viernes, 28 de marzo de 2014
Capitulo 108 ♥
—No pienso beber ni una gota más —afirma con rotundidad
mirándome directamente a los ojos mientras pronuncia su voto.
—Pareces muy seguro —respondo tranquilamente.
—Lo estoy. —Se incorpora en el baño y se vuelve para mirarme.
Levanta la mano maltrecha para cogerme la cara y compone una mueca de
dolor al ver que no puede hacerlo—. Lo digo en serio, nunca jamás. Te lo
prometo. —Parece sincero—. No soy un alcohólico empedernido, Paula.
Admito que se me va un poco de las manos cuando me tomo un trago, y
que me cuesta parar, pero puedo elegir si bebo o no. Me encontraba muy
mal cuando me dejaste. Sólo quería aliviar mi dolor.
Se me encoge el corazón y siento una mezcla de alivio y duda. Todo el
mundo se descontrola cuando bebe, ¿no?
—Pero volví —digo apartando la mirada e intentando dar forma a lo
que necesito decir. Miles de palabras han estado oprimiéndome la mente
desde hace días, pero ahora no me viene ninguna a la cabeza—. ¿Por qué
no me lo habías contado? ¿Es a eso a lo que te referías cuando dijiste que
el daño sería mayor si te dejaba?
Agacha la cabeza.
—No debería haber dicho eso.
—No, no deberías.
Vuelve a mirarme a los ojos.
—Sólo quería que te quedaras. Me quedé sorprendido cuando me
dijiste que tenía un hotel encantador. —Sonríe ligeramente y yo me siento
idiota—. Todo fue muy intenso y muy de prisa. No sabía cómo contártelo.
No quería que salieras corriendo de nuevo. No parabas de huir. —Se
detiene en cada una de estas últimas palabras como deletreándolas.
Todavía se siente frustrado por mis constantes evasiones. Aunque tenía
motivos. Todo ese tiempo sabía que debía escapar de él.
—Pero no iba muy lejos, ¿verdad? No me dejabas.
—Iba a contártelo. No esperaba que vinieras a La Mansión así. No
estaba preparado,Paula.
No hace falta que lo jure. Todas las demás veces que había visitado el
supuesto hotel, me escoltaban o me encerraban en el despacho de Pedro.
Estoy segura de que el personal estaba advertido de que no debía hablar
conmigo y de que nadie debía acercarse a Pedro cuando yo estaba con él. Y,
es verdad, todo fue muy intenso y muy de prisa, pero yo no tuve nada que
ver con eso. Joder, tenemos mucho de que hablar. Necesito que me cuente
algunas cosas. Aquel ser pequeño y despreciable al que Pedro golpeó en La
Mansión tenía cosas muy interesantes que decir. ¿Tenía Pedro una aventura
con su mujer?
Son tantas las preguntas...
Suspiro.
—Venga, te estás arrugando. —Le paso una toalla y él también
suspira antes de impulsarse hacia arriba agarrándose a un lado de la bañera
con la mano sana. Sale de la tina y le paso la toalla por todo el cuerpo
mientras me observa detenidamente.
Sus labios se curvan hacia arriba formando lo que parece ser una
sonrisa cuando le seco el cuello.
—Hace algunas semanas era yo el que aliviaba tu resaca —dice
tranquilamente.
—Seguro que a ti te duele la cabeza bastante más que a mí entonces
—replico restándole importancia a aquel recuerdo y colocándole la toalla
alrededor de la cintura—. Ahora, a comer, y después al hospital.
—¿Al hospital? —espeta, azorado—. No necesito ningún hospital,
Paula.
—Tu mano, sí —le aclaro. Probablemente crea que quiero ingresarlo
en una clínica de desintoxicación.
Al ver a lo que me refería, levanta la mano y se la inspecciona. La
sangre ha desaparecido, pero sigue teniendo mal aspecto.
—Está bien —gruñe.
—Yo creo que no —protesto con ternura.
—Paula, no necesito ir al hospital.
—Pues no vayas. —Doy media vuelta y me dirijo a la habitación.
Él me sigue, se sienta a los pies de la cama y observa cómo
desaparezco en el inmenso vestidor. Rebusco entre su ropa y cojo un
pantalón de chándal gris y una camiseta blanca. Necesita estar cómodo.
Saco unos bóxeres de la cómoda y, al volver al cuarto, me lo encuentro
tirado de nuevo sobre la cama. Subir la escalera y darse un baño lo han
dejado molido. Me resulta difícil imaginar lo que debe de ser sufrir una
resaca de semejante magnitud.
—Ponte esto. —Dejo la ropa en la cama a su lado, él se vuelve para
inspeccionar lo que he seleccionado y exhala un suspiro de cansancio.
Al ver que no tiene intención de vestirse, cojo los calzoncillos, me
arrodillo delante de él y los sostengo ante sus pies. Me ha hecho esto
muchas veces. Le doy un golpecito en el tobillo y él se incorpora en la
cama, me mira, y un pequeño brillo se enciende en sus ojos. Otro rasgo
familiar.
Sin decir nada, mete los pies por las perneras y se levanta para que
pueda subirle la prenda interior pero, cuando estoy a medio camino, la
toalla se le cae y me encuentro ante su enorme erección.
Suelto los calzoncillos y me alejo de él como si fuera a quemarme o
algo así. Parece ser que algunas partes de su cuerpo siguen siendo
funcionales, pienso para mis adentros mientras intento fingir que esa
prolongación dura como el acero que se encuentra al alcance de mi mano
no está ahí. Lo miro a la cara y, por primera vez, sus ojos brillan
plenamente, pero no es buena señal. He visto esa mirada en más de una
ocasión, muchas, de hecho, y no es lo que necesito en estos momentos,
aunque mi cuerpo no está en absoluto de acuerdo con mi cerebro. Me
esfuerzo por controlar el impulso de empujarlo encima de la cama y
montarme a horcajadas sobre él. No pienso permitir que nos desviemos del
objetivo con el sexo. Tenemos mucho de que hablar.
Se agacha y se sube los calzoncillos del todo.
—Iré al hospital —dice finalmente—. Si quieres que vaya, iré.
Lo miro con el ceño fruncido.
—El hecho de que accedas a que te miren la mano no va a hacer que
caiga rendida a tus pies de gratitud —respondo con sequedad.
Él también frunce el ceño ante mi tono brusco.
—Voy a dejar pasar eso.
—Tienes que comer algo —murmuro. Doy media vuelta y salgo de la
habitación, dejando que Pedro termine de ponerse los pantalones y la
camiseta.
Necesito que quiera estar bien, no que lo haga únicamente porque crea
que eso lo acercará más a mí. Eso no funcionará. Sólo sería otra forma de
manipulación, y he de evitar todo lo que influya en esa pequeña parte de mi
cerebro que funciona correctamente.
Examino el contenido del frigorífico. No puedo hacer nada con un bote de
nata montada, un frasco de crema de cacao y mantequilla de cacahuete.
Aunque Pedro sí que podría hacer un montón de cosas, como un bocadillo
de Paula. Sacudo la cabeza y la dejo caer sobre el hombro.
—No tienes nada en la nevera —le digo cuando se acerca por detrás y
coge el frasco de mantequilla de cacahuete.
Acuna el frasco con el brazo, desenrosca la tapa con la mano sana y lo
deja sobre la isleta de la cocina, antes de encaramarse sobre un taburete y
proceder a meter el dedo y lamerlo hasta dejarlo reluciente.
—Iré al supermercado —digo. Cierro la puerta de la nevera y me
dirijo hacia la escalera.
—Iré contigo.
—Vale. —Sigo caminando.
—Iré porque quiero —dice con tranquilidad.
Me detengo en seco.
—Vale.
—Paula, ¿quieres mirarme? —Su tono es impaciente. No me gusta.
Me vuelvo para poder verlo, suplicándole en silencio que inicie la
conversación, pero él se limita a mirarme. Casi parece enfadado.
—Voy a vestirme.
Doy media vuelta de nuevo y lo dejo en la cocina.
Me ducho en el cuarto de baño del dormitorio de invitados y me
quedo de pie bajo el agua caliente durante una eternidad, como si pudiera
enjuagar todos mis problemas. Cuando por fin salgo de la ducha, revuelvo
entre mis maletas y descubro que Kate ha embutido un poco de todo en
ellas, literalmente. Me pongo un vestido azul aciano de los años cincuenta
con falda de vuelo y mis bailarinas de color crema antes de secarme el pelo
y recogérmelo con unas horquillas en la nuca. Un toque rápido de colorete
y de máscara de pestañas y he terminado.
Me miro al espejo, pero a pesar de mis intentos mi aspecto no ha
mejorado mucho. Tengo los ojos tan hundidos como los de Pedro, y su
presencia no ha llenado el vacío que siento desde el domingo. Quizá lo he
entendido todo mal. Quizá lo mejor para mí sería marcharme, porque lo
que es seguro es que no me siento mejor por estar aquí. Suspiro al ver mi
reflejo, intentando sonsacarle alguna respuesta, pero sé que el único que
puede darme las respuestas que busco está sentado en la cocina,
hinchándose a mantequilla de cacahuete. Cojo el bolso y bajo.
Está dormido. Lo miro, sentado en el sofá, con una pierna en alto y la
palma de la mano reposando sobre el pecho. Tiene la boca ligeramente
entreabierta y sus pestañas parpadean. Lo dejo, me marcho a la cocina para
tomarme la píldora y aprovecho el tiempo para mandarle un mensaje a
Kate, para que sepa que todo va bien, aunque no sea cierto, y luego
telefoneo a mi hermano. Con todo lo que ha pasado, se me había olvidado
que en teoría iba a quedar hoy con él.
—¿Pau?
—¡Dan! —Cómo me alegro de oír su voz—. ¿Dónde estás?
—Pues el hotel en el que hice la reserva me ha fallado, así que he
dormido en casa de Harvey —bromea.
Ignoro su pulla. Le da igual haber tenido que buscarse otro sitio donde
pasar la noche. Odiaba a Matias.
—¿Cómo están mamá y papá? —pregunto.
—Preocupados —contesta.
Sabía que iban a estarlo.
—No tienen por qué.
—Pues lo están. Y yo también. ¿Dónde estás?
«¡Mierda!»
¿Que dónde estoy? No puedo decirle dónde estoy exactamente, y con
quién. —En casa de Kate —miento.
No es que Dan vaya a hablar con ella o a visitarla para averiguar la
verdad. Además, mamá sabe que iba a estar en casa de Kate, y estoy segura
de que se lo habrá dicho. ¿Me está poniendo a prueba?
Se hace el silencio en la línea telefónica al mencionar el nombre de
Kate.
—Ya veo —dice poco después—. ¿Todavía?
Ay, el desapego en su voz. Hace años que no se ven, pero parece ser
que el tiempo no lo cura todo.
—Es temporal, Dan. Estoy buscando casa mientras hablamos.
En realidad, mientras hablamos estoy sentada en el ático del Lusso,
esperando a que el señor de La Mansión del Sexo —que tiene una jaqueca
de caballo y de quien estoy enamorada— se despierte para que pueda
llevarlo al hospital y le miren la mano (esa con la que atravesó una
ventanilla porque yo lo cabreé). Empiezo a dar vueltas alrededor de la
isleta de la cocina.
—¿Has hablado con el idiota de tu ex? —me pregunta. Se nota el
desprecio en su voz.
—No, pero he oído que ha estado en contacto con mamá y papá. Muy
considerado por su parte.
—Será capullo. Tenemos que hablar de eso. Mamá me ha contado su
charla con Matias. Sé que es una sabandija, pero mamá está preocupada, y no
ayudó que no vinieras a Newquay.
—Llamé —digo en mi defensa.
—Ya, y sé que no le has contado toda la verdad. ¿Qué hay de ese
hombre nuevo?
Me quedo petrificada. Buena pregunta.
—Dan, hay cosas que una no puede contarles a sus padres.
—Pero sí que se las puedes contar a tu hermano —asegura.
—¿Puedo? —le suelto. Lo dudo mucho. Mi hermano mayor acabaría
junto con mi padre en la sección de infartos. Ésa es la razón por la que no
fui a Newquay: el interrogatorio y la regañina. Tendré que hacerles frente
en algún momento, pero no ahora mismo. Nunca me he alegrado tanto de
que mis padres vivan tan lejos.
—Sí, puedes. Así que, ¿cuándo te veo? —me pregunta, un poco más
animado.
¿Quiere verme o sacarme información?
—¿Mañana? —digo, a ver si cuela.
—Creía que habíamos quedado hoy. —Parece muy decepcionado.
Yo también. De verdad que tengo ganas de verlo, pero a la vez no
quiero.—
Lo siento. Es que estoy mirando varios sitios de alquiler, y luego
tengo que terminar una pila de dibujos —vuelvo a mentir, pero es que no
podría reunir las fuerzas necesarias para parecer medianamente normal en
tan poco espacio de tiempo. Tal vez mañana ya haya conseguido salir del
agujero de la depresión y la incertidumbre. Lo dudo mucho pero, al menos,
tendré tiempo para intentarlo.
—Genial, pasaremos el día juntos —dice confirmando mis temores.
¿Un día entero eludiendo sus preguntas?
—Vale. Llámame por la mañana —le digo. Secretamente, espero que
salga de juerga con sus amigos esta noche y que tenga una resaca tan
tremenda que no pueda llamarme hasta tarde. Necesito tiempo.
—Hecho. Mañana nos vemos, peque. —Y cuelga.
Empiezo a pensar en cómo salir de ésa pero, después de una hora
dando vueltas por el ático, no se me ha ocurrido nada. No puedo evitarlo
eternamente.
Suena el timbre del portero automático. Respondo, es Clive.
—Paula, el de mantenimiento va de camino para arreglar la puerta. Ah,
y ya está cambiada la luna del coche del señor Alfonso.
—Gracias, Clive. —Cuelgo y me dirijo a la puerta.
Le abro a un señor mayor que ya está inspeccionando los daños.
—¿Una estampida de rinocerontes? —pregunta rascándose la cabeza.
—Algo así —murmuro.
—Puedo asegurarla de forma provisional, pero tendré que cambiarla.
Haré el pedido y la avisaré cuando llegue —dice mientras deposita su caja
de herramientas en el suelo.
—Gracias.
Lo dejo cincelando trozos de madera astillada del marco de la puerta
y, al volverme, me encuentro a Pedro medio dormido, mirando hacia la
entrada con recelo.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
—Como tú no abrías, tu puerta principal se las tuvo que ver con John
—lo digo con sequedad.
Arquea las cejas pero luego parece preocupado.
—Debería llamarlo.
—¿Cómo te encuentras? —pregunto mientras le doy un repaso; veo
que está un poco más despabilado después de la siesta de una hora que se
ha pegado.
—Mejor. ¿Y tú?
—Bien. Iré a por el bolso. —Lo esquivo cuando paso junto a él y sigo
caminando.
Su mano vuela y me agarra del brazo.
—Paula.
Freno en seco y espero que diga algo más, cualquier cosa que mejore
la situación, pero no consigo nada, sólo el calor de su mano firme en mi
brazo filtrándose por mi piel. Alzo la mirada hacia la suya y descubro que
me está observando, pero aun así no abre la boca.
Suspiro con fuerza y me libero de su mano, pero entonces recuerdo
que no tengo el coche aquí.
—Mierda —maldigo en voz baja.
—Vigila esa boca, Paula. ¿Qué pasa?
—Que mi coche está en casa de Kate.
—Cogeremos el mío.
—No puedes conducir con una sola mano. —Me vuelvo para tenerlo
frente a frente. En su mejor día, su forma de conducir ya me da bastante
miedo.—
Lo sé. Conduce tú. —Me lanza las llaves del coche y siento una
ligera oleada de pánico. ¿Me deja conducir un coche que vale más de
ciento sesenta mil libras?
¡Madre de Dios!
—Paula, conduces como miss Daisy. ¿Quieres acelerar de una vez? —
se queja Pedro.
Le lanzo una mirada asesina que él ignora. El acelerador es muy
sensible y me siento minúscula detrás del volante. Me aterroriza arañarle
el coche.
—¡Cállate! —le suelto antes de hacer lo que me dice y avanzar
rugiendo por la carretera. Si atropello a alguien, será culpa suya.
—Así está mejor. —Me mira y sonríe—. Es más fácil de manejar si
dejas de ser tan cauta con su potencia.
La frase le va que ni pintada. Tiene razón, pero no voy a
reconocérselo. En vez de eso, voy a concentrarme en la carretera y en que
llegue al hospital de una pieza.
Después de tres horas en urgencias y una radiografía, el médico ha
confirmado que la mano de Pedro no está rota pero que sí que ha sufrido
daños musculares.
—¿La ha tenido en reposo? —pregunta la enfermera—. Si la lesión se
produjo hace varios días, ya debería haber bajado la inflamación.
Pedro me mira con cara de culpabilidad cuando la enfermera le venda
la mano.
—No —responde en voz baja.
No. Ha estado empinándose botellas de vodka con ella.
—Pues debería haber hecho reposo —lo riñe la mujer—. Y debería
mantenerla en alto.
Miro a Pedro con las cejas enarcadas y él levanta la vista al techo
mientras la enfermera le pone el brazo en un cabestrillo antes de
mandarnos a casa. Cuando llegamos a la puerta del hospital, se quita el
cabestrillo y lo tira a la papelera.
—Pero ¿qué haces? —digo, alarmada, mientras él sale a la calle.
—No pienso llevar esa cosa.
—¡Claro que lo harás! —le grito sacando el cabestrillo de la papelera.
Me he quedado a cuadros. Ese hombre no tiene consideración alguna para
consigo mismo. Les ha dado una paliza a sus órganos internos a base de
litros y litros de vodka, ¿y ahora se niega a cooperar para que la mano se le
cure en condiciones?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario