jueves, 20 de marzo de 2014

Capitulo 80 ♥



Soy la última en salir de la oficina. Conecto la alarma, cierro la puerta

detrás de mí y pego un salto cuando oigo el rugido de un motor potente y

conocido. Me vuelvo y veo a Pedro aparcando la moto en el bordillo.

Suspiro y dejo caer los hombros. Ya ni siquiera sé si sigo enfadada. El

agotamiento mental se ha apoderado de mí. Lo que sí sé es que doy gracias

de que Patrick se haya marchado ya.

Se quita el casco, baja de la moto y se me acerca como si hubiera

tenido el día más normal del mundo. Lo miro y me siento derrotada.

—¿Un buen día en la oficina? —pregunta.

Me quedo boquiabierta. Tiene la cara muy dura.

—La verdad es que no —contesto con el ceño fruncido y la voz

rebosante de sarcasmo.

Me observa durante un rato mordiéndose el labio inferior y los

engranajes de su mente se ponen en marcha. Espero que esté pensando en

lo poco razonable que ha sido.

—¿Puedo hacer algo para que mejore? —pregunta mientras me

acaricia el brazo con la palma de la mano hasta llegar a la mano y

cogérmela.

—No lo sé. ¿Podrías?

—Seguro que sí. —Sonríe y agacho la cabeza—. Siempre lo hago,

recuérdalo —dice con total confianza en sí mismo.

Siento un latigazo en el cuello cuando levanto la cabeza para mirarlo.

—¡Pero has sido tú el que me lo ha fastidiado!

Hace un mohín y deja caer la cabeza hacia abajo. Creo que se

avergüenza.

—No puedo evitarlo. —Se encoge de hombros con un gesto de

culpabilidad.

—¡Claro que puedes! —exclamo.

—No. Contigo, no puedo evitarlo —afirma con un tono que me indica

que lo ha asumido. No obstante, yo no lo entenderé nunca—. Ven —dice.

Me guía hacia la moto y me entrega una gran bolsa de papel.

—¿Qué es? —pregunto, y miro el contenido.

—Te harán falta.

Mete la mano en la bolsa y saca ropa de cuero negro.

¡Uf, no!

—Pedro, no voy a subirme en ese trasto.

Me ignora, desdobla los pantalones y se arrodilla delante de mí

mientras los sujeta para que me los ponga. Me da un toquecito en el

tobillo.—

Adentro.

—¡No!

Puede echarme un polvo para obligarme a entrar en razón o iniciar la

cuenta atrás o lo que le dé la gana. No voy a hacerlo. De ninguna manera.

Cuando hiele en el infierno. ¿Me ha fastidiado el día y ahora quiere

matarme en esa trampa mortal?

Suelta un bufido de cansancio y se levanta.

—Escúchame, señorita. —Me coge la mejilla con la palma de la mano

—. ¿De verdad crees que voy a permitir que te pase algo?

Lo miro a los ojos, que claramente intentan inspirarme confianza. No,

no creo que vaya a permitir que me pase nada, pero ¿qué hay de los demás

conductores? Servidora les importa un pimiento, ahí montada de paquete

en la trampa mortal. Me caeré. Lo sé.

—Me dan miedo —confieso. Soy una miedosa.

Se inclina hasta que nuestras narices se rozan. Su aliento mentolado

me tranquiliza.

—¿Confías en mí?

—Sí —respondo de inmediato. Le confiaría mi vida. Es mi cordura la

que no le confiaría.

Asiente, me da un beso en la punta de la nariz y vuelve a arrodillarse

delante de mí. Levanto el pie cuando me da un golpecito en el tobillo. El

corazón se me acelera a causa de los nervios cuando me quita las

bailarinas, me mete los pies en los pantalones, me los sube y los abrocha

con un movimiento fluido. A continuación coge una cazadora entallada de

cuero, me sujeta el bolso y me pone primero la chaqueta y luego unas

botas.

—Quítate las horquillas del pelo —me ordena mientras mete mis

bailarinas y mi nuevo vestido tabú en mi enorme bolso marrón. Me

sorprende que no lo haya tirado al suelo y lo haya pisoteado.

Levanto los brazos y empiezo a quitármelas.

—¿Y tu ropa de cuero?

—No la necesito.

—¿Y eso? ¿Acaso eres indestructible?

Con el casco sobre mi cabeza, responde:

—No, señorita, autodestruible.

¿Eh?

—¿Eso qué significa?

—Nada. —Ignora mi pregunta y me pone el casco, cosa que me hace

callar. Empieza a ajustarme la tira del cuello y me hace sentir que me han

metido la cabeza en un condón. Doblo el cuello a un lado y a otro y me

levanta la visera.

—Deberías ponerte la vestimenta adecuada —lo reprendo—. A mí me

haces llevarla.

—No voy a correr ningún riesgo contigo, Paula. Además... —me da una

palmada en el trasero—, estás para comerte. —Alarga la correa de mi

bolso y me lo cuelga cruzado y a la espalda—. Cuando me haya montado,

pon el pie izquierdo en el reposapiés lateral y pasa el derecho al otro lado,

¿vale? Asiento y se pone el casco. Lo observo con admiración mientras pasa

la pierna por encima de la moto, enciende el motor y endereza el vehículo

entre sus poderosos muslos. Estoy cagada de miedo. Me mira. Yo sigo de

pie sobre el asfalto. Me hace una señal con la cabeza para que me suba. No

muy convencida, doy un paso adelante, apoyo una mano en su hombro y

sigo sus instrucciones para subir pasando la pierna derecha por encima. No

tardo en tener su cintura entre las piernas.

—Esto está muy alto.

Se vuelve.

—No pasa nada. Ahora cógete a mi cintura, pero no aprietes

demasiado. Cuando me incline, inclínate conmigo con suavidad. Y no bajes

los pies cuando frene, mantenlos en los reposapiés. ¿Entendido?

Asiento.

—Vale.

«Mierda, pero ¿qué estoy haciendo?»

—Bájate la visera —me ordena al tiempo que se coloca la suya.

Hago lo que me dice y me inclino hacia adelante; me abrazo a su

pecho y aprieto las rodillas contra sus caderas. Me siento como un jinete de

carreras. Tengo los nervios hechos polvo, pero a la vez noto cierta

excitación en alguna parte.

Las vibraciones del motor me atraviesan cuando Pedro lo arranca con

los pies apoyados en la carretera. Luego, con suavidad y despacio, se une al

tráfico. El corazón me golpea el pecho con fuerza y le aprieto las caderas

con los muslos con demasiada intensidad. Me relajo un poco cuando

empiezan a dolerme las piernas y los brazos. No ignoro el hecho de que

está yendo con mucho cuidado porque me lleva de paquete, y eso hace que

lo quiera un poco más. Frena un poco, toma las curvas con suavidad y, sin

darme cuenta, sigo los movimientos de la moto de forma natural. Me

encanta. Es toda una sorpresa. Siempre he odiado las motos.

Salimos de la ciudad. No tengo ni idea de adónde vamos, pero me da

igual. Estoy rodeando con los brazos y las piernas a mi hombre de acero y

el viento pasa a mi lado a toda velocidad. Estoy en éxtasis... hasta que

reconozco la carretera que conduce a La Mansión. Mi gozo en un pozo.

Después del día que he tenido, el colofón perfecto sería terminarlo con una

ración de mi querida morros hinchados. Me doy una charla mental

preparatoria, me digo que he de estar por encima de sus celos, que son

evidentes, y de su rencor. Aunque lo que más me gustaría saber es por qué

se comporta así. ¿Habrá salido Pedro con ella?

Las puertas de hierro de la entrada se abren cuando Pedro sale de la

carretera principal y se adentra en el camino de grava que lleva hacia La

Mansión. Frena suavemente hasta que nos paramos.

Se levanta la visera.

—Hora de bajarse.

Paso la pierna por encima de la moto con bastante elegancia y aterrizo

en la grava, al lado del vehículo. Pedro baja la palanca y apaga el motor

antes de bajarse con gran facilidad y de quitarse el casco. Se pasa las

manos por el pelo rubio, aplastado por la fricción, y coloca el casco en el

sillín antes de quitarme el mío. Me mira vacilante cuando descubre mi

rostro. Le preocupa que no me haya gustado. Sonrío y me lanzo de un salto

a sus brazos, le rodeo la cintura con las piernas y el cuello con los brazos.

Ríe.

—Ahí está esa sonrisa. ¿Te ha gustado?

Me sujeta con un brazo mientras deja mi casco junto al suyo. Luego

me coge con las dos manos.

Me echo hacia atrás para verle bien la cara.

—Quiero una.

—¡Olvídalo! Ni en un millón de años. De ninguna manera. Nunca. —

Niega con la cabeza, con expresión de terror—. Sólo puedes montar en

moto conmigo.

—Me ha encantado. —Le abrazo el cuello con más fuerza y me pego

de nuevo a él y a sus labios. Gime con aprobación cuando le abro la boca y

le planto un beso profundo, húmedo y apasionado—. Gracias.

Me muerde el labio inferior.

—Hummm. De nada, nena.

He olvidado mis dudas. Cuando se porta así, supera con creces lo

irracional que es, y esa manía de querer controlarlo todo. Es una locura.

—¿Por qué estamos aquí? —pregunto.

No puedo evitar la punzada de decepción que me provoca el hecho de

que nuestro increíble paseo en moto haya acabado en La Mansión.

—Tengo algunas cosas que resolver. Puedes comer algo mientras

estamos aquí. —Me deja en el suelo—. Luego iremos a mi casa, señorita.

Me aparta el pelo de la cara.

—No me he traído nada.

Necesito ir a casa y coger algunas cosas.

—Sam está aquí. Te ha traído ropa de casa de Kate.

Me coge de la mano y me lleva hacia La Mansión. ¿Sam ha traído mis

cosas? Eso sí que es previsión. Por favor, dime que las ha empaquetado

Kate. La imagen de la sonrisa picarona de Sam revolviendo en mi cajón de

la ropa interior hace que me sonroje al instante.

Pedro me conduce escaleras arriba, a través de las puertas y el

recibidor. Esta noche hay animación. Se oyen risas procedentes del

restaurante y del bar. Pasamos junto a ambos, directos hacia el despacho de

Pedro. Qué alivio. Evitar cierta lengua viperina ocupa un lugar privilegiado

en mi lista de prioridades de la noche.

Dejamos atrás el salón de verano. Hay unos cuantos grupos de gente

relajándose en los sofás mullidos, con bebidas en la mano. No se me pasa

por alto que dejan de conversar en cuanto nos ven. Los hombres alzan las

copas y las mujeres se atusan el pelo, ponen la espalda recta y dibujan una

sonrisa estúpida en la cara. Pero esta última desaparece en cuanto sus

miradas se clavan en mí, que voy detrás de él vestida de cuero y cogida de

su mano. Siento que me están examinando de arriba abajo. Apuesto a que a

las mujeres no les gusta La Mansión sólo por lo lujosas que son la casa y

las habitaciones.

—Buenas tardes.

Pedro saluda con la cabeza al pasar.

Un coro de saludos me inunda los oídos. Los hombres me regalan una

sonrisa o me hacen un gesto con la cabeza, pero las mujeres me lanzan

miradas de suspicacia. Me siento el enemigo público. ¿Qué problema

tienen?—

Pedro. —Oigo a John, el grandullón, arrastrar su nombre. Aparto la

vista de las mujeres enfadadas, que me están dando un buen repaso, y lo

veo acercarse a nosotros desde el despacho de Pedro. Me saluda con una

inclinación de cabeza y yo le devuelvo el saludo sin pensar. ¿En qué

consiste exactamente su trabajo? Parece la mafia personificada.

—¿Algún problema? —pregunta Pedro mientras me guía hacia el

interior del despacho.

John nos sigue y cierra la puerta detrás de él.

—Un pequeño asunto en el salón comunitario, ya está resuelto. —Su

voz es profunda y monótona—. A alguien se le fue de las manos. —Arrugo

el ceño y miro a Pedro. ¿Qué es un salón comunitario? Veo que éste sacude

un poco la cabeza en dirección a John antes de lanzarme una mirada fugaz

a mí—. Todo bien. Estaré en la suite de vigilancia.

Se da la vuelta y se marcha.

—¿Qué es un salón comunitario? —No puedo disimular el dejo de

interés en mi voz. Nunca he oído hablar de algo así.

Me atrae hacia sí agarrándome por el cuello de la cazadora de cuero,

me quita el bolso y toma posesión de mi boca. Hace que me olvide por

completo de mi pregunta.

—Me gusta cómo te queda el cuero —musita mientras baja la

cremallera de la cazadora, me la quita despacio y la tira al sofá—. Pero me

encanta cómo te queda el encaje. —Me baja también la cremallera de los

pantalones de cuero y me frota la nariz con la suya—. Siempre de encaje.

—Creía que tenías trabajo pendiente —susurro.

Me coge en brazos, me lleva a su mesa y me sienta en el borde. Me

quita las botas y las tira al sofá antes de agacharse, agarrarse al borde del

escritorio e inclinarse hasta que nuestras caras están a la misma altura.

Sus verdes estanques de deseo me penetran.

—Puede esperar. —Me rodea la cintura con el brazo y me echa hacia

atrás sobre la mesa—. Me vuelves loco, señorita —dice, y desliza una

mano hacia abajo para desabrocharme la camisa blanca sin moverse de

entre mis piernas.

—Tú sí que me vuelves loca —suspiro arqueando la espalda cuando

su caricia caliente me roza.

Me sonríe, misterioso.

—Entonces estamos hechos el uno para el otro.

Tira de las copas de mi sujetador hacia abajo, me pasa los pulgares

por los pezones y unas ráfagas de placer infinitas me recorren el cuerpo.

Nuestras miradas se cruzan y se quedan ancladas la una a la otra.

—Es posible —concedo. Cómo me gustaría estar hecha para él.

—Nada de posible.

Se aferra a mi cintura y me levanta de la mesa. Tiene la boca hundida

en mi garganta. Traza círculos con la lengua hasta llegar a mi barbilla.

Enredo los dedos en su pelo suave y mis pulmones se vacían de felicidad.

Perfecto. Estamos haciendo las paces.

La puerta de la oficina se abre y Pedro me pega a su pecho para

protegerme y, probablemente, para ocultarme.

—Ay, lo siento.

—¡Por el amor de Dios, Sarah! ¡Llama antes de entrar! —le grita.

Íntimamente, estoy encantada con el tono de voz que le dedica. Yo me

encuentro medio desnuda y espatarrada sobre su mesa pero, gracias a Pedro,

no se me ve nada. No me suelta y se mueve lo justo para dedicarle a Sarah

una mirada furibunda. La veo de reojo en la puerta. Lleva un vestido rojo a

juego con sus labios y su expresión de disgusto es tan evidente como la

operación de sus tetas.

—¿Al final has conseguido que se vista de cuero? —dice con una

sonrisa traicionera, da media vuelta y se va.

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