara ha puesto?
Sí, no se me olvidará en la vida. Pero, aun así, le ha dicho algo que no
es cierto. No estoy con nadie. Estoy acostándome con alguien, que es muy
diferente. Mi móvil empieza a sonar y lo busco por el bolso. Es la
undécima llamada de Pedro.
—¿Quién es? —pregunta Kate, y acerca la cabeza para ver la pantalla.
—Pedro.
Frunce el ceño.
—¿No le contestas?
Me inclino sobre la silla y dejo que siga sonando.
—Lo he dejado plantado para venir a ver a Matias —refunfuño.
Kate abre la boca de asombro.
—Paula, a veces pareces tonta. No te ofendas, pero cuando estabas con
él te volviste tan aburrida que me planteé dejar de ser tu amiga.
Su comentario me duele.
—Ya te vale, ¿no?
Ella se echa a reír.
—La verdad duele, ¿verdad?
—Pues sí, así es.
—Pero bueno, has salido airosa de la situación, así que voy a dejarlo
correr. —Se echa hacia adelante para decirme—: Diviértete. Además, él
me gusta.
Sí, ya lo ha dejado bastante claro, y él no es aburrido. Pero sé que esto
no puede acabar bien. Un empleado se acerca con un recogedor y un
cepillo. Le sonrío a modo de disculpa, pero el teléfono empieza a sonar de
nuevo y me interrumpe. Vuelvo a ignorarlo... una vez más. Necesito
tiempo para pensar en todo esto. Ayer estaba tan afectada que dejé que un
pecho firme, una voz suave e hipnotizadora y unos labios exuberantes me
nublasen el pensamiento. ¿A quién quiero engañar? Cada vez que estoy con
ese hombre pierdo la capacidad de pensar. Me abruma con su intensidad y
me arrebata el sentido común.
—Vaya, ¡un tío bueno a las tres! Y está mirando. ¿Cómo tengo el
pelo? ¿Tengo cobertura de tarta en la cara? —Kate empieza a frotarse las
mejillas con las palmas de las manos.
Me vuelvo en esa dirección y veo al tipo de la barra de La Mansión.
¿Cómo se llamaba? ¿Drew? No, Sam. Levanta la botella de cerveza y me
saluda con una amplia sonrisa dibujada en el rostro descarado. Le respondo
levantando la mano y miro a Kate.
—¿Lo conoces? —pregunta incrédula.
—Es Sam, estaba en La Mansión. Es amigo de Pedro.
—¡Joder! Pedro pertenece a una banda de tíos buenos. —Se echa a
reír, con los ojos abiertos como platos a causa de la emoción—. ¿Cómo es
que nunca me has hablado de ese lugar? —inquiere—. La próxima vez que
vayas iré contigo —dice decidida, y sé que no bromea—. Viene hacia aquí.
¡Preséntamelo, por favor!
Sacudo la cabeza. Para ella no es más que otra primera cita a la que
hincarle el diente. Un momento... De repente me entra el pánico. ¿Me
habrá visto con Matt? Espera... ¿por qué me preocupa eso?
No hay comentarios:
Publicar un comentario