lunes, 24 de marzo de 2014

Capitulo 96 ♥



Me despierto de golpe y me incorporo en la cama. Me siento renovada,
revitalizada y descansada. Esta cama es tremendamente cómoda. Volver a
la mía después de haber dormido aquí varias noches va a suponer un bajón.
Lo único que falta es Pedro.
Miro bajo las sábanas y veo que sigo en ropa interior, pero la camiseta
ha desaparecido. No recuerdo cómo he llegado a la cama. Me siento en
silencio un momento y oigo un zumbido constante acompañado de unos
golpes sordos a lo lejos.
¿Qué es eso?
Recorro el largo camino hasta los pies de la cama y salgo al
descansillo, donde los ruidos son un poco más fuertes, aunque siguen
sonando amortiguados. Miro a mi alrededor. No hay ninguna señal de
Pedro. Deduzco que debe de estar en la cocina, así que bajo la escalera. Pero
al acercarme a la cocina, me paro y doy marcha atrás. Miro a través de la
puerta de cristal del gimnasio, situada en ángulo antes de entrar en la
cocina, y veo a Pedro con unos pantalones cortos esprintando a toda pastilla
en la cinta de correr. Eso explica el extraño golpeteo distante. Está
corriendo de espaldas a mí. La firme piel de su espalda resplandece gracias
a las gotas de sudor mientras ve las noticias deportivas en un televisor
colgado frente a él.
Le dejo hacer. Ya le he fastidiado una carrera. Voy a la cocina a llenar
la cafetera y a prepararme un café. No es Starbucks, pero me servirá.
El sonido familiar del tono de mi móvil invade la habitación y lo
busco por la cocina. Está cargándose en la encimera. Lo cojo y lo
desconecto del cargador. Es mi madre. De repente me acuerdo de su
llamada de ayer, esa que no le he devuelto aún... y que no tengo ningunas
ganas, pero ningunas, de devolver. Mi buen humor se desvanece al
instante.
—Hola, mamá —saludo alegremente pero con una mueca de
aprensión en la cara. Aquí viene el interrogatorio.
—¡Estás viva! Miguel, cancela la partida de búsqueda. ¡La he
encontrado!
La idea de chiste de mi madre hace que ponga los ojos en blanco.
Obviamente, esperaba que ya le hubiera devuelto la llamada.
—Vale, mamá. ¿Qué quería Matias?
—No tengo ni idea. No nos llamó ni una sola vez mientras estuvieron
juntos. Me preguntó cómo estábamos y habló sobre el tiempo, ya sabes.
Todo muy raro. ¿Por qué nos llamó, Paula?
—No lo sé, mamá. —Bostezo de aburrimiento. Sospecho que sí lo sé.
Está intentando ganárselos.
—Mencionó que estabas con otro.
—¿Ah, sí? —Mi tono agudo deja claro que me ha pillado por
sorpresa, y también que soy culpable. Maldito seas, Pedro Alfonso, por
interceptar mi móvil. Habría sido más fácil restar importancia a los
chismes de Matias si no tuviera que justificar también lo del hombre
misterioso que cogió mi móvil ayer.
—Sí, dijo que estabas saliendo con alguien. Es muy pronto, Paula.
—No estoy saliendo con nadie, mamá. —Miro por encima del hombro
para asegurarme de que todavía estoy sola. Estoy haciendo algo más que
salir con alguien. Estoy enamorada.
—¿Quién era el hombre que contestó al móvil?
—Ya te lo dije: es sólo un amigo.
«¡Déjalo estar, por favor!»
—Mejor. Eres joven, estás en Londres y recién salida de una relación
de mierda. No caigas en los brazos del primero que te preste un poco de
atención.
Me pongo roja hasta la coronilla aunque no puede verme. No creo que
lo que me da este hombre pueda describirse como «un poco de atención».
Con tan sólo cuarenta y siete años y habiendo tenido a Dan a los dieciocho
y a mí a los veintiuno, mi madre se perdió todas las ventajas de ser joven
en Londres. Aún no ha cumplido los cincuenta y ya está jubilada y
viviendo en Newquay. Sé que no le gustaría saber que me están atrapando
por medio de la lujuria.
—No lo haré, mamá. Sólo me estoy divirtiendo un montón —la
tranquilizo. Me lo estoy pasando bomba, aunque que no como ella se
imagina—. ¿Qué tal está papá?
