miércoles, 12 de marzo de 2014
Capitulo 58 ♥
Salimos de la ciudad en su coche en dirección a Surrey Hills. De vez en
cuando, lo sorprendo mirándome a mí en lugar de a la carretera. Y cada vez
que lo hago me sonríe y me aprieta la rodilla, sobre la que ha llevado la
mano durante la mayor parte del viaje. Empiezo a pensar en lo poco que sé
de él. Es apasionado, bastante inestable, tremendamente seguro de sí
mismo y exageradamente rico. Ah, y bestial en cuanto al sexo. Pero eso es
todo lo que sé. Ni siquiera sé su edad.
—¿Cuánto hace que tienes La Mansión? —pregunto.
Me mira con una ceja enarcada y baja el volumen de la música con los
mandos del volante.
—Desde que tenía veintiún años.
—¿Tan joven? —pregunto, y mi tono evidencia mi sorpresa.
Él me sonríe.
—Heredé La Mansión de mi tío Carmichael.
—¿Falleció?
Su sonrisa desaparece.
—Sí.
Vale, ahora quiero saber más.
—¿Cuántos años tienes, Pedro?
—Veintisiete —responde totalmente impasible.
Suspiro.
—¿Por qué no quieres decirme tu edad?
Él me mira con una sonrisa burlona.
—Porque temo que creas que soy demasiado viejo para ti y salgas
huyendo.
Lo miro con los ojos entornados desde el asiento del copiloto. No
puede ser tan mayor. Quiero gritarle que no voy a irme a ninguna parte.
—Vale, ¿cuántas veces voy a tener que preguntártelo hasta que
lleguemos a tu verdadera edad? —Ya lo intenté en otra ocasión y no sirvió
de nada.
Sonríe.
—Muchas.
—Yo tengo veintiséis. —Pruebo con un toma y daca mientras lo
observo detenidamente.
Me mira.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu carnet de conducir.
—¿Además del teléfono también has cotilleado en mi bolso? —
pregunto indignada, pero él se limita a encogerse de hombros. Yo sacudo la
cabeza consternada. Es una regla no escrita. Está claro que este hombre no
tiene modales—. ¿Es que crees que eres demasiado mayor para mí? —
Después de todo lo que me ha hecho, imagino que su respuesta es negativa
pero, puesto que parece ser un problema tan grave, más me vale preguntar.
—No, en absoluto —responde con la mirada fija en la carretera—. El
único conflicto que tengo es que sea un problema para ti.
Frunzo el ceño.
—No me supone ningún problema.
Vuelve su atractivo rostro hacia mí, con esos ojos ardientes y
maravillosos.
—Entonces deja de preguntármelo.
Apoyo la cabeza en el respaldo, indignada, y me dedico a contemplar
el paisaje rural. Su edad no me importa lo más mínimo, al menos de
momento. Y no creo que haya nada que pueda hacerme cambiar de opinión
al respecto.
Me vuelvo hacia él una vez más.
—¿Y tus padres?
Al ver la línea recta en que se convierten sus labios me arrepiento
inmediatamente de haber formulado la pregunta.
—No tenemos relación —responde con tono desdeñoso.
Vuelvo a recostarme y no insisto. Su actitud despectiva despierta aún
más mi curiosidad, pero también me obliga a cerrar la bocaza.
Nos detenemos al llegar a La Mansión y Pedro pulsa un botón del
salpicadero que hace que se abran las puertas. Al llegar al patio veo a John,
el grandullón, que sale de su Range Rover con su traje negro de siempre y
con sus enormes gafas de sol. Me saluda con la cabeza cuando salgo del
coche y se acerca a Pedro.
—¿Cómo va, John? —le pregunta. Después, me coge de la mano y me
guía por los escalones hacia la entrada de La Mansión.
Me estremezco al recordar la última vez que estuve aquí. Salí
huyendo y pensé que jamás volvería. Pero aquí estoy. Veo que Pedro
estrecha la mano al grandullón de John. Se ha transformado en el
empresario que es.
—Todo bien —responde el otro con voz grave. Nos deja pasar a Pedro
y a mí primero. Después nos sigue hasta el restaurante. Me sorprende lo
tranquilo que está para ser las diez de la mañana de un sábado en un hotel.
¿No es la hora del desayuno?
Pedro se detiene y me mira.
—¿Qué quieres comer? —Incluso a mí me habla con voz de
empresario.
—Cualquier cosa. —Me encojo de hombros. Me siento incómoda y
empiezo a desear haberme quedado en el sofá tapada con el edredón y con
una enorme taza de café. ¿Qué voy a hacer yo aquí mientras él trabaja?
Su expresión se suaviza.
—Pero ¿qué te apetece?
Bueno, eso es fácil.
—Salmón ahumado.
—¿Un sándwich? —pregunta, y yo asiento—. ¿Y un café?
—Por favor.
—¿Cómo sueles tomarlo?
—Capuchino, con doble de café, sin chocolate ni azúcar.
—Desayunarás en mi despacho.
Me encojo de hombros.
—Como quieras. —En cuanto pronuncio esas palabras, lo miro y veo
un brillo de satisfacción en sus ojos, acompañado de una sonrisa victoriosa
—. Ni una palabra —le advierto.
—No era una pregunta, Paula. John, dame veinte minutos. Pablo, ¿has
tomado nota?
—Sí, señor.
—Bien. Sírvele a Paula el desayuno en mi despacho —ordena mientras
me mira con esos ojos verdes y abrasadores.
Me coge de la mano y me arrastra por La Mansión hasta su despacho.
Tengo que correr para ir a su paso y, en cuanto cierra la puerta, tira mi
bolso al suelo y me empotra contra ella. Ya tengo el vestido levantado
hasta la cintura.
«¡Joder!» ¿No había venido a trabajar? Hunde la cara en mi cuello y
yo lo agarro de la camiseta. Sabía que esto iba a pasar. En cuanto le he
visto los ojos he sabido lo que estaba pensando. Es la ferocidad lo que me
ha cogido por sorpresa. Empiece despacio o de prisa, el resultado es
siempre el mismo: jadeo como una loca y estoy lista para suplicar.
—Sabía que no era buena idea traerte aquí. No voy a poder trabajar.
—Su voz grave resuena contra mi garganta mientras la lame con ansia. Me
recorre ambos lados del cuerpo con las manos hasta llegar a los pechos
para amasarlos por encima del vestido.
—Si quieres me voy —exhalo—. ¡Mierda! —El abrupto movimiento
de sus caderas me indica que no debería haber dicho eso.
Aumenta la presión de su cuerpo empujándome contra la puerta y su
boca impacta contra la mía.
—Esa puta boca —me reprende entre rápidas e intensas caricias con
la lengua—. No vas a ir a ninguna parte, señorita. —Me muerde el labio—.
Nunca. ¿Estás mojada?
—Sí —jadeo mientras forcejeo con su camiseta. Me enciendo con
sólo mirarlo.
Aparta las manos de mis pechos y las desliza hacia abajo. Oigo que se
desabrocha la cremallera y entiendo de inmediato su comentario sobre la
ausencia de obstrucciones. Me aparta las bragas a un lado.
No me da tiempo a prepararme para la intensidad y la velocidad que
se aproxima. Me levanta una pierna hasta la cintura, se coloca y se hunde
en mí empotrándome contra la puerta con un bramido. Yo grito.
—No grites —me ordena.
No me da tiempo a adaptarme. Me penetra repetidas veces, con
fuerza, una y otra vez, y hace que toque el cielo de placer. Aprieto los
labios para evitar gritar y dejo caer la cabeza sobre su hombro con
delirante desesperación.
—¿La sientes, Paula? —dice con los dientes apretados.
Señor, dame fuerzas, creo que voy a desmayarme. Me está follando
con urgencia, como si estuviera loco, arremetiendo y jadeando a gran
velocidad.
—¡Contesta a la pregunta! —grita. ¿Por qué él sí que puede gritar?
—¡Sí! ¡La siento!
Continúa aporreándome más y más hasta que estoy a punto de perder
la cabeza de desesperación. Me queda poco para estallar, y la pierna sobre
la que me apoyaba ha dejado de tocar el suelo con el ímpetu de los
embates.
—¿Te gusta?
—¡Joder, sí! —grito con todo el aire de mis pulmones, y Pedro me
toma la boca con ansia.
—Te he dicho que no grites. —Me muerde el labio, y la presión me
resulta casi dolorosa.
El ardor que se apodera de mi sexo crepita y estalla, me sume en un
éxtasis febril y alcanzo el clímax con un sonoro alarido. Su boca atrapa mis
gritos y yo pierdo la razón.
Me agito de manera incontrolable contra él, pero él continúa, grita con
su propia explosión y siento que su erección se agita y se derrama dentro
de mí.
Joder, ha sido intenso e increíblemente rápido. La cabeza me da mil
vueltas. No puedo creer lo que hace conmigo este hombre. Es un puñetero
genio. ¡Y en su despacho!
—Creo que voy a traerte al trabajo todos los días —suspira en mi
cuello mientras sale de mí lentamente y me deja resbalar por la puerta—.
¿Estás bien?
—No me sueltes —resuello en su hombro. Soy incapaz de mantener el
equilibrio.
Se echa a reír y me rodea la cintura con el brazo para enderezarme.
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