viernes, 14 de marzo de 2014
Capitulo 65 ♥
Empuja las caderas contra su mano para aumentar la presión de su
asalto a mi intimidad y me mete los dedos. Mis músculos lo atrapan con
fuerza y gimo.
Se aparta de mí, entre jadeos, y me contempla con esa mirada oscura y
brillante.
—Ya me imaginaba —dice, y su voz grave me acerca más al orgasmo.
Vuelve a pegar sus labios a los míos, y yo los acepto, acepto todo lo
que me hace. Una vez más, soy esclava de este hombre neurótico y
maravilloso. Mi fuerza de voluntad ha desaparecido y mis debilidades se
han acentuado.
Le paso las manos por el traje negro y hundo los dedos entre su pelo
rubio y sucio mientras él continúa penetrándome con los suyos a un ritmo
dolorosamente lento y controlado. Tengo ganas de llorar de placer y de
frustración, pero ¿cómo voy a resistirme? Jamás lograré escapar de él.
Ahora que he dejado de resistirme, su lengua se mueve a un ritmo más
calmado. El calor de nuestras bocas unidas me resulta natural y absoluto.
Mis muslos se tensan ante el clímax inminente que amenaza con atacarme
desde todas las direcciones, así que me aferro con más fuerza al pelo de
Pedro. Capta el mensaje, me besa con más intensidad y las caricias de sus
dedos y de su pulgar se vuelven más firmes. El placer estalla en mi interior
y salgo despedida hacia el cielo. Mi mente se queda en blanco, excepto por
la inmensa dicha que me inunda al liberar la tensión que había acumulado.
Le muerdo el labio. Él gime. «¡Joder!»
Sus caricias cesan y yo libero su labio de mis dientes apretados. Creo
percibir un ligero sabor a sangre, pero no abro los ojos para confirmarlo.
Le estaría bien empleado, de todos modos.
—¿Ya te has acordado? —susurra suavemente en mis labios. Yo
suspiro, abro los ojos y lo miro a los suyos. No le contesto. Él ya sabe la
respuesta. No se me había olvidado, como ninguna de las otras veces. No
me exige que le responda. Se inclina sobre mí y me besa con ternura en la
boca. Yo le paso la lengua por el labio inferior y le lamo la gota de sangre
de la herida que le he hecho.
—Te he hecho sangrar.
—Bruta —dice, y saca los dedos de mi sexo lentamente y me los mete
en la boca. Observa con detenimiento cómo los lamo y una leve sonrisa se
dibuja en sus labios. Ya ha conseguido lo que quería otra vez: que me
rindiera ante él.
Me coloca sobre la encimera.
—¿Por qué huías de mí? —Busca mi mirada mientras apoya las
manos a ambos lados de mis muslos y se inclina sobre mí.
Yo agacho la cabeza. No puedo mirarlo a la cara. ¿Qué voy a decirle?
¿Que me he enamorado de él? Quizá debería hacerlo, así a lo mejor se
agobia y me deja en paz. Finalmente, me encojo de hombros.
Me pone el dedo índice bajo la barbilla y me levanta la cara para
obligarme a mirar su atractivo rostro.
Arquea una ceja a la espera de mi respuesta.
—Contéstame, nena.
—No lo sé.
Pone los ojos en blanco y me aparta la mano del mechón de pelo que
me estoy enroscando alrededor del dedo.
—Mientes fatal, Paula.
—Ya lo sé —resoplo. Tengo que dejar esta manía ya.
—Dímelo ahora mismo —ordena con serenidad.
Suspiro.
—Me estás distrayendo. No quiero que me hagas daño. —Muy bien,
ahí la tiene. Es la verdad. Sólo he omitido el insignificante gran detalle de
lo que siento por él.
Se muerde el labio inferior mientras parece darle vueltas a la cabeza.
No sabe qué decir ante eso. Me alegro de no haberle soltado lo del amor.
—Ya —se limita a decir. ¿Ya está? ¿Eso es todo?—. ¿Soy una
distracción? —pregunta.
—Sí —refunfuño. «¡De la peor clase!»
—Pues a mí me gusta distraerte —dice con un puchero.
—Y a mí que me distraigas —farfullo malhumorada. Me he dado
cuenta de que ha pasado por alto la parte de hacerme daño y que se ha
centrado por completo en las tácticas de distracción.
—¿De qué te distraigo?
—De ser sensata —respondo con tranquilidad. El efecto embriagador
que tiene sobre mi cuerpo está arraigándose en mi cerebro. Dijo que haría
que lo necesitase, y lo está cumpliendo.
Me sonríe totalmente satisfecho, y su mirada se torna oscura y
prometedora de nuevo.
—Voy a distraerte un poco más. Tenemos que hacer las paces. —Su
voz grave reaviva mi deseo por él. Me agarra por debajo del culo y me
levanta de la encimera para colocarme a horcajadas sobre su cintura.
—¿No acabamos de hacerlas?
—No como es debido. Tenemos que hacer las paces como debe ser. Es
lo más sensato. Vamos a dejar de huir, Paula.
Sonrío y me abrazo a su espalda mientras él sale de la cocina conmigo
a cuestas, cierra la puerta de una patada y pone rumbo a mi dormitorio. Me
deja en el borde de la cama y me quita la camiseta por la cabeza, de modo
que deja al descubierto mis pechos desnudos. Sonríe, me mira a los ojos y
lanza la prenda al suelo. Empieza a tirar de la cintura de los pantalones
cortos y me insta a levantar el culo para que pueda deslizarlos por mis
piernas y arrastrar las bragas con ellos.
—No te muevas —ordena, y aparta las manos para quitarse la corbata.
Unas chispas de anticipación me recorren el cuerpo mientras observo
cómo se desviste lentamente delante de mí. Tras la corbata llega la
chaqueta, y después se desabrocha la camisa botón a botón.
«¡Más de prisa!» El movimiento de los músculos de su pecho me hace
babear mientras lo tengo delante de mí, tomándose su tiempo para
desvestirse. Dirijo la mirada automáticamente a su cicatriz. Estoy
desesperada por saber cómo se la hizo.
—Mírame, Paula.
Alzo la vista hacia sus ojos al instante. Sus dos lagos verdes me
estudian detenidamente mientras se quita los zapatos, los calcetines y los
pantalones. Finalmente, se baja los calzoncillos por las piernas. Su
erección queda libre y a la altura de mis ojos. Si me inclino hacia adelante
y abro la boca, me haré con el control. No estaría mal para variar. Lo miro
y veo que sonríe con ojos ardientes.
—Necesito estar dentro de ti con desesperación después de haberme
pasado los dos últimos días buscándote —dice con tono socarrón—. Pero
me encantará follarte la boca después. Me lo debes.
Una poderosa palpitación estalla en mi sexo cuando se agacha, me
envuelve la cintura con el brazo, se sube a la cama y me coloca
cuidadosamente debajo de él. Me abre los muslos con la rodilla y se
acomoda entre ellos, con los antebrazos a ambos lados de mi cabeza y
mirándome con ojos tiernos. Siento ganas de llorar.
Mis planes de alejarme antes de que fuera demasiado tarde han
resultado un total fracaso. Ya es demasiado tarde, y su empeño por tenerme
como y cuando quiera no ayuda.
—No volverás a huir de mí —dice con voz suave pero firme.
Sé que tengo que contestar. Niego con la cabeza y lo agarro de los
hombros.
—Quiero que me contestes, Paula —susurra. La gruesa punta de su
erección me presiona en la puerta de entrada y me provoca un placer
inconmensurable.
—No lo haré —confirmo.
Asiente y me mantiene la mirada mientras se aparta lentamente y
empuja hacia adelante para hundirse hasta el fondo en mí. Gimo y me
agarro con más fuerza a sus hombros al tiempo que me revuelvo debajo de
él. La sensación de tenerlo dentro es maravillosa, y pronto me acostumbro
a su grosor. Deja escapar un suspiro controlado. En su frente se dibujan
arrugas de concentración que brillan empapadas de sudor.
Lucho contra la necesidad de contraer los músculos a su alrededor.
Necesita un momento. Cierra los ojos mostrando sus largas pestañas y deja
caer la cabeza sobre la mía mientras se esfuerza por controlar su agitada
respiración. Espero con paciencia a que esté preparado y le acaricio los
firmes antebrazos con las manos, contenta de estar aquí tumbada,
contemplando a este neurótico tan hermoso. Sabe que en estos momentos
necesito al Pedro tierno.
Al cabo de unos instantes se recompone y alza la cabeza de nuevo
para mirarme. El corazón se me sale del pecho. Estoy muy enamorada de
este hombre.
—Esto es lo que pasa cuando me rechazas. No vuelvas a hacerlo. —
Eleva la parte superior del cuerpo para apoyar los brazos en la cama, se
arrastra perezosamente hacia atrás y empieza a avanzar gradualmente hacia
adelante.
Ronroneo. Joder. Joder. Repite el exquisito movimiento una y otra vez
sin dejar de mirarme.
—Debes pensar en esto, Paula. Cuando tengas la tentación de huir de
nuevo, piensa en cómo te sientes ahora mismo. Piensa en mí.
—Sí —exhalo. Estoy esforzándome por aminorar la rápida
concentración de presión. Quiero que esto dure eternamente. Quiero
sentirme así para siempre. Ésta es justo la razón por la que lo estaba
evitando. Soy débil en mis intentos de rechazarlo. ¿O es sólo que su
empeño es superior? Sea como sea, siempre acabo en la casilla de salida...
entregándome a este hombre.
Muevo las caderas para recibir cada uno de sus embistes y él acerca su
boca hacia la mía y me toma los labios sin prisa, moviendo la lengua al
ritmo de sus caderas.
Yo jadeo y le clavo las uñas en los brazos. Tengo que dejar de
marcarlo y de hacerle sangre. El pobre hombre acaba herido casi siempre.
Me penetra con lentitud, traza un círculo en mi interior y vuelve a sacarla
muy despacio, una y otra vez. No aguantaré mucho más. ¿Cómo consigue
hacerme esto?
—¿Te gusta? —susurra.
—Demasiado —jadeo sin aliento.
—Lo sé. ¿Estás lista? —pregunta contra mis labios.
Le doy un mordisquito en la lengua.
—Sí.
—Yo también, nena. Suéltalo.
El tremendo espasmo que me recorre el cuerpo obliga a mis músculos
a aferrarse a la erección de Pedro y a mí a agitarme violentamente contra él
mientras gimo mi liberación en su boca. La última arremetida profunda,
seguida de una sacudida y de una sensación cálida que me inunda, señala la
de Pedro. Se queda dentro de mí, con los ojos cerrados con fuerza y
besándome en la boca con dulzura, emitiendo gemidos largos y graves. Sus
palpitaciones dentro de mí hacen que mis músculos se tensen a su
alrededor al ritmo de sus eyecciones. Lo exprimo hasta la última gota.
—Joder, te echaba de menos —susurra.
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