—Ya sabes, loco por el golf, loco por el bádminton, loco por el
cricket. Tiene que estar siempre haciendo mil cosas para no subirse por las
paredes.
—Es mejor que pasarse el día con el culo pegado al sillón sin dar ni
golpe —digo, y cojo una taza del armario. Me acerco al frigorífico.
—Montó un escándalo por tener que dejar la ciudad, pero yo sabía que
se moriría al cabo de unos años si no lo sacaba de allí. Ahora no para
quieto. Siempre está metido en algo.
Abro el frigorífico. No hay leche.
—Es bueno que se mantenga activo, ¿no? —Me siento en el taburete
sin ese café que tanta falta me hace.
—No me quejo. También ha perdido unos kilos.
—¿Cuántos?
Son buenas noticias. Todo el mundo decía que papá tenía todas las
papeletas para sufrir un infarto: obeso, aficionado a la cerveza y con un
trabajo estresante. Resultó que todo el mundo tenía razón.
—Casi siete kilos.
—Vaya, estoy impresionada.
—No más que yo, Paula. Entonces ¿hay novedades?
«¡A manta!»
—Pocas. Estoy hasta arriba de trabajo. He conseguido el siguiente
proyecto del promotor del Lusso. —Tengo que hablar de trabajo. Se me va
a caer el pelo si empieza a cotillear en mi vida social.
—¡Genial! Le enseñé a Sue las fotos en internet. ¡El ático! —suspira.
«Sí, ahí estoy en este momento.»
—Ya. —Necesito vino.
—¿Te imaginas vivir con tanto lujo? Tu padre y yo no estamos mal,
pero no tiene nada que ver con esos niveles de riqueza.
—Es verdad. —De acuerdo, lo de hablar de trabajo no ha ido como yo
planeaba—. ¿A qué hora llega Dan mañana? —Tengo que cambiar de
tema.
—A las nueve de la mañana. ¿Vendrás con él?
Me desplomo sobre la encimera. Casi ni me acordaba de la llegada de
Dan. No he tenido oportunidad con la movida que tengo encima. Me siento
culpable. Llevo seis meses sin verlo.
—No creo, mamá. Estoy muy ocupada —lloriqueo mientras le suplico
mentalmente que lo entienda.
—Es una pena, pero lo comprendo. A lo mejor papá y yo vamos a
verte cuando ya tengas piso. —Me están dando a entender que tengo que
mover el culo. No he hecho nada al respecto.
—Eso sería genial —lo digo de corazón. Me encantaría que mis
padres volvieran a Londres a visitarme. No se han acercado desde que se
mudaron, y sé que es porque en el fondo los dos tienen miedo de querer
volver a vivir en el ajetreo y el bullicio de la ciudad.
—Estupendo. Se lo comentaré a tu padre. He de dejarte. Dale
recuerdos a Kate.
—Lo haré, llamaré la semana que viene cuando Dan esté allí —añado
rápidamente antes de que cuelgue.
—Perfecto. Cuídate mucho, cariño.
—Adiós, mamá. —Doy un empujón al móvil por la encimera y hundo
la cabeza entre las manos.
Si ella supiera. A mi padre le daría otro infarto si se enterase del
estado actual de mis asuntos, y mi madre me obligaría a mudarme a
Newquay. La única razón por la que mi padre no vino conduciendo hasta
Londres cuando Matias y yo rompimos fue porque mamá llamó a Kate para
averiguar si era verdad que yo estaba bien. ¿Qué pensarían si supieran que
estoy liada con un hombre controlador, arrogante y neurótico que, según
sus propias palabras, me está follando hasta hacerme perder el sentido? El
hecho de que sea superrico y el dueño del ático del Lusso no amortiguaría
el golpe. Por Dios, si mi madre tiene una edad más cercana a la de Pedro
que yo.
Me doy la vuelta sobre el taburete cuando oigo un alboroto fuera de la
cocina. Me levanto a investigar y doy un salto del susto que me llevo al ver
el pecho desnudo de Pedro volando hacia mí.
«¡Guau!»
—Joder, estás aquí. —Me levanta del suelo y me pega a su pecho
bañado en sudor—. No estabas en la cama.
