viernes, 7 de marzo de 2014
Capitulo 38 ♥
—¡Coño! —Kate está en la puerta de mi cuarto, con la boca y los ojos
abiertos de par en par—. ¿Qué ha pasado aquí?
Me meto la camisa negra por dentro de los piratas y me sorprende ver
lo fácil que es encontrar mis tacones de ante negro y el cinturón dorado.
Hoy estoy siendo muy ordenada.
—¿Qué tal tu abuela? —pregunto mientras me paso el cinturón por las
trabillas del pantalón.
—Sigue senil. ¿Qué has hecho mientras no estaba? —pregunta al
tiempo que ahueca una almohada de mi cama.
Yo señalo el cuarto con cara de «¿tú qué crees?», y omito el hecho de
que Matias me ha llamado y yo he accedido a ir a comer con él. Ah, y
también me reservo que Pedro me llamó ayer y pasé de mal humor la
mayor parte del día. ¡Qué tontería!
—¿A qué hora volviste? —pregunto. Me cansé de esperar y me bebí la
mitad del vino reservada para ella después de llamarla y de que me dijera
que estaba en un atasco en la intersección diecinueve de la M1.
—A las diez. Los trabajadores que volvían a la ciudad tenían todas las
carreteras congestionadas. La próxima vez iré en tren. ¿Puedes quedar
después de trabajar?
—Claro, ¿para qué?
—Tengo que entregar una tarta y necesito ayuda —dice.
—Vale. Recógeme en la oficina a las seis.
Cojo mi bolso negro del armario recién ordenado y empiezo a guardar
en él las cosas del bolso que llevaba la semana pasada.
—Muy bien. ¿Has sabido algo del dios?
Levanto de inmediato la cabeza y veo que Kate está sonriendo de
oreja a oreja. mientras, dobla la manta de mi cama. La miro con recelo y
me acerco al espejo para ponerme el brillo de labios.
—¿Te refieres al señor? Me llamó ayer —revelo como si tal cosa y, al
juntar los labios para extender bien el brillo, veo su reflejo en el espejo.
Sigue sonriendo con sorna—. ¿Qué? —pregunto a la defensiva.
—¿Ya hemos determinado su edad?
Me echo a reír.
—No. No paro de preguntarle y él no para de mentirme. Está claro que
le supone un problema.
—Bueno, el pobre está con una mozuela de veintiséis y todavía debe
de estar dando gracias por la suerte que ha tenido. Tendrá treinta y cinco,
como mucho.
—No está conmigo. Es sólo sexo —la corrijo con voz poco
convincente. Cojo mi bolso y dejo a Kate alisando la cama. Me dirijo a la
cocina, me sirvo un zumo y desconecto el móvil del cargador.
Kate llega a la cocina cuando me estoy tomando la píldora. Enciende
la hervidora de agua.
—No hay nada mejor que un buen polvo con un adonis para superar
una relación. Es tu polvo de recuperación.
Suelto una carcajada. Sí, eso es justo lo que es. Aunque tampoco es
que necesitase distracción alguna para superar lo de Matias. Eso fue bastante
fácil.
—Exacto —coincido—. Te veo después del trabajo.
Ella se apoya sobre la barandilla y yo bajo la escalera.
—¡A las seis en punto!
Es una mañana de lunes como otra cualquiera, pero lo raro es que hoy
ha venido todo el mundo. Al menos uno de nosotros está siempre fuera de
la oficina, visitando a algún cliente o algún emplazamiento en el que
estemos trabajando. Estoy en la cocina con Patrick, poniéndolo al día sobre
los avances en la nueva casa de la señora Kent.
—¿Le has preguntado alguna vez si quiere cambiar de estilo? Puede
que sea eso lo que haga que no sienta la casa como su hogar. Puede que le
ahorres una fortuna al señor Kent —ríe Patrick—. Aunque yo no me quejo,
claro. Por mí puede mudarse todos los años que le queden de vida siempre
y cuando siga contratándote a ti para que le apañes la casa.
Frunzo el ceño.
—¿Para que se la apañe? Hago mucho más que eso, Patrick. No sé.
Insiste en que lo quiere todo moderno, pero no estoy segura de si es lo que
encaja con ella. Creo que se aburre. Eso, o que le encanta estar rodeada de
obreros —digo al tiempo que enarco las cejas y me echo a reír.
—Ah, pues puede ser —bromea también él—. Esa pájara tiene unos
setenta años. Quizá debería buscarse un amante joven. El señor Kent tiene
muchas jovencitas distribuidas por todo el mundo. Y lo sé de una fuente
muy fiable. —Me guiña un ojo y yo le sonrío con cariño.
Sé que Patrick se refiere a su mujer, Irene. Se entera de todo lo que
pasa. Ella misma se considera una entrometida, sabelotodo y cotilla. Si hay
algo que no sepa, es que no tiene interés. No sé cómo Patrick la aguanta.
Debe de ser agotador tener que escucharla a diario. Por suerte, sólo se deja
caer por la oficina una vez a la semana, antes de ir a la peluquería. Asentir
sin parar durante la media hora que se pasa poniéndonos al día sobre su
ajetreada vida social —y la de los demás— es soportable. Yo hago todo lo
posible por quedar con mis clientes los miércoles sobre las doce, que es
cuando sé que Irene va a venir. Patrick es simpático y agradable; lo adoro.
Irene es horrible. Me da pavor.
—¿Cómo está Irene? —pregunto por cortesía. La verdad es que me da
igual. Él levanta las manos con desesperación.
—Me saca de quicio. Esa mujer tiene la misma capacidad de
concentración que un niño de dos años. Estaba obsesionada con el bridge, y
ahora me dice que se ha apuntado a bailar kumba o no se qué. No consigo
seguirle el ritmo.
—¿Quieres decir zumba?
—Eso. —Me señala con su barrita de chocolate digestiva—. Parece
que está muy de moda.
Yo me echo a reír al imaginarme a Irene ataviada con unas mallas de
leopardo y saltando con su generoso trasero arriba y abajo.
—Ah, Van Der Haus quiere verte el miércoles —me informa Patrick
guiñándome el ojo—. Te quieren a ti, flor.
—¿En serio?
Él se echa a reír.
—Eres demasiado modesta, mi niña. He comprobado tu agenda y te lo
he apuntado a las doce y media. Se hospeda en el Royal Park. ¿Te parece
bien?
—Claro. —No necesito comprobar si tengo un hueco porque Patrick
ya se ha tomado la libertad de hacerlo por mí. Y si además evito tener que
soportar las novedades de Irene de esta semana, mejor que mejor. Bajo el
culo de la encimera de la cocina y me dirijo a mi mesa—. Voy a terminar
unos bocetos y a mandar correos electrónicos a unos cuantos contratistas.
Su móvil empieza a sonar.
—¿Qué querrá ahora? —lo oigo farfullar.
Justo cuando me dispongo a ir al indio a por algo de comer, Tom
aparece en mi mesa.
—¡Entrega para Paula! —me grita, y deja una caja sobre el escritorio.
¿Qué es esto? No espero ningún catálogo.
—Gracias, Tom. ¿Qué tal fue el viernes?
Lanza un grito y sonríe.
—He conocido a un científico. Pero ¡madre mía!, es divino.
«¡No tan divino como el mío!» Me reprendo para mis adentros por
tener esos pensamientos. ¿A qué ha venido eso?
—Entonces ¿fue bien? —insisto.
—Sí. Cuéntame, quién era ese hombre. —Pone las manos sobre mi
mesa y se inclina hacia mí.
—¿Qué hombre? —repongo demasiado de prisa. Retrocedo con la
silla para poner algo de distancia entre la presencia interrogadora de mi
amigo gay y cotilla y yo.
—Tu reacción lo dice todo. —Me mira con los ojos entrecerrados y yo
me pongo como un tomate.
—Sólo es un cliente —digo, y me encojo de hombros.
La mirada inquisidora de Tom se desvía hacia mis dedos, que
juguetean con un mechón de mi pelo. Lo suelto y agarro rápidamente un
boli. Tengo que mejorar mi capacidad para mentir. Se me da fatal. Se pasa
la lengua por el interior de la mejilla, se pone de pie y se marcha de mi
mesa. Pero ¿qué me pasa? ¡Sí! Me he tirado a un atractivo madurito de
treinta y tantos. ¿O son cuarenta y tantos? Es mi polvo de recuperación.
Abro la caja y me encuentro una única cala encima de un libro envuelto en
papel de seda.
Giuseppe Cavalli. 1936-1961
¡Vaya! Lo abro y veo una nota.
PAULA:
ERES COMO UN LIBRO QUE NO PUEDO DEJAR DE LEER. NECESITO SABER MÁS.
UN BESO, P.
«¡Joder!» ¿Qué más quiere saber? No hay nada que saber. No soy más
que una chica corriente de veintitantos años. Él sí que debería empezar a
decirme algunas cosas, como su edad, por ejemplo. ¿Es normal enviarle
regalos a la persona que te estás tirando? Tal vez para los maduritos sí lo
sea. Ahora mismo no tengo tiempo de pensar en esto. Tengo un montón de
correos electrónicos que responder, tengo que acudir a recibir unas
entregas de muebles. Meto el libro en el bolso, guardo la cala en el primer
cajón de mi mesa y me marcho al indio a por algo de comer antes de
continuar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario