martes, 11 de marzo de 2014

Capitulo 53 ♥


Salgo de la pista de baile con la mano de Pedro apoyada en la cadera. Va

apartando a la gente con el otro brazo y me guía entre la multitud. Me lleva

hasta una mesa alta, pero se han llevado los taburetes.

—Espera aquí. —Me deja junto a la mesa, me pone una mano en la

nuca, tira de mí y me planta un beso en la frente—. No te vayas.

Dejo el bolso sobre la mesa y veo que desaparece entre la multitud.

No tengo mucho tiempo para aclararme las ideas, lo cual, seguramente, sea

algo positivo, porque no sé qué pensar. Kate y los demás aparecen entre la

gente, riendo y sudando, con Sam y Drew detrás.

Sam ve que estoy sola.

—¿Y Pedro?

Enarco las cejas.

—No lo sé —respondo, y señalo en la dirección por la que se ha

marchado justo cuando reaparece entre la masa con un taburete sobre la

cabeza.

Lo deja en el suelo.

—Siéntate —me ordena, y me levanta y me coloca sobre el asiento.

Es un alivio, los pies me están matando—. ¿Pido algo? —pregunta. Todo el

mundo asiente y le dice lo que quiere tomar; parece estresarse un poco

cuando se inclina para escuchar los pedidos.

Sam se ofrece a ayudarlo.

—Yo te echo una mano.

—Sí, yo también. —Drew sigue a Pedro y a Sam hasta la barra y me

dejan sola con las miradas inquisidoras de mis amigos.

—¿Qué? —pregunto como si no lo supiera. De repente el vino se me

sube a la cabeza.

Kate me mira con una ceja bien enarcada y se cruza de brazos. Que se

vaya a la mierda. Si él está aquí es por su culpa.

—Te veo muy cómoda —espeta.

Tom se pasa la mano por las exageradas solapas de su camisa de color

coral.

—¿Cómoda? Madre mía, nena. ¡Después de lo que acabo de ver te

espera una larga noche de sexo apasionado, querida! —Levanta las dos

manos y Kate y Victoria responden chocándole una cada una al unísono.

Lanzo una mirada asesina a Kate.

—Ya hablaremos tú y yo —la amenazo.

Ella inspira profundamente.

—Vaya, qué agresiva. Me gusta todo lo que este tío saca de ti.

Sí, ya ha dejado bien claro que le gusta este hombre, y quiero saber a

qué han venido los cuchicheos de antes.

—¿Habéis visto cómo bailaba? —interviene Victoria.

—No lo hace mal —dice Tom con un mohín. Ay, Dios mío, alguien le

ha robado el protagonismo en la pista de baile. Es posible que Pedro se haya

ganado un enemigo de por vida.

—A ti también se te ve muy cómoda. —Se la devuelvo a Kate, y

señalo con la cabeza a Sam, que regresa entre la gente con tres bebidas en

las manos.

—Sólo me estoy divirtiendo. —Se encoge de hombros.

Joder, eso espero. ¿Debo contarle lo del Starbucks?

—¿Y tú? —digo mirando a Victoria.

Ella me mira estupefacta.

—¿Yo qué?

—Sí, se te veía muy a gusto con Drew.

Tom levanta las manos exasperado.

—¡Esto es muy injusto! Quiero ir al Route Sixty. —Se vuelve hacia

Victoria—. ¡Querida, por favor!

—¡No! —exclama ella, y no me extraña. Para una vez que es Victoria

y no Tom quien liga y quien posiblemente acabe teniendo algo de acción...

Sam deja las bebidas sobre la mesa y Drew hace lo propio, rozando

sospechosamente a Victoria con el cuerpo. Ella se echa a reír y se atusa el

pelo. Necesita deshacerse de ese bronceado artificial.

Sam sonríe.

—Vino para Kate. —Hace una reverencia cuando le entrega la copa—.

Vodka para Victoria y... No tengo ni idea de qué es esto, pero es una

mariconada, así que debe de ser para ti —bromea, y le pasa a Tom la piña

colada al tiempo que le guiña un ojo.

