sábado, 1 de marzo de 2014

Capitulo 13 ♥



Él permanece callado mientras yo lo observo pasmada, a la espera de una

explicación. No obtengo más que la intensa mirada de sus ojos verdes

desde el otro lado de la estancia. Me siento como si estuviera

analizándome bajo la lente de un microscopio y la copa de vino empieza a

revolverse en mi estómago, dando vueltas sin parar mientras me balanceo

nerviosa sobre mis tacones.

—¿Qué es esto, una broma? —digo medio riéndome.

Sigo esperando a que me ilumine, pero no dice nada.

Intento ignorar el magnífico cuerpo masculino que tengo delante y

busco desesperadamente en mi cerebro algún tipo de guía o instrucción. No

sirve de nada. No estoy ciega. Lo cierto es que me he imaginado su torso

más de una vez, y he de decir que supera con creces mis mejores fantasías

y expectativas. Este hombre es más que perfecto. ¿Qué se supone que

debería hacer? Sigue ahí, de pie, con la cabeza ligeramente inclinada,

mirándome con fijeza bajo sus larguísimas pestañas. Su mirada es

penetrante, tiene la boca entreabierta y percibo el subir y bajar de su

increíble pecho. Existe una definición muy acertada; no es excesivamente

musculoso, es... simple y llanamente... perfecto. Si vestido me deja sin

palabras, verlo así me arrastra al borde del infarto. Respiro hondo.

Madre mía, tiene el vientre en V. Su respiración agitada hace que los

músculos se tensen y se destensen, y la frecuencia de las inhalaciones hace

fracasar su intento de aparentar impasibilidad. Está muy nervioso. ¿Qué

hace ahí y así, sólo con unos vaqueros, recién afeitado, mostrando todavía

más su belleza? Me abofeteo mentalmente. Salta a la vista a qué está

jugando. Sabía que no debía confiar en él. Es tan irreal y tan

tremendamente presuntuoso que casi pierde todo su atractivo... casi.

Me río para mis adentros. No pierde nada de atractivo. Al contrario.

Me invade el deseo.

¿Esperaba verlo? Sí, lo admito. Pero ¿así? Sí, la verdad es que sí. Es

prácticamente en lo único que he pensado desde que le puse los ojos

encima.

Tiene los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, pero su actitud es

segura y decidida. Me observa con una determinación absoluta, y su

mirada me dice que estoy a punto de morir de placer. Debería marcharme

pero, por más que sepa que he de hacerlo, por más que mi sensatez me

obligue a huir, no lo hago. En vez de eso, bajo la mirada hasta sus muslos,

cubiertos por los vaqueros, y advierto un bulto a la altura de su entrepierna.

Está completamente excitado y, a juzgar por la violenta sacudida de deseo

que acabo de sentir en el estómago, yo también.

Mi cuerpo se bloquea, presa del pánico, y tengo sentimientos

encontrados. Mi lado prudente me insta a largarme de aquí, pero mi lado

temerario me ruega que me quede y que acepte lo que quiere darme. Esto

está mal. Acabo de charlar con su novia en el piso inferior. Bueno, charlar

exactamente no. Eso implicaría que hubiera sido una conversación

amistosa, y no es el caso.

Mi mente en conflicto hace que cambie de postura mientras separo los

labios e inspiro profundamente. Agacho la cabeza.

—Relájate,Paula—me tranquiliza con voz suave—. Sabes que lo estás

deseando.

Casi rompo a reír. ¿Y quién no? Sólo hay que verlo. Me quedo quieta.

El único movimiento visible es el de mi corazón golpeándome el pecho, y

su ritmo se multiplica por diez cuando él empieza a caminar hacia mí

despacio, con los ojos clavados en los míos.

Cuando se encuentra a tan sólo unos centímetros de distancia, su

aroma fresco me inunda la nariz y hace que el cuerpo se me tense de

manera involuntaria. No sé cómo lo consigo, pero dejo la mirada fija en la

suya y levanto la vista para mantener el contacto mientras se acerca hasta

que lo tengo ante mí. Está lo más cerca que puede estarlo sin llegar a

tocarme físicamente. Si existe un equivalente al DEFCON1 de alerta

máxima para el cuerpo humano, acabo de alcanzarlo.

—Date la vuelta —ordena con voz suave.

Yo obedezco sin pensar y me vuelvo despacio mientras resoplo y

cierro los ojos con fuerza.

¿Qué estoy haciendo? Ni siquiera he vacilado. Mis hombros se tensan

a la espera de su tacto, y mis esfuerzos mentales por obligarme a relajarme

no están funcionando. El único sonido que interrumpe el ensordecedor

silencio es el de las respiraciones agitadas de ambos. Permanezco así

durante unos instantes y pronto me dispongo a volverme para tenerlo de

nuevo de frente, pero él me detiene al posar sobre mis hombros sus dos

manos firmes, cálidas y ligeramente temblorosas. Me estremezco con su

roce, y él levanta una mano lentamente, como para asegurarse de que no

voy a moverme. Me recoge el pelo suelto y lo deja caer sobre mi rostro.

