domingo, 30 de marzo de 2014

Capitulo 116 ♥



Voy en coche a trabajar. Podría haber cogido mis carpetas y haberme
metido en el metro, pero tengo intención de recoger el resto de mis
pertenencias de casa de Matias cuando salga de la oficina. He estado
posponiéndolo toda la semana porque llamó a mis padres. No he hablado
con él del tema y creo que no voy a hacerlo. ¿Para qué? No quiero entrar en
el juego de dimes y diretes. La verdad es que ni siquiera tengo ganas de
volver a verlo, al menos hoy no.
Llego a la oficina a tiempo de ver un ramo enorme de calas sobre mi
mesa. Suspiro. ¿Cómo consigue que envíen las flores tan de prisa?

Busco la tarjeta.

ERES UNA SALVAJE Y UNA CALIENTABRAGUETAS.
ME VUELVES LOCO.
TE QUIERO.
BSS, P.
¿Que yo lo vuelvo loco a él? Ese hombre delira. Le mando un mensaje
rápido.

"Lo sé. Las flores son preciosas. Gracias por llevarme al... trabajo. Bss, PC."

Arreglo mi mesa y abro el correo electrónico y la lista de tareas
pendientes, pero me distraigo en seguida del trabajo cuando me acuerdo de
que no me he tomado la píldora. Cojo el bolso del suelo. Rebusco en su
interior durante unos cuantos minutos. Finalmente, pongo el bolso boca
abajo y vacío el contenido sobre la mesa.
—¡Mierda, mierda, mierda! —Por favor, otra vez no.
—Buenos días, flor. —Patrick entra en mi despacho.
—Buenos días —digo sin levantar la vista, sumida en mi búsqueda
inútil. Me merezco una medalla por ser tan descuidada—. ¿Has tenido un
buen fin de semana? —pregunto recogiendo un puñado de tickets olvidados
que procedo a embutir en la papelera.
Patrick gruñe un par de veces.
—Pues no, la verdad es que no. ¡Mira!
Me fijo en eso que se supone que debo mirar y me olvido de la
montaña de basura que hay esparcida sobre mi mesa.
—¿Qué? —pregunto.
Se señala la cabeza con el dedo, así que me levanto de la silla y me
inclino hacia adelante de puntillas, pero sigo sin ver nada.
—¿Qué, Patrick?
—Eso. Ahí. ¡Mira!
—Patrick, ¿qué se supone que tengo que ver?
—La calvicie incipiente —me dice, molesto.
Recorro con la mirada su mata de pelo gris plateado en busca de algún
indicio de calvicie, pero que me aspen si veo alguno.
—Patrick, no tienes ninguna calva —intento tranquilizarlo.
—La tendría si no me tomara mis vitaminas —gruñe—. Bonitas
flores.—
Ah, sí. Son de mi hermano —contesto a toda velocidad. Tengo que
hablar con Pedro acerca de esto de enviarme flores.
—Qué dulce —sonríe, y se va a su despacho.
Mi móvil empieza a bailar sobre la mesa para avisarme de que tengo
un mensaje de texto.

"!Eres preciosa y sé que lo sabes. ¡Descarada! Te echo de menos. Bss, P."

Me echa de menos. Me derrito sobre el contenido de mi bolso. Yo
también lo echo de menos, pero ahora mismo me preocupa más tener que ir
a la consulta de la doctora Monroe por tercera vez. Es ridículo.
Ya que tengo el móvil en la mano, decido hacer la llamada que no me
apetece en absoluto hacer. Llamo a Matias, que espera dos tonos antes de
contestar.
—¿Paula? —Parece contento de oírme. Quiero borrarle la sonrisa de la
cara cuanto antes.
—Hola, quiero ir a recoger mis cosas. —Voy directa al grano. Si no
necesitara mis cosas, ni me molestaría en llamarlo. Sólo de pensar en él, se
me pone la carne de gallina; hablar con él me da urticaria. Estuve con Matias
cuatro años. ¿Qué me ha pasado?
—Por supuesto. —Lo dice como si lo estuviera deseando, y no me
sienta bien.
—¿Puedo pasarme cuando salga del trabajo? ¿Más o menos a las seis?
—Claro, me parece perfecto —responde con entusiasmo.
Quiero escupirle por teléfono y decirle exactamente lo que pienso de
él, pero sé que espera que lo ataque de alguna manera y no voy a darle el
gusto. Lo que hago y con quién lo hago no es asunto suyo.
«¿Por qué llamaste a mis padres, cucaracha?»
—Genial. Te veo luego. —¿Por qué he dicho eso? No es genial para
nada. Quizá a él le parezca perfecto, pero a mí no. En cuanto tenga el resto
de mis cosas no pienso volver a verlo nunca.
Un escalofrío me recorre de pies a cabeza, y cuelgo. Si pudiera,
enviaría a Kate a buscar mis cosas, pero sé que eso terminaría en llanto y
chirriar de dientes y, posiblemente, en intervención policial. Será entrar y
salir. Puedo resistirme a la tentación de matarlo durante los escasos
minutos que tardaré en recogerlo todo y largarme.
—¿Te apetece un café, Paula?
Levanto la vista y veo a Sally retorciéndose la coleta con los dedos.
Hay algo distinto en ella.
—Sí, por favor. ¿Has pasado un buen fin de semana, Sal? —¿Por qué
se la ve tan distinta? Se pone colorada hasta las orejas, y entonces caigo en
la cuenta de que ha cambiado las blusas de cuello alto por una camiseta
con un pronunciado escote redondo. ¡Caramba! ¡Sal tiene unas tetas
estupendas! ¿Quién lo habría imaginado?
—Sí. Gracias por preguntar, Paula —responde, y trota hacia la cocina.
Sonrío para mis adentros. Es posible que nuestra Sal, sosa y aburrida,
haya estado de juerga con un hombre este fin de semana. Dejo el móvil en
la mesa y empiezo a trabajar y a revisar mis archivos para preparar mi
reunión del miércoles con el señor Van Der Haus.
Sobre las diez y media, cojo mis cosas y me dispongo a hacer algunas
visitas.—
Sal, dile a Patrick que me he ido a visitar clientes. Volveré hacia las
cuatro y media.
—Muy bien —responde con entusiasmo mientras archiva recibos. Sí,
definitivamente ha habido un hombre en su vida este fin de semana. ¿De
verdad los hombres tienen semejante impacto en las mujeres?
Camino de la puerta paso junto a Tom y Victoria.
—¿Qué tal el fin de semana, corazón? —me pregunta Tom.
—Genial —digo recogiendo el beso que me lanza—. Tengo que
darme prisa. Volveré a las cuatro y media.
—Disculpa. —Victoria me empuja para pasar.
—¿Qué mosca le ha picado? —le pregunto a Tom.
Él pone los ojos en blanco.
—Que me aspen si lo sé. Me llamó el sábado para decirme que estaba
enamorada y esta mañana me la encuentro con cara de haber desayunado
cristales rotos.
—¿Drew? —pregunto. ¿Qué habrá salido mal?
Tom se encoge de hombros.
—No quiere hablar del tema, cosa que no es buena señal. Veré si
puedo sonsacarle algo. Hablamos luego.
De camino al metro me paro en la farmacia para comprar brillo de
labios, que se me ha terminado. Me siento tentada de comprar vitaminas
cuando recuerdo haber leído algo sobre déficits vitamínicos mientras
investigaba sobre el alcoholismo. Me leo las cajas de un millón de frascos
y al final decido hablar con el farmacéutico.
Después de hablar un rato con él, aunque sin entrar en detalles, me
recomienda un par de cosas y me aconseja que acuda a un médico si el
tema me preocupa. ¿Me preocupa? Pedro insiste en que no es alcohólico y
que no siente unas ganas irresistibles de beberse hasta el agua de los
floreros. Aun así, compro las vitaminas. Total, no van a hacerle daño.
Estoy en Kensington High Street, y Ain’t no sunshine suena en mi
bolso. Ja, seguro que se cree muy gracioso. No lo pienso dos veces antes de
contestar. No me gustaría que le entrara el pánico por un par de llamadas
perdidas y me telefoneara como un loco mientras estoy visitando a mis
clientes. Necesito mantenerlo estable, y si eso implica una conversación
rápida por teléfono, pues adelante.
—Hola —lo saludo.
Suspira.
—Dios, cómo te echo de menos. —Parece muy triste. Sólo han pasado
unas pocas horas desde que me tuvo abierta de piernas sobre la encimera
de la cocina.
—¿Por qué has enviado a John a recogerme?
—Porque no tenías tu coche —dice como si fuera tonta por preguntar
algo tan obvio.
—¿Por qué no me has llevado tú a trabajar? —Mi tono es de
acusación. Me ha salido solo.
—¿Te habría gustado más?
—Pues claro, pero no era necesario. —Estoy llegando a mi destino.
Necesito poner fin a la conversación—. ¿Dónde estás?
—En La Mansión. Todo está bajo control. Aquí no hago falta. ¿A ti te
hago falta?
No puedo verlo, pero sé que está poniéndome morritos.
—Siempre —digo, ya que sé que eso es lo que quiere oír.
—¿Y ahora?
—Pedro, estoy trabajando. —Intento no sonar irritada, pero me espera
un día de lo más ajetreado y no quiero tener que estar diciéndole todo el
rato lo que necesita oír para sobrellevar su día.
—Lo sé —dice, abatido—. ¿Qué estás haciendo ahora mismo?
¿Por qué quiere saberlo?
—Voy a visitar a un cliente, acabo de llegar, así que tengo que colgar.
—Puede que a él no lo necesiten en su trabajo, pero yo tengo una agenda
que cumplir.
—Ah, vale. —Suena tan desolado que me siento culpable por estar
intentando librarme de él.
Paro en la puerta y alzo la vista al cielo.
—Esta noche duermo en tu casa —digo con la esperanza de animarlo
un poco.
Profiere un sonido burlón.
—Eso espero, ¡vives allí!
Pongo los ojos en blanco. Cómo no.
—Te veo luego.
—¿A qué hora? —me presiona.
—Más o menos a las seis.
—Más o menos —repite—. Te quiero, nena.
«...»
—Lo sé.
Cuelgo y subo los escalones que llevan a la puerta principal del nuevo
hogar del señor y la señora Kent. Estoy demasiado ocupada como para que
mi hombre complicado me distraiga con su complicada forma de ser.
—Bonitas flores.
Levanto la vista y veo a Victoria delante de mi mesa. Está menos
naranja pero no menos triste que esta mañana.
—¿Te encuentras bien?
Me pregunto si Tom ha conseguido tirarle de la lengua.
—La verdad es que no.
—¿Te apetece desahogarte?
Se encoge de hombros.
—La verdad es que no.
Intento no poner cara de aburrimiento pero es muy difícil. Es el típico
momento en que uno se muere por desahogarse pero a la vez quiere que
alguien le suplique y le dé coba hasta que suelte la información. He tenido
el día más largo de mis veintiséis años de vida. No me queda energía para
tirarle de la lengua a nadie. Me levanto y voy a la cocina a por unas
galletas. Necesito un chute de glucosa.
Sally está lavando los platos.
A ella sí que me apetece sonsacarle. Me muero por saber por qué tiene
esa sonrisa de oreja a oreja en la cara y qué ha hecho aparecer en escena los
cuellos redondos pronunciados.
—¿Qué has hecho este fin de semana, Sal? —Intento que parezca la
pregunta más normal del mundo y cojo la caja de galletas.
Se pone colorada otra vez. Creo que mis sospechas van bien
encaminadas. Si me dice que ha estado haciendo punto de cruz y limpiando
las ventanas, me ahorco.
—Salí a tomar una copa, ya sabes. —Ella también intenta decirlo
como si fuera lo más normal del mundo, pero fracasa estrepitosamente.
¡Lo sabía!
—Qué bien. ¿Con quién? —Finjo desinterés. Me cuesta mucho. Me