—No, estaba en la cocina —farfullo aturdida. Me está abrazando tan
fuerte que me cuesta respirar—. He visto que estabas corriendo y no he
querido molestarte. —Me revuelvo un poco para indicarle que me está
ahogando. Me suelta y me deposita sobre mis pies. Con el rostro brillante y
sin afeitar, me da un repaso y el pánico desaparece un poco de su mirada.
Me coge de los hombros y me mira a la cara—. Sólo estaba en la cocina —
repito. Me mira como si fuera a desmayarse en cualquier momento. Pero
¿qué le pasa?
Sacude un poco la cabeza, como si estuviera intentando borrar un
pensamiento horrible, me coge en brazos, me lleva a la encimera y me
sienta sobre el frío granito. Se abre camino entre mis muslos.
—¿Has dormido bien?
—Genial.
¿Por qué tiene cara de haber recibido muy malas noticias?
—¿Te encuentras bien?
Me regala una sonrisa de las que detienen el corazón. Me tranquilizo
al instante.
—Me he despertado en mi cama contigo vestida de encaje. Es
domingo, son las diez y media de la mañana y estás conmigo en mi cocina
—me mira de arriba abajo—... vestida de encaje. Estoy genial.
—¿Ah, sí?
—Por supuesto. —Me levanta la barbilla y me planta un pico en los
labios—. Podría despertarme así todos los días. Eres preciosa, señorita.
—Tú también.
Me aparta el pelo de la cara y me mira con cariño.
—Bésame.
Satisfago su petición de inmediato. Tomo sus labios con calma y sigo
las caricias lentas y delicadas de su lengua. Los dos gemimos de gusto a la
vez. Esto es la gloria. Pero el estridente chirrido del móvil de Pedro pone
fin a nuestro momento íntimo.
Gruñe y alarga el brazo por detrás de mí para cogerlo, sin dejar de
besarme. Lo sujeta por encima de mi cabeza y mira la pantalla.
—No, ahora no... —protesta contra mis labios—. Nena, tengo que
cogerlo.
Se aparta de mí y contesta entre mis muslos. Deja la mano que le
queda libre en mi cintura.
—¿Qué pasa, John? —Empieza a morderse el labio—. ¿Y qué hace
ahí?
Me da un beso casto en los labios.
—No, voy para allá... sí... te veo dentro de un rato. —Cuelga y me
estudia con atención unos segundos—. Tengo que ir a La Mansión. Te
vienes conmigo.
Retrocedo.
—¡No! —protesto. ¡No voy a dejar que sea ella quien me baje del
séptimo cielo de Pedro!
Frunce el ceño.
—Quiero que vengas.
¡De ninguna manera! Es domingo, no tengo que ir a trabajar y no voy
a ir a La Mansión.
—Pero vas a estar trabajando. —Busco una buena excusa en mi
cerebro para no tener que ir—. Haz lo que tengas que hacer y nos vemos
luego. —Intento que entre en razón.
—No. Te vienes —insiste con firmeza.
—No, no voy. —Trato de soltarme de su abrazo, pero no consigo ir a
ninguna parte.
—¿Por qué no?
—Porque no —le espeto, y me gano una mirada furibunda. No voy a
empezar a despotricar contra Sarah y a aburrirlo con celos triviales.
Rebusca en mi mirada.
—Paula, por favor. ¿Vas a hacer lo que te digo?
—¡No! —grito.
Cierra los ojos con el objetivo de no perder la paciencia, pero me da
igual. Puede obligarme a muchas cosas, pero no pienso ir a La Mansión.
Sigo sentada en la encimera, esperando a que Pedro se desintegre ante mi
desobediencia.
—Paula, ¿por qué te empeñas en complicar las cosas?
—¿Que yo complico las cosas? —Lo miro boquiabierta.
Es él quien necesita un polvo para hacerlo entrar en razón. El tío
alucina.
—Sí. Yo lo estoy intentando con todas mis fuerzas.
—¿Qué es lo que estás intentando? ¿Volverme loca? ¡Pues lo estás
consiguiendo! —Le doy un empellón y me voy como un rayo de la cocina
mientras él maldice y me sigue escaleras arriba.
—¡Está bien! —grita desde atrás—. Me esperarás aquí. Volveré en
cuanto pueda.
—¡Me voy a casa! —grito sin dejar de andar.

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