sábado, 1 de marzo de 2014
Capitulo 12 ♥
Mario viene corriendo, con el pánico reflejado en el rostro y agitando
el trapo en el aire.
—¡Señorita Sarah! ¡No, por favor! ¡No hablen!
«¿Qué?»
—¡Vamos, cállate, Mario! No soy idiota —le espeta ella.
El pobre Mario se resigna y se retira para seguir limpiando la barra,
pero no aparta la vista de Sarah. Quiero salir en su defensa, pero, justo
cuando estoy a punto de hacerlo, ella me tiende la mano.
—Soy Sarah, ¿y tú eres...?
Ah, sí. La última vez que me preguntó lo mismo no le contesté y me
marché a toda prisa. Acepto el saludo y le estrecho la mano ligeramente
mientras ella me observa con recelo. Es evidente que no soy de su agrado.
Quizá me considere una amenaza.
—Paula Chaves —respondo, y la suelto rápidamente.
—¿Y has venido para...?
Me río con jovialidad. Estoy segura de que sabe perfectamente qué
hago aquí, lo que no hace sino confirmar que se siente amenazada y que se
está esforzando por hacer que me sienta incómoda. Guarde las uñas,
señora. Sonrío para mis adentros cuando se me pasa por la cabeza decirle
que estoy aquí porque su novio me ha rogado que viniera.
—Soy diseñadora de interiores. He venido a medir los nuevos
dormitorios.
Ella arquea una ceja y hace un gesto con la mano en el aire para atraer
la atención de Mario. Esta mujer es de lo que no hay, y muestra tanta
soberbia como Alfonso descaro. Su cabello rubio escalado se balancea a un
lado y a otro, tiene los labios pintados del mismo rojo sensual que el
viernes pasado y viste un traje de pantalón gris ajustado. Sería cruel decir
que tiene cuarenta años. Probablemente ronde los treinta y cinco, más
cerca de la edad de Alfonso que yo. Me doy unos cachetes mentales en el
trasero y me obligo a controlar mis desesperados pensamientos.
—Ponme un gin-tonic de endrinas, Mario —ordena mientras pasa por
mi lado. Sin por favor y sin sonrisa. Es bastante maleducada—. Eres un
poco joven para ser diseñadora de interiores, ¿no?
Su tono es poco amistoso y no me mira cuando me habla.
Me cabreo. No me gusta nada esa mujer. ¿Qué verá Alfonso en ella,
aparte de esos labios gordos e hinchados y sus evidentes implantes
mamarios?
—Sí —le concedo.
Ella también se siente amenazada por mi juventud. Eso es bueno.
Me siento tremendamente aliviada cuando veo a John aparecer por la
puerta. Se quita las gafas y lanza a Sarah una mirada extraña antes de
saludarme de nuevo con la cabeza.
¿A qué vienen todas esas miraditas? No me paro a pensarlo
demasiado. El gesto de John es la señal que necesitaba para huir de la
mujer. Dejo mi copa vacía en la barra con más fuerza de la que pretendía.
Mario levanta la cabeza al instante, y yo sonrío y me disculpo mientras me
bajo del taburete.
—Un placer conocerte, Sarah —digo con cordialidad. Es mentira. La
detesto, y sé que el sentimiento es mutuo.
Ella ni siquiera me mira. Acepta la bebida que Mario le ofrece sin
darle siquiera las gracias y se marcha a hablar con un tipo con pinta de
hombre de negocios que se encuentra al otro lado de la barra.
Cuando llego junto a John, él me guía por la enorme escalera que da al
descansillo hasta la nueva ala.
—Puedo apañármelas sola, John. No quiero entretenerte —le digo
ofreciéndole la oportunidad de dejarme a mi aire mientras me acompaña
por el pasillo.
—Tranquila, mujer —contesta con voz grave mientras abre la puerta
de la habitación que hay al otro extremo del corredor.
Empezamos a tomar medidas en las distintas estancias. John me
sostiene la cinta métrica obedientemente y asiente de vez en cuando al
darle las indicaciones. La frase «un hombre de pocas palabras» se inventó
pensando en él, no me cabe la menor duda.
Se comunica con gestos y, aunque tiene los ojos ocultos tras las gafas
de sol, sé cuándo me está mirando. Anoto todos los datos en una hoja y ya
empiezan a asaltarme algunas ideas.
Una hora después ya tengo todas las medidas que necesito y hemos
terminado. De nuevo sigo al enorme cuerpo de John hasta el descansillo
mientras busco el teléfono en el bolso.
No tardo en darme cuenta de que con las prisas por librarme de Sarah
me lo he dejado en la barra.
—Me he dejado el teléfono en la barra —le digo a John.
—Le diré a Mario que lo guarde. Pedro quería que te mostrara otra
habitación antes de que te fueses —me explica sin alterar la voz.
—¿Para qué?
—Para que tengas una idea de lo que quiere que hagas.
Introduce una tarjeta de acceso en la ranura, abre la puerta y me invita
a entrar.
Está bien. Aquello no va a matarme, y tengo curiosidad.
«¡Vaya!» Llego al centro de la habitación, una minisuite, para ser
exactos. Es probable que sea más grande que todo el piso de Kate. Al oír
que la puerta se cierra detrás de mí, me vuelvo y veo que John se ha
marchado para dejar que lo asimile por mí misma. Me quedo de pie,
absorbiendo el opulento derroche de la decoración.
Estas habitaciones son más lujosas que las de abajo, si es que cabe la
posibilidad. Una cama gigante cubierta con sábanas de raso moradas y
doradas domina el espacio. La pared que hay detrás está empapelada con
un estampado de remolinos en relieve y de un color dorado pálido. Las
gruesas y largas cortinas reposan sobre la mullida moqueta. La iluminación
es suave y tenue. Uno de los requisitos principales de Alfonso era la
sensualidad, y quien hubiese diseñado aquella habitación había conseguido
reflejarla en abundancia. ¿Por qué no vuelve a emplear al mismo
diseñador?
Me acerco hasta la enorme ventana de guillotina y contemplo el
paisaje. El terreno sobre el que se asienta La Mansión es inmenso, las
vistas son fantásticas y el exuberante verdor de la campiña de Surrey se
extiende varios kilómetros. Es algo digno de ver. Me paseo por la sala y
acaricio con la palma de la mano una hermosa cómoda de madera oscura.
Dejo sobre ella la carpeta y el bolso y me dirijo al diván situado junto a la
ventana.
Me siento y admiro el espacio que me rodea. Es increíble, y sin duda
podría competir con muchos de los hoteles más famosos de las ciudades
más grandes del mundo. Un enorme tapiz llama mi atención. Es bastante
raro, pero muy hermoso. Debe de ser una antigüedad. Está medio clavado
en la pared y asciende hasta el techo, donde nacen las enormes vigas de
madera. Tiene un diseño cuadriculado, pero no lo adorna ningún tipo de
tela ni de luz. Ladeo la cabeza con el ceño fruncido, pero pronto vuelvo a
erguirme al oír un ruido procedente del cuarto de baño.
Mierda. Me ha metido en una habitación ocupada... ¿o no? Ahora no
oigo nada. Me quedo quieta y en silencio para tratar de percibir algún
movimiento, pero nada. Me relajo un poco y entonces oigo que la
manecilla de la puerta se abre y doy un respingo. Mierda. Mierda.
Debería huir antes de que alguien salga del cuarto de baño,
probablemente en cueros, y se encuentre a una extraña allí plantada, roja
como un tomate, en medio de su suite de lujo. Corro hacia la cómoda para
recoger el bolso y me dirijo a la salida.
Entonces lanzo un grito ahogado y el bolso se me cae al suelo.
Me quedo helada al ver a Pedro Alfonso. Está de pie en la puerta del
cuarto de baño y sólo lleva puestos unos vaqueros holgados.
LEAN EL SIGUIENTE
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario