jueves, 6 de marzo de 2014

Capitulo 32 ♥



—¿Estás bien? —me susurra al oído.

—¿Me está permitido hablar?

Pedro hace presión hacia adelante y me aprieta el hueso de la cadera,

lo que provoca que dé un respingo sobre la encimera de la isla.

—No seas listilla.

—Estoy bien, y bien jodida —suspiro.

—Paula, por favor, vigila esa boca —me advierte. Levanta los brazos y

los deja caer sobre los míos; los acaricia con suavidad de arriba abajo.

—Pero es verdad. —Nunca me habían tratado así, aunque ha sido

increíble.

—Ya, pero no hace falta que hables así. Odio que digas tacos.

Frunzo el ceño para mis adentros.

—Tú también lo haces.

—Yo sólo los digo cuando cierta señorita me saca de mis casillas.

Suspiro con resignación.

—Está bien.

Permanecemos tumbados, saciados para una eternidad, mientras

recobramos el aliento. Estoy clavada bajo su cuerpo pesado y aplastada

contra el granito. Agradezco el frío en la mejilla y observo que mi aliento

cálido empaña la brillante superficie. Estoy alejada de la realidad y

ahogándome en un torbellino de sensaciones. Me siento exhausta, física y

emocionalmente, y todavía más perdida que antes.

—Pedro.

—¿Hummm?

—¿Cuántos años tienes?

Él me aprieta los brazos.

—Veintidós.

Pongo los ojos en blanco. Si él tiene veintidós años, yo soy la

reencarnación de la madre Teresa. Sonrío para mis adentros. Después de lo

que acaba de pasar, eso es poco probable. Noto que empieza a moverse, y

una sensación de vacío se apodera de mí cuando sale de mi cuerpo. Se

inclina hacia adelante, me besa la espalda y empieza a separarnos,

apartando gradualmente la piel de la mía. Tengo frío.

—Ven aquí —susurra al tiempo que me agarra de la cintura. Me fijo

en que ya no lo hace de las caderas.

Coloco la palma de la mano sobre el granito y me incorporo con

ayuda de su lenta persuasión. Joder, es como intentar despegar el yeso de

una pared. Cuando por fin logro separar el cuerpo de la barra de desayuno,

me vuelvo hacia él. Abro los ojos de par en par al ver que vuelve a estar

duro. ¿Ya? ¡Si yo estoy agotada!

Me coloca sobre la encimera y se abre paso entre mis muslos, me

coge los brazos, se los coloca sobre los hombros y vuelve a agarrarme de la

cintura.

Me estudia los ojos.

—¿Estás bien?

Yo sonrío ante su atractivo rostro. ¿No es un poco tarde para

preguntar eso?

—Sí.

—Bien. —Se inclina y me estrecha con fuerza entre sus brazos.

Aspira el aroma de mi cuello—. No he acabado contigo todavía.

Le rodeo la cintura con las piernas y aprieto los muslos.

—Ya me he dado cuenta.

Es insaciable. Menos mal que sólo es sexo ocasional, porque no creo

que pudiese aguantar esto de manera permanente. Acabaría exhausta, si no

muerta.

—Es el efecto que ejerces sobre mí —me dice encogiéndose de

hombros.

No puede ser sólo influencia mía, pero acepto el cumplido. Entierro la

cara en su cuello e inhalo. Huele de maravilla.

—¿Tienes hambre? —me pregunta, y se aparta y me acaricia la

mejilla con los nudillos.

La verdad es que no, aunque no he tenido tiempo de comer en todo el

día. Decidí pasar de los canapés al champán; no quería que me pillasen con

la boca llena si alguien quería hablar conmigo en el Lusso.

—Un poco —respondo.

—Un poco —repite, y en sus labios se atisba una sonrisa. Parpadea y

yo sonrío—. Tienes una sonrisa muy abierta, me encanta.

Me besa las comisuras de los labios.

—¡Mierda! —En cuanto la palabra sale de mi boca, me arrepiento de

haberla dicho.

—¡Esa boca! —me reprende muy serio—. ¿Qué pasa?

—Le dije a Kate que iba hacia casa —contesto. No ha llamado o, si lo

ha hecho, no he oído el teléfono—. Será mejor que la llame. Necesita mi

coche mañana para ir a visitar a su abuela en Yorkshire.

«¡Mierda! ¡Joder, joder, joder!», puedo decir todos los tacos que

quiera en mi cabeza. Maldita sea. Mi coche está en el Lusso, y he bebido

demasiado como para ir a buscarlo ahora. Tal vez Kate pueda recogerlo por

la mañana con la llave de repuesto. No, no puede. La llave de repuesto

todavía está en casa de Matias. ¡Joder! Tengo que ir a por mis cosas de una

vez. Tendré que coger un taxi para ir a darle las llaves a Kate, y que ella

recoja el coche por la mañana en el Lusso.

Me retuerzo para liberarme y él me suelta a regañadientes, con el ceño

fruncido. Cojo el bolso, que está junto a la puerta de entrada, y busco mi

móvil dentro para escribirle a Kate un mensaje y explicarle la situación.

Añadiré una P.D. al final para informarla de que al final no tiene novia.

Saco los vaqueros que llevo en la maleta.

—Tengo que irme.

—¿Irte? —brama.

Me estremezco.

—Sólo tengo unas llaves y Kate las necesita —le explico.

Sacudo los pantalones. No voy a molestarme en ponerme la ropa

interior. Sólo voy un momento a casa. Meto una pierna por la pernera, doy

unos saltitos y me preparo para meter la otra.

Avanza tan de prisa que ni siquiera me da tiempo a verle la cara.

—¡Eh! —exclamo cuando me levanta en el aire y me lanza sobre su

hombro—. ¿Qué haces?

Tengo su culo firme y bronceado justo delante. Pedro se vuelve y, sin

mediar palabra, empieza a avanzar por el apartamento.

—¡Mierda! ¡Pedro, suéltame! —De un tirón, me arranca los vaqueros

de la pierna que he conseguido meter, los lanza al suelo y me da una

palmada en el culo—. ¡Ay!

—¡Esa boca!

Oigo que la puerta golpea la pared de yeso cuando la abre de una

patada y entramos en un dormitorio. Esta habitación también es blanca y

negra. ¿Qué demonios está haciendo? ¿Es que no ha tenido suficiente? ¿He

tenido yo suficiente? Cualquiera diría que sí.

Me baja del hombro sin ningún esfuerzo y vuelo ligeramente por el

aire antes de aterrizar sobre un mar de suntuoso algodón blanco. Lo

primero que percibo es que huele divinamente. Huele a él, a agua fresca y

deliciosa.

No tengo tiempo de recuperarme de la desorientación. Está entre mis

piernas en un nanosegundo. Su erección presiona mi entrada y me agarra

de las muñecas con las manos a ambos lados de la cabeza. Sus brazos,

completamente estirados, sostienen la parte superior de su cuerpo. Joder,

qué rápido es. Todavía no sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí. No

obstante, reconozco el sentimiento de anticipación que empieza a formarse

en mi interior. Está claro que yo tampoco he tenido suficiente.

El resbaladizo extremo de su erección estimula la puerta de mi cuerpo

y el corazón se me empieza a acelerar en el pecho mientras me concentro

en sus ojos, que, por encima de los míos, me miran con una mezcla de

rabia y de sorpresa. ¿Estará loco?

—¡No vas a ir a ninguna parte! —ruge.

Mueve las caderas y se hunde en mí por completo, presionándome

hasta un punto increíble.
La penetración nos hace gritar al unísono. Lo tengo muy dentro, y mis

músculos se aferran a cada milímetro de su miembro. Se mantiene quieto

durante unos segundos, con la cabeza gacha y la boca laxa. Todos mis

pensamientos relacionados con el coche han desaparecido para dejar sitio a

la anticipación de lo que vendrá. Está claro que nunca me sacio de él.

Cuando se recompone, me mira y empieza a retirarse lentamente para

cargar de nuevo con un fuerte gruñido.

Yo echo la cabeza atrás con un grito.

—¡Mírame! —Su voz es un rugido carnal que no debe ser

desobedecido.

Vuelvo a posar la mirada en la suya mientras él se adentra en mí.

Jadeo como un perro deshidratado.

—Mucho mejor. ¿Hace falta que te lo recuerde? —pregunta.

¿Que me lo recuerde? ¡Si se refiere a la agradable sensación de

tenerlo dentro de mí la respuesta es sí! Muevo las caderas e intento que me

roce. Estoy excitadísima.

Él me mira, expectante.

—Contéstame, Paula.

—Por favor —exhalo. No puedo creerme que le esté suplicando.

Bueno, la verdad es que sí. Puede hacerme y pedirme lo que quiera.

En su rostro se dibuja una sonrisa petulante. Entonces carga con más

fuerza y velocidad.

—¡Eres mía, Paula! —ruge. Yo cierro los ojos con un alarido de placer

—. ¡Abre los putos ojos!

No tengo fuerzas para discutir. Los abro y él entra y sale de mi

interior a un ritmo y con una fuerza descomunales. Es increíble. Nuestros

cuerpos sudorosos chocan y me falta el aliento. Intento controlar la presión

que se acumula entre mis piernas. No aparta ni un segundo los ojos de los

míos a pesar de nuestros frenéticos movimientos corporales. Le rodeo la

cintura con las piernas y levanto las caderas para dejar que me penetre aún

más profundamente. Mi detonación se aproxima aún más. Las oleadas de

placer que me provocan sus persistentes embestidas me acercan al clímax.

No sé qué va a ser de mí.

—Joder, Paula, ¿estás bien? —dice entre gruñidos.

Me suelta las muñecas y oigo el golpe de sus puños contra el colchón.

—¡No pares! —grito, y levanto las manos hacia sus resbaladizos

bíceps. Clavo las uñas en ellos para intentar agarrarme. Él grita y me

percute todavía con más fuerza. Echo la cabeza hacia atrás, desesperada.

Su fuerza y su control escapan a toda comprensión.

—Maldita sea, Paula. ¡Mírame!

Vuelvo a enderezar la cabeza y nuestras miradas se cruzan de nuevo.

Tiene las pupilas dilatadas hasta tal punto que apenas se ve el verde de sus

ojos. Frunce el ceño y gotas de sudor le resbalan por las sienes. Deslizo una

mano hasta su nuca, le agarro del pelo empapado y tiro de él hacia mí hasta

que nuestros labios chocan y nuestras lenguas danzan; mientras, él

continúa con sus mortificantes estocadas.

No puedo aguantarlo más.

—Pedro, me corro —jadeo contra sus labios. Me aferro a él con tanta

fuerza que se me duermen las puntas de los dedos.

—¡Mierda! A la vez, ¿vale? —gruñe con los dientes apretados. Me

aporrea con fuerza unas cuantas veces más, hasta que casi pierdo el

sentido, antes de gritar—: ¡Ya!

Y lo libero todo: la tensión acumulada entre las piernas, el peso de

mis pulmones y el furor de mi vientre. Todo sale despedido en una

inmensa ola de presión y un sonoro alarido.


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