miércoles, 26 de marzo de 2014

Capitulo 102 ♥



Conduzco hacia el Lusso a lo loco, adelantando, dando bocinazos y
saltándome unos cuantos semáforos en rojo. Cuando llego a la puerta, veo
que el coche de Pedro está aparcado en ángulo y ocupa dos de sus plazas de
garaje. Abandono mi Mini en la calle y entro por la puerta de peatones
dando las gracias al cielo por acordarme del código. Corro hacia el
vestíbulo, Clive está en la mesa del conserje. Se lo ve más alegre que de
costumbre.
—¡Paula! Por fin le he pillado el truco al dichoso equipo —afirma
extasiado.
Me agarro al mostrador de mármol para recobrar el aliento.
—Me alegro, Clive. Ya te dije que lo lograrías.
—¿Te encuentras bien?
—Sí. Sólo he venido a ver a Pedro.
El teléfono suena y Clive levanta el dedo para decirme que le disculpe
un segundo.
—¿Señor Holland? Sí, cómo no, señor. —Cuelga y anota un par de
cosas en un cuaderno—. Perdona.
—No te preocupes. Voy a subir.
—Paula, el señor Alfonso no me ha informado de que fueras a venir. —
Revisa la pantalla.
Lo miro boquiabierta. ¿Me está tomando el pelo? Ha visto a Pedro
subiéndome y bajándome en brazos infinidad de veces. ¿A qué juega? Le
sonrío con dulzura.
—¿Te gusta tu trabajo, Clive?
Se pone como unas pascuas.
—Básicamente, soy el ayudante personal de trece residentes
ricachones, pero me encanta. Deberías oír las cosas que me piden. Ayer el
señor Daniels me pidió que organizara un paseo en Chopper por la ciudad
para su hija y tres amigos y... —se acerca al mostrador y baja la voz—, el
señor Gómez, del quinto, recibe a una mujer distinta cada día de la semana.
Y al señor Holland parece que le van las tailandesas, pero no se lo cuentes
a nadie. Es confidencial. —Me guiña el ojo y me pregunto qué le habrá
pedido Pedro que haga u organice. Para empezar, podría encargarse de que
le arreglen la ventanilla rota.
—Parece muy interesante. Me alegro de que lo estés disfrutando,
Clive. —Le dedico una sonrisa aún más amplia—. ¿Te importa si subo?
—Tengo que avisarlo primero, Paula.
—¡Pues llama! —le espeto, impaciente y molesta. Clive marca el
número del ático.
Cuelga y vuelve a llamar.
—Estoy seguro de que lo he visto pasar —murmura con el ceño
fruncido—. Puede que me equivoque.
—Su coche está fuera. Tiene que estar —insisto—. Inténtalo otra vez.
—Señalo el teléfono. Clive aprieta un par de botones y yo no le quito el ojo
de encima.
Vuelve a colgar sacudiendo la cabeza.
—No, no está. Y no ha puesto un NM en el sistema, así que no está
durmiendo u ocupado. Debe de haber salido.
Frunzo el ceño.
—¿NM?
—No molestar.
—Clive, sé que está en casa. ¿Me dejas subir, por favor? —le suplico.
No puedo creerme que se esté haciendo tanto de rogar.
Vuelve a acercarse al mostrador, entorna los ojos y mira a un lado y a
otro para comprobar que no hay moros en la costa.
—Puedo meterme en un buen lío por no seguir el protocolo, Paula, pero
por ser tú... —Me guiña el ojo—. Pasa.
—Gracias, Clive.
Entro de un salto en el ascensor, introduzco el código y rezo para que
no lo haya cambiado, aunque no hace tanto que me he marchado. Dejo
escapar un suspiro de alivio cuando las puertas se cierran y comienza a
subir hacia el ático. Ahora sólo falta que me abra la puerta. No tengo llave.
El estómago me da unos cuantos vuelcos cuando llega el ascensor y
me encuentro delante de las puertas del apartamento de Pedro. Frunzo el
ceño. Está abierto y se oye música. Está muy alta.
Franqueo la puerta con cuidado y al instante mis oídos reciben el
bombardeo de una canción muy potente y conmovedora pero triste. Está
por todas partes. La reconozco de inmediato. Es Angel. La letra me cae
encima como una losa y me pongo en guardia. Ahora mismo es ruidosa y
deprimente, no suave y ardiente como cuando hicimos el amor. Tengo que
encontrar el mando a distancia para poder bajar el volumen o apagarla. Me
afecta demasiado. Suena en todos los altavoces integrados, así que no hay
escapatoria. Quizá no esté en casa. Tal vez el equipo se haya averiado,
porque es imposible que pueda soportar la música a tal volumen durante
mucho rato. Pero la puerta estaba abierta de par en par. Me tapo los oídos
con las manos y busco algún tipo de mando a distancia. Corro a la cocina y
veo uno sobre la isla. Pulso el botón y bajo el volumen; mucho.
Una vez solucionado lo del nivel de ruido, empiezo a buscar a Pedro en
la planta principal. Pongo un pie en el primer peldaño y doy un puntapié a
algo que repiquetea contra el suelo. Recojo la botella de cristal y la pongo
en la consola que hay al pie de la escalera antes de empezar a subir los
peldaños de dos en dos.
Voy directa al dormitorio principal, pero él no está. Busco como una
posesa en todas las habitaciones de la planta. Nada. ¿Dónde está? Bajo la
mitad de la escalera y me paro en seco al ver la botella vacía que he
recogido antes.
Es vodka. O lo era. No queda ni gota.
Una ola de ansiedad me recorre el cuerpo y un millón de
pensamientos se agolpan en mi mente. Nunca he visto a Pedro beber.
Nunca. Siempre que había alcohol, él lo rechazaba y pedía agua. Nunca se
me había ocurrido preguntarme por qué. ¿Lo he visto beber alguna vez?
No, creo que no. Contemplo la botella vacía de vodka sobre la mesa y
pienso que la ha tirado al suelo con poco cuidado. Algo no va bien.
—No, por favor, no —susurro para mis adentros.
Me viene a la cabeza lo mucho que insistió en que no bebiera el
viernes. Nuestra pelea en el Blue Bar cuando intentó obligarme a beber
agua ya no parece una cosa ni tan rara ni tan poco razonable.
Oigo el ruido de algo que se cae. Me olvido de la botella de vodka
vacía y miro hacia la terraza. Las puertas de cristal se abren. Bajo la
escalera a toda velocidad, cruzo el salón y derrapo al llegar a la terraza y
ver a Pedro intentando levantarse de una de las tumbonas. ¿Es que he vivido
con los ojos cerrados durante las últimas semanas? No me he enterado de
nada.
Lleva una toalla a la cintura y una botella de vodka en una mano. La
agarra con fuerza mientras intenta apoyarse en la otra mano para
levantarse. Maldice como un poseso.
Me quedo petrificada. Este hombre del que me he enamorado, una
fuerza de la naturaleza, apasionado y cautivador, ha quedado reducido a un
borracho asqueroso. ¿Cómo he podido no verlo? Aún no me he hecho a la
idea de todo lo que ha pasado hoy. ¿Esto qué es, la guinda del pastel? ¿Qué
he hecho yo para merecer esto?
Cuando consigue ponerse de pie, se vuelve para tenerme cara a cara.
Tiene la mirada perdida y está pálido. No parece él.
—Demasiado tarde, señorita. —Arrastra las palabras con odio, sin
quitarme la vista de encima. Nunca me había mirado así. Nunca me había
hablado así, ni siquiera cuando estaba cabreado conmigo. ¿Qué le ha
pasado?
—Estás borracho. —Menuda estupidez acabo de decir, pero es que las
demás palabras han huido, gritando como locas, de mi cerebro. Mis ojos
nunca se repondrán de todo lo que han visto hoy.
—Qué observadora. —Levanta la botella y se bebe el resto. Después,
se seca la boca con el dorso de la mano—. Aunque no lo bastante borracho.
—Se acerca y, de forma instintiva, me aparto de su camino. Me haría daño
si tropezara conmigo.
—¿Adónde vas? —le pregunto.
—A ti qué te importa —escupe sin mirarme siquiera.
Lo sigo a la cocina y lo veo sacar otra botella de vodka del congelador
y tirar la que está vacía en la pila. Desenrosca el tapón de la nueva.
—¡Mierda! —murmura al tiempo que sacude la mano. Entonces veo
que la tiene hinchada y llena de cortes. No ceja en su empeño de
desenroscar el tapón hasta que lo consigue y le da un buen trago a la
botella.
—Pedro, alguien tiene que mirarte esa mano.
Se mira la mano y le da otro trago a la botella.
—Pues mírala. Pero tú has causado un daño mayor —gruñe. ¿Es culpa
mía? ¿Qué intenta decirme? ¿Que, junto con todo lo demás, lo he
empujado a la bebida?— Sí, quédate ahí parada... ahí pasmada... y... y...
confusa. ¡Te lo dije! —grita—. ¿Acaso no te lo advertí? Te... ¡Te lo
advertí! —Está histérico.
—¿Qué me advertiste? —pregunto con calma, aunque ya sé lo que me
va a decir. Éste es el daño aún mayor que iba a causar si lo dejaba. De esto
era de lo que no iba a recuperarse. Las cosas eran más llevaderas conmigo
porque entonces no bebía. ¿Por qué?
Engulle más vodka. Intento calcular cuánto habrá bebido. Es la tercera
botella que he visto, pero ¿y las que no habré visto? ¿Puede beber tanto una
persona?
—¡Qué típico! —grita mirando al techo.
—No lo sabía —susurro.
Se echa a reír.
—¿Cómo que no lo sabías? —Me señala con la botella—. Te dije que
causarías más daño si me dejabas y aun así lo hiciste. Ahora mira cómo
estoy. Sus palabras hacen que me estremezca. Quiero llorar. Lo veo así y me
entran ganas de sollozar sin parar, pero el aturdimiento controla las
lágrimas. Éste no es el Pedro que yo conozco. Este hombre es un extraño,
cruel, hiriente y despiadado, y yo no siento nada por él. No necesito a este
hombre.

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