jueves, 6 de marzo de 2014

capitulo 34 ♥



Me despierto exactamente en la misma postura en la que me había

dormido, pero tapada con un edredón hasta la cintura. Pedro sigue

rodeándome el torso con los brazos y mis manos descansan sobre ellos. El

intenso olor a sexo se percibe en el ambiente.

Necesito hacer pis.

Inspecciono la habitación en busca de un reloj. ¿Qué hora será? Oigo

la respiración suave y serena de Pedro junto a mi oreja. No quiero moverme

para no despertarlo, pero necesito ir al baño urgentemente. Y podría

marcharme antes de que él se despierte y me eche.

Despacio, empiezo a despegar sus brazos de mi cuerpo pegajoso. Él

gruñe un poco entre sueños y hace que sonría para mis adentros. Me

sorprende no estar arrepentida. No siento ningún tipo de remordimiento o

culpa. Este hombre es nocivo para mi corazón, lo sé, pero tiene algo que...

Su persistencia debería repelerme, pero no lo hace. No me arrepiento en

absoluto. Pero tampoco deseo permanecer aquí más de lo debido. De eso

nada. Pienso tomar las riendas de esta situación.

Justo cuando creía que estaba progresando, sus brazos se aferran a mí

y me inmovilizan.

—Ni se te ocurra, señorita —gruñe con la voz áspera por el sueño.

Lo agarro de los antebrazos con las manos e intento que me suelte.

—Necesito ir al cuarto de baño.

—Me da igual. Aguántate. Estoy cómodo.

—No puedo.

—No te voy a soltar —dice rotundamente, y con un golpe me aparta la

mano de su antebrazo mientras sigue sujetándome.

Yo dejo caer la cabeza sobre su hombro de nuevo, desesperada. Se

vuelve hacia mí y me besa la mejilla con dulzura. La barba que le ha

crecido durante la noche me rasca la cara. Es agradable, pero no es la

reacción matutina que esperaba.

Cuando advierto que ha relajado los músculos ligeramente y que está

ocupado besándome la mejilla, me dispongo a moverme, pero en cuanto

nota que lo hago para huir me pone boca arriba con las piernas separadas y

me agarra de las muñecas, una a cada lado de mi cabeza. Me mira con los

ojos brillantes y llenos de júbilo. Sí, está orgulloso de sí mismo hasta el

extremo y tiene un aspecto absolutamente glorioso con el pelo revuelto y la

barba rubia oscura.

Su erección matutina presiona mi dispuesta abertura y solicita la

entrada. Estoy indefensa. Mi cuerpo responde ante él y no me deja ni

pensar. El dolor en la vejiga pronto se ve sustituido por un intenso ardor

entre las piernas, y mi corazón se traslada a algún lugar situado entre mi

esternón y mi garganta. Su olor al alba es una mezcla de sudor dulce y de

ese aroma a agua fresca que tanto me gusta. Es una fragancia que me

embriaga, y soy consciente de que apenas puedo respirar. Debe de pensar

que soy demasiado fácil.

Y lo soy... con él.

Me frota la nariz con la suya.

—¿Qué tal has dormido?

¿Ahora quiere ponerse a charlar? Me saltan chispas en la

entrepierna..., ¿y él quiere hablar?

—Muy bien —digo, y muevo las caderas de manera sugerente.

Enarca las cejas y se le forma una sonrisa en los labios.

—Yo también.

Espero, resignada, a que él tome la iniciativa. Esta vez quiere ir

despacio, y me parece bien. Pero ¡podría darse un poco más de prisa!

Me observa con detenimiento mientras acerca lentamente su rostro al

mío. Cuando por fin nuestros labios se rozan, gimo y abro la boca para

invitarlo a entrar. Tiemblo de forma involuntaria cuando me lame la

lengua suavemente con la suya, tomándose su tiempo, seduciendo mi boca

con lentitud y retirándose de vez en cuando para besarme los labios con

dulzura antes de continuar explorando. Me encanta este Pedro sensible.

Esto no tiene nada que ver con el amo dominante que me encontré ayer.

Cuando considera que ya me tiene cautivada, me libera las muñecas y

me acaricia un costado con la punta del dedo índice. Es suficiente para

hacer que pierda la razón y empiece a mover las caderas al tiempo que la

presión que siento en el vientre desciende a gran velocidad hacia mi sexo.

Su tacto es adictivo. Él es adictivo. Soy totalmente adicta.

Le agarro el culo, duro como una piedra, con las palmas de las manos,

y le aplico un poco de presión para apretar sus caderas contra las mías

deliberadamente. Ambos gemimos en armonía en la boca del otro.

—Pierdo la razón por completo cuando estoy contigo, señorita —

murmura contra mis labios.

Se aparta, me observa el rostro y se hunde lenta e intencionadamente

en mí, centímetro a centímetro. Mis manos salen disparadas hacia su

espalda y cierro los ojos con fuerza. Me ha llenado por completo.

Él permanece inmóvil y deja que me acople a su alrededor, con la

espalda tensa y la respiración entrecortada. Sé que debe de estar costándole

una barbaridad quedarse tan quieto.

—Mírame, Paula —susurra.

Abro los ojos y me encuentro con los suyos de inmediato. La

expresión de su rostro confirma mis pensamientos: tiene la mandíbula

tensa, la arruga de la frente más marcada que de costumbre y los ojos

verdes en llamas. Muevo un poco las caderas para darle a entender que

estoy bien y, tras mi invitación, empieza a retirarse con lentitud hasta que

estoy segura de que va a salir, pero entonces, poco a poco, comienza a

hundirse de nuevo hasta la parte más profunda de mi ser, y entra y sale, y

entra y sale.

—Hummm... —gimo con un largo suspiro.

—Me encanta el sexo soñoliento contigo —exhala.

Las acometidas, medidas y deliberadas, me están haciendo perder el

control, así que empiezo a levantar las caderas para recibir sus

penetraciones, dejo que él entre más en mí y yo me excito todavía más. Es

una sensación extraordinaria. No voy a aguantar mucho tiempo si sigue así.

—¿Te gusta, Paula? —pregunta en voz baja. Sabe que sí.

Su mirada sigue clavada en la mía; me sorprende ver que soy capaz de

mantener ese nivel de intimidad. Me resulta natural, y no me siento ni

incómoda, ni violenta, ni angustiada. Es como si estuviésemos

predestinados a estar así. Qué tontería.

—Sí —suspiro.

—¿Más rápido?

—No, me gusta así, por favor, sigue así. —Así es perfecto. El Pedro

dominante, agresivo y potente es increíble, pero en estos momentos esto es

absolutamente perfecto.

Su mirada se pierde mientras me observa y continúa entrando y

saliendo de mí con movimientos acompasados. Estoy a punto. Quiero

besarlo, pero él parece conformarse con sólo mirarme. Le rodeo el trasero

con las piernas y le acaricio suavemente los brazos arriba y abajo.

Entonces se retira despacio, se detiene y es como si volviera en sí. Sus ojos

sondean los míos.

—Basta de sexo soñoliento —murmura, y se hunde de nuevo hasta los

más profundos confines de mi cuerpo sin darme tiempo a adaptarme.











Lanza un grito, se retira y repite el delicioso movimiento una y otra

vez, se aparta lentamente y empuja con ímpetu. El placer me inunda como

una fuerte tormenta y me hace perder la cabeza. Sus movimientos son

exactos y controlados. Estoy llegando al límite. Le agarro del pelo y acerco

su boca a la mía, le paso la lengua por el labio inferior, se lo muerdo con

suavidad y dejo que se deslice entre mis dientes mientras lo estiro. Él

vuelve a entrar y, con expresión tensa, me busca la boca y me besa con

pasión.—

No voy a dejarte escapar nunca —me informa entre beso y beso.

Me siento abrumada. Pedro es un potente afrodisíaco para mí. Mi

mente y mi corazón están llenándose de sentimientos extraños respecto a

este hombre.

—No quiero que lo hagas —respondo contra sus labios. De repente

soy consciente de lo que he dicho y me siento confundida.

Él se para, detiene sus embestidas rítmicas justo cuando empezaba a

deshacerme en sus brazos. Hago una mueca ante la falta de movimiento, y

mi orgasmo queda suspendido en el limbo. Con toda su longitud aún dentro

de mí, aparta la cabeza y me mira. Inmediatamente salgo de mis confusos

pensamientos al ver la expresión de disgusto de su rostro.

Mierda, ¿he metido la pata al decir eso? Es sólo que me he dejado

llevar por la pasión del momento. Aparto la mirada. La he cagado.

—Mírame, Paula —ordena. Yo vuelvo a mirarlo a regañadientes y veo

que su expresión se ha suavizado un poco—. Vamos a tener esta

conversación cuando estés serena y no loca de lujuria.

Saca de mi interior su gruesa erección hasta la punta y se coloca sobre

mí.

Es verdad, pierdo la cabeza cuando estoy con él, sobre todo cuando

me toma de esta manera. Me embriaga de placer y acabo diciendo

tonterías.


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