muero por descubrir que nuestra Sal, más sosa que hecha por encargo, que
sólo lleva faldas escocesas y blusas abotonadas hasta el cuello, la que es la
burra de carga de la oficina, es una especie de dominatrix o algo así.
—Tuve una cita —responde, y vuelve a fracasar a la hora de decirlo
en tono casual.
—¿De verdad? —exclamo. Eso ha sonado fatal. No quería parecer
sorprendida pero lo estoy.
—Sí, Paula. Lo conocí por internet.
¿Por internet? Sólo he oído desastres al respecto. Todos parecen
modelos de ropa interior en las fotos de sus perfiles pero, en la vida real,
más bien tienen el aspecto de un asesino en serie. Aunque a Sal se la ve
contenta.
—¿Y fue bien? —pregunto mientras me llevo a la boca una galleta
integral de chocolate.
—¡Sí! —grita. Casi me atraganto con la galleta. Nunca la había visto
tan animada—. Es perfecto, Paula. Hemos quedado otra vez mañana.
—Sal, me alegro mucho por ti.
—¡Y yo! —suspira—. He de irme. ¿Necesitas algo antes de que me
marche?
—No, no, vete. Hasta mañana.
Sale bailando de la cocina y yo me quedo apoyada en la encimera y
me como otras tres galletas integrales de chocolate. Deberían ser vino. Ha
sido un día de locos y no tengo ningunas ganas de ir a casa de Matias a
recoger el resto de mis cosas, pero será un trabajo bien hecho y Pedro no
tiene por qué enterarse nunca. No se me olvida que me ordenó que no
volviera a ver a mi ex.
Aparco y lo primero que hago es buscar el coche de Matias. No puede
habérsele olvidado: lo he llamado esta misma mañana. No pienso
quedarme aquí esperándolo porque Pedro no tardará en llamarme para
preguntarme dónde estoy. Saco el móvil del bolso y llamo a Matias.
—¿Paula?
—Matias, estoy en la puerta de tu casa —digo molesta.
—Paula, lo siento. Debería haberte llamado pero estaba en una reunión
de la que no he podido escaparme. Tardaré al menos una hora.
Echo la cabeza hacia atrás contra el asiento. No puedo esperarlo una
hora.
—Vale, ¿y mañana?
—Estaré en Birmingham mañana y pasado. ¿Qué tal el jueves?
Estoy que muerdo por dentro. Quería resolver esto ya.
—Vale. El jueves a la misma hora.
Cuelgo y tiro el móvil al asiento del acompañante, cabreada. Cabrón
tocapelotas.
Cuando me acerco al Lusso las puertas se abren al instante. El coche
de Pedro no está, cosa que explica que no me haya llamado para ver por qué
no estoy en su casa.
Entro en el vestíbulo, cargada de flores y bolsas, y veo a Clive
apretando varios botones de su sistema de seguridad de tecnología
avanzada. Ahora me tocará sentarme en uno de los cómodos sillones de
cuero y esperar. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
—Hola, Clive.
Levanta la vista y sonríe.
—Hola,Paula, ¿qué tal estás?
¡De pena! He tenido un día de locos, quiero ducharme, ponerme ropa
cómoda y beberme una copa de vino. No puedo hacer ninguna de esas
cosas y estoy muy cabreada porque Pedro insistió en que estuviera puntual
en casa y ahora resulta que él no ha llegado.
—Agotada —mascullo en dirección a un enorme sofá. Es posible que
me quede dormida.
—Toma. El señor Alfonso te ha dejado esto.
Levanto la cabeza y veo que Clive tiene en la mano una llave rosa.
¿Me ha dejado una llave? Así que sabía que no iba a estar en casa y ni
siquiera me ha telefoneado para decírmelo.
Me acerco a él para cogerla.
—¿A qué hora se ha marchado? —pregunto.
Clive sigue pulsando botones y estudiando las imágenes de los
monitores.
—Pasó por aquí a eso de las cinco para dejarte la llave.
—¿Dijo a qué hora iba a volver? —¿Pretende que me quede aquí
esperándolo?
—No dijo nada, Paula. —Clive ni siquiera se molesta en mirarme.
—¿Te ha preguntado por la mujer que vino el otro día?
—No, Paula. —Lo dice casi con tono de aburrimiento. No, claro que no
lo ha hecho. Ya me imaginaba yo que no iba a hacerlo porque él sabe quién
cojones es. Y me lo va a decir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario