sábado, 29 de marzo de 2014
Capitulo 113 ♥
Lo primero que hago es apagar la música con un pequeño escalofrío.
Luego me planto delante de la nevera para estudiar su contenido.
—¿Qué te apetece? —Tal vez unos huevos, la proteína le vendría
bien.
—Me da igual. Lo mismo que vayas a tomar tú.
Se acerca por detrás, coge un tarro de mantequilla de cacahuete y me
da un beso en el cuello.
—¡Deja eso!
Intento quitarle el tarro, pero me esquiva y hace una rápida retirada al
taburete de la isleta, se coloca el tarro bajo el brazo para desenroscar la
tapa y mete el dedo para sacar una buena cantidad. Me mira sonriente
mientras se lleva el dedo a la boca y sus labios forman una O cuando lo
saca reluciente.
—¡Eres como un crío!
Me decido por el pollo fileteado y lo saco de la nevera. Yo ya he
comido, pero voy a tener que hacer un esfuerzo por engullir algo más con
tal de que él coma conmigo.
—¿Soy como un crío porque me gusta la mantequilla de cacahuete?
—pregunta por encima del dedo.
—No. Eres un crío por el modo en el que comes mantequilla de
cacahuete. Nadie con más de diez años debería meter los dedos en los
tarros y, como no me dices tu edad, supongo que tienes más de diez años.
—Le lanzo una mirada asqueada mientras saco el papel de aluminio y
envuelvo los filetes en jamón de Parma. Luego los pongo en una fuente de
horno.—
No hables sin haberlo probado antes —replica—. Toma. —Y me
planta en las narices su dedo cubierto de mantequilla de cacahuete.
Pongo más cara de asco aún. Odio la mantequilla de cacahuete.
—Paso —digo metiendo el pollo en el horno. Se encoge de hombros y
se chupa el dedo.
Saco unos guisantes tiernos y unas patatas nuevas de la nevera y los
meto en la bandeja de cocción al vapor. Jugueteo con los mandos y el
horno empieza a calentarse.
Me siento en la encimera y lo miro sonriente.
—¿Lo estás disfrutando?
Hace una pausa a punto de meterse el dedo en la boca.
—Puedo comer mantequilla de cacahuete sin parar hasta que me duela
la tripa.
Mete otro dedo en el tarro.
—¿Te duele la tripa?
—No, aún no.
—¿Quieres parar ahora que no te duele y dejar espacio para la comida
equilibrada que te estoy preparando? —Lucho para evitar echarme a reír.
Él no. Se ríe y, lentamente, enrosca la tapa del tarro de mantequilla de
cacahuete.
—Nena, ¿me estás regañando?
—No, te estoy hacienda una pregunta —lo corrijo. No quiero ser su
madre.
Empieza a morderse el labio inferior; me observa atentamente, con
los ojos brillantes. Me estremezco de pies a cabeza. Conozco esa mirada.
—Me gusta tu sudadera —dice con un tono suave mientras su mirada
baja hacia mis piernas desnudas. La sudadera es grande y me tapa el culo.
No es nada sexy—. Me gusta cómo te sienta el color negro —añade.
—¿Ah, sí?
—Sí —afirma.
Va a distraerme otra vez. Necesito que coma como Dios manda, y
tenemos que hablar de que mañana es lunes y debo irme a casa y luego a
trabajar. Después del truquito de depositar un pago desproporcionado por
adelantado en la cuenta de Rococo Union me preocupa que todavía siga
empeñado en tenerme trabajando todos los días en La Mansión.
—Mañana es lunes —digo en tono positivo. No sé por qué he elegido
ese tono. ¿Por qué positivo y no otro?
—¿Y? —Se cruza de brazos.
¿Qué le digo? ¿Es mucho pedir que sea razonable y comprenda que
debo ocuparme de otros clientes? Ha dicho a las claras que no le gusta
compartirme, ni social ni profesionalmente.
Tamborileo con los dedos sobre la encimera.
—Nada, sólo me preguntaba qué planes tenías.
Una mirada de pánico cruza por su rostro sin afeitar, y al instante me
preocupa que mañana vaya a ser un trauma.
—¿Tú qué planes tienes?
Lo miro como si fuera idiota.
—Ir a trabajar —respondo.
Empieza a morderse el labio inferior y los malditos engranajes se
ponen de nuevo en movimiento. No va a poder convencerme de que no
vaya a trabajar.
—Ni se te ocurra. Tengo reuniones importantes a las que debo acudir
—le advierto, sin darle tiempo a decir lo que sé que está pensando.
—¿Sólo por un día? —Me pone morritos, pero sé que lo dice muy en
serio. Debo prepararme para una cuenta atrás o un polvo de entrar en razón.
—No, seguro que tienes que ponerte al día en La Mansión —afirmo
con convicción. Tiene un negocio que sacar adelante, y se ha pasado una
semana inconsciente. No puede esperar que John se encargue siempre de
todo.
—Supongo que sí —gruñe.
En mi mente, chillo de alegría. ¿No hay cuenta atrás? ¿Ni polvo de
entrar en razón? Estamos haciendo progresos de verdad.
—Ah, Clive me ha dicho que antes vino una mujer. —Se me había
olvidado por completo.
—¿Ah, sí? —Parece sorprendido.
—Dijo que estaba intentando subir al ático, que no le dijo su nombre y
que tú no contestabas al teléfono cuando trató de llamarte. Rubia, de
mediana edad, pelo ondulado...
Lo observo para ver cómo reacciona, pero él se limita a fruncir el
ceño.
—Hablaré con él. ¿Está ya lista mi comida equilibrada?
¿Eso es todo? ¿Hablará con Clive? Yo quiero saber quién era.
—¿Quién era? —pregunto como si tal cosa mientras me bajo de la
encimera para ver qué tal va la comida.
—Ni idea.
Se levanta y saca unos cubiertos del cajón.
¿Está tratando de evitar el tema?
—¿Seguro que no lo sabes? —pregunto, convencida de que sí,
mientras saco el pollo del horno y lo pongo en la sartén para darle el toque
final.
—Paula, de verdad que no lo sé, pero te prometo que hablaré con Clive
para ver si puedo averiguarlo. Ahora, da de comer a tu hombre.
Se sienta con el tenedor en una mano y el cuchillo en la otra sobre la
encimera. Si empieza a dar golpes en ella, se los pongo por corbata.
Empiezo a servir los platos y a ofrecerle la primera comida que he
preparado para él. Odio cocinar.
La ataca sin dilación.
—Ñam-ñam —masculla con la boca llena de pollo—. ¿Qué tal lo has
pasado con tu hermano?
Lo habría pasado mucho mejor si él no me hubiera interrumpido con
su numerito.
—Bien —respondo sentándome a su lado.
—¿Sólo bien? Oye, esto está muy bueno.
Me gusta verlo comer algo que no sea mantequilla de cacahuete.
Ahora mismo es otro hombre, seguro y con confianza en sí mismo, pero en
un abrir y cerrar de ojos se desmorona por completo. ¿De verdad le causo
ese efecto?
—Lo hemos pasado en grande. Fuimos al museo de Madame Tussaud
y cenamos en nuestro restaurante chino favorito.
El pollo está realmente rico. No me puedo creer que esté cenando otra
vez.
—¿Al Madame Tussaud?
—Sí, es lo que hacemos siempre. —Me encojo de hombros.
—Es bonito tener costumbres. —Parece sincero—. Pero ¿tú no habías
cenado ya? —Mira mi plato y me sonrojo—. ¿Es que estás comiendo por
dos? —me pregunta observándome.
Casi me atraganto con una patata.
—¡No! —La comida se me sale de la boca. Ya le he dicho que eso es
imposible. Me gustaría que dejara el tema—. No te preocupes —gruño, y
vuelvo a mi cena.
Sigue comiendo mientras de vez en cuando profiere sonidos de
agradecimiento con el tenedor en la boca. Pensaría que se está burlando de
mí si no lo hubiera probado; me ha salido bueno.
Cuando hemos terminado, cargo el lavavajillas y empiezo a pensar en
esto y en lo otro. Me reconcome el hecho de que le haya quitado
importancia a la visita misteriosa de ese modo. Me molesta que haya sido
tan poco claro.
Me vuelvo para preguntarle y me doy de bruces contra su pecho duro
y desnudo.
—¡Ay!
Es muy alto y respira con fuerza. Mis ojos reparan en la enorme
erección que levanta una tienda de campaña en sus pantalones cortos de
algodón.
—Quítate la sudadera —me ordena con la voz baja y ronca.