Tom se pone como un tomate y le hace un gesto a Sam con la muñeca

floja. No me lo puedo creer. Es la primera vez que veo a Tom mostrar

timidez. Vaya, no puedo dejar pasar esta oportunidad.

—¡Tom, tu cara hace juego con la camisa! —suelto, y empiezo a

partirme de risa.

Todo el mundo se vuelve para mirarlo, lo que no hace sino intensificar

su rubor y, por tanto, su humillación. Estallan las risas. Tom resopla unas

cuantas veces y se larga.

—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Pedro cuando llega y deja mi

vino y una botella de agua sobre la mesa. No puedo hablar. Todavía estoy

recuperándome del ataque de risa. Me seco las lágrimas de los ojos.

—Acabamos de encontrar el talón de Aquiles de Tom —explica Kate

al ver que soy incapaz de recobrar la compostura. Pedro observa perplejo al

grupo de hienas muertas de risa que se ha encontrado al volver. Sam se

encoge de hombros y da unos tragos a su cerveza.

—Sam —digo ya algo más calmada.

—¿Sam? —Pedro arquea una ceja.

Victoria interviene.

—¡A Tom le gusta Sam! —exclama con entusiasmo.

Pedro sacude la cabeza y coge la botella de agua. Desenrosca el tapón

y da un sorbo.

—Toma, bebe un poco.

Me pone la botella debajo de la nariz.

—No. —Arrugo la cara y la aparto de mí.

—Bebe un poco de agua,Paula. Me lo agradecerás por la mañana.

—No quiero agua.

Me mira con el ceño fruncido y todo el mundo observa nuestra

pequeña disputa. No pienso discutir ahora. Le aparto el brazo estirado y

cojo el vino, levanto la copa en su cara y le doy un trago. En realidad, me

lo bebo entero. Justo cuando voy a dejarla de nuevo sobre la mesa, me paro

a mirar a Pedro. Está cabreado: tiene los labios apretados y sacude la

cabeza con desaprobación.

—No —repito con firmeza para dejar clara mi respuesta. Ya me ha

fastidiado la noche de superación. No va a decirme también lo que tengo

que beber.

—Adiós a la larga noche de sexo apasionado —dice Sam sonriendo

con malicia, y Kate empieza a partirse de risa.

—Vete a la mierda, Sam —lo reprende Pedro con un tono super serio.

Está muy disgustado, pero yo estoy borracha y rebelde y me trae sin

cuidado.

Sam levanta las manos y se aparta de inmediato. Al mismo tiempo,

Kate aprieta los labios para aguantarse la risa y me lanza una miradita. Me

encojo de hombros. Me pregunto si el Pedro mandón y dominante le gustará

tanto como el caballeroso.

Drew hace un gesto con la cabeza y él y Victoria se apartan a un

rincón donde no podemos oírlos. Por lo general es algo engreído y rebosa

seguridad en sí mismo, pero parece tímido mientras Victoria charla

alegremente con él. Drew saca el móvil del bolsillo y empieza a teclear los

números que ella le dicta. Cuando ha terminado, le muestra la pantalla para

que los compruebe. Un hombre que no tiene intenciones de llamar no haría

eso. Qué interesante.

Apenas soy consciente de la conversación que tiene lugar a mi

alrededor pero, de repente, todo se nubla. No debería haberme tomado esa

última copa. Y lo he hecho sólo por una chiquillada. Pedro tiene razón,

joder. Mañana me arrepentiré. El sonido de las voces se apaga y empiezo a

ver doble.

Sí, misión cumplida... ¡voy pedo!

Pedro me pone la mano en el cuello y me lo masajea por encima del

pelo mientras charla con Sam. Cierro los ojos y agradezco su firme tacto

mientras trabaja mis músculos. Es una sensación muy agradable. Si sigue

haciéndolo me dormiré.

Cuando abro los ojos, Pedro está delante de mí mirándome a los ojos

ebrios y sacudiendo la cabeza.

—Venga, señorita, te llevaré a casa.

Lo golpeo con el brazo muerto.

—Estoy bien. —No va a fastidiarme mi noche de superación. Oigo

que Kate y él intercambian unas palabras. Después, me levanta del taburete

y me pone de pie.

—¿Puedes andar? —pregunta.

—Pues claro, no estoy tan borracha. —Sí que lo estoy. Y, por lo visto,

también tengo ganas de discutir.

Todos desfilan ante mí y me dan un beso en la mejilla mientras Pedro

me sostiene. Qué patético. Tras asegurarse de que me he despedido de

todos, me guía fuera del bar. Me avergüenza admitirlo, pero si no me

estuviese sujetando de la cintura me caería de bruces.

El aire fresco me golpea y hace que me tambalee ligeramente, pero

Pedro evita que me caiga y, de pronto, siento el familiar confort de su

pecho contra mi mejilla mientras me guía hacia su coche.

—No me vomitarás encima, ¿verdad? —pregunta.

—No —contesto indignada.

—¿Seguro? —Se echa a reír, y las vibraciones de su pecho me

atraviesan.

—Estoy bien —balbuceo contra su camisa.

Parece mi padre. ¿Podría ser mi padre? No, ningún padre sobre la faz

de la tierra baila o folla como Pedro. ¡Vaya! ¡Mi mente ebria es una

indecente!

—Vale, pero te agradecería que me avisaras un momento antes de

hacerlo. Voy a meterte en el coche.

—Que no voy a vomitar —insisto.

Me mete en su coche y siento el cuero frío en la espalda y en las

piernas cuando me deja encima del asiento. Se inclina sobre mí y me

abrocha el cinturón. Su aliento fresco invade mis orificios nasales. Soy

capaz de reconocerlo hasta en este estado. Cuando se aparta, veo dos

Pedro. Intento centrar la vista y acabo viendo una enorme sonrisa.

—Hasta borracha eres adorable. —Se agacha y me da un beso ligero

en los labios—. Voy a llevarte a mi casa.

Parece que se han desconectado todas mis funciones excepto la

capacidad de discutir.

—No voy a ir a tu casa —digo arrastrando las palabras.

—Sí que vas a venir —asevera.

Reconozco su tono severo a pesar del sopor etílico. Aunque tampoco

es que le haga mucho caso. La puerta del copiloto se cierra de un golpe y

Pedro se sienta en seguida ante el volante.

—No voy a ir, llévame a mi casa.

—Olvídalo, Paula. No voy a dejarte sola en tu estado. Fin de la historia.

—Eres un mandón —me quejo—. Quiero irme a casa. —Lo cierto es

que no sé qué quiero hacer. ¿Qué más da dónde duerma esta noche? Pero

mi ebria testarudez se empeña en acabar con todo atisbo de sensatez que

pueda quedar en mi cerebro empapado de vino. ¡Quiero irme a mi casa y

punto!

Él se echa a reír.

—Ve acostumbrándote.

—¡No! —Me apoyo en el reposacabezas y cierro los ojos. He

entendido esa frase lo suficiente como para desafiarla. Me sorprende

conservar aún algo de coherencia.

—Eres encantadora, pero también te pones muy tonta cuando estás

borracha —gruñe.

—Me alegro —repongo con arrogancia.

Arranca el coche y las vibraciones del motor empiezan a revolverme

el estómago. Pedro se ríe en voz baja.

—¿Pedro?

—¿Qué, Paula?

—¿Cuántos años tienes? —Qué pregunta más tonta. Aunque cejase en

su empeño de ocultarme su edad, mañana no me acordaría.

Suspira.

—Veinticinco.

Estoy muy borracha y el traqueteo del coche está empezando a

afectarme a pesar de tener los ojos cerrados.

—No me importa cuántos años tengas —farfullo.

—¿Ah, no?

—No. No me importa nada, te quiero igual.

Antes de perder la consciencia, oigo que inspira profundamente.

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