jueves, 6 de marzo de 2014

Capitulo 33 ♥




—Dios mío! —exclama mientras empuja con fuerza una última vez

antes de dejarse caer sobre mí.

Siento su inyección abrasadora en mi interior, me derrumbo a su lado

y cierro los ojos, exhausta. Él se apoya sobre los antebrazos, sin aliento y

empapado de sudor, mientras se retira poco a poco, penetrando unas

cuantas veces más con embestidas largas y calculadas. Mis músculos se

contraen a su alrededor para ordeñar hasta la última gota de su

eyaculación. No pienso con claridad. Este hombre me ha provocado cuatro

orgasmos increíblemente intensos en menos de cuatro horas. ¡Eso es uno

por hora! Mañana no podré andar.

Me quedo así, saciada y agotada, jadeando y dolorida por el esfuerzo.

Empiezan a pesarme los ojos. Siento su frente contra la mía y los abro para

ver que los suyos están completamente cerrados. Me muevo un poco

debajo de él para atraer su atención, y siento que su erección en retroceso

da una sacudida dentro de mí. Se obliga a abrir los ojos y levanta la cabeza

para centrarse en mí. Analiza mi rostro, se acerca a mi boca y me da un

beso en los labios maltratados con toda la ternura del mundo. Suspiro

cuando deja caer el torso y se tumba sobre mi cuerpo. Su pecho, pesado

pero bienvenido, descansa sobre mí, y yo acepto la carga y estiro los brazos

para acariciarle la espalda con los dedos al tiempo que apoyo la barbilla en

su hombro y miro al techo. Él se estremece ligeramente y entierra el rostro

en mi cuello, posando los labios sobre mi yugular.
Jamás me había sentido tan bien. Sé que sólo es sexo, y los efectos

secundarios que tiene, pero ésta es la sensación más agradable del mundo.

Tiene que serlo. La ferocidad de este hombre es adictiva, su ternura es

dulce y su cuerpo supera la perfección. Es la personificación de la

masculinidad. Estoy metida en un buen berenjenal.

Sigo acariciándole la espalda. Me pesan los párpados. Siento todo su

peso encima y tengo las puntas de los dedos dormidas debido a la fricción

de las caricias. Noto su respiración pausada y regular contra mi cuello. Se

ha dormido y estoy atrapada debajo de su cuerpo macizo. Cuando dejo de

acariciarle la espalda, mueve las caderas ligeramente y se quita de encima

con lentitud. Me deja un inmenso vacío que me hace desear haber

aguantado su peso un rato más, o tal vez toda la vida.

Se apoya sobre los codos y me mira. Coge un mechón suelto de mi

pelo y analiza el brillante rizo caoba mientras juguetea con él entre sus

dedos índice y pulgar.

—Has hecho que me quede dormido —dice con voz ronca.

—Ya.

—Eres demasiado bonita —susurra, y vuelve a mirarme.

Tiene los ojos cansados. Estiro la mano para pasarle el pulgar por la

frente y hundo los dedos en su pelo.

—Tú también —digo con ternura. La verdad es que es muy hermoso.

Él sonríe levemente, agacha la cabeza y me acaricia los pechos con la

nariz.—

Ya se lo he recordado, señorita.

¡Ja! Lo sabía. Era un polvo recordatorio después de que el polvo para

que entrase en razón fracasara. Bueno, no ha fracasado, aunque yo diría que

más que para hacerme entrar en razón ha sido para hacerme perderla.

Se separa lentamente de mi cuerpo y vuelve a incorporarse. La

sensación de frío que me invade al instante hace que desee tirar de él para

que se tumbe de nuevo. Sí, me lo ha recordado muy bien. Me ofrece las dos

manos. Se las acepto y dejo que tire de mí hasta que quedo a horcajadas

sobre sus muslos. Me rodea la espalda con un brazo y me acuna contra su

pecho mientras se vuelve y se sienta con la espalda apoyada en la cabecera

de la cama, conmigo de cara. Me pone las manos en la cintura y traza

círculos con los pulgares sobre mis caderas. Hace que me estremezca.

Coloco las manos sobre las suyas para detener los movimientos.

Él me sonríe con picardía.

—Pasa el día conmigo mañana.

¿Cómo? Pensaba que sólo era sexo. Tal vez quiera pasarse todo el día

en la cama conmigo. Joder, después de lo de esta noche voy a necesitar una

semana para recuperarme, puede que más. Estoy, literalmente, jodida.

—Tengo cosas que hacer —digo con cautela. Tengo que ser prudente.

Debo mantener esto a un nivel informal, o tal vez no volver a verlo jamás.

Es el típico chico malo, aunque algo mayor. Es peligroso, enigmático y

absolutamente adictivo. Soy consciente de ello, pero aun así temo

engancharme.

—¿Qué cosas? —pregunta algo enrabietado.

La verdad es que no tengo nada que hacer. Sólo arreglar mi

habitación. Parece una leonera, pero tengo muy poco espacio y demasiados

efectos personales. Debería empezar a buscar otro sitio, pero me encanta

vivir con Kate.

—Tengo que ordenar cosas —contesto, y le agarro las manos cuando

veo que intenta volver a mover los pulgares de nuevo.

—¿Qué cosas? —Parece confundido.

—Kate me ha acogido en su casa temporalmente. Llevo allí cuatro

semanas, y lo tengo todo manga por hombro. Tengo que empezar a

organizarme para cuando me mude a otro sitio.

—¿Dónde vivías hace cuatro semanas?

—Con Matias.

Hace una mueca.

—¿Y quién coño es Matias?

—Relájate. Es mi ex novio.

—¿Ex?

—Sí, ex —me reafirmo, y veo que una ola de alivio inunda su rostro.

Pero ¿qué le pasa?—. Pedro, tengo que ir a por mi coche —insisto.

No puedo dejar que Kate conduzca a Margo hasta Yorkshire. Va

dando bandazos y sacudidas. Para cuando llegue allí, le habrán salido

almorranas. Tiene que asegurar las tartas en cajas de poliestireno, atarlas

con correas y reducir la velocidad a cinco kilómetros por hora sobre los

badenes.

—Tranquila. Te acercaré mañana por la mañana.

Entonces ¿voy a quedarme aquí?

—Se irá sobre las ocho. —Tal vez no le apetezca tanto si lo saco de la

cama un sábado a primera hora de la mañana.

—De acuerdo —dice, y esboza una sonrisa malévola. Yo imito su

sonrisa, traslado sus manos a mi cintura y me llevo las mías a la cabeza

para quitarme las horquillas que me recogen el pelo. Me están dando dolor

de cabeza. Empiezo a desprenderme de ellas y él me mira con el ceño

fruncido.

Me detengo.

—¿Qué pasa?

—Te niegas a pasar el día conmigo, pero me pones esas preciosas

tetas delante de la cara. No es justo, Paula —dice, y estira el brazo para

tocarme un pezón, lo cual provoca que se endurezca al instante.

Yo protesto y me agarro el pecho.

—¡Oye! Tengo que quitarme las horquillas. Se me están clavando en

la cabeza. —Me quito una y me la pongo en la boca.

Me observa con interés, se inclina hacia adelante, coge la horquilla

entre los dientes y la escupe fuera de la cama. Entonces hunde la cara en

mis tetas. Yo sonrío para mis adentros y le acaricio el pelo mojado,

desoyendo la vocecita de mi cabeza que me dice que no me emocione

demasiado. Inspira profundamente, se aparta y me da un besito en cada

pezón. Luego me vuelve sobre su regazo.

—Déjame a mí. —Levanta las rodillas, de modo que quedo sujeta

entre ellas y su pecho, con los antebrazos apoyados sobre sus rótulas.

Empieza a pasarme los dedos por el pelo y a localizar las horquillas.

Las retira y me las da por encima del hombro.

—¿Cuántas te has puesto? —pregunta.

Me masajea el cuero cabelludo y encuentra una que se le había

olvidado.

—Unas cuantas. —Me da la última—. Tengo mucho pelo que sujetar.

—¿Unos cuantos centenares? —pregunta asombrado—. Eres como un

muñeco de vudú. Bueno, creo que ya están todas.

Coge las horquillas de mi mano y las deja en la mesita de noche.

Después me acaricia los hombros y vuelve a darme la vuelta para

colocarme contra su pecho, con la parte externa de mis piernas flexionadas

apoyada contra la parte interna de las suyas.

Es tan cómodo, y a mí me pesan tanto los párpados... He tenido un día

tremendamente ajetreado, y ha terminado con una maratón de sexo con

este hombre cautivador sobre el que estoy apoyada. Quizá debería

marcharme ya. Así evitaríamos ese incómodo sentimiento que

seguramente se apoderará de nosotros por la mañana. Pero entonces siento

que sus antebrazos me rodean el torso y mi cabeza cae automáticamente

sobre su hombro. Estoy tan a gusto y tan cansada que no pienso moverme

de aquí. Cada cierto tiempo me regala besos en el pelo, así que no tardo en

quedarme traspuesta con el sonido de su respiración constante. Se me

cierran los ojos. Estiro el brazo y empiezo a acariciarle la pierna.

—¿Cuántos años tienes? —farfullo, y siento que me estoy quedando

dormida.

Su pecho da unas leves sacudidas que me indican que se está riendo.

—Veintitrés.

Yo dejo escapar un bufido de incredulidad, pero no tengo fuerzas para

discutir con él. El cansancio me vence y me quedo dormida.


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