Miro sus ojos verdes y tomo nota mental de que no está de broma.
Quiero expresar que no me siento satisfecha con cómo ha evitado mis
preguntas, pero sé que ahora mismo no llegaría a ninguna parte. Además,
me encanta ver que mi hombre dominante ha vuelto. Hacía demasiado
tiempo que no lo veía.
Cojo el bajo de la sudadera y tiro de él despacio hacia arriba, me la
saco por la cabeza y la tiro al suelo.
Pedro admira mi cuerpo con la vista, que recorre mis pechos desnudos
y se posa en el triángulo donde se unen mis muslos.
—Eres de una belleza imposible, y toda mía.
Hunde los dedos en el elástico de mis bragas y las baja lentamente por
mis piernas mientras se pone de rodillas. Me da un golpecito en un pie para
que lo levante y luego en el otro. A continuación rodea mis tobillos con las
manos. Quiero decirle que tenga cuidado con la mano lastimada, pero su
caricia es tan ardiente y mi piel tan sensible que ha desatado una tormenta
en mí y un tsunami líquido fluye de mi entrepierna. Miro hacia abajo para
observarlo y veo que mi pecho sube y baja cuando respiro. Pedro provoca
reacciones de lo más increíble en mí. Estoy indefensa ante él. No hay
solución. No tengo remedio.
Su mirada encuentra la mía.
—Creo que dejaré que te corras tú primero —dice con voz ronca—.
Luego te voy a partir en dos.
Trago saliva ante su apasionada promesa y él recorre con las palmas
de las manos mis piernas, desde los tobillos hasta las nalgas, y luego tira
de mí hacia su boca impaciente. Su invasión me reduce a una montaña de
gemidos. Su lengua se pasea por todo mi ser, de forma experta, con un
propósito. Mis manos encuentran su pelo y mis caderas trazan círculos
hacia su boca sin que mi cerebro les diga nada.
Echo la cabeza atrás.
—Mierda —gimo mientras mi sexo palpita y se acelera hasta llegar a
una vibración constante.
—Esa boca —masculla contra mi piel, cosa que sólo sirve para
acercarme un poco más al éxtasis total.
Siento una de sus manos deslizarse por mis nalgas hasta el interior del
muslo. Introduce un dedo en mí. Con un grito desesperado le suelto la
cabeza para apoyarme en la encimera en busca de un punto de sujeción; su
dedo se mueve en círculos, ensanchándome y rozando la pared delantera en
cada rotación. Estoy a punto. Mis músculos se aferran a su dedo con
avidez.—
Dime cuándo, Paula.
Mete otro dedo y empuja la mano más adentro. Entre eso y la
vibración de su lengua contra mi clítoris, no puedo más.
—¡Ya está! —grito empujando mis caderas hacia su boca, intentando
que la sensación disminuya de intensidad.
Una nueva arremetida acaba conmigo, y me empotro contra la
encimera entre violentos temblores. El corazón se me va a salir del pecho.
Aminora el ritmo y me acaricia con suavidad, dejando que vague y me
tranquilice con un suspiro hondo y satisfecho.
—Tú tampoco estás mal —digo al tiempo que dejo caer la cabeza
sobre el pecho para mirarlo.
Levanta la vista pero no aparta la boca de mí, sigue trazando suaves
círculos e introduciéndome los dedos, sin prisa, adentro y afuera.
—Lo sé —se vanagloria—. ¿Verdad que eres afortunada?
Niego con la cabeza. Es un engreído. Me deprimo al recordar, otra
vez, por qué es tan bueno. Aparto la imagen de mi cabeza de inmediato y
borro todos los pensamientos desagradables relacionados con Pedro y su
pasado sexual. En vez de eso, me centro en cómo se pone de pie sin dejar
de lamerme durante su ascenso.
Llega a mi pezón, lo mordisquea ligeramente y luego me pasa el brazo
por el culo para levantarme y hacer que nuestros ojos queden a la misma
altura.—
¿Estás lista para que te follen como Dios manda, nena?
«...»
—Vuélvete loco —lo desafío mientras me agarro a sus hombros.
Me besa, posesivo, y se deleita en mi boca. Cuando se porta como
ahora me olvido de sus momentos de debilidad, en los que yo lo consuelo,
lo abrazo y le digo que todo irá bien. Pero ahora mismo es dominante y
tremendamente sexy. Me encanta, y lo echaba mucho, muchísimo de
menos.
Sin separar los labios de los míos, me saca de la cocina y me lleva al
gimnasio.
¿El gimnasio?
Abre la puerta de una patada, me deja de pie en el suelo y se inclina
un poco para que nuestras bocas no se despeguen pese a la diferencia de
altura. Me muerde el labio inferior y empieza a andar hacia adelante, por lo
que yo tengo que hacerlo hacia atrás. Se detiene tras unos pocos pasos y me
besa la oreja. Su aliento tibio hace que todos mis sentidos entren en
ignición. Mentalmente, le suplico que se dé prisa.
—¿Te apetece hacer ejercicio? —susurra.
—¿Qué tienes en mente? —Froto la mejilla contra su cuello mientras
él me mordisquea la oreja y hace que vuelvan las palpitaciones en mi sexo,
lentas y sutiles. Se aparta de mí y la ausencia de su cuerpo cálido me deja
helada y deseando que vuelva de inmediato.
Miro el gimnasio y me pregunto qué habrá planeado. Luego lo miro a
él. Me observa con los ojos llenos de promesas mientras se baja los
pantalones. Su erección queda en libertad.
Jadeo. No sé por qué, ya la he visto unas cuantas veces, pero todavía
me corta la respiración. Deslizo la mirada hacia arriba, más allá de la
cicatriz, y la dejo unos instantes en sus hermosos pectorales. Nunca me
cansaré de admirar el cuerpo del hombre que tengo delante. Nunca. Es una
obra de arte, esculpida y tallada con la más absoluta perfección.
Con la cabeza, señala detrás de mí y yo me vuelvo despacio, pero todo
cuanto veo es la máquina de remo y el saco de boxeo. Me vuelvo de nuevo
para mirarlo. Tiene el rostro impasible y, despacio, señala otra vez con la
cabeza, lo que me indica que lo que sea que tiene en mente está, en efecto,
detrás de mí.
Entonces lo pillo. Ha dicho que iba a partirme en dos.
«¡Madre de Dios!»
—Ah —susurro.
Avanza lentamente hacia mí y el potencial de sus intenciones me hace
temblar. Me coge de la mano y me lleva hacia la máquina de remo. Se
sienta en el banco. Su erección queda en vertical respecto a su cuerpo, y el
posible escenario me hace jadear de anticipación.
Tira de mí y me quedo de pie delante de él. Con la mano lastimada
guía mi pierna para que me coloque a horcajadas sobre sus caderas. Lo
miro y mi corazón late a más no poder a la espera de instrucciones.
Me coge los pechos entre las palmas de las manos y los masajea hasta
que se vuelven pesados y me duelen. No se me escapa que hace una mueca
de dolor, pero no se detiene, y yo tampoco voy a decirle que pare.
—Mmm. —Echo la cabeza atrás y abro la boca para dejar escapar
pequeñas bocanadas de aire.
—Paula, me estás matando.
Levanto de nuevo la cabeza para que nuestras miradas se encuentren.
—Te quiero —susurra deslizando las manos en mis caderas.
Doy un respingo y las comisuras de sus labios bailan.
—Me encanta cuando saltas cada vez que te toco aquí. —Con los
índices dibuja círculos en mis puntos sensibles.
Me cuesta mantener la compostura.
—Me encanta lo mojada que estás por mí, aquí. —Desliza un dedo
dentro de mí, arrastra mis fluidos consigo y luego pasa la mano por mis
labios. Gimo.
—Me encanta cómo sabes. —Introduce el dedo en su boca y lo lame
lentamente sin dejar de mirarme. Luego vuelve a cogerme de la mano, tira
de mí y me lleva hacia su erección expectante.
Chillo cuando me empala. Es grueso y está duro, y me atraviesa por
completo.
Apoya la frente en la mía.
—Me encanta cómo me siento dentro de ti. —Pasa el brazo por debajo
de mis nalgas—. Rodéame con las piernas —ordena.
Me aferro a él por la cintura y cruzo los tobillos a su espalda para
acercarme más a él. Se le corta la respiración cuando me inclino hacia
adelante y le pongo las manos sobre los hombros.
—Te quiero —afirma rotundamente cuando empieza a moverse para
que nos deslicemos hacia adelante en el banco.
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