En mi oscuridad privada, oigo que mi cerebro me grita que huya, pero

mi cuerpo tiene otros planes completamente diferentes y, desafiante,

desoye cualquier orden procedente de mi interior. Pedro vuelve a colocarme

la mano sobre el hombro y empieza a masajearme muy despacio los

músculos tensos. La sensación es maravillosa. Balanceo la cabeza en un

gesto de agradecimiento y mis labios dejan escapar un leve suspiro. La

presión aumenta y me deleito en los deliciosos movimientos de sus manos

al mismo tiempo que siento cómo su aliento caliente y fresco se aproxima

a mi oído. Me estremezco y acerco la cara a la suya. Sé que lo estoy

incitando, pero a estas alturas ya he perdido el sentido por completo.

Quiero más.

—No pares —susurra, y las vibraciones de su voz provocan oleadas de

placer por todo mi cuerpo. Estoy temblando. Se me ha ido totalmente de

las manos.

Tengo un nudo en la garganta.

—No quiero hacerlo.

Apenas reconozco mi voz. No puedo creer que me haya atrapado de

esta manera; no puedo creer que esté accediendo a esto.

—Me alegro. Porque no creo que te lo permitiese —dice, y presiona

toda la parte delantera de su cuerpo contra mi espalda mientras su boca se

abre junto a mi oído—. Voy a quitarte el vestido.

Apenas consigo asentir, pero él capta mi respuesta y empieza a

mordisquearme el lóbulo, lo que aumenta la implacable presión que ya

siento en mi vibrante interior.

—Eres demasiado guapa, Paula—ronronea mientras me roza la oreja

con sus labios.

—Oh, Dios... —Me apoyo en él y siento su erección palpitante contra

mi trasero a través de los vaqueros.

—¿Notas eso? —Comienza a trazar círculos con sus caderas y yo

lanzo un gemido—. Voy a poseerte.

Sus palabras están cargadas de un convencimiento absoluto.

Me siento completamente esclava de ellas. Sé que debe de tener

mucha práctica en estos menesteres; debe de haber pulido el don de la

seducción hasta convertirlo en un arte. No me estoy engañando a mí

misma. Las mujeres deben de caer rendidas a sus pies día sí, día también.

Tiene mucha experiencia en el tema y siempre consigue lo que quiere, pero

no me importa lo más mínimo. En estos momentos estoy aquí para él, sin

conciencia ni indecisión. He dejado a un lado cualquier resquicio de

cautela. ¿Qué daño puede hacerme algo así?

Siento que su dedo índice comienza a ascender lentamente desde el

final de mi espalda hasta el centro de mi columna y la cabeza empieza a

darme vueltas sin control.




Imploro a mis manos que permanezcan a ambos lados de mi cuerpo,

pero lo que en realidad deseo es volverme y devorarlo, aunque él ya ha

impedido que lo haga en una ocasión. Es evidente que le gusta tener el

control.

Cuando alcanza la parte superior de mi vestido, coge la cremallera y

me apoya la otra mano en la cadera. Yo doy un respingo. Tengo muchas

cosquillas ahí, y cualquier roce en la cadera o en el hueco que tengo justo

encima me hace saltar. Cierro los ojos con fuerza y me esfuerzo cuanto

puedo por ignorar su caricia. Es difícil, pero su propia mano, que ocupa

toda mi cadera, me retiene y me mantiene inmóvil.

Me baja la cremallera del vestido con lentitud y oigo cómo suspira al

ver mi piel desnuda. Aparta la mano de mi cadera y yo me sorprendo

añorando su calor al instante. Pero entonces noto que sus dos manos se

deslizan bajo la tela de mi vestido hasta detenerse sobre mis hombros

descubiertos. Flexiona los dedos y me aparta el vestido por delante antes

de arrastrarlo muy despacio por mi cuerpo hasta dejarlo caer al suelo.

Él se queda sin aliento, y yo doy gracias a todos los santos por

haberme puesto ropa interior decente. Estoy de pie en sujetador, bragas y

tacones, a merced del Adonis que se yergue tras de mí. ¿Qué diablos estoy

haciendo?

—Mmm, encaje —susurra.

Me agarra de la cintura, me levanta para sacarme del vestido arrugado

que ya descansa sobre el suelo y me da la vuelta para ponerme de cara a él.

Con estos tacones mis ojos quedan a la altura de su barbilla. Con sólo

levantar ligeramente la vista me encuentro con sus preciosos labios

carnosos y deseo que los pegue a los míos. Estoy perdiendo mi capacidad

de autocontrol a pasos agigantados, y mi conciencia hace ya rato que me ha

abandonado. Estoy muy excitada, y con este hombre no es de extrañar.

Acerca una mano a mi pecho y con el pulgar me dibuja círculos

alrededor del pezón por encima del sujetador. Mantiene la mirada fija en

sus movimientos. Se me erizan los pezones con el contacto, y se endurecen

bajo la tela de la prenda interior. Una pequeña sonrisa se dibuja en sus

labios. Es consciente del efecto que está teniendo en mí. Acerca también el

dedo índice, me pellizca la rígida protuberancia y hace que mis pechos

palpiten y se transformen en pesados y ansiosos montículos. Me extasía

por completo que este hombre me estudie tan de cerca, que me esté

provocando hasta hacerme temblar de desesperación. Todavía no puedo

creerme que esté haciendo esto, pero ¿acaso puedo pararlo?


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