lunes, 10 de marzo de 2014

Capitulo 50 ♥



Aguardo unos minutos sin dejar de observar las paredes del reducido espacio y

comprobando que no salta por encima. Se ha marchado. Idiota de mí, me

relajo contra la puerta.

A los dos segundos noto un fuerte empujón y Pedro irrumpe en el

servicio. Apenas nos separan treinta centímetros cuando me vuelvo, y lo

primero que advierto es su respiración entrecortada. La camisa negra se

infla y desinfla con la agitación de su pecho. Bajo la vista hacia sus

vaqueros. Si miro su atractivo rostro pasaré a estar en desventaja

inmediatamente.

—Paula, mírame —me ordena con dureza. Yo me tapo los oídos con las

manos y me siento sobre el retrete. Necesito bloquearlo—. Paula, ¿por qué

estás haciendo esto? —pregunta.

¿Cuánto tiempo voy a tener que estar así? Empiezo a canturrear para

mis adentros y miro al suelo. Me agarra de las muñecas y me aparta las

manos de las orejas. Su tacto me quema la piel. ¿Por qué cree que lo hago?

—No quiero hacer esto en los lavabos de un bar, Paula.

—Pues no lo hagas. —Intento volver a taparme los oídos, pero, como

siempre, él se impone—. Deja que me vaya, por favor.

Lentamente, se pone de cuclillas delante de mí, aún sin soltarme las

muñecas.

—Jamás —susurra.

Empiezo a derramar lágrimas que impactan sobre mis rodillas

desnudas.

—¿Por qué me haces esto? —le pregunto.

Me agarra de la barbilla y me la levanta para que no tenga más opción

que mirarlo. Tiene los ojos vidriosos.

—¿Por qué hago qué?

Menudo capullo. Su insolencia no tiene límites. Me seco a duras

penas la humedad de las mejillas con la mano libre y de repente me doy

cuenta de que, una vez más, estoy llorando delante de él.

—No paraste de perseguirme y de bombardearme a llamadas y

mensajes, me follaste todo lo que quisiste y después te pusiste histérico

cuando cancelé nuestra cita. ¡Desapareciste hace cuatro días y no he sabido

nada de ti desde entonces! —Doy un tirón y libero la otra mano—. Y ahora

apareces y me jodes la noche de superación.

Ahora es él quien aparta la mirada, avergonzado.

—Esa boca —farfulla.

¿Esa boca? ¿Después de todo eso me dice que vigile mi lenguaje?

Pero ¿de qué va?

—¡Vete a la mierda, Pedro! —espeto.

Su rostro se vuelve de inmediato hacia mí.

—¡Esa boca!

Lo miro estupefacta y él frunce el ceño. La arruga de su frente se

acentúa. No puedo con esto. He tenido cuatro días para reducir mis

encuentros con este tío a una experiencia más y cuatro polvos de despecho.

Estaba empezando a olvidarlo, más o menos. ¿Por qué ha venido a

recordármelo todo? Sabía que tendría que haberme mantenido alejada.

Ojalá pudiera darme una patada a mí misma.

Me pongo en pie y lo dejo agachado, pero entonces se agarra a mis

piernas desnudas. Mi miedo a su tacto evocador está completamente

justificado. Me pongo en guardia de inmediato. El calor que emana de las

palmas de sus manos se extiende como un fuego salvaje por todo mi

torrente sanguíneo, y no tengo manera de librarme de él. El retrete está

detrás de mí y él bloquea la puerta.

—Suéltame, Pedro —le digo entre dientes con toda la firmeza que me

permiten mis temblorosas cuerdas vocales.

Él me mira.

—No.

—El martes no te costó tanto dejarme.

Desliza las palmas por la parte trasera de mis piernas, lo que hace que

se encienda una chispa entre mis muslos, y se levanta.

—Estaba cabreado —contesta tranquilamente cuando ya se yergue

sobre mí.

—Y sigues estándolo. ¿Sabías que iba a estar aquí? —pregunto. Él me

mira, pero no contesta—. Lo sabías, ¿verdad? —insisto.

—Sam —responde sin ningún pudor.

—¿Sam qué?

Pone cara de póquer.

—Llamó a Kate.

—¡¿Y ella se lo dijo?! —grito desesperada. ¡Qué cerda! No puedo

creer que me haya hecho algo así. Voy a tener unas cuantas palabras con

ella en cuanto la pille.

—Ahora voy a besarte —dice usando el tono de mi perdición—.

Tienes suerte, porque si estuviésemos en otra parte ahora mismo estaría

recordándote... algo...

Ahogo un grito cuando da el paso que le hace falta para eliminar el

espacio que nos separa. Tengo el retrete detrás, así que no puedo

retroceder.

—Me gusta este vestido —murmura mientras me acaricia el brazo

con la punta de un dedo—. Es demasiado corto, pero me gusta.

Se inclina y me acaricia el cuello con la cara al tiempo que emite un

leve gruñido. Se me doblan las rodillas. Maldito sea este hombre. Y yo

también.

Cierro los ojos involuntariamente y acerco la cabeza hacia su cálido

aliento, que recae sobre mi cuello. Mi fuerza de voluntad se esfuma, sin

más. Es imposible. Él es imposible.

Se agacha ligeramente. Me pasa el brazo por debajo del trasero y, sin

ningún esfuerzo, estira las piernas y me levanta del suelo. Estoy pegada a

su pecho y lo miro a los ojos.

«Fin del juego.» En un lavabo minúsculo, no tengo esperanza alguna

de escapar.

—¿Tienes la más mínima idea de lo que me haces? —pregunta con

voz ronca mientras me mira—. Estoy hecho un lío.

¿Que él está hecho un lío? ¡Ésa sí que es buena! Afloja ligeramente la

presión sobre mí y hace que mi cuerpo se deslice por el suyo hasta que

nuestros labios se encuentran. Se da la vuelta y me sujeta contra la puerta.

No tengo tiempo para preocuparme por dónde nos encontramos; estoy

demasiado ocupada buscando la fuerza de voluntad que necesito para

detenerlo. Roza con la lengua la hendidura de mis labios cerrados y me

tienta a abrirlos. Me enfurezco conmigo misma por acceder. Pero, a estas

alturas, ya debería saber que es imposible negarle nada. Me dejo llevar por

él, como hago siempre. Busco su lengua con la mía y me aferro con las

manos a su cabello.

Con un gruñido suave y gutural, me agarra por el cuello con la mano

que le queda libre para sujetarme mientras pega aún más su cuerpo al mío.

Nuestras bocas se funden y nuestras lenguas chocan, ruedan y se apuñalan

entre sí. Es un beso posesivo y dominante. He vuelto a la casilla de salida.

Un solo beso y me he rendido. Soy blanda y débil.

Se aparta y me deja jadeando y sintiendo el violento furor de su pecho

presionando contra mi esternón. Apoya la frente contra la mía y su aliento

fresco invade al instante mis orificios nasales.

—Eso es —jadea con seguridad.

—Sí, ya has vuelto a atraparme.

Esboza una pequeña sonrisa y traza círculos con su nariz en la mía.

—Te echaba de menos, nena.

—Entonces ¿por qué te fuiste?

—No tengo ni idea. —Me da un beso largo en los labios y deja que me

deslice hacia abajo por su cuerpo.

Noto su innegable excitación a la altura de la ingle. Está siendo

bastante razonable, sobre todo teniendo en cuenta su actual estado de

exaltación. Al mirarlo descubro que ha dibujado una sonrisa malévola en

los labios.

—Debería obligarte a solucionar esto. —Se coloca la mano en la

entrepierna y yo abro los ojos de par en par, estupefacta. Joder, lo haría con

mucho gusto. Ha derribado todas mis defensas y ha anulado mi capacidad

de pensar con sensatez. Tiene un efecto aterrador sobre mí—. Pero no voy

a hacer que te arrodilles aquí. Ya haremos las paces como es debido

después.

No sé si lo que siento es decepción o alivio. Abre la puerta y a

continuación se aparta para dejarme pasar. Al hacerlo me topo de frente

con dos mujeres con los ojos abiertos como platos que se ponen a hablar de

cualquier cosa y a mirar a todas partes menos a mí. Pero entonces aparece

Pedro y son incapaces de ocultar su innegable interés. Se quedan quietas,

con el pintalabios a medio aplicar, mirando con la boca abierta en el espejo

el reflejo del tío tan tremendo que acaba de salir del baño detrás de mí.

Me vuelvo hacia él.

—Voy a retocarme la cara. Te veo fuera.

—Tu cara está perfecta tal y como está —me tranquiliza con voz

suave. No puedo evitar sonreír.

—No tardaré mucho.

Sin prestar atención a las mujeres del espejo, que siguen observándolo

con la boca abierta, se acerca a mí y me besa la frente. Después las mira.

—Señoras. —Las saluda con la cabeza, ellas se derriten y él se

marcha.

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